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Problemas de autohallazgo (Arresto domiciliario 92)

Problemas de autohallazgo (Arresto domiciliario 92)

—¿Cómo que te regresas a tu pueblo, ingrata? —gimoteaba mi madre cierta vez, dada la dimisión intempestiva de otra efímera empleada doméstica. —¿Qué mala cara viste en esta casa?

—Es que yo en la ciudad no me hallo, señora —repuso la aludida, terminantemente.

"Hay quienes se compensan llegando a las reuniones en paños menores, si basta una camisa y un reloj amarrado a la muñeca para que todo el mundo considere impecable tu indumentaria"

Siempre que alguien te dice que no se halla, tendrías que entender que su problema no tiene remedio y es inútil buscar explicación. En términos sociales, cuando menos, el argumento tiene la validez de una incapacidad médica. No hallarte en un lugar —o en una relación, o en un grupo, incluso en una época— es como padecer alguna alergia aguda que te empuja a moverte de la escena. Y bien, Cuarentenario, a lo que iba: no me hallo en las reuniones virtuales.

Creeme que lo he intentado. Me causaba entusiasmo, en un principio, la idea de encontrarme con un breve gentío en la pantalla de mi computadora, de modo que empecé por usar luces, cámara y micrófono externos: los juguetes de mi canal de YouTube, mismo que he abandonado desde que una novela y un Cuarentenario se reparten mis ímpetus a partes iguales. Ya podría, no obstante, instalar un estudio de televisión y me temo que nada cambiaría. Conforme voy entrando en la conversación, siento crecer adentro una extrañeza que hago esfuerzos patéticos y no sé si eficaces por disimular. Esto de que la gente mire hacia la cámara da una idea precaria de correspondencia, porque lo único cierto es que nunca sabrás lo que están viendo, ni ellos se enterarán de que tus ojos, en apariencia fijos en la pantalla, están entretenidos en la del teléfono que manipulas con la mano derecha. Si te ven sonreír tan generosamente, ello es porque has pasado al nivel 4160 del Toon Blast.

"Es como si la acción en la pantalla fuera un caos tan lejano y ajeno como los sentimientos de Vladimir Putin"

Hay quienes se compensan llegando a las reuniones en paños menores, si basta una camisa y un reloj amarrado a la muñeca para que todo el mundo considere impecable tu indumentaria. Pero si así me salta la sensación —absurda, si tú quieres— de que me estoy prestando a una pequeña farsa insustancial, no quiero imaginar qué quedaría de mi pobre aplicación al saberme y mirarme virtualmente en pelota delante de mis interlocutores. Esas cosas distraen, aunque no quieras, y como te decía: no me hallo, de por sí. Termino por dudar si dije lo que dije y olvido de inmediato quiénes dijeron qué.

Por si esto fuera poco, el programa permite el intercambio de mensajes escritos. O sea que si hasta este momento se te dificultaba la concentración, súmale la lectura y escritura de sesudos recados simultáneos y tendrás un gran diálogo de sordos. ¿Exagero, desbarro, soy injusto? Puede ser, pero ya te he explicado cuán inexplicable es la naturaleza de mi mal. No es la computadora, ni los accesorios, ni el programa, y ni siquiera la ocasional intermitencia de la señal de WiFi. Soy yo, que no consigo sacudirme toda esta sensación de irrealidad, y es como si la acción en la pantalla fuera un caos tan lejano y ajeno como los sentimientos de Vladimir Putin. ¿Exagero de nuevo? ¿Qué quieres que te diga, si no me hallo?

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