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Palizas soberanas, un cuento de Alice Munro

Palizas soberanas, un cuento de Alice Munro

Lumen publica ¿Quién te crees que eres?, de Alice Munro, una serie de historias entrelazadas en las que la autora canadiense recrea el vínculo entre dos mujeres en el transcurso de casi cuarenta años: la pragmática, desconfiada y a veces un tanto vulgar Flo, y su hijastra, Rose, una chica torpe y tímida pero cuya ambición la empuja a dejar atrás sus raíces y emprender su propio camino. Cuento a cuento, la gran maestra del relato nos envuelve dentro de una narración que fluye como una novela y a la que consigue dotar de profunda emoción y trascendencia.

Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931), está considerada como una de las escritoras actuales más destacadas en lengua inglesa. En 2013 le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura.

Zenda publica completo el cuento Palizas soberanas.

Palizas soberanas

Una soberana paliza. Esa era la promesa de Flo. «Vas a llevarte una soberana paliza.»

La palabra «soberana» se arrellanaba en su lengua, revestida de boato. Rose tenía la necesidad de hacerse una imagen de las cosas, de detectar absurdos, que era más fuerte que la necesidad de no meterse en líos, y en lugar de tomarse la amenaza a pecho, meditaba: ¿cómo es soberana una paliza? Recreó una avenida arbolada, una multitud de espectadores ceremoniosos, varios caballos blancos y esclavos negros. Alguien arrodillado, y la sangre saltando a borbotones, como estandartes. Una ocasión a la vez salvaje y espléndida. En la vida real no adquirían tanta dignidad, y era solo Flo quien intentaba dotar al suceso de cierto aire de fuerza mayor y penitencia. Rose y su padre pronto traspasaron los límites del decoro.

Su padre era el rey de las palizas soberanas. Las de Flo nunca llegaron a ser gran cosa; unos cachetes rápidos y bofetadas al tuntún, como si tuviese la cabeza en otra parte. «Quítate de en medio», decía. «Ocúpate de tus asuntos.» «No eches esas miradas.»

Vivían en la parte posterior de una tienda en Hanratty, Ontario, los cuatro: Rose, su padre, Flo y el hermanastro menor de Rose, Brian. La tienda, de hecho, era una casa que el padre y la madre de Rose habían comprado cuando se casaron y se instalaron allí, en el negocio de la restauración y la tapicería de muebles. Su madre sabía tapizar. Rose debería haber heredado de ambos unas manos diestras, una afinidad inmediata con los materiales, un ojo para los arreglos mañosos, pero no fue así. Era torpe, y cuando se rompía algo se impacientaba por barrerlo y tirarlo a la basura.

Su madre había muerto. Una tarde le dijo al padre de Rose: «Tengo una sensación muy difícil de describir. Como un huevo duro en el pecho, con cáscara y todo». Murió antes de la noche, tenía un coágulo de sangre en el pulmón. Entonces Rose era un bebé, aún estaba en un moisés, así que por supuesto no se acordaba de nada. Sabía la historia por Flo, que debía de habérsela oído contar a su padre. Flo llegó poco después, para ocuparse de Rose en el moisés, casarse con su padre, abrir una tienda de alimentación en la parte delantera de la vivienda. Rose, que no había conocido más casa que aquella, que no había conocido más madre que Flo, veía los dieciséis meses escasos que sus padres pasaron allí como una época pacífica, mucho más dulce y ceremoniosa, con ligeros toques de bonanza. No podía agarrarse a nada salvo unas hueveras de porcelana que su madre había comprado, con una cenefa de vides y pájaros, pintadas con delicadeza, como en tinta roja; el dibujo empezaba a borrarse. No quedaban libros, ni ropa o fotografías suyas. Su padre debió de deshacerse de todo, o tal vez había sido Flo. La única historia que Flo contaba de su madre, la de su muerte, era curiosamente mezquina. A Flo le gustaba recrearse en los detalles de una muerte: las cosas que la gente decía, cómo protestaban o intentaban levantarse de la cama, o si insultaban o se reían (a algunos les daba por ahí), pero cuando mencionaba el huevo duro en el pecho de su madre hacía que la comparación sonara un poco ridícula, como si de verdad su madre hubiese sido una de esas personas capaces de creer que te puedes tragar un huevo entero.

Su padre tenía un cobertizo fuera, detrás de la tienda, donde se dedicaba a arreglar y restaurar muebles. Tejía asientos y respaldos de mimbre, remendaba labores de rejilla, tapaba grietas, ensamblaba patas, todo a conciencia y con maña y de lo más barato. Ese era su orgullo: asombrar a la gente con un trabajo tan magnífico a precios tan módicos, hasta ridículos. En los años de la Depresión la gente no podía permitirse pagar más, quizá, pero él continuó con la misma práctica durante la guerra, durante los años de prosperidad después de la guerra, hasta que murió. Nunca hablaba con Flo de lo que cobraba o lo que se debía. Tras su muerte, ella tuvo que salir y abrir con llave la puerta del cobertizo y sacar toda clase de trozos de papel y sobres rasgados de unos ganchos de aspecto siniestro que le servían de archivo. Advirtió que en muchos casos no eran cuentas o recibos ni nada por el estilo, sino registros del clima, datos sobre la huerta, cosas que se había sentido impulsado a anotar.

Comimos patatas nuevas el 25 de junio. Insólito.

Día Oscuro, 1880, nada sobrenatural. Nubes de ceniza de los bosques quemados.

16 de agosto, 1938. Tormenta colosal al anochecer. Rayo cae sobre iglesia presb., mun. Turberry. ¿Voluntad de Dios?

Escaldar fresas para quitar el ácido.

Todo está vivo. Spinoza.

Flo creyó que Spinoza debía de ser una nueva hortaliza que su marido pensaba cultivar, como el brécol o la berenjena. A menudo probaba plantando algo nuevo. Le enseñó el trozo de papel a Rose y le preguntó si sabía qué era Spinoza. Rose lo sabía, o tenía una idea, pero contestó que no. Estaba ya en la adolescencia, una edad en la que creía que no soportaba saber nada más, ni de su padre ni de Flo; apartaba cualquier descubrimiento a un lado con vergüenza y temor.

Había una estufa en el cobertizo, y muchas estanterías toscas cubiertas de latas de pintura y barniz, laca y aguarrás, tarros con pinceles en remojo y también algunos frascos de medicina para la tos. ¿Por qué un hombre que tosía constantemente, un hombre con los pulmones dañados por el gas en la guerra (a la que cuando Rose era pequeña no llamaban la Primera, sino la Última Guerra), se pasaba los días respirando los vapores de la pintura y el aguarrás? Entonces esas preguntas no se planteaban tanto como ahora. En el banco que había junto a la entrada de la tienda de Flo varios viejos del vecindario se sentaban a contar chismes, a dormitar, cuando hacía buen tiempo, y algunos de esos viejos también tosían sin parar. El hecho es que se estaban muriendo, lenta y discretamente, de lo que se llamaba, sin el menor asomo de victimismo, «el mal de la fundición». Habían trabajado toda la vida en la fundición del pueblo, y ahora se pasaban el día sentados, con aquellas caras ajadas y amarillentas, tosiendo, riendo por lo bajo, haciendo comentarios verdes de las mujeres o de cualquier jovencita en bicicleta que veían por la calle.

