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Memoria de guerra

Eritrea. Foto: Arturo Pérez-Reverte

En los años setenta y durante un corto período de tiempo, al principio de mi vida como reportero, hice mis propias fotos. Las guerras no eran entonces lugares tan frecuentados como ahora, las oenegés no existían y los testigos exteriores de aquellas tragedias eran muy pocos. A menudo, en África, Asia o Hispanoamérica, un enviado especial debía buscarse la vida en soledad durante semanas o meses. No era un mundo fácil. Tampoco había teléfonos móviles, y las transmisiones, muy difíciles cuando no imposibles, debían hacerse por línea convencional o por télex. Por esa época yo trabajaba para el diario Pueblo —en ese momento el más importante y popular de los periódicos españoles— y solía viajar solo, de forma que debía arreglármelas con mis propios medios. Y de esa forma, cargado con una máquina de escribir portátil Olivetti y mis cámaras Pentax y Nikon, anduve por la vasta geografía de las catástrofes contando lo que veía.

"La mayor parte de las fotos de guerra que hice en esos tiempos no las vi nunca"

La mayor parte de las fotos de guerra que hice en esos tiempos no las vi nunca. Me encontraba en Angola, en El Salvador o el Líbano, fotografiaba lo que podía y, con la mayor rapidez posible, buscaba la forma de hacer llegar los carretes fotográficos sin revelar a mi periódico para que se publicaran allí. Los entregaba a un piloto o una azafata, un diplomático, un misionero de regreso, un viajero al que abordaba en cualquier aeropuerto del mundo, confiando en que los entregaran en Madrid. Nunca podía saber si las imágenes que procuraba obtener eran buenas o malas. En eso trabajaba a ciegas. Después, a mi regreso, veía algunas que habían sido publicadas con mis reportajes; pero el resto, la mayor parte, las que quedaron descartadas por el redactor jefe o el responsable de Internacional, no llegaba a verlas nunca. Quedaban en los archivos del periódico, inéditas hasta para mí.

Cuando en 1984 desapareció Pueblo, al anunciarnos su inminente cierre fui a los archivos y recuperé casi todos mis negativos: más de tres mil fotografías sin positivar que durante 35 años estuvieron guardadas en unas cajas que hasta ahora no volví a abrir. Se trata de carretes revelados a toda prisa en la agitación urgente de un diario, algunos sucios y con manchas a causa de un deficiente secado. Tampoco son grandes fotografías, de las que labran la fama de un fotógrafo profesional, sino pequeños testimonios gráficos complementarios, imágenes de lo que vi y viví: fotos tomadas por mí, todas, y alguna en la que yo mismo aparezco con veintipocos años, hecha por algún compañero accidental de la época o, lo más frecuente, por los mismos soldados o guerrilleros con los que convivía. Es, en suma, el testimonio gráfico de un tiempo, de los personajes que lo poblaron y del joven periodista que vivió ese tiempo. Algo así como la memoria gráfica de mi juventud.

Lugares de los que nunca se regresa

"Esos negativos, olvidados como digo durante muchos años, reaparecieron hace unos meses al rebuscar entre viejos documentos que guardo en casa"

Esos negativos, olvidados como digo durante muchos años, reaparecieron hace unos meses al rebuscar entre viejos documentos que guardo en casa. La curiosidad, sobre todo el deseo de echar un vistazo a las fotos que nunca había visto, me llevaron a confiarlos a mi amigo Jeosm, fotógrafo de la revista literaria digital Zenda y uno de los mejores y más brillantes profesionales que conocí nunca. Durante semanas, él se dedicó a la paciente tarea de ordenar esos negativos, limpiarlos y positivarlos. Y así, gracias a su amistad, dispongo ahora de una galería de imágenes, de recuerdos personales cuya contemplación me produce sentimientos encontrados: el álbum de guerra de un reportero en su época de aprendizaje, primeros 5 o 6 años de los 21 que acabaría pasando, 12 como periodista de Pueblo y 9 de Televisión Española, entre 1973 y 1994, desde Oriente Medio hasta los Balcanes. Apenas me reconozco ya en esas imágenes de hace medio siglo, pero hay algo que sí es muy cierto; con los libros que leí mientras viajaba por esos mundos y que tantas cosas me ayudaron a soportar y asumir, con la mirada que aquellas escenas me dejaron impresa para siempre —hay lugares de los que nunca se regresa del todo—, hoy envejezco y escribo novelas.

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