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Moccia haciendo el candado

Moccia haciendo el candado

Ni Yakuza, ni Triadas, ni Ndrangheta. Hay dos organizaciones criminales a las que ningún país escapa. Su maléfica influencia se expande como una plaga.

La primera es el aparentemente inocuo gremio de fabricantes de candados. Cuando los tutoriales en YouTube empezaron a mostrar cómo podían forzarse sus productos, las alarmas se dispararon en el sector. Luego sus mentes maléficas acertaron a revertir el proceso y lograron ingentes beneficios: aprovechar la estupidez connatural de adolescentes y turistas paletos, incitándolos a jarbar con candados las barandillas de cualquier puente.

La última víctima de tal práctica ha sido el nuevo puente de los Carniceros en Liubliana (Eslovenia), donde no sólo cuelgan ya candados de todo tipo —incluso pitones de bicicletas—, sino que varias de sus estatuas han sido engrilletadas con alevosía y premeditación.

Esta maléfica estrategia ha sido posible gracias al inestimable concurso de Federico Moccia. Guionista, vapuleado director cinematográfico —su cinta Palla al centro no es de este mundo— y sobrevalorado escritor romántico; Moccia no titubeó en prestar su talento al servicio de tal causa.

"Hordas de zombis melifluos vagan por el mundo acerrojando pretiles, creyendo ejecutar un ritual de arrebatado romanticismo"

Su victoria cuajaría en A tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti, donde hizo pasar como símbolo de amor eterno a vulgares utensilios de cerradura. Bajo su pérfido embrujo, primero sucumbiría el Puente Milvio en Roma. Luego, ya en París, el de las Artes y el puente Nuevo. Las dos urbes debieron afrontar costosas labores para rehabilitar esas pasarelas y por eso han establecido duras medidas sancionadoras contra dicha práctica. Pero ya es tarde. Hordas de zombis melifluos vagan por el mundo acerrojando pretiles, creyendo ejecutar un ritual de arrebatado romanticismo.

Similar perversidad criminal alienta el ramo de fabricantes de calzado deportivo. No contentos de usar la explotación laboral infantil, ciertas marcas ingeniaron una añagaza para que sus clientes desechen las zapatillas usadas y compren otras nuevas.

Así se explican los millares de bambas con los cordones enlazados que penden de tendidos electricos por el mundo. Resulta bastante aleccionador el retrato que, en clave de mordaz parodia, incluye la película Wag the Dog (New Line Cinema, 1997), dirigida por Barry Levinson y distribuida en España como La cortina de humo.

La cinta versiona, muy libremente, la recomendable novela de Larry Beinhart Héroe americano (Nation Books, 1993). De hecho, la trama del libro caricaturizaba una conspiración en favor del entonces presidente George Bush padre. El filme, sin embargo, se rueda bajo la era Clinton y el escándalo de Monica Lewinsky.

"Wag the Dog merece hoy un detenido visionado en plena era de bulos, trolas y mentiras"

Dicho panorama alumbró una feroz sátira en celuloide, donde se crucifican los tejemanejes de la alta política en Washington, los servicios de inteligencia, la doblez de Hollywood e incluso la Balada de los Boinas Verdes, himno oficioso de las fuerzas de operaciones especiales.

Una secuencia memorable de la peli muestra a los protagonistas, encarnados por Robert de Niro y Dustin Hoffman, enredando decenas de playeras a las líneas de electricidad, para simular que es una muestra de la voluntad popular estadounidense, por traer de vuelta a casa a un supuesto héroe militar capturado por el enemigo.

Wag the dog merece hoy un detenido visionado en plena era de bulos, trolas y mentiras (fake news y posverdades, si usted ignora el inglés o es un cursi de marras), sobre todo por su facilidad para arrancar carcajadas al espectador.

Pero nadie entre los novelistas alcanzó tan depurado nivel de propaganda empresarial como el escritor anglocanadiense Arthur Hailey. Pluma de gran intuición, Hailey estudió al detalle el trasfondo y los usos de los sectores industriales donde ambientaba sus novelas. Eso convirtió a sus libros en auténticos superventas de su época, que pasarían luego al cine y la televisión.

Sus obras “surgían” oportunas cuando ciertos sectores atravesaban crisis de imagen o eran abiertamente cuestionados por sus sucios tejemanejes, como por ejemplo el “escándalo de la Lockheed” o el vampirismo de las eléctricas en los EEUU.

El buen Arthur convirtió las tramas de algunos de sus volúmenes más afamados (Aeropuerto, Traficantes de dinero, Apagón) en exhaustivas radiografías de corporaciones aeronáuticas, bancarias o energéticas. Además sabía crear unos protagonistas cuasi virginales, a quienes oponía antagonistas perfectamente dibujados, responsables de todas las vicisitudes, ilegalidades o irregularidades que acontecían.

Sólo su primer gran éxito, Hotel (Doubleday, 1965) donde destripaba los entresijos de un establecimiento de élite, escapó a esa tendencia, y prueba de ello es que aún sigue generando secuelas televisivas. Tan sólo en España —país donde el turismo constituye la mayor fuente de ingresos desde la dictadura franquista a la fecha— se publicaría una novela que pudo competir con la de Hailey: Torremolinos Gran Hotel, de Ángel Palomino (Alfaguara, 1973).

Dicho autor había dirigido un establecimiento del ramo y trabajado luego en grandes cadenas como Meliá, y de ahí el verismo en las situaciones relatadas. Lamentablemente, su ideología (reconocido oficial franquista y profesor de la Academia Militar de Toledo, su patria chica) pesó mucho en contra de su calidad narrativa. Especialmente tras devenir en apologista del golpismo durante la Transición, usando la tribuna del extinto diario El Alcázar, órgano de la ultraderecha nacional.

Pero ojalá los adeptos al candadismo leyeran alguna de las novelas citadas, en vez de al pérfido Moccia. Muchas ciudades lo agradecerían.

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