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Mitoteca (II): El juicio de Paris. Se armó la de Troya

Mitoteca (II): El juicio de Paris. Se armó la de Troya

Don Antonio Ruiz de Elvira, en su más que necesaria Mitología Clásica, argumenta que mito sensu stricto “es el relato acerca de dioses o de fenómenos de la naturaleza más o menos divinizados”. Leyenda “es el relato acerca de héroes y heroínas o personajes semejantes, caracterizados siempre como seres humanos… de notable relieve individual dentro de la colectividad a la que pertenecen”.

Una caleidoscópica amalgama de mitos y leyendas nos ofrecen un fascinante mosaico acerca de la Guerra de Troya, Ilión para los helenos, en torno a la cual arrancó la literatura occidental con las epopeyas de Homero. Colosos de la talla de Esquilo, Sófocles, Eurípides, Apolodoro, Virgilio o Higino pusieron su musa al servicio de los hechos acaecidos en torno a esta polis asiática, estratégicamente situada a la entrada del Estrecho de los Dardanelos.

Todo comenzó por un calentón de ovarios. Porque tres señoras diosas perdieron su señorío y se pelearon como arrabaleras por ver quién era la más macizota del Olimpo en el primer certamen de belleza de la historia. Al pobre Paris, que era troyano y ni siquiera lo sabía, le tocó el papelón de actuar de árbitro ante tres divinidades que más que diosas parecían furias.

"Tetis es una de las nereidas, hija de Nereo, el Viejo del mar. Sobre ella pesa una profecía: su primer hijo eclipsará en fama a su padre"

Veamos cómo pasó todo. Según los Cypria, poema épico de entre los siglos VII y VI a.C., fragmentariamente conservado, Gea, la diosa Tierra, se queja ante Zeus, soberano del Olimpo, de que no aguanta el peso de tantos humanos sobre ella, máxime cuando éstos son, encima, impíos. Zeus consulta con Temis, la titánide que representa la justicia y la equidad, sobre el asunto. Ésta le sugiere que provoque una guerra. El Cronida incita a los mortales a exterminarse ante los muros de Tebas, pero no es suficiente. Entonces acude a Momo, dios del sarcasmo y la burla, que le propone un plan mucho más intrincado: casar a Tetis, divinidad oceánica, con un mortal y que simultáneamente Zeus engendre una hija de belleza avasalladora.

Tetis es una de las nereidas, hija de Nereo, el Viejo del mar. Sobre ella pesa una profecía: su primer hijo eclipsará en fama a su padre. Zeus y su hermano Poseidón le habían echado el ojo a sus lozanas carnes y querían gozar de su marinada piel, pero su vanidad olímpica los había paralizado: ningún dios estaba dispuesto a tener un hijo que le hiciera sombra. Bien lo demostró el Cronos / Saturno, que se zampó a sus cinco primeros hijos para que no lo aventajaran. La pobre Tetis quedaba condenada a vestir santos (si se hubieran inventado) o a acompañar a la pavisosa Hestia (Vesta me perdone) en sus quehaceres eminentemente domésticos.

"Repreñola y, al cabo, Leda dio a luz dos huevos: de uno nacieron Pólux y Clitemnestra, hijos mortales de Tindáreo, del otro lo hicieron Cástor y Helena, vástagos de Zeus"

El mordaz Momo sugiere casarla con un mortal: por muy bravo que sea éste, el hijo que engendre con Tetis no será igual a ningún dios. Ese matrimonio es deshonroso para Tetis y no lo va a aceptar de grado. Se abre, así, la veda para encontrar pretendiente para la nereida: ya se apañará éste para convencerla y casarse con ella. El centauro Quirón alentó a su pupilo Peleo, rey de la tesalia Ptía y uno de los héroes más afamados del momento, a seducir a la diosa.

Hagamos un paréntesis y veamos cómo se las ingenió Zeus para engendrar una hija y cumplir el alambicado plan de Momo. En la anterior entrega de esta mitoteca ya vimos que la lubricidad del Cronida no conoce fronteras. Encima, como dios, tiene poder para metamorfosearse en lo que guste y dar rienda suelta a sus fantasías sexuales.

