Confieso mi decepción ante el fatal descubrimiento de que la frase atribuida a Groucho Marx “estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros” resulta no ser suya y no aparece en ninguna de sus películas, que, por cierto, las he visto todas y colecciono; y, no obstante, hubiera jurado ante el pelotón de fusilamiento que tengo su imagen en mi cabeza, dirigiéndose a una señora que ponía cara de asombro y de cómplice y divertida indignación. Sin embargo, me consuela advertir la paradoja que encierra esta realidad: de alguna manera, el sentido último de la frase parece predestinado a su lucidez apócrifa, como si el juego final de su significado se hubiera conseguido dándole su autoría a quien no le pertenece, y que ésa haya sido la causa de su inmortalización. Por cierto, tampoco figura en la lápida de su tumba, en el Eden Memorial Park de Los Ángeles, aquello de “disculpe que no me levante”, aunque parece ser que en alguna ocasión sí lo pidió, si bien no fue complacido por sus insensibles supérstites. Pero en fin, la grandeza de los genios radica en que su figura trasciende la historia e, incluso, la realidad, y lo cierto es que ambas frases merecen haber sido ideadas por él.
Hoy vivimos en una realidad líquida, totalmente en el sentido de la Modernidad líquida del sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, quien describió la sociedad contemporánea como un mundo en el que sus estructuras han perdido la solidez que durante siglos dio forma y sentido a la existencia humana, y donde las instituciones se vuelven cuestionables, los vínculos reversibles, las identidades provisionales y los valores flexibles. Hasta hoy, las estructuras sociales eran sólidas: familia estable, identidades duraderas, instituciones no puestas en cuestión, trayectorias vitales con un horizonte claro…, y los seres humanos podíamos construir nuestras vidas y pensar en nuestros pequeños legados dentro de esas estructuras de contornos definidos y con vocación de eternidad moral. En cambio, ahora se vuelven líquidas, es decir, cambiantes, flexibles, inestables, temporales… y nada parece de la importancia suficiente como para sostener una forma o un sentido durante mucho tiempo. Y esto ocurre también con nuestros principios éticos y morales, con nuestros valores y con los vínculos humanos: los principios se vuelven estratégicos y oportunistas; los valores ya no son origen o destino, sino un camino incierto; los compromisos duraderos se vuelven difíciles; las relaciones tienden a ser reversibles, provisionales, condicionales, negociables; el ideal implícito es no quedar atrapado en obligaciones permanentes; ya no somos, sino que vamos siendo.
En este contexto, la conducta ya no coincide necesariamente con los principios: los valores declarados que aseguramos que nos rigen, los valores vividos que realmente nos mueven a diario y los valores ideales en los que buscamos fundamento tienden a disociarse. Las bocas se llenan de declaraciones rimbombantes sobre cómo se es y hacia dónde se va, para un instante después enseñar la patita de la carencia absoluta de integridad y de la inanidad moral: las latas vacías hacen más ruido que las llenas.
Seguramente, este fenómeno no sea exclusivo de nuestro presente; o sí, pero resulte que tal presente viene siendo mucho más largo de lo que creíamos. Nietzsche, ya allá por finales del siglo XIX, hablaba de la transmutación de los valores en, sobre todo, La genealogía de la moral y Así habló Zaratustra, y sostiene que en la historia occidental se ha producido una gran inversión moral: la moral aristocrática, con sus valores de fuerza, valentía, orgullo, honor, afirmación de la vida…, se ha convertido en una moral de esclavos, con sus opuestos de humildad, obediencia, compasión, resignación, igualdad, renuncia a querer vivir de verdad…
De alguna manera, Nietzsche anticipa filosóficamente el proceso ineluctable de la entropía moral y Bauman ya lo observa sociológicamente. En la modernidad líquida, ocurre algo parecido a lo que Nietzsche llamaba nihilismo: los valores declarados sobreviven solamente en el discurso, los valores ideales se vuelven narrativos o meramente simbólicos, y los valores realmente vividos se disocian de los dos anteriores, con tan poca vergüenza como pragmatismo. Los ¿principios? ya no organizan el sistema moral, sino que lo disfrazan para el relato.
