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‘Oppenheimer’: Robando el fuego sagrado

‘Oppenheimer’: Robando el fuego sagrado

Si buscas alguien para luchar contra los nazis, ¿quién puede resultar mejor y más motivado que un judío comunista? Julius Robert Oppenheimer lo era, y su contribución a la causa fue nada menos que liderar la invención y construcción de la bomba atómica en 1945 (no su lanzamiento, y esto es importante, como ya veremos). Ciertamente, para entonces la Alemania nazi ya se había rendido y las bombas se emplearon contra Japón, pero el acicate que había llevado a Oppenheimer a aceptar su papel en el complejo de Los Álamos (Nuevo México) había sido el de evitar que Hitler y sus científicos (a varios de los cuales Oppenheimer conocía personalmente) lograran el descubrimiento antes que los aliados.

Y sin embargo, como demostró la Historia anterior y posterior a ese momento, la relación de Oppenheimer con el gobierno de su país, los Estados Unidos, fue bastante tensa, no por su calidad como científico, sino precisamente por ser judío y comunista. Con esos mimbres, Christopher Nolan ha escrito, dirigido y producido su película más madura hasta el momento, componiendo una biografía filmada donde aún se permite utilizar sus acostumbrados efectos visuales de gran dramatismo y su épico crescendo en la construcción de ciertas escenas, pero esta vez al servicio de una historia real, respetando prácticamente todos los detalles auténticos. Por su parte, Cillian Murphy aguanta tal peso sobre sus hombros, cual Prometeo moderno.

[Aviso de destripes con isótopos radioactivos en todo el texto]

Prometeo es precisamente donde empezamos la película. El mito griego del dios que intenta robar el fuego y sus secretos y dárselo a los hombres es una metáfora fácil, clara y comprensible. ¿Qué harán los hombres con ese secreto? Pues ya se verá. Mary Shelley ya lo usó en su novela Frankenstein (subtitulándola incluso El moderno Prometeo), solo que esa vez el robo divino consistía en conseguir apropiarse de la chispa que devuelve la vida a los cuerpos, y aquí la idea inicial es al revés: liberar una ingente cantidad de energía… para destruir todo lo que encuentre a su paso. Oppenheimer y su equipo, de hecho, se vieron colocados casi exactamente en ese papel, ya que tras «robar el fuego» (inventar la bomba) fueron otros (el gobierno estadounidense) quienes se apropiaron de él y tomaron las decisiones sin volver a contar con ellos, mientras durante el resto de su vida Oppenheimer subía cada día la pesada roca del intentar que se limitara el futuro uso militar de su creación. Oppenheimer era un científico brillante en muchas cosas, pero también era un hombre de varios otros intereses «de letras», podríamos decir, como los idiomas y sus mitos. Es totalmente cierto, como aparece en la película, que aprendió el holandés suficiente solo para dar una conferencia en Leiden, y que leía el Bhagavad Gita en el sánscrito original. Lo consideraba «la canción filosófica más bella en cualquier idioma», y de ahí precisamente es de donde le vendrá otra imagen legendaria, la del dios Vishnu intentando impresionar al príncipe Arjuna, adoptando su forma de múltiples brazos y diciendo: «Me he convertido en la Muerte, en el Destructor del Mundos». Oppenheimer pronunció está frase cuando en julio de 1945 la prueba nuclear Trinity (así llamada además por un poema de John Donne) culminó con éxito sus investigaciones y cambió la Historia humana.