Zeus enfila su prepucio, que diga, su ojo hacia la apetecible Leda, esposa de Tindáreo, el rey de Esparta. El mismo día que su legítimo yació con ella y la fecundó, Zeus aprovechó que la reina se reponía del coito solazándose a la vera del Eurotas para transformarse en un esplendente cisne. Leda, atraída por la belleza y mansedumbre del ave, la colmó de atenciones, atenciones que el taimado dios anseriforme aprovechó para impregnarla. Repreñola y, al cabo, Leda dio a luz dos huevos: de uno nacieron Pólux y Clitemnestra, hijos mortales de Tindáreo, del otro lo hicieron Cástor y Helena, vástagos de Zeus. Cástor y Pólux son los Dióscuros, “catasterismados” en la constelación de Gemini, “los gemelos”. Clitemnestra casó con Agamenón, archipoderoso soberano de Micenas. A Helena ya volveremos.

"La Mitología Clásica es el segundo tópico más usado en la Historia del Arte. Así, se cuenta que Leonardo da Vinci realizó un boceto para narrar el mito de Leda, pero fueron sus discípulos quienes lo pintaron"

Para infortunio de la raza humana, las Moiras o Parcas cortaron el hilo de la existencia de ese aedo de la copla española que fue El Fary antes de que le diera tiempo a dedicarle a Zeus travestido en cisne una tonada: “Ay mi cisnecito guapo”. A falta de ello hemos de usar como banda sonora para esta historia de amor zoofílico a Basilio con su Cisne de cuello blanco. O a Dua Lipa, que en inglés le canta al pollo, que diga, al cisne. Los más exquisitos siempre podrán acudir a Tchaikovsky o a Saint-Saëns.

En otros lugares hemos dicho que la Mitología Clásica es el segundo tópico más usado en la Historia del Arte. Así, se cuenta que Leonardo da Vinci realizó un boceto para narrar el mito de Leda, pero fueron sus discípulos quienes lo pintaron. Uno se conserva en la Galleria Borghese, El otro, en los Uffizi. Boucher dota a su obra de una alta carga erótica, mientras que Dalí se pone atómico.

Rubén Darío en 1892 escribe:

LEDA

El cisne en la sombra parece de nieve;
su pico es de ámbar, del alba al trasluz;
el suave crepúsculo que pasa tan breve
las cándidas alas sonrosa de luz. 

Y luego en las ondas del lago azulado,
después que la aurora perdió su arrebol,
las alas tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es de plata bañado de sol.

Tal es, cuando esponja las plumas de seda,
olímpico pájaro herido de amor
y viola en las linfas sonoras a Leda,
buscando su pico los labios en flor.

Suspira la bella desnuda y vencida,
y en tanto que al aire sus quejas se van,
del fondo verdoso de fronda tupida
chispean turbados los ojos de Pan.

Francisco Villaespesa por su parte compone:

LOS JARDINES DE AFRODITA 

V

El cisne se acercó. Trémula Leda
la mano hunde en la nieve del plumaje,
y se adormece el alma del paisaje
de un rojo crepúsculo de seda.

La onda azul, al morir, suspira queda;
gorjea un ruiseñor entre el ramaje,
y un toro, ebrio de amor, muge salvaje
en la sombra nupcial de la arboleda.

Tendió el cisne la curva de su cuello,
y con el ala —cándido abanico—,
acarició los senos y el cabello.

Leda dio un grito y se quedó extasiada…
y el cisne levantó, rojo, su pico
como triunfal insignia ensangrentada.