Del cobertizo no solo llegaban toses, sino también frases, un murmullo continuo, rezongón o alentador, normalmente justo por debajo del volumen en el que las palabras podían discernirse unas de otras. Languidecía cuando su padre se enfrascaba en un trabajo minucioso, y se animaba cuando hacía algo menos exigente, como lijar o pintar. Cada tanto algunas palabras se abrían camino y quedaban suspendidas, claras y absurdas, en el aire. En cuanto se daba cuenta, las enmascaraba con unos carraspeos, o tragaba saliva, o se hacía un silencio inusual, atento.

—Macarrones, salami, Botticelli, alubias…

¿Qué podía significar? Rose solía repetirse aquellas cosas para sus adentros. Nunca se atrevió a preguntarle. Quien pronunciaba esas palabras y quien le hablaba como su padre no eran la misma persona, aunque parecían ocupar el mismo espacio. Hubiese sido de muy mal gusto reconocer la presencia de alguien que supuestamente no estaba allí; no se le habría perdonado. De todos modos, ella merodeaba y escuchaba.

«Las torres coronadas de nubes», lo oyó decir una vez.

—Las torres coronadas de nubes, los espléndidos palacios.

Rose sintió como si una mano le atenazara el pecho, no para hacerle daño sino para asombrarla, dejándola sin respiración. Entonces echó a correr, huyó. Supo que había oído bastante; además, ¿y si la pillaba? Sería horrible.

Era algo parecido a lo de los ruidos del cuarto de baño. Flo había ahorrado e hizo instalar un cuarto de baño, pero no quedó otro remedio que ponerlo en un rincón de la cocina. La puerta no encajaba, los tabiques eran de aglomerado. Así que los que estaban trajinando o hablando o comiendo en la cocina oían hasta el ruido que se hacía dentro al rasgar un trozo de papel higiénico o acomodar una pierna. Todos estaban familiarizados con las voces pudendas de los demás, no solo en sus momentos más explosivos, sino en sus íntimos suspiros, gruñidos, lamentos y afirmaciones. Y como eran todos de lo más mojigato, nadie parecía oír nunca nada, o estar escuchando, y no se hacía el menor comentario. Quien producía los sonidos del cuarto de baño no guardaba ninguna relación con quien salía.

Vivían en una parte pobre del pueblo. El río separaba Hanratty de Hanratty Oeste, donde estaban ellos. En Hanratty el escalafón social iba desde médicos y dentistas y abogados hasta obreros de la fundición y peones de fábrica y carreteros; en Hanratty Oeste iba desde obreros de la fundición y peones de fábrica hasta clanes de contrabandistas y prostitutas y ladrones de poca monta que vivían a salto de mata. Rose imaginaba a su familia con un pie en cada orilla del río, sin pertenecer a un sitio ni a otro, pero no era verdad. La tienda y la casa donde vivían estaban en Hanratty Oeste, en los arrabales de la calle principal. Enfrente había una vieja fragua, clausurada con tablones más o menos desde que empezó la guerra, y una casa que antiguamente había sido otra tienda. Nunca quitaron el rótulo de TÉ SALADA del escaparate; pervivía como un adorno digno e interesante a pesar de que dentro no se vendiera té. Apenas había un tramo de acera, demasiado agrietada e inclinada para poder patinar, aunque Rose soñaba con unos patines de ruedas y solía imaginarse deslizándose con una falda de cuadros escoceses, ágil y a la moda. Había una sola farola, una flor de hojalata; luego se acababan los servicios y todo eran caminos de tierra y parajes cenagosos, vertederos en los patios y casas de aspecto raro. Lo que les daba un aspecto raro eran los intentos por evitar que se viniesen abajo de una vez por todas. Con algunas nunca se había hecho el intento. Esas estaban negruzcas, podridas y desvencijadas, integrándose en un paisaje de hoyos plagados de maleza, charcas con ranas, eneas y ortigas. La mayoría de las casas, sin embargo, estaban parcheadas con tela asfáltica, algunas tejas nuevas, planchas de latón, conductos de estufa encajados a martillazos y hasta cartones. Eso era, por supuesto, en los tiempos previos a la guerra, tiempos que más tarde serían de una pobreza legendaria, de los que Rose recordaría sobre todo detalles a ras del suelo: hormigueros imponentes y escalones de madera, y una luz turbia, intrigante y equívoca sobre el mundo.

Hubo una larga tregua entre Flo y Rose al principio. La naturaleza de Rose crecía como una piña espinosa, pero se cubrió poco a poco, y en secreto, de una dura capa de orgullo y escepticismo, formando un carácter que incluso a ella misma la desconcertaba. Antes de que tuviese edad de ir a la escuela, y mientras Brian iba aún en el cochecito, Rose se quedaba en la tienda con los dos: Flo sentada en el taburete detrás del mostrador, Brian dormido junto a la ventana; Rose se arrodillaba o se tendía en los viejos tablones del suelo y dibujaba con ceras de colores en trozos de papel de estraza rasgados o irregulares que no servían para envolver la mercancía.

La clientela de la tienda era sobre todo gente de las casas aledañas. También pasaban algunos campesinos, al volver del pueblo a sus granjas, y de vez en cuando algún vecino de Hanratty, que cruzaba el puente a pie. Había gente que siempre estaba en la avenida, entrando y saliendo de las tiendas, como si se creyeran obligados a dejarse ver y con derecho a ser bien recibidos en todo momento. Por ejemplo, Becky Tyde.

Becky Tyde se encaramó al mostrador de Flo, haciéndose sitio junto a una lata abierta de galletas rellenas de mermelada, que se desmigaban con solo tocarlas.

—¿Están ricas? —le preguntó a Flo, y sin reparos empezó a comerse una—. ¿Cuándo vas a darme trabajo, Flo?

—Podrías trabajar en la carnicería —dijo Flo cándidamente—. Podrías trabajar para tu hermano.

—¿Roberta? —dijo Becky con una especie de desdén teatral—. ¿Crees que trabajaría para él?

Su hermano, que llevaba la carnicería, se llamaba Robert, pero a menudo lo llamaban Roberta, por sus modales remilgados y nerviosos. Becky Tyde se echó a reír. Su risa era fuerte y estruendosa como una locomotora a punto de arrollarte.