Todo esto apunta hacia un hombre complejo e interesante, que se encontró en el centro de una encrucijada en uno de los momentos más importantes de su tiempo. Su padre, nacido en Prusia, llegó a Nueva York en 1888 sin blanca y sin saber inglés, a trabajar en una empresa textil, y en menos de una década era un rico ejecutivo con una casa de lujo y cuadros de Picasso y Van Gogh (su hijo heredaría este gusto artístico también). En la escuela, Robert era un adelantado, y habría comenzado la universidad con un año de antelación de no haber contraído colitis en Checoslovaquia durante una estancia vacacional. Se le recomendó un ambiente seco y caluroso para recuperarse y fue así como conoció, se familiarizó y se enamoró de Nuevo México. Tras graduarse en Harvard en solo tres años, fue aceptado en Cambridge, que es donde comienza la película. Es cierto que lo pasó mal allí, que en términos prácticos era bastante torpe y que en cuanto a claridad de ideas era brillante y llamaba la atención de sus profesores y compañeros. Lo de la manzana envenenada para su tutor es cierto que era una historia que circulaba por ahí y que se menciona en un par de cartas, pero no existen pruebas de que sea cierta. En Europa conoció a casi todas las luminarias científicas de su tiempo y campo, y puede coincidirse en que, como se menciona después, «fue usted quien trajo la física teórica a Estados Unidos». El número de personajes que acaban apareciendo en la película es bastante alto, y Nolan intenta aliviar esto usando multitud de rostros conocidos entre los actores. Así, si no sabes quién fue Niels Bohr, ni cómo de importante era, al menos prestarás atención cuando aparece en pantalla Kenneth Branagh encarnándolo. Robert Downey Jr, Matt Damon, Rami Malek, Florence Pugh, Matthew Modine y hasta Gary Oldman como el presidente Harry Truman van apareciendo así cada varios minutos.

Robert era alto, flaco (58 kilos) y fumaba Chesterfields en cadena (moriría de cáncer de garganta a los 62). Las opiniones entre sus colegas varían bastante, dependiendo de cómo les fuera la feria con él, pero la gran mayoría de sus estudiantes lo veían como alguien apasionado, inspirador y que llevaba a otros a dar lo mejor de sí mismos. Esto le fue de gran ayuda a la hora de dirigir el laboratorio de Los Álamos, aunque llamarlo «laboratorio» es quedarse corto: empezó con unas pocas decenas de personas y acabó siendo una población de casi seis mil habitantes, para los trabajadores y sus familias, donde nacían diez bebés al mes. De él hubo quien dijo que no tenía Sitzfleisch, «carne de silla» en alemán, o sea, que no se le había puesto el culo plano de tanto estar sentado, y que su aritmética dejaba bastante que desear, incluso en importantes trabajos publicados (ya dice Einstein en la película que ambos comparten su desdén por las matemáticas), por lo que su fuerte, de nuevo, era el abrir puertas en el campo de la física que hasta entonces nadie había visto siquiera que estuvieran ahí, para que otros entraran por ellas junto a él. Cuando Ernest Lawrence (Josh Hartnett) le invita a construir el primer simulador de partículas que están haciendo, Robert no puede evitar reírse al negarse, como recordando su mala época con los matraces en Cambridge.

Otro detalle importante sobre su figura son las mujeres. En la película aparecen tres: Kitty Puening, que ya había estado casada tres veces antes y uno de cuyos maridos anteriores había muerto en la Guerra Civil Española; Jean Tatlock, diez años más joven y que se suicidaría antes de los 30; y Ruth Tolman, nueve años mayor que él y esposa de uno de sus amigos, Richard Tolman. Y todavía hay al menos otro ejemplo más de relaciones con la esposa de otro de sus colaboradores. Con Kitty tuvo dos hijos, y tanto ella como Jean eran miembros del Partido Comunista. Esto nos lleva a matizar un poco lo que empezamos diciendo de Oppenheimer como «comunista y judío». Esta cuestión le persiguió toda su vida, y más cuanto más empezó a estar involucrado en un tema de seguridad nacional tan importante.

