En Hijos de Abraham, Marc David Baer se propone una tarea tan necesaria como incómoda: contar la historia de las relaciones entre judíos y musulmanes sin someterla a ninguno de los dos grandes relatos que han terminado por dominar nuestra percepción del pasado. Ni una idílica “edad de oro” de convivencia interreligiosa, ni una interminable sucesión de persecuciones y guerras. Entre ambas imágenes cabe algo mucho más parecido a la historia real: una relación de catorce siglos hecha de cooperación y conflicto, alianzas y rivalidades, tolerancia y discriminación. La idea puede parecer sencilla, pero sus implicaciones son enormes. Buena parte de lo que hoy creemos saber acerca de judíos y musulmanes procede de mirar el pasado desde el presente, de proyectar el conflicto entre Israel y sus vecinos hacia atrás y convertir los siglos anteriores en una especie de prólogo inevitable de 1948. Baer sugiere invertir la perspectiva y preguntarse cómo fueron realmente esas relaciones antes de que el nacionalismo, el colonialismo y la creación del Estado de Israel las transformaran. El resultado es una historia que comienza en el siglo VII, con la aparición del islam, y llega hasta nuestros días. La primera parte recorre la época premoderna: los primeros pactos de alianza y protección, el reino judío de Jazaria, al-Ándalus, el Imperio otomano y Marruecos. La segunda aborda el colonialismo, el nazismo, el nacimiento del sionismo y de Israel, el éxodo de las comunidades judías de los países árabes y la situación actual. Pero Baer no se limita a yuxtaponer episodios. Hay una interpretación que recorre todo el libro: la historia de judíos y musulmanes ha estado determinada, una y otra vez, por las relaciones de poder. El judío aparece en ocasiones como aliado del musulmán y este como protector del judío; una comunidad alcanza riqueza e influencia y, posteriormente, puede perderlas cuando se considera que ha vulnerado el pacto que regulaba su posición; la presencia de un tercer actor —la Europa cristiana primero, las potencias coloniales después— modifica continuamente la relación entre ambos grupos. Ahí reside buena parte del interés del libro. Baer no pretende demostrar que los musulmanes fueran particularmente tolerantes con los judíos, ni que el mundo islámico constituyera un refugio permanente frente a la persecución cristiana. La llamada tolerancia otomana, por ejemplo, no equivalía a igualdad: la convivencia se asentaba sobre una relación desigual y podía desaparecer cuando cambiaban las circunstancias. Aunque tampoco acepta la visión de una hostilidad musulmana hacia los judíos tan antigua como el propio islam. Desde los primeros capítulos muestra hasta qué punto ambas tradiciones compartían conceptos, prácticas y referencias religiosas. Judíos y musulmanes ayunaban, rezaban, se purificaban antes de la oración, practicaban la circuncisión, rechazaban el cerdo y reconocían Jerusalén como ciudad santa y a Abraham como antepasado común. La semejanza, sin embargo, podía constituir también fuente de rivalidad: ambos se consideraban hijos del patriarca y ambos reivindicaban, de maneras distintas, su herencia. No es casual que esa imagen dé título al libro. Isaac e Ismael, Sara y Agar representan dos ramas de una misma genealogía que reclaman la herencia de un padre común. La conclusión retoma esa metáfora para plantear la posibilidad de reconocer dos herencias y no una sola. Para quienes hayan leído Otomanos. Kanes, césares y califas, del mismo autor, el capítulo dedicado a su imperio resulta especialmente revelador. Baer contempla aquí desde otro ángulo un mundo que ya conocemos: el judío protegido por el sultán, el sefardí convertido en aliado de la dinastía, las oportunidades económicas y políticas, pero también las restricciones y la subordinación. En Hijos de Abraham, el título del capítulo “Musulmanes salvadores” resume una de las ideas que atraviesan la obra. La modernidad cambia las reglas del juego. El colonialismo, los nacionalismos y el antisemitismo introducen categorías nuevas y rompen progresivamente una relación que, con todas sus desigualdades, se había prolongado durante siglos. De ahí que la segunda mitad del libro siga el proceso que conduce hasta la creación de Israel y, después de 1948, al éxodo de las comunidades judías del mundo árabe y a la transformación de antiguas relaciones de vecindad en identidades nacionales enfrentadas. El presente aparece, inevitablemente, en las últimas páginas. Baer escribe a la sombra del 7 de octubre de 2023 y del conflicto de Gaza, pero, precisamente, para advertir contra la tentación de convertir las luchas actuales en la clave interpretativa de catorce siglos de historia. Ni Netanyahu ni los dirigentes de Hamás representan a todos los judíos o a todos los musulmanes; judíos y musulmanes no han estado siempre enfrentados.
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Autor: Marc David Baer. Título: Hijos de Abraham: Historia de la relación entre judíos y musulmanes. Traductor: Ricardo García Hererro. Editorial: Desperta Ferro. Venta: Todos tus libros.


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