El lenguaje cinematográfico y el de la literatura no suelen coincidir. «Anoche soñé que volvía a Manderley» —«Last night I dreamt I went to Manderley again»—, empieza a escribir la anónima narradora en Rebecca, la novela de la joven londinense Daphne du Maurier. Y aunque la actriz Joan Fontaine repite las mismas palabras en la adaptación que dos años después dirigió Hitchcock, el espectador ve cruzar por la pantalla unas neblinas fantasmales flotando entre la redondez de la luna. Sigue viendo en blanco y negro una verja cerrada y un camino acorralado por una vegetación desmedida. Hasta que la cámara, todavía resumiendo líneas del primer capítulo, da con una imagen oscura: la simetría de una mansión desvencijada, sin desfigurar del todo, llamada Manderley.
Manderley en venta (2008) fue el primer libro de cuentos de Patricia Esteban Erlés (Zaragoza, 1972) y publicó el segundo ese mismo año: Abierto para fantoches. Como autora de intensos tramos cortos, el nombre de esta profesora de Lengua y Literatura se consolidó enseguida y lo refrendaron varias antologías del género. Ni aquí ni en ningún otro lugar (2011) recoge dieciséis piezas inquietantes, una de ellas un microrrelato. Y un centenar de microrrelatos —más uno que forma una especie de lápida infinita en el colofón del volumen— se alojan en las diez dependencias de Casa de Muñecas (2012). Diez en el «Cuarto de juguetes», diez en «Dormitorio infantil», diez en el «Dormitorio principal», hasta llegar a las decenas exactas y estremecedoras de «Desván de los monstruos», «Cripta» y «Exteriores» que van sitiando un libro —feroz— ilustrado portentosamente por Sara Morante.
Habrá leído usted ya la pieza que seleccionamos, que se distingue con un título preciso: «Primer plato». No sé qué habrá pasado por su propia imaginación para completar lo que ha ocurrido y se sufre antes de «Poco después». Quiénes han venido antes de la aparición de la muerte. La muerte y esa pareja suya: el miedo. Y la inacción. La paralización. Y repta también inmediatamente, como un animal, como una planta viscosa, la indiferencia humana ante el sufrimiento ajeno. Pero no solo la personificación de la muerte —hecha ser vivo—, que parece una planta o insecto o un monstruo que culebrea. Tan monstruosa es la cobarde negligencia de ese egoísmo de grupo entre los comensales. La muerte es un convidado más y prueba pronto las primicias del menú. Resuenan atávicos sacrificios humanos. Y la conciencia del horror carga de culpa, aunque también de pasividad. Una forma distinta de la violencia, parece. El pavor. O la supervivencia a costa del otro. Y ese tuteo de quien narra y mira hacia su cubierto apartando hasta ahí abajo los ojos sobrecogidos. Posiblemente, hasta la oración de los cobardes tiene valor. No importa que sean plato de segunda mesa.
*****
Primer plato
Poco después llegó la muerte. Todos la vimos trepar por tu pelo, pero bajamos los ojos y seguimos comiendo. Rezando en voz baja para que se conformara contigo.
——————
Patricia Esteban Erlés, Casa de Muñecas (Ilustrado por Sara Morante), Madrid, Páginas de Espuma, 2012, pág. 97.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: