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Miguel Sande: «Nos estamos volviendo insensibles»

Miguel Sande: «Nos estamos volviendo insensibles»

Hablamos con este periodista con ojos de poeta que tiene a sus espaldas 23 naufragios en la costa gallega, con 16 muertos y 7 desaparecidos. Que acaba de escribir la historia de un entierro equivocado en la costa de Lugo, de una anciana de 85 años que fue dada por fallecida, y de hecho se ofició su funeral y entierro, y a los diez días apareció viva y libre de covid en la residencia, para sorpresa de todos. Un lamentable error de identificación. “Una historia que dio la vuelta al mundo”. Vivencias de periodista que dejan poso en este poeta de dilatada trayectoria que ganó el Premio de Poesía Afundación, que convocan el Pen Club de Escritores y la Xunta de Galicia, con Los filósofos ya no brindan con cicuta, que sale ahora en versión bilingüe (gallego-castellano) en la editorial Cuadernos del Laberinto, tras su publicación original en gallego.

El abuelo se empeña en salir de la habitación por la puerta del armario. Dan ganas de reír; una de esas sonrisas como una mariposa con las alas rotas, casi gusano… Alzhéimer. Realismo crudo al que se le saca belleza.

"Necesito leer constantemente para escribir. Gente que me ayude a ver de otra manera, su mundo nuevo para mí"

—No sé si belleza o verdad limpia. Es lo que estoy tratando de explicar. Ver el día a día de otra manera en los detalles mas simples, aparentemente sencillos, a los que extraer poesía. Para eso hay que saber mirar; aprender incluso a mirar; yo he estado años y años embobado mirando el mar como un idiota con una vida cómoda y escribiendo poemas a aquel mar azul, Atlántico, en la mesa camilla hasta que me tocó informar sobre los naufragios y los ahogados. He visto féretros con cuerpos recuperados de marineros en hilera en una nave de pescadores. Ahí maduré, empecé a ver el mar de otra manera; el verdadero mar. Es duro, es cruel; el mar de verdad, mucho más imponente. Lo mismo sucede con la vida. Ahora ya escribo desde cualquier lugar y en cualquier momento en libros, en servilletas, en los espacios en blanco de las páginas de un periódico; nunca más en mesa camilla. A impulsos, con la sensación viva del momento, que luego hay que depurar. Aunque si no hubiera estado observando antes el mar como un imbécil no sabría apreciar después la diferencia. Posiblemente. Ahí se nota la madurez; es cuando te vas desprendiendo de los adjetivos. A medida que cumples años y vas ganando vida, prescindes de más adjetivos. Eso y leyendo todo lo que he leído. Necesito leer constantemente para escribir. Gente que me ayude a ver de otra manera, su mundo nuevo para mí; ese descubrimiento cada vez. Casos así, claro, son excepcionales. Son los verdaderamente grandes, aunque hoy en día pasen un tanto desapercibidos. A mí me ha ocurrido recientemente con Ariana Hardwick.

En este tiempo la poesía debe buscar vena, como una inyección emocional; o eso o nada.

—Y no me refiero ya a este tiempo excepcional de pandemia, que también, sino a esta era tecnológica que discurre a tanta velocidad y que nos está generando cambios importantes de hábitos y comportamientos; de valores. Una transformación radical. Vivimos en esa confusión entre lo real y lo virtual. Es necesaria una poesía directa, de tú a tú; emocional, de conciencia existencial, que nos abra los ojos. Que nos ayude a mirar, a observar, esta nueva realidad. Que nos sacuda. Nos estamos volviendo insensibles. La comodidad se nota demasiado en la escritura, y en la poesía más. Falta mucha vida; experiencia de vida, que parece algo elemental para ponerse a escribir. Y buenas lecturas. Aprovecho muchas de esas vivencias como periodista para hacer una especie de reciclaje; detalles mínimos en apariencia que se desperdician en prensa y que suelen ser muy importantes. Tal vez los más importantes. Miradas, silencios, gestos; ahí está el poso de la poesía, donde se lee la vida. Detalles que se aprecian al mirar, al observar; no tanto a la hora de hablar. Mirar es fundamental; en la mirada está todo. La mirada nos da la verdadera perspectiva; la nuestra, propia, ante la vida. Nos da la voz que nos debe hacer diferentes. La mirada es la que te sitúa.

¿Es posible escribir todavía algo nuevo?