Tengo en el recuerdo una frase que mi memoria atribuye a una obra de Max Aub, aunque viene de tan atrás, que no soy capaz de recordar a cuál: “La vida no merece la pena si no se ha nacido para ser un héroe”. Quizá una idea demodée para estos tiempos que corren, pero qué mayor sentido que añorar ideas pasadas de moda para un tipo posiblemente ya casi ajeno al presente, como los principios. La vida adquiere valor cuando se vive con dignidad frente al mal, frente a la injusticia o frente a la incongruencia, con esa clase de heroísmo que no tiene que ser necesariamente épico, sino, de alguna manera, moral. La frase ya no describe la vida cotidiana de la mayoría de los hombres, pero expresa con claridad el plano de los valores ideales: aquéllos que quizá ya no organizan la vida social, pero que siguen siendo reconocidos como dignos de admiración, aunque sea en el refugio de una interioridad escondida, cobarde y silente o de las barras de los bares con la conciencia emborrachada por el alcohol y esos minutos de libertad irrebatible.
Inevitablemente, los viejos soldados vemos cómo nuestro mundo se desmorona atrás de nosotros con cada paso que damos hacia adelante (se deshace camino al andar), y por eso podemos mirar el futuro con recelo y con lucidez, porque tenemos un pasado que un día había sido futuro y que ahora sabemos qué está siendo de él. Cuando el vértigo nos invade, buscamos lo que queda de nuestro mundo desmoronante. Y los hombres —esa mitad masculina del género humano a la que pertenezco—, quizás para no creer que nuestra vida ha estado sostenida en pilares de barro, buscamos en nuestros atávicos instintos, ya en desuso, cuestionados y empequeñecidos, en desorden como un ejército en retirada diezmado por los tiempos líquidos. Buscamos un eco lejano y profundo en el que reconocernos. Quizás, la última barricada de una legítima defensa existencial. Y reencontramos el hilo conductor de nuestras vidas en esa profunda relación de amistad masculina, que para nuestras mujeres no deja de ser una manifestación más del eterno reproche de inmadurez (ese gran defecto del otro) por el que somos tolerados con ese tipo de displicencia adorable con el que nos absuelven de nuestras cosas a sus niños grandes, pero que, sin embargo, significa para nosotros una guía de conducta, una unión casi trascendente entre pares, un compromiso de que el de al lado nunca caminará solo. En definitiva, ante la soledad existencial, qué podría ser mejor que ser un buen compañero de camino.
Tal vez no seamos más que máquinas biológicas programadas con un software antiguo, producto de la simple necesidad de supervivencia. En los tiempos iniciales del ser humano, esa supervivencia final dependía de la caza cooperativa y de la defensa violenta del grupo; en definitiva, de un objetivo común y del riesgo físico compartido. Y lo ejercíamos básicamente los hombres por mera cualificación física: no da la impresión de nada trascendente o esencial. Hoy es distinto, en un mundo donde lo físico ha sido prácticamente sustituido por lo intelectual y, por lo tanto, la igualdad ha llegado a los dos sexos del ser humano; pero el masculino ha quedado marcado indefectiblemente por aquel vínculo de lealtad operativa bajo riesgo: miles de años de asignación funcional por fuerza deben consolidar hábitos, expectativas e, incluso, seguramente estructuras psíquicas. No creo equivocarme al pensar que la amistad masculina se forjó en la caza y en la defensa, pero que hoy sobrevive en el deporte, en la empresa, en la política e, incluso, en las barras de los bares, incomprensiblemente cercana a la epidermis de nuestras viejas almas con síndrome de abstinencia de tiempos más lineales y elementales.
Es más, conforme escribo, borro y reescribo, esta vaga sensación catalizadora de identificación insólita menos me va pareciendo una simple amistad y más una auténtica hermandad, un tipo de fraternidad simétrica, de lealtad horizontal, de disponibilidad inmediata previa a todo cálculo sin filtro racional, una isla de compromiso de pertenencia incluso más allá de la ley de Dios y de la ley de los hombres si hiciese falta. Si acaso no los actuales realmente vividos (ya no hay troyas que asaltar por honor), sí los valores declarados y los ideales siguen todavía en el imaginario masculino de todos los hombres que experimentamos esa hermandad; sin duda, no de todos los hombres como algo constitutivo, pero sí de todos los que nos sentimos hermanos de armas —aun simbólicas— de quienes caminan a nuestro lado, de todos los que la única liquidez que toleramos es la del beber con camaradas, riendo las pequeñas victorias como si fueran grandes y llorando las grandes penas como si fueran pequeñas, ofreciendo a la existencia un bloque de manos desnudas que chocan en el aire y de abrazos ruidosos que suenan a complicidad.
