Antes de que se inicie la obra propiamente dicha, el autor de la edición, el conocido y prestigioso hispanista italiano Gabriele Morelli, ha tenido a bien presentar las fotos de los dos principales protagonistas: de un lado, el escritor vasco Juan Larrea y, por otra parte, el profesor e investigador británico Robert Gurney, quien ha cedido esta valiosa correspondencia para que la figura de Larrea alcanzara mayor brillo y (re)conocimiento público si cabe.
Larrea (Bilbao, 1895 – Córdoba de Argentina, 1980) pasa por ser uno de los grandes olvidados del 27, quizá por su temprano exilio en tierras americanas a causa de la Guerra Civil. Un olvidado que fue devuelto a la vida literaria poco después de su muerte cuando, en 1984, se celebraron en San Sebastián las denominadas Primeras Jornadas Internacionales Juan Larrea. Y unos años después, Seix Barral, con una selección a cargo de Pere Gimferrer, rescató buena parte de su diario poético, titulado Orbe.
Es obvio que el buen nombre y la buena literatura de Larrea aún están pendientes de estudios serios y de nuevas investigaciones. De ahí la oportunidad de sacar a la luz, bajo la batuta de un experto en la materia como Gabriele Morelli, esta correspondencia que, aun no siendo demasiado extensa, arroja nueva luz sobre su vida y, muy especialmente, sobre su obra.
Este pequeño volumen, de apenas dos centenares de páginas, se compone de una introducción, donde aparecen los oportunos y bien ponderados comentarios de Morelli, quien procura mantenerse al margen y no dar rienda suelta a la emoción, una segunda parte con las cartas que Juan Larrea dirige a Robert Gurney, y, finalmente, unas notas aclaratorias que hacen más comprensible el contenido de aquellas misivas.
Morelli define a Larrea como un poeta “obstinadamente esquivo y solitario”, en tanto que Gurney, que ocupa aquí un lógico segundo plano, aparece con la vitola, nada despreciable, de ser un aventajado discípulo de Ian Gibson, el conocido biógrafo de García Lorca, Dalí y Antonio Machado, entre otros. Gabrielle Morelli, con buen criterio, procura mantenerse al margen, dejar que sea el propio lector de esta edición el que saque sus conclusiones, de manera que, en vez de dedicarse a calificar ciertas actitudes del poeta exiliado, recoge materiales procedentes de sus cartas en donde se aprecia, con pruebas fehacientes, el carácter, un tanto irascible y peleón, de Larrea. Así sucede, por ejemplo, cuando él mismo se coloca, no sabemos si merecidamente, en una poltrona rodeado por Vicente Huidobro y César Vallejo, por aquello de que todos ellos coincidieron a la hora de discrepar del Surrealismo.
Pero, quizá, lo más llamativo de esta meditada introducción, que habla por sí misma de la fuerte personalidad del escritor vasco, se halla en aquel pasaje en el que, a través de una memorable carta, Larrea reta a Luis Buñuel, quien, a su vez, se había “cagado”, de boquilla, en Larrea. Ya se sabe que el cineasta aragonés era de armas tomar y fue siempre temido por su brutalidad, que gustaba de exhibir con harta frecuencia. Pero Larrea, como buen bilbaíno, no se arredra y entra al trapo con una valentía fuera de toda duda: “… sépase que el día que me tocara usted un pelo sería un día triste para sus dientes y si fuera usted más fuerte que yo se encontraría usted cinco tiritos en el vientre, aunque tuviera que buscarlo debajo de la tierra y aunque me pudriera en la cárcel”. La bibliografía que emplea Morelli en esta flamante edición, que hubiera podido merecer una portada más vistosa y un papel de mayor calidad, es amplia y selecta, y no faltan en la misma los grandes especialistas en la materia, desde Bodini hasta C. B. Morris, pasando por los inevitables Gerardo Diego, Vicente Aleixandre y Luis Felipe Vivanco.
Las cartas definen, bien a las claras, la poética de Larrea, así como esa personalidad que debió agriarse un tanto a causa del exilio. Odiaba las erratas, así como los errores gramaticales, y era, además, uno de esos escritores a los que no le importaba romper numerosas cuartillas hasta conseguir el efecto deseado para su poesía y su prosa. Un carácter muy fuerte y, en ocasiones, por qué no decirlo, un tanto vanidoso y soberbio a la hora de considerarse a sí mismo: “Mi nombre —escribe en su carta dirigida a Gurney, fechada el 16 de noviembre de 1974—, si bien tabú para la censura, se halla hoy en alza”. Y un poco antes, en su misiva del 14 de junio de 1972, afirma que en su poema titulado “Evasión” está presente Ulises “tres años antes de que apareciese el libro de Joyce”.
En las cartas que aquí se recogen, Larrea, que ya empieza a considerar a su colega británico como un amigo, habla abiertamente, sin tapujos, de sus relaciones con los otros escritores de su tiempo, a veces con una violencia verbal innecesaria. Es verdad que Juan Larrea llegó a saber que César Vallejo había manifestado en cierta ocasión que el poeta vasco estaba loco, hasta el punto de creer ser el Mesías, a lo que Larrea, después de manifestar que César Vallejo era poco menos que un hermano —aunque se sentía incapaz de comprender la poesía de Trilce—, le llama “fanático de la sensibilidad”.
Vicente Huidobro merece un comentario aparte. Pese a admitir que, a sus ojos, se había convertido en “un personaje espectacular”, unas líneas más abajo, dentro de la misma carta, habla del “egoísmo desenfrenado” del mismo autor, con su “soberbia constitutiva” y su “incorregible afán de predominio”.
En estas cartas, que, en la mayoría de los casos, resultan ciertamente entretenidas, hay momentos en los que asoma una mínima parte de la intimidad de Larrea, siempre cauto en estas lides. Pero no es lo más frecuente. Así, de este modo, en una carta fechada en Córdoba (Argentina) el 21 de septiembre de 1973, Larrea le da detalles a Robert Gurney del robo efectuado por Ana María, “la Gorda”, es decir, la mujer que llevaba a cabo los quehaceres de la casa y que se marchó sin avisar “llevándose mil quinientos pesos de mi gaveta”. Tampoco faltan, en muy pequeñas dosis, algunos brotes verdes de sano humor, como cuando su perro devora, casi por completo, un sobre con fotocopias de Max Aub y Paul Ilie: “El cartero debió deslizarlo bajo la puerta hace más de un mes, y en un rato de humor maligno la perra lo mordisqueó —me resisto a creer que pretendiera leerlo— y completó luego el desaguisado escondiéndolo”.
Llama la atención que, después de 1975, Larrea, en su condición de viejo exiliado, hable poco, casi nada, de la nueva situación española, tras la muerte del dictador. Sólo en una ocasión, en una carta de finales de 1976, escribe que “en España parecen también moverse las cosas”, sin otros detalles de consideración. La correspondencia con Robert Gurney, que ahora sale a la luz, iniciada en agosto de 1969, concluye en septiembre de 1978. Juan Larrea murió dos años después, en julio de 1980, en la propia Córdoba de Argentina, perdida por completo la esperanza de retornar a una España que tanto le debe.
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Autor: Juan Larrea. Título: Correspondencia con Robert Gurney. Editorial: Renacimiento. Venta: Todos tus libros.


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