Era enana y de voz chillona, con los andares arrogantes y asexuados de un cabezudo, la boina escocesa y un cuello retorcido que la obligaba a mantener la cara ladeada, siempre mirando hacia arriba y de soslayo. Llevaba zapatitos de tacón relucientes, auténticos zapatos de mujer. Rose miraba fijamente los zapatos, temerosa de ver el resto, de su risa, de su cuello. Sabía por Flo que Becky Tyde había pasado la polio de niña, que por eso tenía el cuello retorcido y se había quedado canija. Costaba creer que hubiese empezado de otra manera, que alguna vez hubiese sido normal. Flo decía que no era ninguna chiflada, que estaba tan cuerda como la que más, pero sabía que siempre se podía salir con la suya.

—¿Sabes que antes yo vivía aquí? —dijo Becky, al reparar en Rose—. ¡Eh, tú! ¡Niña! ¿A que antes vivía aquí, Flo?

—Si viviste aquí, yo aún no había llegado al pueblo —dijo Flo, como si no supiera nada.

—Fue antes de que el vecindario decayera tanto. Perdona que te lo diga. Mi padre construyó aquí su casa y construyó su matadero, y teníamos nuestra buena parcela de frutales.

—Ah, ¿sí? —dijo Flo, poniendo su voz meliflua, cargada de falsa simpatía, incluso de humildad—. Entonces ¿por qué os mudasteis?

—Ya te lo he dicho, el vecindario empezó a decaer tanto… —dijo Becky. Se metía una galleta entera en la boca si le venía en gana, dejando que los mofletes se le hincharan como a una rana. Nunca contó nada más.

Aun así, Flo lo sabía; ¿y quién no? Todo el mundo conocía la casa, de ladrillo rojo con la galería acristalada y la huerta, lo que quedaba de ella, invadida por los típicos desechos: asientos de coche y lavadoras y somieres y trastos. La casa nunca parecería siniestra, a pesar de lo que había ocurrido allí, por la cantidad de escombros y desorden que la rodeaban.

El padre de Becky, viejo ya, era otro tipo de carnicero, que según Flo no tenía nada que ver con el hermano. Un inglés con malas pulgas. Y tampoco se parecía a Becky a la hora de hablar más de la cuenta. Jamás fue franco. Un roñoso, un tirano con su familia. Después de que Becky pasara la polio, no la dejó volver a la escuela. Rara vez se la veía fuera de casa, nunca más allá del patio. El padre no quería que la gente se regodeara. Eso fue lo que dijo Becky, en el juicio. Su madre había muerto para entonces, y sus hermanas estaban casadas. En casa solo quedaban Becky y Robert. La gente paraba a Robert por la calle y le preguntaba:

—¿Qué tal tu hermana, Robert? ¿Ya está recuperada del todo?

—Sí.

—¿Hace las tareas de la casa? ¿Te prepara la cena?

—Sí.

—¿Y tu padre se porta bien con ella, Robert?

Se decía que el padre les pegaba, había pegado a todos sus hijos y también a su mujer, y que a Becky ahora le pegaba aún más por su deformidad, que según algunos era culpa suya (no entendían de la polio). Los rumores persistieron y fueron a más. Empezaron a decir que Becky había desaparecido porque estaba embarazada, nada menos que de su propio padre. Luego la gente dijo que el bebé nació y lo liquidaron.

—¿Qué?

—Que lo liquidaron —repetía Flo—. Solían decir: «¡Ve a comprar las costillas de cordero donde Tyde, que te las dará ricas y tiernas!». Seguro que todo eran mentiras —se lamentaba.

Rose, mirando absorta el viento que sacudía el toldo viejo al colarse por los rotos, salía de su ensimismamiento al oír aquel tono agorero, de cautela, en su voz. Flo, cuando contaba una historia (esa no era la única ni la más escabrosa que sabía), inclinaba la cabeza y suavizaba la expresión, en ademán pensativo, atormentado, de advertencia.

—Ni siquiera debería contarte estas cosas.

Habría más. Tres muchachos, unos golfos que solían merodear cerca de los establos, se juntaron, o los hicieron juntarse hombres más influyentes y respetables del pueblo, y se dispusieron a darle al viejo Tyde unos buenos azotes en interés de la moral pública. Se pintaron la cara de negro. Les facilitaron látigos y un cuarto de galón de whisky por barba para darse coraje. Eran Jelly Smith, jinete de carreras y bebedor; Bob Temple, jugador de béisbol y matón, y Hat Nettleton, que manejaba el carro fuerte del pueblo, y a quien lo de Hat, «sombrero», le venía de un bombín que llevaba, por vanidad y por hacer la gracia. Aún trabajaba con el carro fuerte, de hecho; había conservado, si no el bombín, el apodo, y se dejaba ver mucho, casi tanto como Becky Tyde, repartiendo sacos de carbón, con la cara y los brazos tiznados. Eso debería haberle recordado la historia de Hat, pero no. El presente y el pasado, ese pasado turbio y melodramático de las historias de Flo, eran mundos aparte, al menos para Rose. La gente del presente no podía encajar en el pasado. La propia Becky, personaje pintoresco y consentido del pueblo, inofensiva y maliciosa, nunca se correspondería con la prisionera del carnicero, la hija impedida, un reflejo blanco en la ventana: muda, apaleada, preñada. Como con la casa, solo podía hacerse una conexión formal.

Los muchachos a los que convencieron para darle un escarmiento se presentaron tarde en la casa de Tyde, cuando ya todos se habían ido a la cama. Llevaban una escopeta, pero gastaron los cartuchos pegando tiros en el patio. Llamaron a gritos al carnicero y aporrearon la puerta, hasta que al final la echaron abajo. Tyde creyó que buscaban dinero, así que envolvió algunos billetes en un pañuelo y pidió a Becky que los bajara, tal vez creyendo que aquellos hombres se conmoverían o se asustarían al ver a una chica con el cuello torcido, a una enana. Pero no se contentaron con eso. Subieron las escaleras y sacaron al carnicero de debajo de la cama, en camisón. Lo sacaron afuera a rastras y lo obligaron a quedarse de pie en la nieve. La temperatura era de cuatro bajo cero, un dato que se registró en el acta del tribunal. Pretendían simular un juicio, pero no recordaban cómo se hacía, así que empezaron a darle una paliza, y le pegaron hasta que cayó al suelo. Le gritaban: «¡Pedazo de carne!», y siguieron apaleándolo hasta que el camisón y la nieve donde quedó tendido se tiñeron de rojo. Ante el tribunal, su hijo Robert declaró que no había visto la paliza. Becky dijo que Robert al principio miró, pero luego había huido a esconderse. Ella sí que lo presenció todo. Vio a los hombres irse al final, y a su padre avanzar penosamente por la nieve hasta subir los escalones del porche. No salió a ayudarlo, ni abrió la puerta hasta que el viejo llegó al umbral. «¿Por qué no?», le preguntaron en el juicio, y ella dijo que no salió porque iba en camisón, y que no abrió la puerta porque no quería que se metiera el frío en la casa.

