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Nunca ganaremos el Mundial

No lo vi. Dijeron que era de color blanco. Algunos vociferaban que había sido un «Morris». Varias personas me rodeaban, me preguntaban por mi supuesto dolor y casi me obligaban a llorar. Yo solo tenía ojos y oídos para Nacho. Le veía como se alejaba, gritando. Gritando mucho. Nada de eso hubiera pasado si hubiésemos ido a misa de ocho, como le habíamos prometido a todo el mundo.

Cada vez había más gente, pero —para mi vergüenza— yo seguía sin sentir algo más que un leve cosquilleo en mi pie izquierdo. Nacho ya no estaba en el horizonte, pero yo le seguía oyendo: ¡a Miguel le ha pillado un coche! ¡A Miguel le ha pillado un coche!

Y así fue como se lo anunció a mis padres cuando entró por la puerta del bar. Mi padre salió de la barra de un salto y mi madre tardó solo un par de segundos más en escapar de la cocina. Por mucho que lo zarandeaban, a mi amigo no conseguían arrancarle otra frase. Sin saber cómo de grave había sido el atropello cogieron dirección al hospital de Burgos. Adonde yo llegué casi a la vez, en un taxi con tres extraños, muy preocupados porque yo no lloraba y porque como decía uno de ellos, «a ver si la cosa va a ser peor de lo parece y por eso no siente dolor».

"Esa noche todo fueron atenciones y parabienes. Me situaron en el sillón de casa de mi abuela como si fuera un Luis XIV. Me prepararon cena y sobrecena"

Al final todo quedó un susto. Ni había rotura ni la cosa fue «peor» como pronosticaba mi acompañante. Un traumatismo; vendaje y reposo de un mes me diagnosticaron. Los extraños se fueron marchando, uno a uno, desilusionados con el desenlace de los acontecimientos. Mi pie izquierdo estaba prácticamente intacto después de que le pasaran por encima las dos ruedas de un Morris Marina.

Yo seguía sin saber cómo sentirme. Mi única preocupación era que cuando fuese a casa de mi tía y me preguntase por el sermón no iba a saber qué decirle. Nacho y yo siempre hacíamos lo mismo: nos pirábamos la misa y luego nos acercábamos a la iglesia de San Lesmes a última hora y le preguntábamos a alguna parroquiana para poder hacer el resumen durante la cena. Sin ese relato, no había paga en mi caso. Y en el de Nacho lo que sí que había era algún que otro mandoble si había la más mínima duda.

Afortunadamente, nadie me preguntó por el oficio de aquel día. Esa noche todo fueron atenciones y parabienes. Me situaron en el sillón de casa de mi abuela como si fuera un Luis XIV. Me prepararon cena y sobrecena. Que devoré con ansia mientras mi padre juraba en lo más barrido, mi madre lloraba desconsolada y mi tía y mi abuela se postulaban para cuidarme durante esos treinta días de convalecencia.

No fue hasta la noche, ya en la cama, cuando caí en la cuenta. Empecé a echar a números y casi grité eufórico con mi descubrimiento: era 11 de junio, el 13 empezaba el Mundial —el de España, el del 82—, que terminaría justo el 11 de julio cuando me diesen el alta. Además, me iba a perder las últimas dos semanas de clase y los exámenes. Bendita conductora —sin carné— que me había postrado delante de la televisión para ver a mis ídolos correr, saltar y chutar. ¿Por qué estaba tan pesado mi padre con denunciarla? A mi ángel de la guarda…

"¿Con qué selección iba yo entonces? Pues con Italia. ¡Por supuesto! No estaba la Holanda de mi admirado Cruyff y aunque Zico me pirraba, Brasil no terminaba de convencerme"

Quizás, llegados a este punto del relato, pienses que mi alegría se debía a que iba a poder animar a La Roja. No. Ese no era mi caso. Aquí la gente pensaba que España iba a ganar el Mundial solo por organizarlo. Hasta en las cajas de cerillas hablaban de la furia española. Y a todas horas estaba el pesado de Naranjito por todos los sitios. Y menos mal que no había redes sociales entonces… Se creó una euforia colectiva. Estaban convencidos de que Arconada, Santillana, López Ufarte y Camacho eran los elegidos para la gloria, pero en el primer partido del torneo Honduras les bajo de un soplamocos a la tierra. A partir de ahí, fue un bofetón detrás de otro.

¿Con qué selección iba yo entonces? Pues con Italia. ¡Por supuesto! No estaba la Holanda de mi admirado Cruyff y aunque Zico me pirraba, Brasil no terminaba de convencerme. En esa época los Three Lions todavía no me volvían loco como sí lo hicieron décadas más tarde gracias a Lineker, Barnes y Hoddle entre otros. La squadra azzurra era un sueño para mí. Solo con repetir los nombres de sus jugadores se me pone todavía hoy la mirada bobalicona: Tardelli, Cabrini, Zoff, Altobelli y mi preferido, Rossi, mi gran ídolo de la infancia futbolera.