Hasta mediados de los 30, Robert tenía tan pocas inquietudes sobre la vida política y social que dijo no haberse enterado del Crack de la Bolsa en 1929 hasta varios meses más tarde, pero después empezó a participar en ella, inicialmente debido a sus raíces judías: con el advenimiento del nazismo en Alemania empezó a contribuir dinero para ayudar a emigrar de allí a científicos que así lo desearan, y cuando estalló la Guerra Civil Española la vio, como muchos, como un presagio de lo que podía ocurrir más adelante en toda Europa, y también organizó recaudaciones de fondos en favor de los afectados. Este tipo de actividades, en principio simplemente humanitarias, empezaron a quedar marcadas como «comunistas» a medida que la política estadounidense se iba escorando hacia la derecha, y aunque Robert se quedó siempre como simple «simpatizante», a veces muy crítico, en lugar de miembro, esas simpatías (y la cantidad de gente a su alrededor involucrada, entre ellos también su propio hermano, Frank) llevaron a que la CIA de J. Edgar Hoover le abriera expediente de vigilado. De hecho, su credencial de aceptado para trabajar en Los Álamos no le llegó hasta bastante tiempo después de que estuviera ya participando en el proyecto. Y en cuanto a las dificultades por ser judío, también estaban ahí, como le avisan varios de sus colaboradores en la película: «Nos necesitan ahora, pero ¿y después, qué pasará?». Y esto no aparece en ella, pero cuando Oppenheimer intentó colocar a un amigo físico en Berkeley, no le fue posible, ya que la reacción fue que «con un judío en el departamento ya es suficiente».

En cuanto a la construcción del guion, Nolan tenía el mismo obstáculo que por ejemplo James Cameron en Titanic: todo el mundo ya sabe cómo acaba la historia real, así que, ¿qué vas a hacer para mantener el interés del público hasta el final? En Titanic el barco se hunde, pero falta saber el destino de Jack y Rose, y aquí la tensión de la prueba Trinity en el desierto y el lanzamiento de las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki llegan con casi una hora de metraje aún por delante. De manera que Nolan coloca hasta tres enigmas por resolver en ese espacio: uno, ¿qué declararon sus conocidos en la investigación contra Oppenheimer? Dos, ¿en qué quedó la sesión de confirmación de Lewis Strauss (Robert Downey Jr)? Y tres: ¿de qué hablaron Robert y Einstein aquel día junto al lago? Las dos primeras ya las conocerá quien sepa algo más de la vida de Oppenheimer: después de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en una figura conocidísima, «el padre de la bomba atómica», fue portada de la revista Time, fue recibido por el presidente Truman (y es cierto que este reaccionó diciendo «no me volváis a traer aquí a ese cabrón llorica», aunque no de forma que Robert pudiera oírlo) y pasó a ser la voz de la conciencia nacional, sobre todo cuando se dio impulso al desarrollo de una bomba, la de hidrógeno, diez veces más potente que la atómica. Si hasta entonces se le había perdonado el «comunismo», tanto por haber creado la bomba como por no haber estorbado para que se usara, ahora tanta reticencia a los nuevos estudios se interpretó como el estalinismo ahí larvado despertando, y la excusa que se usó para apartarlo de cualquier papel relevante fue precisamente la que aparece en la película: declararlo como unánimemente «no desleal» al pueblo americano, pero al mismo tiempo no renovarle la credencial de seguridad.La respuesta del general Groves (Matt Damon) es una de las que se guarda hasta este momento clave: «Con las especificaciones actuales, ¿le daría usted una credencial a este hombre?». Groves responde que de aquella sí, pero con las nuevas normas no. «Pero ni a él ni a ninguno de estos», matiza. Edward Teller (Benny Safdie), el principal impulsor de la bomba de hidrógeno, también interviene para decir, palabra por palabra de la realidad, que preferiría que hubiera «otras manos» al mando del nuevo proyecto. De esta forma, Oppenheimer quedaba al margen, y aunque su imagen fue rehabilitada más adelante por Eisenhower y otros presidentes, se vio reducido a dar conferencias, escribir artículos y participar en organismos consultivos sin ningún poder real.