Entonces pareció que el viejo Tyde recuperaba las fuerzas. Mandó a Robert a poner los arreos al caballo, e hizo que Becky le calentara agua para lavarse. Se vistió, cogió todo el dinero que tenía y, sin dar ninguna explicación a sus hijos, se montó en el trineo y fue hasta Belgrave, donde dejó el caballo atado a la intemperie y tomó el primer tren de la mañana a Toronto. En el tren se comportó de una manera extraña, gruñendo y maldiciendo como si estuviera borracho. Al día siguiente lo recogieron mientras deambulaba por las calles de Toronto, desquiciado por la fiebre, y murió en el hospital. Aún llevaba encima todo su dinero. Se dictaminó que la causa de la muerte fue una neumonía.

Pero las autoridades se enteraron, dijo Flo. El caso fue a juicio. Sentenciaron a los tres muchachos que lo apalearon a largas condenas de cárcel. «Una farsa», dijo Flo. Al cabo de un año quedaron en libertad, a todos los indultaron, tenían trabajos esperándolos. ¿Y por qué? Pues porque había demasiados peces gordos metidos en el ajo. Y Becky y Robert tampoco mostraron mucho interés en que se hiciera justicia. Les quedó una buena herencia. Se compraron una casa en Hanratty. Robert tomó las riendas del negocio. Becky, después de su larga reclusión, empezó una carrera en sociabilidad y exhibición pública.

Y ya está. Flo zanjó la historia como si le asqueara. De ahí no podía salir nada bueno para nadie.

—Imagínate —dijo.

En esa época Flo debía de tener poco más de treinta años. Una mujer joven. Vestía exactamente con la misma ropa que habría llevado una mujer de cincuenta, o sesenta, o setenta: batas estampadas de andar por casa con el cuello y las mangas holgados, como la cintura; delantales de peto, también estampados, que se quitaba al ir de la cocina a la tienda. Era una indumentaria común entonces para una mujer humilde pero que no pasaba penurias y además respondía, en cierto modo, a un desdén deliberado. Flo desdeñaba los pantalones, desdeñaba los atuendos de la gente que pretendía ir a la moda, desdeñaba el carmín y las permanentes. Llevaba su pelo negro natural, con un corte a lo paje que justo le permitía sujetárselo detrás de las orejas. Era alta pero de huesos finos, con unas muñecas y unos hombros estrechos, la cabeza pequeña, una cara pálida, pecosa, expresiva, como una mona. Por poco que se hubiera esmerado, y de haber tenido recursos, podría haber lucido una especie de encanto frágil, cuidado, que realzara el contraste de su pelo oscuro y su palidez; Rose se dio cuenta de eso más adelante. Pero habría tenido que ser otra persona; habría tenido que aprender a contener las muecas que hacía, tanto a solas como a los demás.

Los primeros recuerdos que Rose conservaba de Flo eran de extraordinaria suavidad y dureza. El pelo suave, las mejillas largas, suaves y pálidas, el suave vello casi invisible delante de las orejas y en el bozo. La angulosidad de sus rodillas, la dureza de su regazo, la lisura de su pecho.

Cuando Flo cantaba:

Oh the buzzin’ of the bees in the cigarette trees

and the soda-water fountain…

Rose pensaba en la vida que había llevado antes de casarse con su padre, cuando trabajaba de camarera en la cafetería de la estación central de Toronto, e iba con sus amigas Mavis e Irene a la isla Central, y la seguían hombres por calles oscuras y sabía cómo funcionaban las cabinas telefónicas y los ascensores. Rose oía en su voz la vida temeraria y peligrosa de las ciudades, las réplicas mordaces mascando chicle.

Y cuando cantaba:

Then slowly, slowly, she got up.

And slowly she came nigh him.

And all she said, that she ever did say,

was young man, I think you’re dyin’

Rose imaginaba esa vida anterior de Flo, una vida legendaria y llena de peripecias, con Barbara Allen y el padre de Becky Tyde y un sinfín de escándalos y desdichas entremezclados.

Las soberanas palizas. ¿Cuál fue el detonante?

Supongamos un sábado, en primavera. Las hojas aún no han brotado, pero la puerta está abierta para que entre la luz del sol. Cuervos. Arroyuelos en las zanjas. Un clima prometedor. A menudo los sábados Flo dejaba a Rose a cargo de la tienda —han pasado unos años, entonces Rose ya tenía nueve, diez, once, doce años— mientras ella cruzaba el puente para ir a Hanratty («ir al centro», lo llamaban) a comprar y a ver a gente, y a enterarse de los chismes. Se enteraba, entre otros, por la señora Davies, esposa del abogado, la señora Henley-Smith, esposa del párroco anglicano, y la señora McKay, esposa del veterinario. Volvía a casa e imitaba sus voces de gallina clueca. Monstruos, las hacía parecer; de cursilería, y pretenciosidad, y arrogancia.

Al acabar las compras iba a la cafetería del Queen’s Hotel y tomaba una copa de helado. «¿De qué sabores?», querían saber Rose y Brian cuando volvía a casa, y se desilusionaban si era solo de piña o caramelo, y se alegraban si era un Tejado Caliente, o un Blanco y Negro. Luego se fumaba un pitillo. Llevaba algunos que compraba sueltos de cajetilla, para no liar tabaco en público. Fumar era la única cosa que hacía que Flo hubiese tachado de extravagancia en cualquier otra persona. Era una costumbre que le había quedado de cuando trabajaba, de la época de Toronto. Sabía que podía traerle problemas. Una vez un cura católico se le acercó, nada menos que en el Queen’s Hotel, y le ofreció el encendedor antes de que ella pudiese sacar las cerillas. Le dio las gracias pero no entabló conversación, por si intentaba convertirla.

En otra ocasión, de camino a casa, al final del puente que lindaba con el pueblo vio a un chico con una chaqueta azul que parecía estar mirando el agua. De dieciocho, diecinueve años. No era ningún conocido. Flaco, como enfermizo; Flo enseguida se dio cuenta de que había algo raro. ¿Estaría pensando en saltar? Justo cuando ella pasa por su lado, el muy sinvergüenza se da la vuelta, con la chaqueta abierta y los pantalones también, y se lo enseña todo. Qué frío tuvo que pasar, porque ese día Flo iba ciñéndose el cuello del abrigo para taparse la garganta.

Al ver lo que tenía en la mano, dijo Flo, solo se le ocurrió pensar: «¿Qué hace este muchacho aquí fuera con una salchicha?».

Ella podía hablar así. Contaba como verdad; no era una broma. Aseguraba que aborrecía el lenguaje soez. A veces salía de la tienda y gritaba a los viejos sentados en la puerta: «¡Si quieren quedarse aquí, más vale que se laven esas bocas sucias!».

