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Un oso vadeando en la banquisa. Foto: Florian Ledoux / skypixel.com

Un oso vadeando en la banquisa. Foto: Florian Ledoux / skypixel.com

Uno casi puede sentirlo. El aire, gélido, tenue. El aliento formando nubes de condensación frente al hocico. La pata, poderosa, armada con garras de cinco centímetros, hundiéndose en el agua helada de la banquisa. El crujido del hielo, que aguanta la media tonelada de animal.

O quizás algo menos.

Un poco menos cada año.

"Ninguno de nosotros podría aguantar la mirada del oso, ni duraríamos más de unas pocas horas en el territorio del cazador máximo."

El depredador máximo, el monarca del Ártico, el carnívoro más poderoso y adaptado del planeta, enflaquece. La foto le muestra, majestuoso, desde arriba. Ha sido captada por un dron, uno fabricado en China, lanzando al aire kilos y kilos de CO2 en el proceso. Un dióxido de carbono que calienta el globo y derrite el suelo bajo los pies de la bestia. Reduce la población de focas a su alrededor. Y cada año, cada nuevo invierno, el oso enflaquece.

Aún captura suficientes focas anilladas, frescas tras el destete, en la primavera. La suave piel se desgarra con facilidad, el costillar se parte como palillos bajo sus mandíbulas, la rica grasa llena su panza como un manjar.

Las presas se muestran más cautas, más esquivas cuando llega el otoño. Las pocas que quedan, a medida que el hielo desaparece. Y el cazador, como la banquisa, mengua sin remedio.

Ninguno de nosotros podría aguantar la mirada del oso, ni duraríamos más de unas pocas horas en el territorio del cazador máximo. Por desgracia, él no va a durar más de un par de décadas en el nuestro. Así que aférrese a esta foto. No habrá muchas más.