Es conocida la máxima que presidía el pronaos del templo de Apolo en Delfos: Conócete a ti mismo. Bajo ese mandato, la Pitia —poseída por el dios— pronunciaba deliberadamente ambiguas respuestas, no para ocultar la verdad, sino para obligar a quien preguntaba a reconocerla en su propio interior. Porque con frecuencia interrogamos al mundo no para saber, sino para escuchar confirmada una certeza previa: buscamos en la voz ajena el eco de lo que ya sabemos. La escritora Viviana Paletta en Piedra de vigilia (Olélibros, 2025) con un estilo cercano a ese lenguaje oracular de las sibilas griegas —enigmático y simbólico, de ritmo hexamétrico y carácter gnómico— parece inscribirse en esa tradición. Desde el cuerpo y la erosión del tiempo tantea las esquinas y rescoldos de una identidad que persiste en la vigilia y lo hace desde un conocimiento que nace del desaprendizaje, del asombro que sigue a la caída de las certezas: ¿Qué era lo que sé? / La del asombro entero, / la quietud y el gesto sin rajadura. Este primer poema brujulea un libro unitario, que nos ofrenda la poesía como un espacio de revelación interior, donde conocerse no es afirmarse, sino permanecer a la escucha de aquello que, al callar, por fin se revela.
Esperanza de haber sido otra ahora
otra que me aguarda
y aferra su remembranzasu víspera
su avispero.
Es innegable el proceso introspectivo del libro, aunque, este se abastece de la desposesión. Aceptar implica siempre desprenderse; sostener el dolor, la herida en carne viva:
Ausenciar la muerte
disgregar su pedrusco
al paso
devolver la arenisca.
El arado de la muerte —del padre, a él dedica el poemario— y el dolor labran memoria en cuyos surcos se gesta una identidad en constante impermanencia:
Tenemos la memoria
abonada de cadáveres
vorágine de huesos que resplandecen
(muda luz de pampa).
Nada hay inmóvil ni estable, como afirmó Heráclito. Ni siquiera una piedra. La muerte, cual derrumbe de una existencia y de la identidad levantada a partir de ella, nos obliga a contemplar las ruinas y reconstruirnos a partir de sus escombros. Estamos hechos de pérdidas: Pensar es hablar con mis muertos. / El estupor tocado por el rayo. Y duele. Duele. Duele tanto que: La noche se recuesta boca abajo / para contener el llanto. Este dolor transmuta los tiempos:
El dolor es el pasado
del dolor;
el funeral presente
es aquel al que asistimos
por primera vez
pero más hondo,
multitudinario.
En esta alteración de los tiempos enraíza la voluble, por maleable, memoria, cuyos territorios son sísmicos: desplazan los recuerdos y los transforman y, con ellos, nuestra identidad. Trata de asirse la memoria a una imagen, una voz… para evitar, precisamente, su disolución:
Se derrumba la memoria.
Hace mímica:
ningún sonido
hachada de voz.
La voz no abre caminos ni permite el devenir: es un cauce cerrado donde la memoria arrastra un resto mudo, frágil y sin voluntad, como un cuerpo a la deriva en el tiempo, así el lenguaje se torna impotente para salvarla. En Piedra de vigilia la voz no funda identidad, sino testimonia su fractura:
No hay encrucijada en la voz.
No es posible vadearla.
Como si tuviéramos un ahogado en la memoria:
un títere de junco echado al Tíber.
En la voz clausurada la palabra infranqueable detiene el tránsito a una identidad truncada que hunde y se hunde como despojo: No hay tanto desierto / para esta lengua / y su invocada mudez. La naturaleza entreteje y armoniza Piedra de vigilia, no es fondo ni refugio imaginario, sino principio de intemperie y metáfora de la propia poeta; el cuerpo participa de su ritmo, fuerza muda y perseverante que no se resigna, como la luz.
Uno de los desafíos de este poemario es el tiempo. A modo de haz de luz, la convergencia de tiempos irradia desde el cuerpo mismo de la enunciación: la poeta se repliega en la impersonalidad y en un “nosotros” de latencia universal, no como estrategia de ocultamiento, sino como modo de desdibujar la experiencia autobiográfica y afianzar un medido extrañamiento, razón por la cual abunda la impersonalidad y las formas no personales del verbo:
El cuerpo como una plancha de estaño
donde chirría el punzón
hoja de dos dimensiones:
una vira al pasado, otra anticipa el futuro
en ella arremete el cincel, desgaja
desguaza cual ventisca.
Sin que por ello la poeta se disuelva, para asomar allá donde siente que traerse rompe la evocación de la memoria e impone un presente necesario:
He empezado a anochecer.
El sol agita sus rescoldos
entre los yuyos blancos del pelo
su viento helado.
El cuerpo-cuaderno se despliega como archivo donde se inscriben las marcas del dolor y del recuerdo. No conserva los tiempos, los superpone. Es el único espacio donde pasado, presente y porvenir convergen sin resolverse, tensándose en una experiencia siempre inestable: Cuerpo es lo que has sido o Gramática futura de los cuerpos. / Vilo. Cuerpo-raíz que aúna todas esas circunstancias que atraviesan Piedra de vigilia, también el exilio de Argentina y el sentimiento de desarraigo y apatridia de la autora: Nadie caminará ahí / como bajo el aguacero / como si estuviese errado / o fuera apátrida. También el amor y el sexo: Encrespada sortija de besos /que enreda la carne.
Viviana Paletta en un ejercicio de depuración y concentración lingüística contorsiona la sintaxis: El dentro roto / y se vuelca. / Eras ido, dota de materialidad a lo inmaterial: Y el tiempo se estrella / contra la evidencia / sin borde, explora en sus márgenes la persistencia de una contención que se desborda para nombrar lo inasible, a través de una cadencia sonora de equilibrados recursos fonéticos y semánticos, en especial, la paranomasia. Solo permanece la muerte. / El alba siembra su pesar./ La luz se excede. No aguarda, desde la paciencia de quien escribe para asilar la profundidad del universo, que una piedra puede contener, y sostener la luz que todo lo germina, Piedra de vigilia es un espléndido e inabarcable poemario que nos convoca a preguntarnos si conocemos quiénes somos tras la luz de una nueva alba.
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Autora: Viviana Paletta. Título: Piedra de vigilia. Editorial: Olélibros. Venta: Todos tus libros.


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