Retornemos ahora a Peleo, a quien habíamos dejado emperrado en atrapar a Tetis para que se casase con él. La nereida no se lo puso fácil: como divinidad marina que era tenía el don de cambiar de forma. Así, para escapar de los abrazos de Peleo, que la sujetaba fuertemente, se convirtió en fuego, agua, viento, árbol, pájaro, tigre, león, serpiente y jibia. El infantiloide cine norteamericano de héroes que nos asola nos hace admirar a especímenes tan sólo por trepar como una araña y por echar escupitajos en forma de telarañas por las muñecas. Luego engendramos esperpentos como el tiparraco trumpista que invadió el Capitolio vestido de bisonte. Vamos a ver, un poco de seriedad: Peleo agarró a una diosa a pelo, sin traje ignífugo ni pijamas de los que visten los superhéroes yanquis, y no la soltó ni cuando se convirtió en antorcha, tigresa o leona, ni se le ocurrió hacer un choco con habas cuando la aferraba convertida en jibia. Eso son héroes de verdad. Los otros son marveladas. Si hubiéramos conservado las esencias griegas, el payo que invadió el Capitolio habría ido vestido de Heracles, con su piel del león de Nemea y su clava protegiéndolo. A ése no lo sacan ni los hombres de Paco y los de Harrelson juntos, reforzados por los marines y el 7º de Caballería.

"Vióse el Tronante en un brete: por impulsos seminales le habría otorgado el trofeo a Afrodita, pero temía la cólera de su temperamental consorte y de su irascible hija Atenea, de su sesera nacida"

Visto que el Peleo era una lapa y no la soltaba, la pobre Tetis hubo de rendirse y aceptar los esponsales. Se casaron en el monte Pelión. Fue una boda de tronío y a ella asistieron quienes eran algo en el Olimpo. El epitalamio nupcial lo entonaron las Nueve Musas, a los sones de la lira tañida por Apolo. Dionisos ejerció de sumiller y proveyó el banquete de los mejores caldos. Poseidón se puso rumboso y regaló a la pareja dos caballos inmortales, Balio y Janto, que luego aparecerán tirando del carro que conducía el hijo de la pareja ante los muros de Ilión. Pero con los nervios de la preparación de la celebración los contrayentes cometieron un error funesto: olvidaron invitar a la cizañera Eris. Ésta era hija de la Noche y hermana de criaturas tales como la Muerte, el Sueño y el Momo del que hablamos antes. Los romanos la conocían como Discordia y entre sus vástagos estaban Combates, Matanzas, Mentiras, Hambre, Desdichas… Vivía a la entrada del Hades, el reino de los muertos, y debía de tener una lengua viperina que no la hacía muy popular. Comprensible que se olvidaran de convidarla.

Ella se presentó de todas formas trayendo un regalo envenenado: una de las manzanas de oro de sus hermanas las Hespérides con la inscripción Kallistí, “Para la más bella”. Se armó la de Dios es Cristo y san Pedro monaguillo: todas las féminas allí presentes pedían para sí el trofeo, mientras Eris se escaqueaba con taimada sonrisa. Las que más porfiaron fueron Hera, hermana y esposa del Cronida, Atenea, su hija predilecta, y Afrodita, deidad de la pasión, nuera de los soberanos del Olimpo al estar casada con el tullido Hefesto, no muy capaz de saciar los ardores de su cónyuge. Apelaron a Zeus como deidad suprema para que dirimiera el embrollo. Viose el Tronante en un brete: por impulsos seminales le habría otorgado el trofeo a Afrodita, pero temía la cólera de su temperamental consorte y de su irascible hija Atenea, de su sesera nacida. Ante tan acuciante coyuntura se la quitó de encima de una manera muy olímpica: se la endosó a un mortal, al troyano Paris, que apacentaba plácidamente rebaños en las laderas del monte Ida y que ni sabía que era troyano ni que se llamaba Paris, pues por Alejandro lo conocían sus colegas cabreros. A él volveremos más adelante.

"El monarca dispuso, pues, que fuera abandonado en el monte Ida para que muriera. Pero una osa, a la que habían arrebatado sus cachorros, lo descubrió y lo amamantó hasta que lo hallaron unos pastores"

