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El mensajero del miedo

Cosa de drogas, fijo. Cómo si no osaría Richard Condon escribir algo así. ¿Una conspiración comunista para convertir a un hijo de la élite norteamericana en un títere asesino del candidato a presidente de EEUU?… ¡Por favor! ¿Quién se tragaría eso?

Sin dudas, Condon discurrió la trama de El mensajero del miedo (Círculo de Lectores, 1968), bajo influjos de algún potente alucinógeno. No obstante, cuajó una de las más brillantes novelas políticas, tan plena de sátira y causticidad, como de personajes extrañamente reconocibles.

La obra, cuyo título original era The Manchurian Candidate (Penguin, 1973 es la edición más recomendable), desvelaría a Richard Condon como un visionario, un maestro de la ironía y un provocador. Por si eso no bastara, el propio autor admitió en una entrevista: “cada libro que he escrito ha sido sobre el abuso de poder (…) Me gustaría que la gente supiera cuán profundamente la traicionan sus políticos”. Para remate la revista Time Magazine llegaría a afirmar sobre él: “arrasa con la civilización occidental en todas y cada una de sus obras”. Un fenómeno, vaya.

The Manchurian Candidate

The Manchurian Candidate

El mensajero del miedo relata la siniestra historia de un pollo pera, convertido en sicario asesino, después que científicos de la Rusia totalitaria y la China Roja le lavaran, a pachas, el cerebro. El resultado es una marioneta homicida a las órdenes de un agente encubierto, cuya identidad es una de las grandes sorpresas del libro.

"Celoso de tan brillantes ucronías, servidor acaricia la idea de emularlas con una historia propia,inspirado en las lecturas sobre la vida de San Ruiz-Mateos."

Condon no sería, empero, el único en aventurarse por esos lares. Philip Roth en  La conjura contra América (Literatura Randon House, 2005) pinta unos EEUU antisemitas, reaccionarios y paletos hasta lo sublime; partiendo de un hecho histórico cierto. Su novela recrea el intento de un grupo de senadores republicanos por alentar al aviador, millonario, y héroe americano, Charles Augustus Lindbergh —cuyo ideario coincidía mucho con el nazismo—; a fin de contender por la presidencia frente a Franklin Delano Roosevelt. En la obra, Lindbergh acepta, gana los comicios y se alía con el Tercer Reich hitleriano, con resultados fácilmente imaginables.

Otro peso pesado de la distopía, Philip K. Dick, además de interrogarse sobre androides que soñaban con ovejas eléctricas, nos legó El hombre en el castillo (Minotauro, 2002), donde presenta a unos Estados Unidos derrotados en la II Guerra Mundial, con su costa Este bajo la férula de la Alemania Nazi y la Oeste bajo dominio de Japón.

El hombre del Castillo

El hombre del Castillo

Celoso de tan brillantes ucronías, servidor acaricia la idea de emularlas con una historia cuyo argumento sería así: un niño pijo, nieto de alemanes arios e hijo de un promotor inmobiliario, recibe de su padre “un pequeño préstamo de un millón de dólares”. Con ese dinero, se dedica a la especulación urbanística y labra fortuna propia. Opuesto a la intervención pública en los negocios, nuestro héroe rescata de la quiebra a un afamado hotel en Nueva York, aunque para ello y con harto dolor de su corazón, se haga con una exacción estatal bonificada fiscalmente por un plazo de cuarenta años.

Sin embargo, la pérfida Fortuna conspira en su contra y, tras varias operaciones fallidas con casinos, declara a su empresa principal en suspensión de pagos. Impasible ante la adversidad, porque su riqueza personal se hallaba a resguardo, logra una nueva financiación, subvencionándose mediante bonos basura. (Sí, lo admito; me he inspirado en lecturas sobre la vida de San Ruiz-Mateos)

El apaño le sale mal y cae directamente en bancarrota. Pero los compradores de su papel mojado y los bancos acreedores aceptan una quita sustancial, acaeciendo un rescate encubierto. A partir de ahí, todo el monte se le torna orégano. O mejor, aún, propiedades y terreno edificable.

Jose María Ruiz Mateos

Jose María Ruiz Mateos

"Mi paladín entra luego en un éxtasis catártico, donde se le aparece Joseph Goebbels, declamando su Principio de la Vulgarización."

Mi prota decide entonces no poner todos los huevos en el mismo canasto (de hecho, varía de cesto para sus huevos con asaz frecuencia), consagrándose al mundo del espectáculo televisivo. Amante de la cultura, adquiere los derechos televisivos de la lucha libre, mecenazgo que extiende comprando la entidad organizadora de los concursos de Miss Universo, Miss USA y Miss USA adolescente, (“hay que cuidar a la cantera”, exclamará, citando a Jimmy Saville). Incluso acuñará un lema para este tipo de certámenes: “más vale conejo en mano que ciento volando”.

Como las televisiones lo adoran, lo jalean y facturan a su costa, concibe un audaz plan: iniciar un lavado de cerebro masivo sobre el estrato social de los hillbilly y los redneck (sí, paleto y currela, pero en inglés suena más pretencioso), cuya idea del asueto consiste en ingerir un paquete de latas de cerveza, apoltronado frente a la tele.

Mi paladín entra luego en un éxtasis catártico, donde se le aparece Josep Goebbels, declamando su Principio de la Vulgarización: Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que se dirige. Cuanto mayor sea la masa a convencer, menor ha de ser el esfuerzo mental a realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.

Tan sensata conseja lleva a mi adalid a producir un programa con él mismo como figura estelar, hábilmente manipulado para acentuar su condición de protohombre y genio financiero. Pero, insatisfecho aún, resolverá echar mano a toda la retórica racista, aislacionista, demagógica, chovinista y ultranacionalista estadounidense (bien prolija, por cierto); se presenta a las elecciones y ga…. ¡Un momento! El caso es que esto me suena de algo y no sé bien de qué.

Mejor lo dejo y busco algún argumento más realista. Ya escribió Oscar Wilde que “la vida imita al arte mucho más que el arte imita a la vida”.

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