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Poemas de La densidad de los espejos, de Manuel Rico

Poemas de La densidad de los espejos, de Manuel Rico

Apunte sobre el nacimiento de un libro

La densidad de los espejos, el poemario que acaba de llegar a las librerías, obtuvo en 1997 el Premio Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez. Ahora se publica, en una edición que recuerda los 20 años transcurridos desde la concesión del galardón, con varios poemas inéditos y con el texto que escribió Manuel Vázquez Montalbán para el diario El País a modo de epílogo. El libro tuvo en su origen una experiencia personal de mi adolescencia: el recuerdo de la noche en la que, junto a mis padres, vi en el primer televisor que tuvimos en casa (corría el año 1969) la llegada del hombre a la luna, representada en los primeros pasos de Aldrin, Collins y Armstrong. Sobre su génesis cuento en el prólogo a esta nueva edición (El Sastre de Apollinaire, Madrid, 2017) lo siguiente:

“Mucho tiempo después, quizá en 1989, o en 1990, en la noche de otro 20 de julio, en homenaje y recuerdo al padre que contemplaba conmigo la pantalla en blanco y negro aquella madrugada remota, al hombre que murió una noche, también de verano, de 1979, a quien sólo vivió un año de democracia después de esperarla durante 39 años, escribí un poema que titulé “Recuerdo con luna”. Fue, quizá, el poema que abriría la puerta a otros poemas con el mismo mundo como telón de fondo. (…) La densidad de los espejos creció a lo largo de dos o tres años alrededor de aquel “Recuerdo con luna”. Los nuevos textos que iría agregando en ese tiempo venían a construir un escenario de la memoria. Personal y, en buena medida, colectiva. Mientras los escribía me daba cuenta de que la mezcla de realidad y ficción con que reconstruía momentos, paisajes y sensaciones a veces se internaba en el territorio de la conciencia y de la reflexión sobre el sentido y la función del poema en su relación con el tiempo histórico.”

A continuación se recogen cuatro poemas del libro. El último de ellos, “Ríos de la vida”, se publica por vez primera en esta nueva edición.

RECUERDO CON LUNA

“Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna.

Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro”.

                                                        Paul Auster

 

Hoy recuerdo la noche de verano del sesenta y nueve: afuera

la calima aquietaba la brisa y daba densidad

al tiempo en claroscuro en que habíamos crecido.

El hombre pisaba al fin la luna

y mi padre rondaba los cincuenta.

 

Era el verano del amor a tientas y de la paz ficticia.

Apenas conocíamos el color de la tinta que hablaba en el abismo,

la espesura sin fronda de un mundo subterráneo,

de casi aparecidos.

 

Sí. Yo sé que entonces el mundo limitaba

con las cuatro fronteras de mi calle. Que el corazón tenía

su agujero en la casa de niebla de mi barrio,

que el padre aún respiraba el olor algo acre de todos los barnices

y que olía a madera, a colas y a amargura

su ropa al fin rendida en el sofá gastado de la noche

mientras Armstrong tanteaba la luna a paso lento.

 

Yo sé que esta memoria de aquella noche de bochorno y ceniza

que a cerveza me sabe y a silencio,

es una puerta extraña.

 

La he abierto hoy, de madrugada,

para encontrar al otro lado no la luz indecisa

de quien fuera, sin saberlo, adolescente,

sino un dolor sin forma, un lastre ambiguo,

el turbio fotograma de un tiempo desflecado.

 

Sé que me fui. Que abandoné el salón

en el preciso instante en que el hombre pisaba al fin la luna.

Y que mi padre me miró de paso, y que en sus ojos

tembló un destello, acaso la certeza

de que otra luz llegaba

y no era suya.

 

Y recuerdo, ¿por qué?, la noche en el jardín,

la palidez exhausta de la luna de julio,

el pliegue lateral donde apuntaban las primeras señales

de la huida, esa indigna presencia

que me plantó en la vida sin elección posible.

 

EL ESPEJO VIVE…

El espejo vive de la traición, confiere

un brillo a la mirada

que no es el brillo fácil que los ojos reflejan.

Es la luz enquistada que nos habla de otros.

Del que fuimos ayer, del que no nos consuela

ni nos ama, del que tuvo el precario

poder de lo imposible entre los dedos.

 

Vedlos ahí reflejados. En ese rostro

que los años señalan

con marcas en la piel poco visibles.

Ellos advierten

de tu lenta traición, muestran la noche

que desterraste, aquel atardecer con sol y mar al fondo,

la lluvia en la ciudad abandonada,

un texto de Camus leído contra el miedo,

la temblorosa piel de pronto descubierta

en el calor que a veces ocultaba

la oscuridad, el coche estacionado en las afueras,

era entonces

el tiempo de la niebla y tú eras otro,

y tal vez los espejos no existían.

 

ANTIGUA TIERRA

En la región perdida que llamamos infancia,

en ese territorio que viejas lluvias hunden

en vagos claroscuros, dicen que desde siempre

nos aguarda, con ropa de domingo,

una diosa cruel a quien llamamos

dicha o felicidad, qué importa el nombre.

 

Mantienes la conciencia de haber sido inquilino

de tan huidiza estancia porque a veces,

cuando el presente aplica sus decretos,

la memoria te vence y te convocan

presencias de aquel tiempo,

rostros que te dejaron

inerme ante el empuje de los años.

 

Y siempre, cuando intentas

conjurar la orfandad y los reclamas

no tardan en huir al refugio que habita

entre los pliegues de la inexistencia.

 

RÍOS DE LA VIDA

No atenazar la vida, nos dijeron.

No estremecerse sino en la ausencia

que el olvido dibuja..

Dar de lado a los gestos que la encienden,

a las aguas donde nada la vida

más allá de la nada y sus dominios.

 

Fue un ciego aprendizaje el que intentaron

imponer, de rondón, en nuestra casa.

Mas fue asedio inútil, vacío llamamiento  .

 

Porque la vida explica. Y duerme. Y calla.

Sueña y llora y destila, como sangre,

esa coloración exacta

que tinta la palabra cuando busca la luz

o se torna en poema.

 

Tiene aromas y filtros y cabellos

al viento. Es un dominio compartido,

cuenco que nos contiene y que conjura

las viejas propensiones al silencio.

 

No atenazar la vida. Qué delito

invitarnos a ello. Qué malsana

inclinación tentarnos, acosarnos

con el envés de la luz, con el borde

escondido de la luz, de la puerta

que busca la intemperie y busca calle

y escapa de la lluvia y reinventa la vida.

 

Pero la vida era.

Nos dejaba en la boca su agridulce

concierto, viejas huellas como pétalos mustios

después de la tormenta.

 

Y hoy ofreces

la voz trocada en tinta torturada,

en el empeño de escarbar en la vida,

en los ocultos ríos de la vida por encima del tiempo.