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Poesía en horario laboral

¿Cuántas horas de transporte público hay en Los días hábiles, de Carlos Catena Cózar? Es imposible leer este poemario, XXXIV Premio de Poesía Hiperión, sin imaginar al joven jienense —la cabeza derrumbada sobre la inmensa luna del autobús— camino a un precario puesto de trabajo, casi perdido en una ciudad de la vieja Europa.

En qué buena hora ha aparecido este primer libro de Catena: el autor, nacido en 1995, ha publicado una digresión certera sobre la realidad que circunda a la mayor parte de los que comenzaban a redactar su currículo en el momento en el que la burbuja explotó y mandó todos los sueños a —conviene ser claro— la mierda.

"Hay una sensación que reina sobre todos los poemas del libro: esa apatía triste, el atisbo de la depresión que se esconde tras cada currículo enviado al vacío"

Porque eso es Los días hábiles, una sucesión de gritos en los que el universo de alguien que lucha por sobrevivir en este mundo de trabajo precario y de becas que se engarzan una a otra sin final convive con la deuda que nos dejaron aquellos que prepararon un mundo mejor para los suyos, para los que estaban por venir. No hay tregua en este echarse en cara algo que no nos corresponde: el escenario opaco de futuro laboral, de expectativas muertas, de deseos que se van por las cañerías con la ducha que lava nuestros dramas cada noche.

Hay una sensación que reina sobre todos los poemas del libro: esa apatía triste, el atisbo de la depresión que se esconde tras cada currículo enviado al vacío en busca de una nueva (y mejor) oportunidad. Con ese mimbre, que modela en jornadas de ocho horas, Catena Cózar escribe poemas carentes y títulos y deudores de puntuación, donde la imagen de referencia de una abuela con las manos agrietadas se impone a veces para hacer menos duro el frío que se siente ante el cotidiano ritmo de los días (in)hábiles,

El fotomatón no reconoce mi rostro

Carlos Catena ha elaborado un retrato hiperrealista del joven precario y sin futuro con leves trazos biográficos. Versos suyos dicen: “he visto a las mejores mentes de mi generación / destruidas por un contrato basura de cara al público / hombres y mujeres de ciencias emigrados al frío / indefensos sin literatura ante tal paisaje / no puede escribir sobre el fracaso / quien no ha bajado al infierno”.

"El poemario está atravesado por la familia. Catena Cózar muestra una especie de arrepentimiento por no haber logrado lo que sus antepasados habían dispuesto para él"

Y desde ese infierno escribe, desde una vida que comienza, muy a su pesar, cuando se ficha a la hora de entrar a la oficina y que termina al apagar el monitor del ordenador, ocho horas después.

Porque ¿qué vida nos queda fuera del trabajo que nos permite pagar algunas facturas a los que nos han matado la vocación? Inevitablemente la existencia misma comienza a girar en torno a esa idea de no estar nunca realizado, de no alcanzar el propósito. Y pronto todo lo demás se diluye y solo queda asirse, por ese extraño impulso de supervivencia que tenemos implantado en el cerebro, a aquello que nos ha hecho odiar todo lo demás: el trabajo que no deseamos. “Por si tal vez”.

Quizá por estos motivos la voz poética aparece vaga, pese a que continuamente ahonda en la experiencia personal; una voz que se reconoce en su presente, que asume que lo que nos habían vendido era un cuento, que no hay nada salvo atrezzo mojado por la lluvia.

agradecido al progreso y a la ciencia
y consciente de que ningún tiempo pasado fue mejor
idealizo la edad clásica como un lugar
donde todo lo que hoy me hace infeliz
no existía 

La familia: me salva lo que más me angustia

El poemario está atravesado por la familia. Catena Cózar muestra una especie de arrepentimiento por no haber logrado lo que sus antepasados habían dispuesto para él, un dolor que se hace más sordo todavía al comprobar que la culpa no está en sus manos: se ha formado, ha querido obtener un buen puesto de trabajo, tener la vida amable que otros cosecharon para él, pero el enemigo está fuera de él mismo. Por eso quizá la inquietud por «haber fallado» causa un mayor desasosiego.

Allí está su abuela, una sombra presente en todo el libro, la mujer que repetía una y otra vez que había nacido para el trabajo bien hecho.

toda tu vida repetiste (abuela)
lo único que tiene esta familia
es la buena disposición de los músculos
para el esfuerzo y el trabajo bien hecho
hoy años después de tu muerte
en las semanas de vacaciones estipuladas
afortunado en la caída del empleo joven
visito tu tumba y te pregunto
qué hizo nuestra estirpe para merecer esto

El padre, la madre, los hermanos también emigrados y algunos amantes completan este círculo de carne que sirve para sostenerse, pese a lo difícil que resulta mirarles y la cara para ver el reflejo propio. Algo que también le ocurre al lector de Los días hábiles, que se reconoce en el joven que escribe, que siente miedo y corre, aunque en realidad esté sentado, la cabeza apoyada en el cristal del autobús urbano, camino a la oficina donde vive la vida de los otros. Y sufre.

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Autor: Carlos Catena Cózar. Título: Los días hábiles. Editorial: Hiperión. Venta: Fnac

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