"Las palabras tienen su propia cara oculta, como la luna. Hay que intentar escribir algo nuevo de cada vez"

—Claro, hay tantas posibilidades en teoría como gente que escribe. En la práctica son casos muy contados. No entiendo a quienes dicen, convencidos, que ya todo está escrito; entonces, ¿para qué escriben? Llevo 9 años releyendo el Ulises, tratando de desmenuzarlo, destriparlo en cada párrafo, cada noche. Las palabras tienen su propia cara oculta, como la luna. Hay que intentar escribir algo nuevo de cada vez, perseguirlo siendo fiel a tu mirar; lo normal es que te equivoques siempre, que no lo consigas tal vez nunca. Que la cagues miserablemente por persistir en la experimentación. Que fracases. A mí me gusta escribir así, ilusionándome, pensando en el día que acierte. Aún ahora, sí, a mi edad. El secreto no está exactamente en lo que ves, que es lo mismo que ven los demás, sino en cómo lo miras. Eso nos hace diferentes. Luego hay que acertar con las palabras. Difícil, muy difícil; te vuelves un enfermo.

Dice precisamente Eva Veiga sobre Los filósofos ya no brindan con cicuta: “Me ha emocionado y me ha regalado otros ángulos de visión, perspectivas que me ayudan a mirar de nuevo el mundo. Con este libro tengo esa sensación, que miro la realidad de nuevo, y eso me parece impagable”.

—Ustedes probablemente no conozcan a Eva Veiga; fue una presentadora muy popular de televisión en Galicia. Una grave enfermedad la apartó de su profesión —al menos de la televisión— y ahí se descubrió una gran poeta, premiada por la AELG. Profunda, con una voz muy personal. Apenas la trato, nunca he tomado un café con ella. Lo tenemos pendiente; no hemos podido hablar del poemario con calma. Supongo que se refiere a que escribo poemas sobre el abuelo con demencia, los supermercados de barrio, el botellón, el tiempo del recreo en un instituto donde jóvenes que no han desayunado —porque no había nada en casa— aprovechan para comer una pieza de fruta de las cajas que ofrece el centro; sobre familias desestructuradas y niñas y niños que conviven con el novio de la madre, o al revés; sobre los dependientes de una pizzería atestada; sobre una madre con párkinson que trata de arrancar una flor o de agarrarte con su fuerza; sobre unas imágenes de periódico… poesía con eczemas, como la propia piel; porque también hay piel que escama, con cicatrices y con manchas; poesía sucia, de la calle, que sangra, y de ahí pueden salir versos limpios, trabajados, aparentemente sencillos. Cuanta más transparencia mejor. Cuanto más directa mejor. Si de fondo hay reflexión y, si es el caso, denuncia, mejor.

La poesía gallega está en un gran momento. Los dos últimos Premios Nacionales recayeron en dos poetas de Galicia, Pilar Pallarés y Olga Novo. Pilar Pallarés, por cierto, escribe en la faja de este poemario: “Es un libro magnífico, y duele”.

"Las editoriales están asfixiadas desde hace unos años, y eso obliga a cambiar ciertos enfoques"

—Pilar es mi amiga, y se lo agradezco. Es una persona muy especial. Cuida los gatos abandonados de la ciudad (A Coruña); con eso se lo digo todo. Está muy concienciada y muy comprometida. Con los gatos y con el idioma. Pero sí, es cierto, hay un gran nivel en la literatura que se escribe en Galicia. Influye la aparición en los últimos años de muchas escritoras que están aportando su visión de la vida, y eso enriquece la literatura y nuestra propia vida. El problema acaso es que hoy resulta fácil publicar, y eso también está generando cierta confusión. Autores o autoras que merecerían más atención pueden pasar desapercibidos; se publica tanto que la vida de un libro hoy es muy corta; tienen la caducidad de un yogur. No sé; puede de que, al cabo, lo bueno es que se lea, simplemente, y es verdad que nunca se leyó tanto pero, ojo, un prospecto no es literatura. Las editoriales están asfixiadas desde hace unos años, y eso obliga a cambiar ciertos enfoques; algo semejante les pasa a los periódicos, a la prensa escrita, que lleva agonizando años y años pero resiste. Resistimos. En nuestro caso tratando de hacer el mejor periodismo (incluyendo ciencia, tecnología, sociedad, atreviéndonos con los “temas rosa”), pero a la vez ofreciendo en promoción sartenes y mantas y cuchillos de cocina. No es el mejor momento para apostar por un autor sin nombre que ose experimentar, o sí; tal vez sí sea este precisamente el momento.

