Nace el último bohemio

Otro veinte de abril, el de 1927, viene al mundo en Cartagena un niño que, cuando crezca, se habrá de convertir en el último representante de la bohemia finisecular madrileña… Vamos con la explicación que exige la falta de coincidencia entre el dato y la dignidad que, ochenta años después, cuando muera el neonato, le asignarán con sumo acierto los autores de las noticias necrológicas que acusarán su partida.

Como es harto sabido, madrileño es todo aquel que reside en Madrid porque ama a esta ciudad con independencia de su contaminación, las injurias que le dedica el sempiterno ruralismo y el lugar donde dicho madrileño haya nacido. Y Pedro Beltrán, el niño que abrió los ojos un día como hoy hace noventa y cinco años, quiso tanto a Madrid que no pudieron echarlo de ella ni la falta de trabajo ni los años que le hicieron viejo. Ni siquiera los rigores del franquismo. Es más, si después de todo resultase ser cierto ese agujerito, que dicen reserva el más allá a los buenos madrileños, para seguir observando El Foro desde la eternidad, allende el espacio y el tiempo, seguro que Beltrán nos mira desde allí mismo.

Ahora bien, en 1950, cuando ya treintañero llegue a Madrid el recién nacido, de la bohemia que conoció la capital en las postrimerías de la centuria decimonónica no quedará ni el recuerdo. Medio siglo después de su extinción, ¿quién va a evocar a unos desdichados, enemigos del agua y del jabón, que paseaban su hambre, sus versos y sus miserias por las tertulias de los cafés de la Puerta del Sol y de la calle Preciados? Sólo por ese olvido, cumplió, cumple y cumplirá dar noticia de Heliodoro Puché, a quien el alcoholismo acabó convirtiendo en un verdadero guiñapo; del tísico Armando Buscarini, quien, para mofa del paisanaje, recitaba en la calle de Alcalá los poemas alucinados que dedicaba a los hampones; de Pedro Luis de Gálvez, antiguo mercenario en Grecia y exrecluso en el penal de Ocaña, cínico borracho y amoral a la par que autor de hermosísimos sonetos.

Pedro Beltrán vivirá su momento estelar cuando, ya andando en su vida madrileña, Fernando Fernán Gómez lo describa como un epígono de todos ellos, “un bohemio equivocado que vive en la bohemia cuando la bohemia ya no existe”. Y bien es cierto que, cambiando la buhardilla por la pensión con patrona condescendiente ante los meses no pagados, el hambre por las comidas de prestado y la suciedad por ese aseo personal que se generalizó en el siglo XX, el niño que viene al mundo un día como hoy, cuando crezca será un bohemio como los de antes. Y lo será además cuando la vida burguesa se haya impuesto sobre todas las cosas. En el Café Gijón, uno de los últimos de entre sus pares, recitará sus versos. Encendidos poemas contra el franquismo que nunca llegará a imprimir por miedo a que, de hacerlo, vuelvan a meterlo en la cárcel.

"Tendremos que hablar de un editor que pagaba el entierro a los autores que se le morían en la ruina. Será en aquel Madrid precisamente donde Pedro Beltrán se dará a conocer como poeta"

Sus primeras noticias hablarán de él como de un niño que quiso ser torero, con tanto afán que le pidió un traje de luces a Manuel Azaña y que, éste, entonces presidente de la república, tuvo a bien regalárselo. Después, al comprender que la vida va en serio, intentará ser practicante en Valencia. Llegará a enfermero en Murcia. Pero será en el Madrid de mediado el siglo XX donde le saldrá al paso su verdadero destino. En la capital se empleará por primera vez como actor en Bajo el cielo de España (1953), cinta de toreros dirigida por Manuel Contreras Torres. Pondrá en práctica cierta experiencia, adquirida mientras se desempeñaba como intérprete en Valencia, y su buen hacer le proporcionará cierta continuidad en el oficio. Ocupación que, por otro lado, es ideal para una persona como Pedro Beltrán, quien tendrá alergia al trabajo en plantilla, las ataduras contractuales y la vida burguesa.

Luis García Berlanga lo empleará por primera vez en Calabuch (1956). La amistad que surgirá entre ambos será tan grande que, entre la gente del cine, se llegará a decir que, ya en su otoño, cuando Beltrán caiga enfermo y se vea obligado a ir al hospital sin tener dinero para pagar el tratamiento, el realizador se hará cargo de la factura con su elegancia característica.

"Como guionista llegará a estar nominado al Goya del oficio en la primera edición de estos premios"

Bohemio o no, en aquel Madrid de las pensiones y de los actores que suplican a la patrona que les fie “hasta el mes que viene” —y habrá pocas que no acepten—, no serán raros estos favores. Otro día tendremos que hablar de un editor —y elogiarlo debidamente— que pagaba el entierro a los autores que se le morían en la ruina. Será en aquel Madrid precisamente donde Pedro Beltrán se dará a conocer como poeta.

Sus versos no serán impresos hasta 2002. Verán la luz en un libro-disco, Burro de noria, que contará como rapsodas con actores del calibre de Elena Anaya, Imanol Arias o Juan Echanove. Pero como guionista se dará a conocer con El extraño viaje (1964), una de las cintas más celebradas de Fernando Fernán Gómez, que el último bohemio escribirá junto a García Berlanga y Manuel Ruiz del Castillo. Como guionista llegará a estar nominado al Goya del oficio en la primera edición de estos premios.

Vendrá un día en que Pedro Beltrán sea bien recibido en todos los rodajes. De hecho, siempre que vea un equipo trabajando en la calle se acercará a saludarlos. Todo el Madrid del cine, desde Ava Gardner hasta el último técnico, llegará a conocerlo. Todos simpatizarán con él, al igual que el Madrid, si bien ya no bohemio, al menos heterodoxo y noctámbulo. Pero Pedro Beltrán estará solo cuando la Parca vaya a buscarle. Se marchará sin aplausos. Otro actor, Gabino Diego, se lo encontrará cadáver en la habitación de la última pensión. Como si hubiera sido una secuencia de El viaje a ninguna parte (1986) de Fernán Gómez. Así se escribe la historia. Deberían dedicarle una calle.

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