Los pintores se han inspirado en las vicisitudes de Tetis y Peleo ya desde la cerámica griega, pero por citar a algunos podemos traer a colación a Bartolomeo di Giovanni, que nos proporciona un delicioso fresco de criaturas mitológicas, en el que descubrimos a Poseidón y su corte acompañando a la novia, mientras que Zeus y Hera asisten a la ceremonia desde sus carros tirados por sus respectivas aves consagradas. Todo con una estética que recuerda a Botticelli, con quien el pintor colaboró. En el Museo del Prado podemos disfrutar de Las bodas de Tetis y Peleo de Jordaens. Ahí podemos ver al fondo a una Eris alada y no muy agraciada, que ha soltado la envenenada manzana mientras la corte divina observa el trofeo. Mi pintura favorita sobre esta temática la pintó el prerrafaelita Burne-Jones: a la siniestra Peleo, sentado ante una copa de vino, asiste pasmado a la llegada de Eris, en el lado opuesto, caracterizada con unas alas de murciélago, como hija de la noche que es. El resto de asistentes, perfectamente identificables por sus atributos, observa en tensión la escena. Junto a una Tetis, que se levanta y parece pedir perdón a Eris por haberse olvidado de ella, Atenea y Hera forman dos ángulos de un triángulo, cuyo vértice ocupa una Afrodita desnuda y arrodillada, que desempeña el papel de la moira Átropos, la inexorable: con sus tijeras corta el hilo vital que las otras dos parcas han ido desenrollando.

En cuanto a Paris, su historia es apasionadamente compleja. Es el segundo hijo, tras Héctor, del matrimonio formado por los reyes de Ilión: Príamo y Hécuba. Antes de nacer, su madre tuvo un sueño premonitorio: iba a dar a luz un tizón que prendería fuego a la acrópolis de Troya. Ésaco, hijo de Príamo y de una de sus concubinas, profetizó que esta criatura acarrearía la ruina de Ilión. El monarca dispuso, pues, que fuera abandonado en el monte Ida para que muriera. Pero una osa, a la que habían arrebatado sus cachorros, lo descubrió y lo amamantó hasta que lo hallaron unos pastores, que lo llamaron Alexandros, «el defensor o protector de hombres» o, también, «el hombre protegido». Entre esos pastores creció apacentando rebaños y se casó con una ninfa de nombre Enone hasta que una buena mañana se le apareció Hermes, el heraldo de los dioses, con un marrón de padre y señor nuestro: desde el Olimpo Zeus lo había visto y había decidido que fuera él el que le sacara al dios las castañas del fuego y decidiera cuál de las tres diosas merecía la manzana de la discordia.

"¿Preferir la coyunda con una mortal, por muy sabrosa que la pintaran, antes que teñir de sangre y cuerpos mutilados los campos de batalla o gobernar sobre la raza mortal? ¡Ja! ¡Cuán equivocada estás, Venus! ¡Qué poco conoces la condición humana!"

Paris intentó zafarse, pero Hermes le dijo que no tenía nada que temer. Se dispuso así a dirimir la espinosa cuestión. Las tres diosas, bañadas y acicaladas con sus mejores galas, posaron primero en conjunto y luego por separado, vestidas al principio y desnudas después por petición del árbitro, con los consiguientes rubor y pudor para Atenea y Hera, la una por ser doncella y la otra por ir de casta matrona. Parece constatado que Afrodita no se mostró muy turbada en el destape, tal vez por no ser ni doncella ni casta. No convencidas las divinas de que sólo sus encantos les darían la codiciada manzana, cada una intentó sobornar al juez. Atenea le ofreció ser invencible en la guerra; Hera, convertirse en soberano de Asia o, incluso, de todos los hombres. Afrodita, mucho más perspicaz, escudriñó a Paris: era un gañán que apestaba a choto, que mataba sus días soplando el caramillo para sus cabras y ovejas, cubierto con el ridículo gorro frigio, casado con una ninfa que tampoco era para tirar cohetes. A tal gañán guerra le ofrecía Atenea, un trono Hera. ¡Quia! Si sabría ella, la diosa del amor, de qué pie renqueaba el pastor. Por desgracia ningún bardo como El Fary pudo cantarnos el parlamento de Venus ante Paris, pero, salvando las distancias temporales, podemos volar hasta La corte del faraón de Vicente Lleó y, mutatis mutandis, imaginad a Ana Belén cantándole al pastorcillo “Ay, Pa…, ay, Pa…” en vez de  ¡Ay ba…ay, ba…! para hacerle su oferta: ni guerras ni tronos. Lo que él necesita es poner en su lecho a la mujer más apetecible de entre los mortales, a la incomparable, a la incitante, a la de un huevo nacida: Helena de Esparta. Poco importaba que la susodicha estuviera ya casada con el irascible Menelao, hermano de Agamenón, todopoderoso señor de Micenas, y que ambos fueran padres de una hija.

