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‘Mesas separadas’: El mapa de la vida

‘Mesas separadas’: El mapa de la vida

Un hotel en cualquier lugar costero de Inglaterra, fuera de temporada. Un grupo de clientes habituales que comparten el comedor, el salón… y sus vidas. Un torbellino de pasiones declaradas o reprimidas, de complejos apenas olvidados por las convenciones sociales, de soledades dolorosas, de vidas canceladas sin darse cuenta, de seres humanos a la deriva, de naufragios insospechados y palabras volando como estiletes —y a veces como pinceles—. Porque de repente en Mesas separadas (Separate tables, 1954), inicialmente dos obras de un acto representadas a la vez con un intermedio, la crueldad es barrida por la ternura, la compasión apresta a la vergüenza, la condena es indultada por una humanidad muy honda. Ya nadie recuerda a Terence Rattigan, un formidable comediógrafo capaz de mezclar con elegante sofisticación la cirugía de la condición humana de Flaubert, Balzac o Proust con la ironía entre sentimental y acerada de Oscar Wilde, Noel Coward o Somerset Maugham. Pero en los años 30, 40 y 50, antes de que llegaran los radicales angry young men capitaneados por John Osborne y borraran del mapa crítico y de los escenarios a Rattigan y asociados, éste dominaba la escena a un lado y otro del Atlántico, del West End a Broadway. La versión Browning, El chico de los Winslow, Un profundo mar azul y estas Mesas separadas triunfaban, muy justamente, en todos los teatros del mundo.

"Créanme que lo que funciona en un escenario puede no hacerlo en una pantalla, porque en el cine la retórica es lastre, los parlamentos peso muerto, e incluso brillantes epigramas se evaporan con sabor a naftalina"

Adaptar una obra de teatro, en este caso dos obras de un solo acto separadas por un intermedio, es un desafío extremadamente peligroso. De cara tienes una estructura —lo que se conoce como carpintería teatral— muy sólida, con esa división, por lo general en tres actos, que los guionistas prefieren a cualquier otra. Añádase el dibujo de personajes poderosos, principales y secundarios, de situaciones y giros, junto con diálogos bien trabados, y se tienen todos los materiales sobre los que asentar una película. Claro que luego vienen los problemas. La acción de una pieza teatral suele tender al estatismo, justo lo que a lo que no debe aspirar una película, aunque muchos cineastas y críticos disfruten con ello y lo alaben sin tasa. Con los personajes suele pasar algo parecido: su construcción es desde luego sólida, pero su desarrollo o es muy sutil o no existe realmente. Y nos queda el diálogo, y créanme que lo que funciona en un escenario puede no hacerlo en una pantalla, porque en el cine la retórica es lastre, los parlamentos peso muerto, e incluso brillantes epigramas se evaporan con sabor a naftalina. Si me permiten un ejemplo, los guiones de Lubitsch y de su alumno Wilder prueban cómo hay que saber mucho de alquimia para adaptar, sin grandes traiciones, piezas teatrales y convertirlas en películas. Imagen vs. Palabra. Esa es la ecuación, ese es el pleito, ese es el desafío. El propio Rattigan junto con John Gay (parece que Lancaster hizo reescribir algunas escenas a John Michael Hayes, un guionista matriculado en Hitchcock) escribieron la película fundiendo las dos obras en un ejercicio de reescritura de perfiles malabaristas, creando nuevos y esenciales personajes y situaciones. Un verdadero e impresionante tour de force.

Burt Lancaster fue quien en 1958, a través de su productora Hecht-Hill-Lancaster, se decidió a rodar la obra teatral de Rattigan. Blanco y negro, un reparto de lujo encabezado por el propio Lancaster y Deborah Kerr, la reina indiscutible, con Eleanor Parker y Bette Davis, del melodrama, Rita Hayworth en uno de sus personajes emocionalmente más devastadores, y reservando un personaje esencial a David Niven, que compone su mejor trabajo en el cine —ganó el Oscar— ofreciendo momentos extraordinarios de emoción, fragilidad, mistificación impostada, vergüenza y confesión. Todos los actores tienen personajes esenciales y todos actúan formidablemente, con mención especial para Wendy Hiller, que ganó un Oscar.

"Mann se quejó amargamente de que el actor productor remontó la película, privándola de ciertos momentos para ampliar su personaje"

Lancaster le entregó la dirección a Delbert Mann, otro acierto indiscutible, porque su solidez artesanal, su sabiduría humilde para plegarse al extraordinario guion y su comprensión del juego de los actores-personajes permite que el fulgor hermoso, cruel y emocionante del texto y sus recovecos, la sinceridad y fisicidad de la encarnación de los actores con sus personajes nos sumerjan en el mapamundi de seres humanos, en un rastro de vidas que Terence Rattigan dibujó con maestría. Dicho esto, Mann se quejó amargamente de que el actor productor remontó la película, privándola de ciertos momentos para ampliar su personaje. Puede o no ser cierto, pero tal y como se vio en los cines y la vemos casi setenta años más tarde, Mesas separadas roza la calificación de obra maestra.

Dos hilos conductores nos adentran en este zoo humano. El primero es el que permite avanzar la acción, porque es de carácter suspensivo, y de un suspense de moral narrativa, y sigue las maniobras del personaje del Mayor Pollock (Niven) para impedir que se lea un periódico que compromete toda su vida. Rattigan  y la película apelan en ese punto al puritanismo, a la intolerancia, a la clandestinidad de ciertos amores que lleva a la impostura y al abismo personal y social. Un tema muy caro para Rattigan. El otro hilo reside en las turbinas de la película. El territorio devastado y sin prisioneros del amor, de las lacerantes heridas que deja, de sus dolorosos recuerdos, del lastre de los reproches, de las cenizas que se avivan por celos, deseos, ausencias. John Malcolm (Lancaster) aún se consume en un amor pasado, incendiado en todo pero que no se consume, sobre todo cuando se reencuentra con Anne Shankland (Hayworth), mientras que se ha comprometido con Pat Cooper (Wendy Hiller), que dirige el hotel y contempla ese combate con la melancolía de aquel para el que, gane o pierda, ya nada será igual, en sus días y recuerdos. Madres posesivas, hijas castradas emocionalmente, solteronas y solitarios, todos juegan en un tablero en el que recuerdos, hipocresías, emociones, malevolencias y generosidad se intercambian las bazas de una partida con rígidas reglas, que deben romperse si se quiere que un aire fresco de libertad y vida barra los cargados nubarrones humanos del Hotel Beauregard de Bournemouth.

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Mesas separadas (Separate Tables, 1958). Producida por Hecht-Hill-Lancaster. Dirigida por Delbert Mann. Guion de Terence Rattigan, John Gay y (sin acreditar) John Michael Hayes, adaptando dos obras de un acto escritas por Terence Rattigan. Fotografía de Charles Lang, Jr., en blanco y negro. Música de David Raksin. Montaje de Charles Ennis, Marjorie Fowler y George Boemier. Decoración, Edward Carrere. Interpretada por Burt Lancaster, Deborah Kerr, Rita Hayworth, David Niven, Wendy Hiller, Gladys Cooper, Cathleen Nesbitt, Felix Aylmer, Audrey Dalton, Rod Taylor, May Hallatt, Prsicilla Morgan. Duración: 100 minutos.

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