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Podría ser peor: Moscú, año 2033

Podría ser peor: Moscú, año 2033

En efecto, podría ser peor. Hace no mucho, si alguien nos hubiera dicho lo que iba a pasar con el coronavirus, cómo nos iba a afectar, cómo tendríamos que encerrarnos en nuestras casas o que para poder salir a la calle nos veríamos obligados a ponernos guantes y mascarillas, sin lugar a dudas no lo habríamos creído; y no me refiero únicamente a quienes con mayor o menor fortuna preconizaron durante los meses previos al apocalipsis que pasaría —o no pasaría— esto o lo otro. Estamos en la España de la Europa del siglo XXI. Eso aquí no pasa. En China sí, pero aquí no, nos reafirmábamos. Nuestro subconsciente había interiorizado ya las imágenes de ciudades orientales con calles atestadas de viandantes portando mascarillas quirúrgicas, amén de los turistas japoneses en los aeropuertos haciendo lo propio. Allí sí, pero aquí no. ¿Por qué ha de ser así? ¿Por qué allí sí y aquí no? ¿En base a qué? Pues eso, que como no había razón alguna para lo contrario, el virus nos llegó, al igual que a otros doscientos y pico países, y golpeó con una fuerza descomunal.

En realidad, ahora que lo pienso, no sé si «descomunal» es el término apropiado, dado que es un concepto relativo. Es como en aquella película: Su mujer es muy guapa, le dicen a Paco Martinez Soria. ¿Comparada con quién? Responde éste con suspicacia.

"Una guerra nuclear global ha devastado la tierra. No importa ya quién inició el conflicto o quién replicó indiscriminadamente"

Pues eso, comparado con qué. Confinados, cierto es, pero en nuestras casas con Netflix, los doscientos ocho canales de televisión, Spotify y sin que falten las banderillas del vermú y las cervecitas. Y es que estamos en 2020, en plena explosión digital con un universo virtual a nuestra disposición que, sin llegar a ser el Oasis de Spielberg en Ready Player One, se basta y se sobra para mantenernos entretenidos. Ahora bien, imaginémonos esto. Han pasado otros trece años, y una guerra nuclear global ha devastado la tierra. No importa ya quién inició el conflicto o quién replicó indiscriminadamente. Eso es ya irrelevante, ya no hay opciones ni de protesta ni de venganza, dado que nada queda en pie. La radiación ha convertido la superficie en inhabitable para el género humano, por lo que las ciudades que se libraron de los misiles son ahora cascarones vacíos, vestigios de un pasado que ahora se antoja esplendoroso. Los escasos supervivientes se han visto obligados a refugiarse en el subsuelo. Son grupúsculos aislados que viven aterrorizados. No es únicamente por la radioactividad, sino también por la amenaza constante de las mutaciones vivientes que han heredado la tierra. Los metros de las ciudades se han convertido, al igual que en la Segunda Guerra Mundial, en los principales refugios. ¿Los metros? Al menos uno, el de Moscú. ¿Cuántas personas viven allí? Unas cincuenta mil, aproximadamente el número de viajeros que allí se encontraban en el momento del ataque.

El resto es pura ficción post-apocalíptica. Los trenes hace años que ya no circulan por la falta de energía. Las personas malviven en tiendas de campaña en los andenes y pasillos de las estaciones, así como en los restos de algunos de los vagones. Dado que apenas pueden salir a la superficie, se alimentan a base de hongos y setas y carne de cerdo procedente de algunas granjas que han logrado mantener en alguna que otra estación. Es lo único que la oscuridad permanente permite. Como no podía ser de otra manera, y en ausencia total de noticias del exterior —ni siquiera saben si hay más supervivientes en otros lugares del mundo— las estaciones se agrupan o forman alianzas basadas en estrictos intereses comerciales, como es el caso de la línea Circular, ahora rebautizada como la Hansa, en recuerdo de la confederación comercial de ciudades germanas de la baja Edad Media y que se ha convertido en la línea del metro más próspera, con energía eléctrica permanente en sus estaciones y un ejército bien equipado. Por supuesto, tampoco faltan ni la Línea Roja ni el Cuarto Reich. La moneda común no es el rublo. Para pagar en los mercados o comer en las primitivas tabernas has de pagar con cartuchos de bala. Son el bien más preciado y necesarios para la defensa tanto de sus congéneres como de los ataques de las criaturas de la superficie.

"Metro 2033 posee algo especial que no muchas obras del género consiguen"

Así, a priori, no parece especialmente rompedor, ¿verdad? Sin embargo esta novela, Metro 2033 —más bien novelas, dado que el éxito inicial las ha convertido en una saga— posee algo especial que no muchas obras del género consiguen. Y es que su autor, Dimitry Glukhovsky, atesora en sus manos la capacidad de transmitir sensaciones y escenarios. No estamos simplemente leyendo las aventuras y desventuras de Artyom y Sasha atravesando túneles oscuros o llegando a estaciones foráneas que bien podrían ser poblados del oeste americano. No, somos nosotros quienes los acompañamos, quienes compartimos la opresión y la asfixia, quienes nos esforzamos en discernir lo que acecha unos metros más adelante.

De no ser por el reto de filmar sin apenas luz —y de que el autor no es americano, sino ruso— no sería difícil imaginar Metro 2033 —bueno, y 2034, 2035, y las secuelas del conocido, en particular en la Europa del este, como Universo Metro— convertido en serie de televisión o en película. Por el momento, eso sí, ya está el videojuego.

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