Sábado, entonces. Por alguna razón Flo no va a ir al centro, ha decidido quedarse en casa y fregar el suelo de la cocina. Quizá eso la ha puesto de mal humor. Quizá estaba de mal humor de todos modos, por la gente que no pagaba las cuentas, o por los altibajos anímicos de la primavera. La riña con Rose ha empezado ya, ha ido gestándose desde siempre, como un sueño que se remonta más y más hasta otros sueños, atravesando montañas y puertas, enloquecedoramente difuso y plagado de presencias, familiar y escurridizo. Van sacando todas las sillas de la cocina antes de fregar, y también han de llevar algunos productos a la tienda, varios envases de cartón y conservas, latas de sirope de arce, bidones de aceite de carbón, frascos de vinagre. Traen esas cosas del leñero. Brian, que tiene cinco o seis años, está ayudando a arrastrar las latas.

—Sí —dice Flo, contestando a partir de un punto de partida que hemos perdido—. Sí, igual que aquella cochinada que le enseñaste a Brian.

—¿Qué cochinada?

—Y el pobre crío qué va a saber.

Hay que bajar un escalón de la cocina al leñero, cubierto con un pedazo de moqueta tan gastado que Rose ni siquiera recuerda haber visto nunca el dibujo. Brian lo desprende al arrastrar una lata.

—Dos Vancouvers —le apunta ella en voz baja.

Flo vuelve a estar en la cocina. Brian mira a Flo y luego a Rose, y Rose dice otra vez, un poco más fuerte, con una tonadilla alentadora.

—Dos Vancouvers…

—¡Fritos en moco! —acaba Brian, incapaz de controlarse más.

—Dos culos en escabeche…

—¡Atados a lo loco!

Ahí está. La cochinada.

¡Dos Vancouvers fritos en moco!

¡Dos culos en escabeche atados a lo loco!

Rose se lo sabe desde hace años, lo aprendió cuando empezó a ir a la escuela. Volvió a casa y le preguntó a Flo:

—¿Qué es un Vancouver?

—Es una ciudad. Está muy lejos de aquí.

—¿Y qué más, aparte de una ciudad?

Flo no entendió a qué se refería con «qué más».

—Pues a cómo se puede freír —dijo Rose, acercándose al momento de peligro, al momento delicioso, cuando tendría que soltarlo todo—. ¡Dos Vancouvers fritos en moco! ¡Dos culos en escabeche atados a lo loco!

—Te la estás buscando —chilló Flo, enrabiada como era de esperar—. ¡Vuelve a decir eso y te caerá un buen sopapo!

Rose no se podía contener. La tarareaba con ternura, intentando decir las inocentes palabras en voz alta y farfullar las demás. No solo le encantaban las palabras «moco» y «culo», aunque desde luego eso también. Era el escabeche y el nudo y los inimaginables Vancouvers. En su cabeza los veía como una especie de pulpos, retorciéndose en la sartén. La pirueta de la razón; el destello y la chispa de la locura.

Últimamente ha vuelto a recordarlo y se lo ha enseñado a Brian, para ver si tiene el mismo efecto en él, y por supuesto lo tiene.

—¡Ah, os he oído! —dice Flo—. ¡He oído eso! Y os lo advierto, ¿eh?

No se puede negar. Brian sigue la advertencia. Echa a correr, sale por la puerta del leñero, para hacer lo que le venga en gana. Ser un niño, libre de ayudar o no, de implicarse o no. Sin compromisos con la lucha doméstica. De todos modos no lo necesitan, salvo para usarlo una contra la otra, apenas reparan en que se ha ido. Continúan, no pueden evitar continuar, no pueden dejarse en paz. Cuando parecen haberse rendido solo están esperando para volver a la carga.

Flo saca el balde de fregar y el cepillo y el trapo y la estera para las rodillas, una estera de goma roja sucia. Empieza a restregar el suelo. Rose está sentada en la mesa de la cocina, el único sitio que queda para sentarse, balanceando las piernas. Puede sentir el hule fresco, porque lleva pantalones cortos, los pantalones del verano anterior ajustados y descoloridos, que ha desenterrado de la bolsa de ropa de verano. Huelen un poco a moho, después de pasar todo el invierno en el ropero.

Flo está a gatas debajo, frotando con el cepillo, enjuagando con el trapo. Tiene unas piernas largas, blancas y musculosas, surcadas de venas azules por todas partes como si alguien hubiera estado dibujando ríos en su piel con un lápiz indeleble. Una energía anómala, un asco violento, se expresa en los arañazos del cepillo en el linóleo, en los roces del trapo.

¿Qué tienen que decirse? La verdad es que no importa. Flo habla de que Rose se pasa de lista, de que es una maleducada y una dejada y una arrogante. Siempre dispuesta a desvivirse por los demás, mientras que en casa es una desagradecida. Menciona la inocencia de Brian, la corrupción de Rose. «Ah, no te des tantos humos », dice Flo, y al cabo de un segundo: «¿Quién te crees que eres?». Rose le lleva la contraria y replica con una sensatez y una flema venenosas, hace gala de una indiferencia exagerada. Flo se aparta de su desdén y su contención habituales y se pone también de lo más exagerada, diciendo que ella sacrificó su vida por Rose. Vio a su padre cargado con una criatura y pensó: «¿Qué va a hacer este hombre? Así que se casó con él, y aquí está ahora, de rodillas en el suelo».

En ese momento la campanilla de la puerta anuncia que ha entrado un cliente. Como están enzarzadas en la discusión, Flo no consiente que Rose vaya a despachar en la tienda. Se levanta y tira el delantal, gruñendo (aunque no pretende ser comunicativa, a Rose no se le permite compartir la exasperación), y va a atender. Rose la oye hablar como si nada.

—¡Ya era hora! ¡Menos mal! Cuando vuelve se ata el delantal, dispuesta para continuar.

—¡Tú nunca has pensado en nadie más que en ti misma! ¡Nunca te has parado a pensar en lo que hago!

—Yo no te pedí que hicieras nada. Ojalá no lo hubieras hecho. Me habría ido mucho mejor.

Rose se lo dice con una sonrisa, encarándose con Flo, que todavía no se ha arrodillado. Flo ve la sonrisa, agarra el trapo de fregar que cuelga del borde del balde, y se lo tira. Tal vez pretende darle en la cara, pero le cae en una pierna, y Rose lo atrapa con el pie y empieza a balancearlo despreocupadamente en el tobillo.

—Muy bien —dice Flo—. Esta vez lo has conseguido. Muy bien.

Rose la ve ir hacia la puerta del leñero, la oye caminar hasta el otro lado del leñero, detenerse en la entrada, donde no se ha colocado aún la mosquitera y el portón está abierto, calzado con un ladrillo. Llama al padre de Rose. Lo llama con una voz de advertencia, conminatoria, como preparándolo a su pesar para las malas noticias. Seguro que sabrá de qué se trata.

El suelo de la cocina es de linóleo, con cinco o seis estampados distintos. Retales, que Flo consiguió de saldo y luego recortó y ensambló ingeniosamente, con ribetes de aluminio y tachuelas. Mientras Rose espera sentada en la mesa, mira el suelo, esa disposición mañosa de rectángulos, triángulos y alguna otra forma geométrica cuyo nombre está tratando de recordar. Oye que Flo vuelve por el leñero, haciendo crujir la pasarela de tablones tendidos sobre el suelo de tierra. Se demora, esperando también. Por sí solas, Rose y ella no pueden llevar las cosas más lejos.

