Oradour

Martial Machefer, zapatero de 36 años, caminó hasta la iglesia en busca de su mujer y sus dos hijos. Atravesó las ruinas humeantes del pueblo, arrasado el día anterior por los nazis, y vio el cadáver de su vecino Pierre Dupic, 76 años, apenas cubierto por unas paladas de tierra. Machefer sabía que los SS habían reunido a los habitantes de Oradour-sur-Glane en la plaza, habían encerrado a las mujeres y los niños en la iglesia y habían ametrallado a los hombres de veinte en veinte. La puerta del templo estaba abierta. Dentro descubrió una masa de cadáveres apilados hasta el metro y medio de altura, una montaña de trescientos cuerpos desfigurados, carbonizados, fundidos. Encontró a dos niños en el confesionario, agarrados de la mano y las cabezas reventadas a balazos. Vio a una chica desnuda, violada, ametrallada y arrojada al montón de los cuerpos quemados. El zapatero no identificó ni a su mujer ni a sus hijos. Sí reconoció más tarde a Sarah Jacobowitz, una refugiada judía de 15 años que los Machefer acogían en casa: la niña se había escondido bajo la cama, los nazis la quemaron viva. Jean Hyvernaud, granjero de 46 años, también encontró en la iglesia a uno de sus hijos: “Tenía medio cuello arrancado, la boca abierta y las manos crispadas. Llevaba una bota puesta. La otra se le había caído, la recogí y se la puse”. Aquel 10 de junio de 1944 los nazis asesinaron a 652 personas en un pueblo escogido a voleo. “Da igual lo que nos llamen”, había dicho Himmler. “Debemos ser fieles a nuestro líder y comportarnos como una tropa obediente”. Hoy se pueden visitar las ruinas de Oradour, las campanas de bronce fundidas como la carne humana en la iglesia, el esqueleto metálico de un coche de bebé al pie del altar, las ofrendas negras de la obediencia.

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