El tema de Strauss es tal como se cuenta en la película, aunque con diálogos y situaciones añadidos. De hecho, hay que saber que el uso del color o el blanco y negro por parte del director responde aquí a una división «subjetiva / objetiva», no a que unas imágenes sean «de ahora» y otras «del pasado», como suele ser más común: las imágenes en color están presentadas desde el punto de vista de Oppenheimer, y las en blanco y negro desde el punto de vista de otros personajes, en especial Strauss. Además, el ayudante de Strauss durante su proceso de confirmación, que no tiene nombre siquiera, es un personaje ficticio hecho para que Strauss pueda reaccionar a lo que ocurre y contar lo que siente, en especial su animadversión hacia Oppenheimer: fue él quien provocó la investigación contra Robert, probablemente por rencillas personales tanto como por convicciones políticas, y sí, fue nada menos que John Kennedy, JFK, entonces solamente senador por Massachusetts, quien bloqueó la nominación de Strauss para servir en el gabinete de Eisenhower, debido a la jugada que le había hecho a Oppenheimer cinco años antes. A Kennedy aún le daría tiempo a llegar a presidente y conceder un premio a Oppenheimer, pero no a entregárselo: tuvieron que ser su viuda, Jackie, y su sucesor, Lyndon Johnson, quienes lo hicieran: es la escena que aparece mientras se resuelve el tercer y último enigma, el de qué le dijo Einstein a Robert. Aunque los dos sí se conocieron en persona (hay fotos de ellos juntos y todo), esta es una escena ficticia. Como ya le había sugerido su ayudante, no tenía nada que ver con Strauss: es 1947 y ambos acababan de recordar aquel miedo que tuvieron cuando pensaban que detonar una bomba atómica podría iniciar una reacción en cadena que quemara toda la atmósfera del planeta. Ocurrir no ocurrió, pero una reacción en cadena sí que se inició: la de la carrera armamentística, que no ha cesado desde entonces. Tras esta reflexión, es normal que Einstein pasara de largo ante Strauss sin hablarle (ni a él ni a nadie), pero según Nolan, sí que hay un toque de Amadeus versus Salieri en su relación con Oppenheimer.

Nolan llevaba veinte años queriendo hacer una película sobre Oppenheimer, sobre todo después de la publicación de la biografía American Prometheus, de Kai Bird y Martin J. Sherwin, hecha con motivo del centenario de su nacimiento. Sam Mendes y Oliver Stone se le habían acercado, pero ninguno de los dos logró que cuajaran sus proyectos como querían. Durante el rodaje de Tenet, Robert Pattinson le dio a Nolan un libro de conferencias de Oppenheimer, y en ellas Nolan vio a alguien que luchaba interiormente con las consecuencias de lo que había hecho. Tenet es una película de ciencia ficción donde se intenta precisamente detener un arma de destrucción masiva usando viajes en el tiempo, pero en la realidad esa solución no cabe, así que hay que explorar las consecuencias de lo que pasó, no la manera de volver al pasado para que no suceda. Quizá Oppenheimer no se dio cuenta al principio de lo que estaba ocurriendo, y fue solo con efecto retardado cuando la «onda expansiva» y sus efectos lo alcanzaron, pero aunque es cierto que nunca se le oyó pedir perdón por Hiroshima y Nagasaki, queda claro que nunca dio por cerrada su participación en los hechos tras 1945 y que buscó con más ahínco que nadie la manera de evitar que aquel don que le arrebató a los dioses condujera a la destrucción definitiva de sus destinatarios. La escena culmen del interrogatorio que sufre a manos de Roger Robb (Jason Clarke) lleva ahí precisamente: ¿en qué momento pasó usted de aprobar (de la manera que fuera) usar la bomba en Japón a desear que nunca más se use? ¿Tiene que ver con el número de muertos? ¿Tiene que ver con su arrepentimiento personal? ¿O tiene que ver con el hecho de que es usted en el fondo UN COMUNISTA? El montaje de toda la película juega a menudo con imágenes y sonidos de explosiones, fisiones, descargas y tumultos, a menudo dentro de la mente de Oppenheimer, y este es uno de los casos cumbre. Otro es cuando un repetido bum-bum-bum se revela finalmente como el sonido de los aplausos y taconazos de la gente que espera enardecida la primera aparición pública de Robert después de lanzarse las bombas: aunque este comienza sus declaraciones en plan Rambo, con «hemos cambiado la historia» y «seguro que a los japos no les ha gustado esto», ya se le nota que la onda expansiva le está golpeando la cabeza, y la conciencia. Igual tendríamos todos que pensar más las cosas antes.

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