Rose oye entrar a su padre. Se pone rígida, un estremecimiento le recorre las piernas, siente cómo le tiemblan encima del hule. Apartado de alguna actividad apacible, absorbente, de las palabras que rondan por su cabeza, instado a intervenir, su padre tiene que decir algo.

—¿Y bien? —dice—. ¿Qué pasa?

Contesta otra voz de Flo. Engolada, dolida, contrita, parece haber sido fabricada en ese mismo momento. Lamenta haberlo llamado mientras trabaja. Nunca lo habría hecho, de no ser porque Rose la estaba sacando de quicio. ¿Cómo es eso? Con sus contestaciones y su descaro y esa lengua que tiene. Las cosas que Rose le ha dicho a Flo son tan horrendas que, si Flo se las hubiera dicho a su propia madre, sabe que su padre le habría dado una somanta de palos.

Rose intenta meter baza, decir que no es verdad.

¿Qué no es verdad?

Su padre levanta una mano, no la mira.

—Calla —dice.

Cuando dice que no es verdad, Rose se refiere a que no ha sido ella quien ha empezado, solo ha respondido, quien la ha provocado ha sido Flo, que ahora está diciendo la más burda de las mentiras, tergiversándolo todo a su conveniencia. Rose deja el resto de lado, a sabiendas de que lo que Flo haya dicho o hecho, lo que ella misma haya dicho o hecho, en realidad no tiene ninguna importancia. Lo que cuenta es la lucha en sí, y eso no puede parar, ya nunca podrá parar, después de llegar a donde ha llegado.

Flo tiene las rodillas sucias, a pesar de la estera. El trapo de fregar sigue colgando del pie de Rose.

Su padre se limpia las manos mientras escucha a Flo. Se toma su tiempo. Tarda en llegar al meollo de la cuestión, cansado de antemano, quizá, a punto de rechazar el papel que le toca asumir. No mira a Rose en ningún instante, pero al menor ruido o gesto que ella hace, levanta la mano.

—Bueno, no necesitamos público, eso seguro —dice Flo, y va a cerrar la puerta de la tienda y en el escaparate pone el cartel de ENSEGUIDA VUELVO, un cartel que Rose hizo para ella con muchas florituras y sombreando las letras trazadas con cera negra y roja. Cuando vuelve, cierra la puerta de la trastienda, luego la puerta de las escaleras, y también la puerta del leñero.

Sus zapatos han dejado marcas en la parte aún húmeda del suelo recién fregado.

—De verdad que ya no lo sé… —dice ahora, como si su voz se desinflara—. No sé qué hacer con ella.

Sigue la mirada de Rose y al ver que tiene las rodillas sucias se las frota con ahínco, esparciendo la suciedad con las manos.

—Me humilla —dice, irguiéndose. Ahí está, la explicación—. Me humilla —repite con satisfacción—. No tiene ningún respeto.

—¡No es cierto! —¡Tú a callar! —dice su padre. —¡Si no hubiera llamado a tu padre, aún estarías ahí sentada con esa sonrisa! ¿Qué otra forma hay de que hagas caso?

Rose detecta en su padre algunas objeciones a la retórica de Flo, cierta vergüenza y desgana. Se equivoca, y debería saber que se equivoca, al pensar que puede contar con eso. Por más que se dé cuenta, y que su padre sepa que se da cuenta, no servirá de nada. Él empieza a entrar en calor. Le echa una mirada. Esa mirada al principio es fría y retadora. La informa de su veredicto, de la impotencia de su situación. Luego se aclara, da paso a otra cosa, igual que un manantial vuelve a rebosar cuando quitas la hojarasca. Se llena de odio y de placer. Rose lo ve y lo reconoce. ¿Es solo una manera de describir la ira, acaso debería ver que sus ojos se llenan de ira? No. Odio es correcto. Placer es correcto. La cara de su padre se destensa y cambia y rejuvenece, y levanta la mano esta vez para mandar callar a Flo.

—De acuerdo —sentencia, queriendo decir que ya basta, que es más que suficiente, esta parte se acabó, las cosas pueden proceder. Empieza a aflojarse el cinturón.

Flo ha parado de todos modos. Tiene el mismo problema que Rose, le cuesta creer que lo que sabes que ha de suceder va a suceder de verdad, que llega un momento en que no puedes echarte atrás.

—Ay, no sé, tampoco seas demasiado duro con ella. —Se mueve de un lado a otro con nerviosismo, como si pensara en abrir una vía de escape—. No tienes por qué usar la correa para escarmentarla. ¿Crees que es necesario usar la correa?

Él no contesta. Sigue sacándose el cinturón, sin prisa. Luego lo agarra en un punto preciso. «Ahora verás.» Se acerca a Rose. La empuja de la mesa. Su cara, igual que su voz, parece ajena. Es como un mal actor en un papel grotesco. Como si debiera recrearse e insistir precisamente en la parte más vergonzosa y atroz de toda la situación. Eso no significa que esté fingiendo, que esté actuando y no vaya en serio. Está actuando y va en serio. Rose lo sabe, sabe todo de él.

Desde entonces ha meditado sobre los asesinatos, y los asesinos. ¿Acaso hay que seguir adelante al final en parte para impresionar, para demostrar a esos espectadores que no serán capaces de comentar la lección, solo de registrarla, que una cosa así puede ocurrir, que no hay nada que no pueda ocurrir, que la mayor atrocidad está justificada y se pueden encontrar sentimientos que se correspondan?

Rose procura mirar de nuevo el suelo de la cocina, esa disposición geométrica inteligente que la reconforta, en lugar de mirar a su padre con la correa. ¿Cómo puede seguir todo adelante en presencia de testigos tan cotidianos, el linóleo, el calendario con el molino y el arroyo y los árboles otoñales, los viejos y serviciales cacharros de cocina?

«¡Tiende la mano!»

Esos objetos no van a ayudarla, ninguno puede rescatarla. Se vuelven sumisos e inútiles, incluso antipáticos. Las ollas pueden demostrar malicia, los dibujos del linóleo te pueden mirar con lascivia, la traición es la otra cara de la rutina.

Con el primero o el segundo azote del dolor, Rose retrocede. No piensa entregarse sin oponer resistencia. Corre alrededor de la cocina, intenta llegar a las puertas. Su padre le corta el paso. Se diría que no hay dentro de ella ni un ápice de valentía o estoicismo. Corre, grita, implora. Su padre la persigue, azotándola con la correa cuando puede, aunque después la suelta y se vale de las manos. Zas, bofetón en una oreja, y zas, bofetón en la otra oreja. Bofetón va, bofetón viene, la cabeza le retumba. Zas, en plena cara. La empuja contra la pared, y otra vez, tortazo en la cara. La sacude, la empotra contra la pared y le patea las piernas. Ella pierde la coherencia, desquiciada, chillando. «¡Perdóname! ¡Oh, por favor, perdóname!»

