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OJ, Trump, la realidad como Macguffin

En la entrada anterior hablé, entre otras cosas, de cómo en un ambiente cada vez más racional, con fríos algoritmos insistiendo en que dos más dos sólo pueden ser cuatro, con las humanidades perdiendo hueco en los programas académicos, nos encontramos con la creciente influencia despiadada de las historias pensadas para apelar únicamente a nuestros instintos más primarios.

Este verano no he visto Stranger Things, pero sí le he dedicado tiempo a OJ Simpson: Made in America. Es una serie documental con capítulos de hora y media, los ingredientes perfectos para provocar de entrada el rechazo del espectador, pero a mí me atrapó. Muestra la historia reciente de Estados Unidos a través del caso de la estrella deportiva que acabó tras las rejas y explica muchas cosas, como que el próximo líder de nuestros destinos pueda ser Donald Trump.

El único artificio, que no es poco, es el del montaje, ya que casi todo el material de la serie es de archivo. Destacan las imágenes del juicio penal, que pudimos ver en directo a través de los informativos pero al que tampoco le prestamos excesiva atención en España. Era cosa de ellos, de la sociedad estadounidense, de sus mitos deportivos y de su gusto por darle matarile al vecino de vez en cuando, lo normal en las películas.

El proceso judicial contra OJ Simpson es el ejemplo perfecto de cómo la ficción puede apoderarse de la realidad para poner a bailar a la sociedad al ritmo elegido. El jugador de fútbol americano se enfrenta a una realidad objetiva, la de las pruebas que dejan bastante claro que fue él quien asesinó a su ex mujer y a su amante. Sus abogados contrarrestan la aritmética de los hechos con un argumento emocional capaz de movilizar a la masa: OJ, quien siempre se había mostrado reacio a mezclarse con la comunidad negra, se presenta como una víctima racial, alguien perseguido por su color de piel, no por haber montado una carnicería en casa de su ex esposa.

La historia original, un crimen bastante documentado, pasa a ser un Macguffin, la trama del asesinato se ve superada por la del conflicto social. La opinión pública se aferra al cebo lanzado por los abogados y se moviliza para defender la inocencia de la estrella mediática, el propio jurado se olvida del caso que está juzgando y deja al acusado irse de rositas. La fuerza del relato emocional se zampa con ketchup el menú de la realidad. Más adelante Simpson sería condenado en un juicio civil, pero ya tarde y con poco entusiasmo, cuando resultaba evidente que seguía riéndose a la cara de todo el mundo, incluidos los que le habían apoyado, los que habían elegido su ficción en lugar de las pruebas.

Cuidado, Trump es como OJ y sus abogados, desde aquí no entendemos que sus disparates movilicen al votante, pero estamos viendo en directo cómo se monta una película que podría acabar en éxito de taquilla. Qué importante es conocer los mecanismos de la ficción para que no te engañen en la realidad.

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