La literatura y el cine siguen produciendo relatos donde la lealtad entre iguales, el sacrificio por el compañero o la fidelidad al grupo ocupan un lugar central. El Padrino, Los tres mosqueteros, Salvar al soldado Ryan y Hermanos de sangre, El club de los poetas muertos, El club de la lucha… demuestran que la modernidad líquida ha acabado con los principios y los valores tradicionales, pero, paradójicamente, siente nostalgia por ellos, los echa de menos, como si no pudiese evitar confesar el arrepentimiento por su crimen después de perpetrado: el valor de estar incondicionalmente con los nuestros, el “uno para todos y todos para uno”, la lealtad entre camaradas (al fin, no se termina ni siquiera luchando por la bandera, sino por el que tienes al lado), la forja de identidad adolescente en un espacio de iniciación y afirmación casi hermético, la pertenencia identitaria fuera de la norma…
Hubo una época en la que los principios declarados, los vividos y los ideales eran los mismos, valor, honor, gloria, lealtad. En la Ilíada, los personajes manifiestan, viven y defienden los mismos valores. Aquiles se retira del combate por una cuestión de honor personal frente a Agamenón, pero cuando Patroclo muere todo cambia: el motor que devuelve a Aquiles a la guerra no es la patria ni tampoco la gloria abstracta, sino el compromiso con su amigo, su venganza necesaria. El aqueo Diomedes y el troyano Glauco se encuentran en el campo de batalla dispuestos a combatir, pero, antes de cruzar armas, Diomedes pregunta por el linaje de su adversario y cuando éste relata su ascendencia ocurre lo decisivo: los abuelos de ambos habían sido aliados y compartido la xenia sagrada, y, al reconocerse en ese vínculo ancestral, ambos guerreros renuncian al combate, se intercambian armaduras y se reconocen “xénoi hereditarios”, en una suerte de fraternidad más allá del momento y de la guerra entre sus naciones.
Todo está en Homero y en Cervantes. Éste advierte el comienzo de la modernidad y descubre la incipiente disociación entre los valores. Con Don Quijote de la Mancha, se produce una fractura en los principios: don Quijote vive ideales que la sociedad ya no practica, pero al hidalgo no le importa. En el Quijote se muestra la hermandad sin gloria ni guerra, en ocasiones grotesca, pero sostenida por lealtad voluntaria compartida: Don Quijote podría despreciar a Sancho por sus orígenes humildes y su falta de formación, pero no lo hace; Sancho podría abandonar múltiples veces a un Quijote que no comprende, pero tampoco lo hace. Sancho no comparte la locura de su señor, pero comparte su destino en una suerte de hermandad en versión despojada; Sancho no siempre entiende, pero acompaña: es un buen compañero de camino.
Finalmente, Nietzsche sentenció la muerte de los valores tradicionales y Bauman describió la vida social después de esa muerte. Sin embargo, por fortuna, las sociedades —los grupos humanos— no se definen sólo por los valores que viven, sino también por los valores que todavía admiran o añoran, aun en silencio, como una auténtica reserva moral de la civilización; y, quizá por eso, algunos de los valores que históricamente sostuvieron la hermandad masculina −lealtad, fidelidad, disposición a asumir riesgo por el de al lado− sobreviven hoy y emocionan en relatos de camaradería militar, fraternidad deportiva, equipos que emprenden juntos o grupos de amigos leales, y no precisamente porque estos valores sean comunes, sino, precisamente al contrario, porque se perciben como escasos.
Y sí, quizás por eso, cuando algunos hombres nos encontramos en una barra, en una mesa o en una pelea, revivimos el sentimiento de hermandad de los dos policías (troncos o consortes) compañeros del servicio, o de los cuatro soldados que integran los equipos tácticos de comandos, o de los ocho soldados romanos del contubernium.
Entonces, el tiempo se para, los límites se difuminan, nos reconocemos, nos damos un abrazo, y, por unos instantes, volvemos a correr tras la caza, volvemos a sangrar para defender lo nuestro y a los nuestros, y volvemos a ser los héroes de Max Aub. Nosotros no tenemos otros principios subsidiarios.
En estos tiempos líquidos, los principios se ignoran y los valores cambian, pero todavía, para nosotros, cuando suena el teléfono y ese amigo —un hermano— te llama a las tres de la madrugada, sólo cabe darle una respuesta: ¿pala o pistola?


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: