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Ilustración de Carolina Rodríguez Fuenmayor

«¿Cuál es tu problema, cabrón, cuál es tu problema? Por eso eres un muerto de hambre».

Un señor canoso y gordo se baja de un Mercedes del año. Es inmenso. La barriga le chorrea como una cascada de grasa por encima de la correa, desborda la cintura de un pantalón marrón. Gesticula al muchacho que desde un carro japonés le saca el dedo. Al gordo le tiemblan las carnes, mientras el otro conductor le vuelve a tocar bocina, retándolo. El gordo repite su insulto y se agarra la cintura del pantalón. Se la sube. Yo decido terminar de hacer flexiones y empezar a correr. Son las seis de la mañana en San Juan de Puerto Rico.

Agarro la McLeary que a la altura del Hospital Presbiteriano se convierte en la Ashford. Primero camino, rápidamente, agitando manos y pies, para entrar en calor. Luego empiezo a correr a trote lento. Trastabillo, tropiezo, me duele cada falange de los dedos de los pies. Es el peso. Ya he bajado 15 libras —en esta isla todo se cuenta en libras. Serán como unos siete kilos. Siete kilos— pienso. Si estuviera escribiendo para que me leyeran en Europa escribiría «siete kilos». Me comienza a bañar el sudor, aprieto el paso.

Calle McLeary de San Juan de Puerto Rico. Imagen de Google

Doblo por la Luchetti. A la altura del parque Estela Maris me topo con un choque. Una guagua de carga se estrelló contra un árbol. Alrededor de ella, un grupo mixto de señoras que pasean su perrito, guardias de seguridad y obreros de la construcción se arremolinan en lo que llega la policía. Las señoras son todas rubias. Los obreros, oscuros; exhiben todas las tonalidades de la mezcla con el negro. Unos cuantos se viran a ligarme las nalgas cuando paso al trote. No los miro.

"Unos cuantos se viran a ligarme las nalgas cuando paso al trote. No los miro."

Cruzo el parque. Junto a la acerca, un señor está aparcado en un carro verde con la pintura veteada por el uso y el salitre. Siempre que corro por esta ruta lo veo. Yo le paso por el lado, como todos los martes, jueves y domingos. Gafas oscuras, camisa a cuadros y pantalón de mezclilla —debe tener unos cincuenta años, quizás sesenta—. Sus manos gruesas, callosas, reposan sobre la palanca de los cambios. El señor me mira. Yo intento una sonrisa de reconocimiento. El don cambia la vista. Así, mirando para otra parte, se toca el bulto entre las piernas. Yo dudo que he visto lo que vi, pero sigo de largo.

Ya estoy llegando al final de la Luchetti. El acostumbrado caucus de muchachas de servicio se empieza a arremolinar, como todas las mañanas, frente a condominios de lujo. Las sirvientas son inmensas, gordas. Mucha joyería de oro en las manos —pulsos, pulseras, cadenas de oro—. Esclavas en los tobillos. Los muchachos de la construcción les pitan, ellas sonríen y mascan chicle; hablan por teléfonos celulares. Los muchachos de la construcción trabajan en la remodelación del Hotel La Concha que el gobierno recientemente ha privatizado. También trabajan en la remodelación del Condado Vanderbilt —otro hotel que el gobierno vendió a desarrolladores privados—. Últimamente, hay mucho trabajo en construcción y muchas privatizaciones.

Una grúa inmensa me corta el paso. Tengo que tirarme a la calle. La grúa derrumba los remanentes de una licorería. Un gran letrero anuncia que pronto se construirá un edificio de 11 apartamentos —uno por piso—. Terminaciones de lujo, pisos de mármol, cada apartamento está valorado en 1 millón cien mil dólares. Cruzo hasta el parquecito de enfrente. Dos deambulantes duermen sobre unos banquillos.

Seis y cuarto. Sólo me falta el tramo frente al parque Ventana del Mar hasta el puente dos Hermanos. Desde hace seis años, el gobierno remodela el afamado puente construido por los Hermanos Behn. Pero la construcción no termina, el dragado de la laguna del Condado no termina, el refortalecimiento de las vigas que el mar se come poco a poco no acaba de consolidarse. Pasan los años. El puente continua parcialmente cerrado por remodelación.