Atenea y Hera esperaban que el zagal desdeñara el don de la Cíprea, que se pusiera digno y le entonara Yo soy el casto José, cuya letra parecía que ni pintada para su condición pastoril. ¿Preferir la coyunda con una mortal, por muy sabrosa que la pintaran, antes que teñir de sangre y cuerpos mutilados los campos de batalla o gobernar sobre la raza mortal? ¡Ja! ¡Cuán equivocada estás, Venus! ¡Qué poco conoces la condición humana! Pues su gozo en un pozo: Paris le dio la manzana a Afrodita. El padre de mi amigo Álvaro Cabeza, carísimo colega latinista en mi etapa onubense, siempre le apostillaba a su hijo: “La jodienda no tiene enmienda”. Se ve que el buen hombre conocía la natura humana mucho mejor que Atenea y Hera. Cuando Afrodita manda romana, no hay espadas ni cetros que valgan.

Ovidio, en sus Heroidas (XVI 65-88), nos cuenta así el pasaje: «(…) el heraldo alado me dijo: «Tú eres el árbitro de la belleza; termina con las aspiraciones de las diosas; pronuncia cual de ellas merece derrotar a las otras dos a causa de su belleza» (…). La consorte Juno me ofreció tronos, su hija, poder en la guerra (…). Dulcemente Venus sonrió: «Paris, no dejes que esos regalos te conmuevan, ambos están llenos de miedo!», me dijo. «Mi regalo será el amor y la belleza de la hija de Leda, más hermosa que su madre, que vendrá a tus brazos».

Lope Félix de Vega y Carpio tocó el tópico en

LO QUE HICIERA PARIS SI VIERA A JUANA

Como si fuera cándida escultura
en lustroso marfil de Bonarrota,
a Paris pide Venus en pelota
la debida manzana a su hermosura.

En perspectiva Palas su figura
muestra por más honesta, más remota;
Juno sus altos méritos acota
en parte de la selva más escura;

pero el pastor a Venus la manzana
de oro le rinde, más galán que honesto,
aunque saliera su esperanza vana. 

Pues cuarta diosa en el discorde puesto,
no sólo a ti te diera, hermosa Juana,
una manzana, pero todo un cesto. 

José Santos Chocano en 1899 escribe

ONOMÁSTICO

Aunque Paris no soy, por más que vivo
tras un hato de ovejas, ya que adoro
tu hermosura de Venus, pensativo
busco un regalo para ti y altivo
mándote un cesto de manzanas de oro.

Altivo, sí, me siento en mi ventura;
porque son mis manzanas de aquel huerto
de que saliera el premio a la hermosura,
que Venus alcanzó: Venus no ha muerto,
desde que triunfas sobre tantas bellas;
pero yo no te ofrezco en mi locura
una manzana, sino un cesto de ellas!

Acepta, tú, mis fervorosas preces,
ya que, en el culto del regalo mío,
te he proclamado Venus tantas veces
cuantas son las manzanas que te envío! 

Desque así me seduce tu hermosura,
sírvate de simbólico presente
la fruta de amor, que en los altares
de tus nupcias, quizás, con la blancura
de la pureza, tejerá en tu frente
primaveral corona de azahares… 

Es la fruta nupcial la que te envío,
no es la fruta malsana,
que ofreció en el edén árbol impío
para desdicha de la especie humana.
Newton vivió ignorante de la vida:
nunca mordió la bíblica manzana;
¡y descubrió la ley de su caída!… 

Es la manzana, de las carnes frescas
en áureo estuche, la que acaso siente
todas mis arribiciones lomancescas,
a la presión de tu atilado diente:
rasga la piel y pide a su desnuda
carne después el jugo que te sacia,
como se sacia mi ardorosa duda
con los agridulzores de tu gracia…