Dedica el segundo apartado del poemario “a un estudiante de grado desesperado”, lleva de botellón al maestro portugués Eugénio de Andrade, ya fallecido, y termina con un poema largo dedicado a Lemmy Kilmister, de Motörhead.

"Nunca había oído a Motörhead; casualidades de la vida, asistí a su último concierto en el Resurrection Fest"

—Tuve la suerte de cartearme (vaya verbo hoy en día) con Eugénio de Andrade, el gran poeta portugués; en realidad, de que me contestara. En las dos últimas Navidades me envió sendas postales con versos suyos escritos detrás (“al sur de tu rostro, donde la palabra es migración”). Le admiro todavía. Que te emocionen los poemas de alguien ya muerto es maravilloso, pero a la vez tiene algo especial de misterio. Tengo libros suyos dedicados —pintarrajeados y garabateados por uno de mis hijos cuando era pequeño— que necesito releer de vez en cuando. Cuando relees un poema, un párrafo de alguien que a lo mejor no conoces y te sigue llenando y encuentras una nueva emoción cada vez, es que es realmente bueno. Y sí, le llevo de botellón en un poema largo; quise imaginar esa experiencia con él. Le gustaría, estoy seguro. Con respecto a Lemmy Kilmister, prácticamente nunca había oído a Motörhead; casualidades de la vida, asistí a su último concierto en el Resurrection Fest, uno de los festivales más importantes de rock y metal a orillas del Cantábrico, en el norte gallego, y me encantó. Al poco tiempo murió. Me pareció interesante incluir su música en el poema final, largo, en el que doy un paseo por la ciudad casi desierta de madrugada. Y los poemas a un estudiante universitario en crisis —en cuarto año de Física concretamente— digamos que fueron oportunos. Le gustaron; puede que incluso le ayudasen.

Unos chicos tomando unas cervezas y vermú con algo de ron en una terraza y en el cielo de la noche unos fuegos de artificio. “Bebe porque su madre bebe y el novio de su madre también bebe y sabe que al llegar a casa, avanzada la madrugada o ya al amanecer, estarán ebrios y bebe también él…”. ¿…?

—Sí, le conozco. Es un chico superdotado (al que le quedaron dos materias). Era el único que no reía y tampoco se enredaba en la maraña de canciones de verano de la orquesta. La influencia de la situación familiar está detrás de ese poema. ¿Cómo acaba?

“Bebe, y en su vaso el hielo va tomando la forma endurecida de la lágrima”.

—Es verdad.

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CINCO POEMAS DE MIGUEL SANDE

El abuelo se empeña en salir de la habitación por la puerta del armario. Dan ganas de reír; una de esas sonrisas como una mariposa con las alas rotas; casi gusano. A veces un grito amarillo hace tierno lo que parece más cruel. Para él siempre es Navidad, lunes siempre. Si le quitase el delirio, quedaría la poesía desnuda, con frío. La locura, que se abre y se cierra con la luz, como esas flores raras del jardín.

 

El cuerpo comenzó ya a ser desierto; noto como va agrandando su extensión en mí. El polvo alcanzó más de una vez mi propio sentir: con el tiempo han de formarse rosas de frío donde están concentradas todas las sensaciones que compartí. Deshacerlas al tacto será, ha de serlo ya eso, vivir.

 

Como intentar ir desatando un último suspiro con el olor de la mandarina aún en los dedos; querer quizá sea eso, no percibirlo hasta el final cuando ya solo queda del goce un silencio desgajado, mínimo.

 

Cuando escribo un poema tengo la misma sensación que cuando circulo de noche por una carretera secundaria; el mismo miedo a perderme, a no ser capaz de llegar; la misma curiosidad y a la vez —cómo decirlo— una insatisfacción como de caída de pétalos en una sangre marchita, ese picor, y acabo por buscar al final solo palabras que sean —puedan serlo ya por defecto— casa.

 

Celébrala, la vida, te lo ruego. Tú que desentierras palabras como palomas muertas para lanzarlas con fuerza a lo más alto una y otra vez hasta quedar arrodillado, sin aliento —esa desesperación a veces—, sube sobre esas cumbres caligráficas de fórmulas y ecuaciones; esparce, como ceniza, ese silencio en polvo del laboratorio y vívela, celébrala; olvida debajo de esas horas de más nieve los cien mil incendios que creas ver y, suplico, que nunca el tiempo pase como por encima de un muerto.

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