Flo también está chillando. «¡Basta, basta!»

Todavía no. Tira a Rose al suelo. O quizá ella misma se tira al suelo. Él vuelve a patearle las piernas. Ella ha renunciado a las palabras, pero suelta un gemido, un gemido que hace a Flo gritar «Ay, ¿y si la gente la oye?». Es un último gemido desesperado de humillación y derrota, porque parece que Rose debe representar su papel en esta historia con la misma zafiedad, la misma exageración con que su padre hace el suyo. Interpreta a la víctima con una entrega que despierta, y quizá espera despertar, su desprecio, su rechazo definitivo.

Van a hacer lo que haga falta, parece, llegarán hasta donde sea necesario.

O no tanto. Nunca le ha hecho daño de verdad, aunque desde luego hay veces que ella reza para que se lo haga. La golpea con la mano abierta, mide la fuerza de sus patadas.

Ahora se detiene, está sin aliento. Él deja que Flo intervenga, levanta a Rose de un tirón y la empuja hacia ella, con un gruñido de repugnancia. Flo la rescata, abre la puerta de la escalera, la impulsa para que suba.

—¡Ve a tu cuarto ahora mismo! ¡Deprisa!

Rose sube las escaleras, tropezando, permitiéndose tropezar, permitiéndose caer contra los peldaños. No cierra de un portazo porque un gesto así aún podría hacer que su padre fuese tras ella, y de todos modos se siente débil. Se echa en la cama. Por el agujero del tubo de la estufa alcanza a oír los gimoteos y los reproches de Flo, y a su padre contestar enojado que entonces debería haberse callado, si no quería que castigara a Rose no debería habérselo pedido. Flo dice que ella en ningún momento le ha pedido que le diera semejante tunda.

Siguen discutiendo, a vueltas con lo mismo. La voz temerosa de Flo cobra fuerza, a medida que recupera su confianza. Poco a poco, en ese toma y daca, cada uno vuelve a replegarse en sí mismo. Pronto Flo es la única que habla; él ya no hablará más. Rose ha tenido que aplacar los sollozos para escucharlos, y cuando pierde interés en escuchar y quiere llorar un poco más, se da cuenta de que no le salen las lágrimas. Ha pasado a un estado de calma, en el que la indignación se percibe como absoluta y definitiva. En ese estado los sucesos y las posibilidades cobran una apacible simplicidad. Las opciones son misericordiosamente claras. Las palabras que vienen a la cabeza no son las nimias, rara vez las condicionales. «Nunca» es una palabra que de pronto adquiere pleno derecho. Nunca volverá a dirigirles la palabra, nunca los mirará salvo con desprecio, nunca los perdonará. Los castigará; acabará con ellos. Encerrada en estas certezas definitivas, y en el dolor físico, flota en un curioso consuelo, ajena a sí misma, ajena a la responsabilidad.

¿Qué pasaría si muriese ahora? ¿O si se suicidara? ¿O si se diese a la fuga? Cualquiera de esas soluciones sería apropiada. Solo es cuestión de elegir, de averiguar la manera. Flota en ese estado puro y superior de placidez, como drogada.

Y así como hay un momento, cuando estás drogada, en que te sientes completamente a salvo, segura, inalcanzable, y de pronto sin previo aviso llega un momento en el que sabes que toda la protección se ha resquebrajado sin remedio aunque en apariencia siga todavía intacta, pues ahora hay un momento, el momento, de hecho, en que Rose oye los pasos de Flo en la escalera, que contiene para ella tanto la paz y la libertad presentes como la plena conciencia del curso por el que se precipitarán los acontecimientos en adelante.

Flo entra en el cuarto sin llamar a la puerta, pero con una vacilación que indica que tal vez se le ha pasado por la cabeza. Trae un tarro de crema fría. Rose procura mantener la ventaja todo lo que puede, tumbada boca abajo en la cama, negándose a reconocer su presencia o a contestar.

—Eh, vamos —dice Flo, inquieta—. No ha sido para tanto, ¿verdad? Ponte esto y te sentirás mejor.

Está tanteando. No sabe con seguridad cuáles son los daños. Ha quitado la tapa de la crema fría. Rose puede olerla. El olor íntimo, infantil, humillante. No permitirá que se la acerquen siquiera. Sin embargo, para esquivar el pegote de crema que Flo tiene ya en la mano, debe moverse. Se escabulle, se resiste, pierde la dignidad, y deja que Flo vea que en realidad no es para tanto.

—Muy bien —dice Flo—. Tú ganas. Te la dejo aquí y te la pones cuando quieras.

Más tarde aparecerá una bandeja. Flo la dejará sin decir palabra y se irá. Un gran vaso de leche con cacao, preparado con jarabe de malta de la tienda. Suculentas vetas oscuras en el fondo del vaso. Emparedados pequeños, compactos y apetitosos. Salmón en lata de primera, y rojísimo, mayonesa en abundancia. Un par de tartas de mantequilla con el envoltorio de la pastelería, galletas de chocolate rellenas con crema de menta. Los sabores favoritos de Rose, en el emparedado, la tarta y las galletas. Apartará la cara, negándose a mirar, pero a solas con esas delicias se sentirá míseramente tentada, enardecida y turbada, y las ideas de suicidio o de fuga remitirán ante el olor a salmón, la expectativa del chocolate crujiente, acercará un dedo, solo para rozar el borde de uno de los emparedados (¡pan sin corteza!) y recoger lo que rebosa, probar a qué sabe. Entonces decidirá comerse uno, y tener así fuerzas para rechazar el resto. Uno no se notará. Pronto, corrompida e impotente, se los comerá todos. Se tomará la leche con cacao, las tartas, las galletas. Sacará con el dedo los posos del fondo del vaso, aunque gimotea avergonzada. Demasiado tarde.

Flo subirá y se llevará la bandeja. Tal vez diga «Veo que tenías apetito», o «¿Te ha gustado la leche con chocolate?, ¿llevaba bastante sirope?», en función de lo escarmentada que se sienta. En cualquier caso, toda ventaja se habrá perdido. Rose entenderá que la vida ha vuelto a empezar, que se sentarán juntos a comer, escuchando las noticias de la radio. Mañana por la mañana, puede que incluso esta noche. Por increíble e improbable que parezca. Se sentirán incómodos, aunque menos de lo que cabría esperar después de cómo se han portado. Los embargará una curiosa lasitud, una indolencia reconfortante, no muy alejada de la satisfacción.

Una noche, después de una de esas escenas, estaban todos en la cocina. Debía de ser verano, o al menos hacía buen tiempo, porque su padre hablaba de los viejos que se sentaban en el banco delante de la tienda.

—¿Sabes de qué andan hablando ahora? —dijo, y señaló con la cabeza hacia la tienda para indicar a quién se refería, aunque por supuesto en ese instante no estaban allí; se iban a casa al caer la noche.