Es un pretexto mi regalo en suma
para poderte regalar de paso
el alma entre los versos de mi pluma,
que apenas corre en el papel, acaso
porque la idea de tu amor la abruma;
y ya que su manzana te daría
Venus también, disipa tus enojos
Y acaba de leer la carta mía,
¡Si no la quema el fuego de tus ojos!… 

Los grandes maestros de la Historia del Arte han tocado este mito a lo largo de los siglos. Durante el Barroco los temas inspirados en la Mitología gozaron de gran predicamento. En una sociedad tan pacata en la moral sexual, con las rígidas normas de la Contrarreforma según las cuales un esposo no podía ver desnuda a su legítima y, si quería “darse una alegría”, debía acudir a una casa de lenocinio, los grandes mecenas, empezando por los propios reyes, encargaban a los artistas obras de temática mitológica. Según los cánones puestos en marcha por el arte griego, los dioses debían representarse desnudos como señal de su divinidad. Así que, si los potentados del XVII encargaban alguna obra de esta temática, algo de carne se llevarían a sus ojos. Pedro Pablo Rubens inmortalizó hasta en cuatro ocasiones “El Juicio de Paris”: en 1597, 1608, 1632, 1638. La segunda y la última descansan en el Museo del Prado (aunque sólo se expone la de 1638). Para gozar de las otras dos habríamos de viajar a la National Gallery de Londres. El Museo de Málaga atesora una deliciosa recreación del mito pintada en 1904 por Enrique Simonet.

Atenea y Hera no llevaron nada bien la derrota y juraron odio eterno a Paris y a su ciudad. Éste conoció que no se llamaba Alejandro sino Paris, a la vez que descubría sus orígenes reales. Con ayuda de Afrodita consiguió ser reconocido en sus derechos y una flota para seducir a Helena y sembrar la semilla de la Guerra de Troya, que a tantos jóvenes condujo de manera precipitada al Hades, cumpliendo el plan de Momo para aliviar a Gea del peso de mortales sobre ella.

Pero esto es otra historia. Despidámonos con el resumen de la misma que nos cantó de manera magistral Sor Juana Inés de la Cruz:

DÉCIMAS

ALMA, QUE AL FIN SE RINDE AL AMOR RESISTIDO: ES ALEGORÍA DE LA RUINA DE TROYA

Cogiome sin prevención
Amor, astuto y tirano:
con capa de cortesano
se me entró en el corazón.
Descuidada la razón
y sin armas los sentidos,
dieron puerta inadvertidos;
y él, por lograr sus enojos,
mientras suspendió los ojos
me salteó los oídos. 

Disfrazado entró y mañoso;
mas ya que dentro se vio
del Paladión, salió
de aquel disfraz engañoso;
y, con ánimo furioso,
tomando las armas luego,
se descubrió astuto Griego
que, iras brotando y furores,
matando los defensores,
puso a toda el Alma fuego.

Y buscando sus violencias
en ella al Príamo fuerte,
dio al Entendimiento muerte,
que era Rey de las potencias;
y sin hacer diferencias
de real o plebeya grey,
haciendo general ley
murieron a sus puñales
los discursos racionales
porque eran hijos del Rey. 

A Casandra su fiereza
buscó, y con modos tiranos,
ató a la Razón las manos,
que era del Alma princesa.
En prisiones su belleza
de soldados atrevidos,
lamenta los no creídos
desastres que adivinó,
pues por más voces que dio
no la oyeron los sentidos. 

Todo el palacio abrasado
se ve, todo destruido;
Deifobo allí mal herido,
aquí Paris maltratado.
Prende también su cuidado
la modestia en Polixena;
y en medio de tanta pena,
tanta muerte y confusión,
a la ilícita afición
sólo reserva en Elena.

Ya la Ciudad, que vecina
fue al Cielo, con tanto arder,
sólo guarda de su ser
vestigios, en su ruina.
Todo el amor lo extermina;
y con ardiente furor,
sólo se oye, entre el rumor
con que su crueldad apoya:
«Aquí yace un Alma Troya
¡Victoria por el Amor!»

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