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Pitufa

Pitufa.

Pitufa, una gata callejera recogida en Górliz cuando era cachorrita, vivió con nosotros en Burgos más de catorce años. Aunque nos dejó en 2019, en primavera, durante su octava vida (la del recuerdo), me animó a escribir este cuento navideño que acaba de ser publicado en el libro colectivo no venal Y nos dieron las doce. La antología de relatos navideños es la duodécima entrega del proyecto cultural, coordinado por José Ignacio García, Contamos la Navidad.

23 de diciembre

La atracción felina quizá arrancó en cuanto el vecino de enfrente trajo un gato, quién sabe cuándo, aunque nosotros nos enteramos hará cosa de mes y medio. Primero el peque se fijó en que nuestra gata mataba mucho tiempo sobre la lavadora. Luego, un par de días después, pilló a nuestra Pitufa contemplando al otro en silencio, qué remedio, él agazapado entre una cortina y ella encima de la lavadora, con las patas delanteras en la contraventana, y así un día, y otro. Pero esta historia gatuna ha terminado mal, aunque pensábamos que uno de los dos se atrevería a cruzar a la otra casa sorteando los tendederos, porque desde hace bastante el otro gato no asoma la cabeza por la cortina. Pero nuestra gata continúa pendiente, esperando quién sabe qué. Y el peque, ay, también.

28 de diciembre

«Y además —puso el peque en la carta a sus Majestades de Oriente— quiero que vuelva el gato de los vecinos y así Pitufa estará contenta». Como todos los años, fuimos a la Plaza Mayor, dejamos la carta en el buzón de Chapero y nos dijimos, se le olvidará, de aquí a la cabalgata no decimos ni mu, mejor dicho ni miau, y se le olvidará, alucinará con los paquetes y a jugar con lo recibido y olvidarse de los regalos que no llegaron y de los deseos imposibles.

2 de enero

Pues no, va a ser que no. El peque no se va a olvidar. Un día sí, y otro también, que si Pitufa está triste, que si cuánto falta para vengan los Reyes, que da igual que el gato del vecino no sea un regalo para nosotros, que ya veréis que vuelve,…

Miau. Ilustración de José Manuel Onrubia Baticón.

¿He dicho que nuestra Pitufa vino a casa el año pasado, en Navidades, con un nota firmada por Baltasar, el rey mago favorito del peque?

Mañana, tarde y noche. El peque no para. Que si va a ser el mejor regalo, que si ya veréis cómo se pondrá Pitufa, que si cuántos gatitos pueden tener…

Con el vecino habíamos cruzado cuatro palabras, hola, buenas tardes, mejor dicho tres, al tender la ropa a la vez, y punto. Típica relación de patio, digo yo. Además vive en otro portal. Hasta que ayer, Año Nuevo, vida nueva, él y yo coincidimos en la panadería.

Me presenté. Soy el de enfrente, solté, ni siquiera le dije mi nombre ni pregunté por el suyo, porque a saco, sin más rodeos, quise saber qué había pasado con su mascota. Retrocedió un paso, pasmado. Antes de que me llamara mirón, voyeur o qué sé yo qué, le expliqué:

—Es que mi hijo pequeño, bueno, y mi gata, se fijaron. Solía estar encima de un sofá o algo, entre las cortinas.

—Ah —respondió.

—Mi gata se quedaba mirando. Los dos, vamos, era muy gracioso.

—¿Los dos? ¿Tu hijo también?

—Los dos gatos. Era gracioso, se miraban con el patio de por medio. Hasta que tu gato dejó de aparecer, claro.

—Ya.

Llegó su turno, pidió una barra de masa madre y un muffin que me sonó al Macguffin de las pelis de Hitchcock y resultó que era una magdalena tocha, dijo que pases un buen día a la panadera y me farfulló un pues hasta luego sin llegar a mirarme. Será borde, pensé, hasta luego no, hasta ahora, iba con la intención de pillar unas empanadillas y unos chevalieres pero cogí una chapata de un euro y en cuatro zancadas salí de la panadería.

El vecino estaba pegando un trisco al corrusco cuando llegué a su altura.

—Hace hambre, ¿eh?

Alzó una ceja y, bueno, digamos que leí sus pensamientos y que va a ser mejor que no los reproduzca aquí.

Apretó el paso, pero tampoco es que echara a correr. Como nos quedaban quince o veinte metros hasta su portal, mantuve el ritmo y ataqué de nuevo. Los pajes reales somos incansables.

—¿Sabes qué? Mi peque ha pedido a los Reyes Magos, bueno, a los tres no, a Baltasar, que vuelva tu gato para que Pitufa, nuestra gata, no esté triste. Y se ha empeñado en que tengan gatitos. ¿Cómo son los críos, eh?

El tipo no se atragantó, pero noté que le costó ingerir el pan, el caso es que sacó las llaves y, pegado ya al portal, por primera vez me miró a la cara.

—Pues va a estar complicado. Creo que tengo alergia a los gatos. Se lo he dado a un colega.

—Vaya. Lo siento.

—Ya. Y no es gato, también es gata. Bueno. Hasta luego.

—Hasta luego —dije cuando la puerta ya se había cerrado.

6 de enero

Pasaron los días y todo siguió igual, bajamos a ver la Cabalgata, recogimos caramelos, ¡acuérdate de Pitufa!, gritó mi niño cuando llegó la carroza de Baltasar, ¡está muy triste!, y en el salón dejamos turrón y unas copitas de licor para los Reyes y un caldero de agua para los camellos, y Pitufa nos miraba desde las alturas de la biblioteca, y mi niño se metió a la cama feliz, por fin mañana vuelve el gato del vecino. Y tendrás muchos regalitos, ya verás, insistimos. Que sí, y vendrá el gato, qué bien.

Nos acostamos tarde, como otras noches de Reyes, y amanecimos pronto y con resaca. Daba gusto ver el salón, con las copas vacías, el turrón casi terminado y los paquetes alrededor del Belén, pero pero, a mí escribir se me da fatal, pero no sé cómo contar que por dentro me sentía como una flor mustia, plof, como un payaso cuando termina la función y se despega la tarta que le han estampado en la cara.

El mayor se despertó. Flipó al ver los paquetes, pero no los abrió. Se puso a picotear los restos de turrón y preguntó:

—¿Esperamos a que se despierte, o le despertamos?

No llegamos a responderle. El peque, descalzo, salió de su cuarto y tiró hacia la cocina sin pasar por el salón. Y gritó desde el pasillo:

—¡Pitufa! ¡Ven! ¡Vamos a ver a tu amigo! ¡Ven!

Al instante siguiente la gata ya había saltado de la biblioteca.

—¡Ven, Pitufa! —volvió a gritar.

Mi mujer, el mayor y yo nos quedamos en el salón. La gata, no. La gata se fue para la cocina. Elegante, elegante como siempre, posando las patitas en el suelo despacio, como una reina el día de su boda. Nosotros, sin saber qué hacer ni qué decir, nos quedamos junto a los paquetes.

De pronto, la gata maulló.

Y mi peque, mi niño, gritó:

—¡Lo sabía!

Entonces sí que corrimos.

El vecino, con una sonrisa enorme que desbordaba la mascarilla, nos dio los buenos días al otro lado del patio. Con su gato. Bueno, con su gata. De los gatitos ya hablaremos otro día.

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(Burgos, durante la pandemia, en mayo de 2020)

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Autor: VVAA. Título: Y nos dieron las doce (Antología de relatos navideños). Proyecto cultural Contamos la Navidad. Edición no venal.

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