Ni España ni Italia lo hicieron demasiado bien en la primera fase. Me tocó sufrir con polacos —más adelante nos tomaríamos la revancha—, peruanos y cameruneses. Disfruté de esa primera parte del mundial del 82 entre agasajos, meriendas pantagruélicas, cubos de Rubik —hasta 3 llegue a juntar— y todo tipo de atenciones. Lo peor eran las visitas que venían a ver qué tal estaba «Miguelito». Algunas tan pesadas e inoportunas que lo hacían en medio de un partido.

 

Tres días antes del partido contra Argentina tocaba ir al médico. Pura rutina. El trámite debía haberse resuelto en un periquete. Para poder estar de regreso rápidamente de vuelta a mis dominios a seguir disfrutando de los bizcochos con chocolate y los golazos de la siguiente fase del Mundial. Nada más entrar en la consulta empezaron las malas vibraciones. Mi médico estaba de vacaciones. En su lugar había un mozalbete recién salido de la facultad. A bocajarro, sin respetar las más mínimas normas del fair play, disparó:

—¿Y este niño por qué está vendado y lleva dos semanas tumbado en un sofá? Si no hay nada roto, lo que tiene que hacer es andar.

¡Andar! ¡Menudo matarife! Intenté luchar con todas mis fuerzas: lloré, me quejé del dolor que tenía en la pierna al apoyar, le imploré a mi madre… Pero todo fue en vano. Salí de la consulta cojeando con destino a la casa de mi abuela para recoger mis pertenencias y marchar de allí como un principito destronado.

"El 9 de julio regresamos a Burgos. Si no me fallaban las cuentas, en dos días se jugaría el partido decisivo. Nada más bajarme del autobús empecé a preguntar a todo el mundo por los finalistas"

Nada más regresar a mi hogar, me sentaron en una mesa abarrotada con los libros que no había tocado en los últimos 20 días. Tenía que recuperar el tiempo perdido, me decían. Los bocadillos de media barra de mortadela también se esfumaron y en su lugar una triste manzana pasó a ocupar el plato de la merienda. Cuando nada podía ir peor, esa misma tarde mi madre llegó a casa con la noticia: ¡Te he apuntado a un campamento de verano! Hay que hacer rápido la maleta, que mañana te marchas.

—¿Y el Mundial? —le supliqué—.

—Qué Mundial ni Mundial —contestó ella—. Date vidilla, que hay muchas cosas que hacer. Y termínate la manzana. Desde que has vuelto a casa te veo muy desganado.

En el maldito campamento no hacíamos otra cosa que cantar unas canciones horribles, jugar a unos juegos aburridísimos y subir y bajar montes con toda la solana. Y lo peor de todo: ¡no había ni una sola televisión en todo el lugar! La única noticia que tuve del Mundial en esos días oscuros la dieron por megafonía: España había sido eliminada. ¡Y a mí qué! Yo lo que quería saber es cómo había quedado Italia. Pregunté a los monitores, pero ninguno de ellos quiso ni supo darme la respuesta.

El 9 de julio regresamos a Burgos. En dos días se jugaba el partido decisivo. Nada más bajarme del autobús empecé a preguntar a todo el mundo por los finalistas. Mi abuela no tenía idea. Tampoco las madres del resto de mis compañeros. Cuando enfilábamos la calle en dirección a casa alguien me tocó en el hombro. Me volví y vi que era el basurero.

—Italia contra Alemania, chaval.

—¡Sí! ¡Sí, sí, sí, sí! ¡Estamos en la final! —grité arrodillado con los brazos en alto en medio del paso de cebra.

El hombre me miraba incrédulo. No entendía nada.

Por fin, llegó el partido. Fui a verlo a casa de mi abuela. Recuperé para la final mi querido sofá. A mi lado, una botella de Casera Cola y un bocadillo de salchichón de medio kilo. En el primer tiempo acabé con el refrigerio y con mis uñas, las de las manos y casi las de los pies. Pero en el segundo, en el segundo comenzó a resonar con fuerza Il Canto degli Italiani. Primero, mi admirado Rossi, luego Tardelli y para finalizar, Altobelli. Grité y celebré cada uno de los goles con la misma pasión que Sandro Pertini en el palco.

 

—¿Y a éste qué le pasa? —preguntó mi tía.

—Que va con los italianos, Irene. A este no hay quien le entienda —le dijo mi abuela.

—Pero, ¿tú no ibas con España?

—¿Con España? Ni loco. En España nunca ganaremos el Mundial.

 

Un futbolista de Fuentealbilla me quitó la razón 28 años después.

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