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El periodista como arma de guerra

Medianoche en Damasco, de Maha Akhtar, una novela para profundizar en la guerra de Siria

 

George Orwell, corresponsal experimentado, lo dejó bien sentado: la verdad es la primera víctima de la guerra. La novela de Maha Akhtar Medianoche en Damasco (Roca Editorial) profundiza en la guerra civil que masacra Siria. Entre los muchos personajes que deambulan por controles, manifestaciones, centros de tortura, oficinas de espionaje y otros escenarios del conflicto, se encuentra un periodista norteamericano de origen libanés, Tony Habib.

Maha Akhtar nos pinta un periodista muy prototípico. “Nunca faltaban mujeres a su alrededor, allá donde fuera”, explica la autora. No es especialmente atractivo, salvo por su conversación, su labia, lo que explica que las sapiófilas lo adoren. “Tenía un poco de barriga, debido a su afición a la comida y al vino”. Vamos, los pequeños placeres del esforzado corresponsal. Para completar su perfil, sabemos que su única atadura a lo convencional es una exmujer pija en el Upper East Side de Manhattan.

"Resulta evidente que conocer bien el terreno o incluso formar parte de él dispara el valor del periodista. No sólo en su profesión, sino incluso como arma susceptible de ser usada a su conveniencia por los distintos contendientes."

Su amistad con Daniel Pearl, competidor en el Wall Street Journal, es un dato muy revelador en su perfil. Pearl fue secuestrado diez años atrás por un grupo yihadista. Los terroristas exigieron que Washington liberara algunos prisioneros  y que dejara de suministrar aviones F-16 a Pakistán. A los nueve días, le degollaron en Karachi. Pero a esa historia ya le llegará el turno a propósito del libro Un corazón invencible (Martínez Roca, 2004), escrito por su viuda, Mariane Pearl.

De vuelta a Medianoche en Damasco, resulta evidente que conocer bien el terreno o incluso formar parte de él dispara el valor del periodista. No sólo en su profesión, sino incluso como arma susceptible de ser usada a su conveniencia por los distintos contendientes, que necesitan lavar su imagen a través de los grandes medios internacionales.

El cine ha dado muchas muestras de cómo la guerra no deja indiferente al periodista y acaba tomando partido. Al menos, eso cree el reportero; lo habitual es que el partido lo elija a él. Del Joel McCrea de Enviado especial (Hitchcock, 1940), al Nick Nolte de Bajo el fuego (Spottiswoode, 1983) pasando por el James Woods de Salvador (Stone, 1986) todos son del tipo de periodistas concienciados y utilizados.

"Y es que un buen periodista conoce mejor que nadie las armas de la propaganda. Son las mismas que utiliza a diario para vender su información o ensimismar a su audiencia."

Cómo no tomar partido cuando se es testigo, o incluso víctima, de la represión y la bestialidad. Tony Habib, totalmente occidentalizado, trabaja para el New York Guardian. Sus jefes en Manhattan intentan aprovecharse de sus muchos contactos en Oriente Medio, su zona. Sus contactos, incluso amigos desde la infancia, también se aprovechan de su condición de periodista estrella.

Él mismo se deja utilizar y utiliza a sus viejas amistades:

—Deja que te entreviste. Utilicemos la prensa para presionar a Washington.

Le pide a su buen amigo el general desertor Mika, que intenta aglutinar la oposición contra el tirano Bashar al-Asad.

Y es que un buen periodista conoce mejor que nadie las armas de la propaganda. Son las mismas que utiliza a diario para vender su información o ensimismar a su audiencia. Es un oficio donde una de las claves del éxito es aparentemente muy sencilla: poner cara a la noticia.

—Tienes que contar la historia… Es la única forma de que la gente sepa lo que está haciendo Asad en Siria. Tienes que personalizar a la oposición. Necesitas que la gente la relacione contigo, que entienda lo que estás intentando hacer. No puede haber una oposición sin rostro. Y tú eres perfecto, tienes carisma, eres apasionado.

Consigue su propósito. Presenta al mundo a la oposición humanizada, con rostro. Consigue un gran éxito, se siente satisfecho. Pero su trabajo no ha acabado todavía.

"Tras la muy interesante conversación de lavado de imagen en el muy lujoso Syriatel de Damasco, el periodista es secuestrado. Es víctima de la violencia ciega."

Tras la entrevista al opositor le llaman de la redacción en Nueva York. Su exclusiva se ha quedado coja. Cómo no ofrecer la otra cara de la noticia, las dos versiones. Qué peligrosa es la equidistancia cuando no hay comparación posible entre los bandos. El diálogo con su redactor jefe es revelador de cómo funciona la prensa y la propaganda:

—Vuelve a Siria.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loco?

—Necesitamos hablar con alguna persona próxima al presidente, conocer la opinión del régimen.

—No hablarán.

—Inténtalo en serio. Si consigues un titular que demuestre al mundo lo loco que está Asad, es posible que tu amigo [se refiere al general desertor] consiga lo que quiere.

—¡Joder Bill!

—Nadie dijo que este trabajo sería fácil.

—Lo sé, pero lo que me pides es como intentar entrar en el puto Kremlin.

Consigue la entrevista con un adinerado próximo a la familia Asad. Rami Murad es el hombre designado por el régimen para ofrecer su mejor cara. Otra vez son sus amistades las que le ayudan a entrar en el campo de batalla en que se ha convertido el país .

Tras la muy interesante conversación de lavado de imagen en el muy lujoso Syriatel de Damasco, el periodista es secuestrado. Es víctima de la violencia ciega. La realidad no es tan sencilla. Hay muchos bandos.

Túnez, Estambul, Beirut, Homs, Raqqa, Damasco, la novela de Maha Akhtar parte de la esperanzadora explosión de la primavera árabe en agosto de 2011 para llegar  al tétrico paisaje de la Siria actual devastada. Un personaje de la novela lo deja bien claro: “¿De unas pintadas a la guerra? Es casi imposible de creer”. Pues así fue y el periodismo jugó un papel muy importante.

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Autor: Maha Akhtar. Título: Medianoche en Damasco. Editorial: Roca. Venta: Amazon y Fnac 

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