Enrique Lynch (Buenos Aires, 1948 – Barcelona, 2020), filósofo y ensayista, además de importante editor y profesor, vivió la mayor parte de su vida en España tras su exilio por la dictadura argentina. La nómina de sus libros dan cuenta de la diversidad y riqueza de sus intereses intelectuales; en especial, el arte, la filosofía y su relación con la literatura, el lenguaje, el problema de la identidad, la cultura de la imagen, los convencionalismos sociales. Durante los últimos años de su vida, desde 2006 a 2020, fue publicando cada uno o dos días artículos de pensamiento en una sección fija, «El Nubarrón», de la revista digital Las Nubes, que confeccionaba con un grupo de trabajo que él mismo dirigía; de todo lo cual nos informa uno de sus miembros, Carlos Revetria, autor de la selección de estos textos y su nota preliminar. Nubarrones recoge su mayor parte, ordenados en dos volúmenes que superan las mil páginas; el primero de contenido más filosófico y el segundo sobre artes, literatura y estética, a lo que se añade una parte autobiográfica.
Lynch entra en cada cuestión de forma directa, expone su idea, rebate las de sus oponentes dialécticos si es preciso, la desarrolla, la abandona dejándonos convencidos o dudando, deseando continuar ese diálogo que él ha comenzado. Cada entrada o pequeño artículo es ocasión para que el lector reflexione azuzado por él, por su mirada inteligente, culta y desacomplejada. Con un estilo siempre accesible, algunas notas son sencillas; otras exigen releer lo dicho, calibrarlo, pronunciarse. Me parece destacable que sostiene un pensamiento propio, posee argumentos para defenderlo; a menudo parte o refiere alguna cita, no para ahorrarse el compromiso de razonar, sino como una iluminación que lo corrobora; su amplia cultura es una herramienta de trabajo, diríamos; rechaza de plano la pedantería, incluso bromea sobre ella si se asoma. Entre los autores más nombrados, sobre todo Nietzsche, también Enst Jürgen, Kierkegaard, Lacan, o Hegel a pesar de sus discrepancias. Por el contrario, no duda en cuestionar a consagrados, a Deleuze por su filosofía «hecha de ocurrencias y de boutades», el desorden de Wittgenstein, a Gadamer y Habermas; en ocasiones con rudeza: «El estilo de Ravel es tan pomposo y fatuo como el de Hugo, Anatole France, o el de Foucault, esa verborrea fluida y engañosamente ocurrente que remedan a la perfección los ensayistas mediáticos que Francia produce en serie desde los tiempos de la revolución (Glucksmann o Lévy o Sollers…) […]. Pero a mí me gusta Ravel».
Sus reflexiones versan con mucha frecuencia sobre estética, de la que fue profesor en la Universidad de Barcelona: «El objeto bello da fe de sí mismo sin razón, y su belleza se convierte en la vía inefable que nos permite acceder a una fiesta: algo así ha podido existir y se ha dado a nuestra experiencia». Y aun analiza sus propias vivencias: «Cuando leo o cuando miro atentamente una obra de arte o cuando escucho una música no puedo evitar tomar partido o pensar que todas estas preferencias mías, que forman otras tantas identificaciones, están estructuradas y jerarquizadas y me han permitido compartir la compañía de otros espíritus, lejanos y desconocidos, con los que formo una comunidad inconfesada, así como me han servido para conocer el lado oculto de mí mismo, lo que nunca confieso». También sobre literatura: «La manera en que una frase se apodera de un lector tiene siempre algo de asombroso o de mágico. Una simple combinación de palabras enlaza en la consciencia con un marco indefinido de experiencias o saberes del lector y da lugar a una especie de iluminación que hace de la lectura una experiencia única e imprevisible».
Enrique Lynch observa la realidad desde una perspicacia muy particular, desde la que muestra lo que suele pasar desapercibido. Un ejemplo: «Sabemos que no hay una escritura buena en contraposición con otra mala y, en cambio, es muy fácil determinar quién es un buen lector y quién se pierde en irrelevancias o en la maraña de sus propios prejuicios». Hay en él una visión humanista de la cultura; detesta la vanidad, la vaciedad, el mero formalismo, el realismo pictórico, por ejemplo, le parece un modo de ocultar lo real para señalar ante todo el hecho de la pintura. Sobre la creación artística, señala: “En la obra de los grandes artistas importan los comienzos y los finales. Yo diría que sobre todo interesan los finales, pues ante la proximidad de la muerte la obra se va despojando de servidumbres y los aderezos circunstanciales […] Importa esa sabiduría postrera que llega con el final de la vida, cuando solo quedan el autor y su obra y los demás ya no interesan». De alguna manera, su reivindicación del saber y la belleza es una protesta por la vía estética, una vez que se adivina su desencanto por la política, en una sociedad que no le satisface. «De la actual cultura de la desvergüenza da testimonio la admiración mediática por el psicópata, especie de héroe que nunca experimenta culpa alguna por sus actos; el lenguaje soez generalizado, que es la fórmula de la presentación de la impudicia; y la humillación, mot d’ordre cotidiano en la sociedad del individualismo completo».