—Esos viejos chotos —dijo Flo—. ¿De qué?

Charlaban con una cordialidad no exactamente falsa, pero un poco más enfática de lo normal, estando en familia.

El padre de Rose les contó que a los viejos les había dado por decir, y a saber de dónde habían sacado la idea, que lo que parecía una estrella en el cielo de poniente, la primera estrella que salía al caer el sol, el lucero vespertino, en realidad era una aeronave suspendida encima de Bay City, Michigan, al otro lado del lago Hurón. Un invento estadounidense, enviado allí arriba para rivalizar con los cuerpos celestes. Todos estaban de acuerdo, congeniaban con esa idea. Creían que diez mil bombillas eléctricas lo iluminaban. Su padre los había rebatido sin contemplaciones, señalando que lo que veían era el planeta Venus, que había aparecido en el firmamento mucho antes de que se inventase una bombilla eléctrica. Los viejos nunca habían oído hablar del planeta Venus.

—Ignorantes —dijo Flo.

Y así Rose supo, y supo que su padre sabía, que Flo tampoco había oído nunca hablar del planeta Venus. Con tal de distraerlos, o incluso de disculparse, Flo dejó la taza de té en la mesa y se estiró, apoyando la cabeza en su silla y los pies en otra (a la vez que se las ingeniaba para remeterse el vestido recatadamente entre las piernas), y se puso rígida como una tabla, haciendo que Brian gritara alborozado:

—¡Hazlo, hazlo!

Flo tenía las articulaciones laxas y era muy fuerte. En momentos de celebración o de emergencia, hacía trucos.

Guardaron silencio mientras ella se daba la vuelta, sin valerse de las manos para nada, solo tensando las piernas y los pies. Luego todos la vitorearon, aunque ya lo habían visto otras veces.

Justo cuando Flo se dio la vuelta, Rose imaginó aquella aeronave, una burbuja transparente y alargada, con sus cuerdas de luces diamantinas, flotando en el milagroso cielo de América.

—¡El planeta Venus! —dijo su padre, aplaudiendo a Flo—. ¡Diez mil bombillas!

Una sensación de tolerancia, de desahogo, incluso una ráfaga de felicidad, recorrió la cocina. Años después, muchos años después, un domingo por la mañana, Rose encendió la radio. Fue cuando ya vivía por su cuenta en Toronto.

Bueno, señor.

Era un lugar muy diferente en nuestra época. Vaya si lo era.

Solo había caballos, entonces. Caballos y carretas. Corrían de arriba abajo por la avenida los sábados por la noche, haciendo carreras.

—Igual que las carreras de cuadrigas —interviene la voz suave del comentarista, o entrevistador, alentándolo.

Nunca he visto ninguna.

—No, disculpe, me refería a las cuadrigas romanas. Fue antes de su época.

Debió de ser antes de mis tiempos. Tengo ciento dos años.

—Esa es una edad prodigiosa, señor.

Lo es.

Rose dejó la radio puesta mientras iba de un lado a otro por la cocina preparándose un café. Supuso que sería una entrevista dramatizada, la escena de alguna obra, y quiso averiguar de qué se trataba. La voz del anciano era de lo más presuntuosa y beligerante, mientras que la del locutor sonaba un tanto desesperada y alerta, bajo la desenvoltura y la cortesía de su oficio. Sin duda se pretendía que lo imaginaras acercándole el micrófono a un centenario desdentado, imprudente y engreído, preguntándose qué diantre pintaba allí, y por dónde iba a salir.

—Debían de ser peligrosas.

¿Qué eran peligrosas?

—Esas carreras de carretas.

Y tanto que sí. Bien peligrosas. Solía haber caballos desbocados. Había la mar de accidentes. A algunos los arrastraban por la grava y quedaban con la cara desollada. Tampoco se habría perdido mucho si se hubieran muerto. Je, je.

Algunos de los caballos eran de paso fino. Algunos debían de tener mostaza debajo de la cola. Algunos se encabritaban por nada. Eso es lo que pasa con los caballos. Algunos trabajan y tiran hasta caer muertos, y algunos no te sacarían el nabo de un cubo de manteca. Je, je.

Debía de ser una entrevista de verdad, al fin y al cabo. De lo contrario no habrían metido esa vulgaridad, no se habrían atrevido. Si el viejo lo dice, no pasa nada. Color local. Cualquier cosa suena inofensiva y adorable, a sus cien años.

Entonces había accidentes a cada rato. En el aserradero. La fundición. No se tomaban precauciones.

—No se hacían tantas huelgas en esos tiempos, supongo, ¿verdad? No tenían tantos sindicatos.

Todo el mundo se lo toma con calma hoy en día. Nosotros trabajábamos y nos dábamos con un canto en los dientes. Trabajábamos y nos dábamos con un canto en los dientes.

—No tenían televisión.

Nada de televisión. Ni radio, teníamos. No teníamos cine.

—Se buscaban sus propias distracciones.

Así nos apañábamos.

—Vivían muchas experiencias que los jóvenes de hoy no vivirán nunca.

Experiencias.

—¿Puede contarnos alguna que recuerde?

Una vez comí carne de marmota. Un invierno. A usted no le habría gustado. Je.

Huna pausa, de reconocimiento, se diría, y luego la voz del locutor explicó que lo que acababan de escuchar era una entrevista con el señor Wilfred Nettleton, de Hanratty, Ontario, hecha con motivo de su centésimo segundo cumpleaños, dos semanas antes de su muerte, la primavera anterior. Un eslabón vivo con nuestro pasado. Al señor Nettleton lo habían entrevistado en la residencia municipal del condado de Wawanash.

Hat Nettleton.

De arriero a centenario. Fotografiado en su cumpleaños, atendido por enfermeras, sin duda besado por una joven reportera. Deslumbrado por los destellos de los flashes. La grabadora empapándose del sonido de su voz. El vecino más viejo. El arriero más viejo. Un eslabón vivo con nuestro pasado.

Contemplando el lago frío por la ventana de la cocina, Rose deseó poder contárselo a alguien. A Flo le habría gustado oírlo. La imaginó diciendo: «¡Figúrate!», pletórica, como dando a entender que eso confirmaba sus peores sospechas. Sin embargo, Flo estaba en el mismo geriátrico donde había muerto Hat Nettleton, y Rose ya no podía comunicarse con ella. De hecho, estaba allí cuando grabaron esa entrevista, aunque seguro que ni la escuchó ni se enteró de nada. Cuando Rose la metió en la residencia, un par de años antes, dejó de hablar. Se encerró en sí misma, y pasaba casi todo el tiempo sentada en un rincón de su cama de barrotes, hosca y desagradable, sin contestar a nadie, aunque de vez en cuando mostraba sus sentimientos mordiendo a una enfermera.

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Autora: Alice Munro. Traductora: Eugenia Vázquez Nacarino. Título: ¿Quién te crees que eres?. Editorial: Lumen. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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