Durante el siglo pasado, los hermanos Behn compraron quintas a las afueras de la vieja cuidad murada de San Juan para desarrollarlas. Construyeron casas para prominentes industriales, doctores, hermosas quintas para la aristocracia criolla —todos tuvieron residencias allí. Ahora, sus lotes se han convertido en hoteles con casinos, restaurantes, edificios multipisos, licorerías y bares de reggaetón.

Los croupiers bajan de los hoteles. Refulgen sus pieles pálidas, efecto de las fluorescencias del neón. Se mezclan con los otros seres tempraneros que esperan transporte público —estudiantes, los retirados, enfermeras del Presbiteriano, guías turísticos—. Dos Mercedes cruzan la avenida —ventanas arriba, aire acondicionado. Se respira un aire fresco, condimentado por el salitre y por el olor de la basura que recién baja de las casas de lujo—. Un gran camión revuelca el olor acre a frutas demasiado dulces y a carne que comienza a pudrirse.

"Ultimamente la nena está estornudando mucho, pienso –ojalá no sea otra bronquiolitis o se jodió la literatura."

Llego a mi destino —la laguna del Condado y el famoso puente Dos Hermanos, es decir, de los hermanos Behn—. Debo cambiar de dirección. Decido también cambiar de lado de carretera. Miro cuidadosamente que no venga zafao ningún carro y termine por atropellarme. Tengo dos nenes pequeños. Esta carrera es el desconecte necesario —con la lactancia, con las aspiraciones desesperadas, con el exmarido que se ha llevado al niño a pasar las vacaciones de Navidad a casa de su novia de 22 años, con la recién nacida en brazos del marido nuevo, con que quiero escribir algo nuevo, otra cosa que no me sale—. Últimamente la nena está estornudando mucho, pienso —ojalá no sea otra bronquiolitis o se jodió la literatura.

Cruzo la avenida Ashford. Ya el pecho me está empezando a doler. Leche, me digo, y eso anuncia mi regreso. Debo regresar y dar pecho. Pero ya he bajado 7 kilos, 15 libras. Libras, kilos, asimilación, pensarán los del sistema métrico. Oh hermosos países del sistema métrico. Asimilación norteamericana total, pensarán. Si supieran que la cosa es más compleja…

Tiro zancadas largas, ya de vuelta. Inventario de deambulantes: tres con carritos de compra llenos de cachivaches. El señor negro que no habla, quizás paciente mental. La señora que parece señor y que insiste en armar un reloj que no camina. Ella es la que se roba los periódicos de los balcones de las antiguas casas de la aristocracia criolla. Los revende en las luces. El deambulante que queda es el señor viejísimo que se estaciona en la puerta del centro de alquilar carros y que de vez en cuando vende tallas de madera. De allí lo están botando cuando paso a toda carrera. Lo saludo con un buenos días ahogado. Él me los contesta, ausente.

Inventario de enfermeras que entran al presbiteriano: cuatro, de mucamas que bajan a los hijos de los ricos al Parque del Indio: dos, inventario de camiones de carga que van a dejar sus mercancías a la entrada del supermercado dos. Cinco corredores más —dos mujeres entradas en años— como yo. Tres varones, uno gordo, los otros más atléticos. Uno de los atléticos es gay, se le nota. Más muchachos de la construcción o de limpieza o de seguridad lo miran y comienzan a reírse. A vacilarse al maricón. Siempre son “muchachos” estos obreros, aunque tengan sesenta años. Siempre en busca del comentario mordaz, la joda, el chistecito que les sirva como paliaitivo para las interminables horas mezclando cemento bajo el sol. Son los “muertosdehambre” que llegan hasta el Condado montados en carros Toyota carcomidos por el mar. Le doy con todo lo que tengo. Acelero, acelero, acelero. Me detengo de plano frente al Parque del Indio.

La calle donde vivo está vacía. Como si no hubiera pasado nada esta mañana. Como si ningún insulto, ninguna confrontación operara sobre su brea hace escasamente una hora. Camino hasta mi casa lentamente, cuestión de recuperar el aire. “Después de bañarme me peso —me digo—, a ver cuánto he bajado”.

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