Su capacidad para volver sobre lo ya pensado y cuestionarlo es uno de los atractivos de muchos pasajes. «¿Por qué no pensar que en lugar de enamorarse de su doble, Narciso fue víctima de la angustia, como Cioran o yo mismo, y se suicidó? Que no se enamoró de su imagen sino […] sintió repulsión o desasosiego ante la visión de sí mismo». No siempre los fragmentos llegan a una conclusión. En ocasiones se interrumpen como atacados por la duda o por el descubrimiento de posibilidades no pensadas, o porque sencillamente no cabe superar las aporías.
Por otro lado, Lynch no solo aborda el mundo del arte y el pensamiento. De enorme interés me parecen sus reflexiones sobre la compleja y paradójica condición humana. Estas muestras pueden dar idea de su penetración. Acerca de las parejas: «Cuando una relación se rompe no es la recompensa de nuestro interés lo que se frustra con la ruptura sino esa otra recompensa que el otro nos inhibe de realizar: la ocasión de dar». «Formar una pareja […] no es un acuerdo o alianza entre dos seres más o menos compatibles. Tampoco consiste en hacer de dos, uno, como reza el tópico, sino más bien lo contrario: se trata de empezar a vivir «de a dos», es decir, dejar de ser uno para pasar a ser dos». Respecto de las relaciones humanas, analiza «lo mucho que se parecen los movimientos de las piezas de ajedrez a las maneras como un individuo se aproxima a (o se aleja de) otro». Igualmente piensa sobre ciertos hábitos, ciertos vicios: «¿Los que archivan sus papeles vuelven alguna vez sobre esos textos olvidados? Muy pocas veces, y casi siempre lo hacen de forma abrupta, como quien tropieza con el peldaño de la escalera; y casi seguro que con cada reencuentro sufren». «Un embuste es bastante peor que una mentira. El embuste no se mide por la falsedad que afirma sino porque expresa un propósito maligno: fabricar un sustituto de lo verdadero […], (re)presentar un personaje que en rigor no existe. Por eso el mentiroso suele ser un pobre diablo mientras el embustero es siempre un miserable».
Su meditación lo lleva también a dialogar consigo mismo, a veces en tercera persona, con frecuencia de modo irónico: «No te asustes, no tengas miedo de caer en los abismos del amor romántico; que no perderás la razón; y recuerda siempre que, aunque no creas en Dios, hay cosas que son sagradas». «Hay días en que, a mí, que soy un papanatas pagado de sí mismo, me gustaría ser otro». «(Déjalo ya: no estás tú para imágenes y menos aún para ninguna clase de misterios)»; «(Vamos ya, ve al grano)». En la parte final del segundo volumen traza una autobiografía más bien tácita, pero en que revela claves de su exilio, rupturas familiares, búsquedas. Su último artículo aparece el 24 de octubre de 2020, doce días antes de fallecer: «Perder la vida no es algo que me preocupe, (no es que no tenga miedo a la muerte, naturalmente tengo miedo a morirme, como todos) […]. Cuando uno llega a este punto, se da cuenta de que hay una imagen de ti que es un personaje que tú mismo has creado, pero hay otra imagen que la construye, el relato que hacen otros de ti.[…] Puede que ahí esté la clave […], en mantenerme aquí, sin derrumbarme».
En sus ensayos (La lección de Sherezade: Filosofía y narración o Prosa y circunstancia, entre otros), Enrique Lynch ha desplegado su rico y vivaz pensamiento; en estas notas ahora recopiladas continúa su reflexión imparable. Él mismo es crítico hasta cierto punto con la fórmula: «La escritura fragmentaria es invulnerable, en parte porque como apunta (el escritor que firma) Blanchot […] su autor ignora o se desentiende de la contradicción […] se diría que solo le interesa el trazo. […] la escritura fragmentaria no puede ser descifrada, sino que su significado último, si lo hubiera, se disipa en infinidad de interpretaciones». Con todo, Nubarrones nos muestra que las intuiciones, las ideas, los interrogantes de un autor no siempre acaban formando parte de un libro unitario más o menos coherente y cerrado; el pensamiento libre adopta las formas más variadas para dar testimonio de lo vivido, pensado y disfrutado, y finalmente compartido.
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Autor: Enrique Lynch. Título: Nubarrones (2 volúmenes): I: Una filosofía a retazos; II: Arte, música, cine y literatura seguidos de lo que pudo haber sido una autobiografía. Editorial: Ladera Norte. Venta: Todos tus libros.



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