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Proyecto ITINERA (III): Huellas en la argamasa

Proyecto ITINERA (III): Huellas en la argamasa

El Proyecto ITINERA nace de la colaboración entre la Asociación Murciana de Profesores de Latín y Griego (AMUPROLAG) y la delegación murciana de la Sociedad Española de Estudios Clásicos (SEEC). Su intención es establecer sinergias entre varios profesionales, dignificar y divulgar los estudios grecolatinos y la cultura clásica. A tal fin ofrece talleres prácticos, conferencias, representaciones teatrales, pasacalles mitológicos, recreaciones históricas y artículos en prensa, con la intención de concienciar a nuestro entorno de la pervivencia del mundo clásico en diferentes campos de la sociedad actual. Su objetivo secundario es acercar esta experiencia a las instituciones o medios que lo soliciten, con el convencimiento de que Grecia y Roma, así como su legado, aún tienen mucho que aportar a la sociedad actual. 

Zenda cree que es de interés darlo a conocer a sus lectores y amigos, con la publicación de algunos de sus trabajos.

La brisa de levante impregna de salitre los confusos pasillos. Lejos quedó el tiempo en que las rectilíneas calles se disponían medidamente junto a la calzada que conducía a Carthago Nova por cabezos peinados de espartos. Entre el enjambre caótico de túmulos mortuorios y “mensas” rituales se dibujan cinco siluetas humanas que avanzan pesadamente. Arrastran un ataúd. Un sexto individuo con la túnica corta, roída, espera al fantasmagórico cortejo junto a una fosa recién abierta. No cruzan palabra. El silencio que se había enseñoreado de la necrópolis desde tiempo inmemorial, solo turbado por aislados ágapes funerarios, tampoco parece que hoy será violentado. Sólo se escucha el sollozo ahogado de un muchacho que no debe de alcanzar los doce años, gimoteo que súbitamente es sofocado por el áspero graznido de dos gaviotas que planean en círculo sobre el mar. También éstas enmudecen de repente. El roce de la ruda herramienta que repasa los rebordes de la sepultura rompe la quietud reverencial. El estatismo de los cinco familiares abrazados contrasta con los felinos movimientos del hombre de la túnica corta. Descalzo, cubre el ataúd tachonado de clavos con ladrillos bipedales y aplica el mortero que sellará el enterramiento. No importa que la impronta de sus huellas haya quedado, quizás para siempre, fijada en un trozo de argamasa. Tiene intención de cubrirlo inmediatamente con un túmulo de aquella tierra extraída de la propia fosa.

La prisa con que debió ejecutarse un enterramiento anónimo de la época tardorromana, datable entre los siglos IV y V d.C., nos legó la posibilidad de dejar volar nuestra imaginación. Las dos huellas dejadas en la argamasa por la persona encargada de enterrar al difunto son uno de esos pequeños tesoros que encierra el pequeño pero coqueto y entrañable Museo Arqueológico de Águilas. Aunque en sus vitrinas pueden ser disfrutadas otras piezas destacables desde el punto de vista artístico (como una magnífica capsella del siglo I a.C.) y otras piezas de reconocido valor documental que han viajado fuera de sus muros (como una lucerna tardorromana descubierta en la misma Necrópolis del Molino y que representa una menorá de siete brazos), este fragmento de argamasa con la impronta de unas huellas descalzas de dos pies nos ilustra una porción de vida. De vida en acción. Vida en movimiento, como demuestra el leve desplazamiento del pie izquierdo. Entonces pienso en que esta huella —que podría ser mía, que gasto un 41— es un símbolo de la profunda impronta que dejaron los romanos en nosotros y me confirma de nuevo que no hemos cambiado tanto.

"Paseo la vista por otras vitrinas del museo y veo anzuelos, plomadas y agujas de reparar las redes, de esas que usan los pescadores en el muelle"

Por una bendita deformación profesional de filólogo clásico, me pregunto sobre el origen del término “huella”. Caigo en la cuenta de que proviene del latín “fullo” (“batanero”) y que los romanos quitaban las manchas de grasa con una mezcla de orina y ceniza en las balsas de sus “fullonicae” (lavanderías), donde atribulados esclavos descalzos pisaban incesantemente las prendas. Después, las ropas pasarían a otros estanques, donde serían enjuagadas. Qué caprichoso es el lenguaje. Cuántas veces utilizamos expresiones como “huella indeleble” o “huella imborrable”, cuando precisamente las pisadas de las fullonicae que dan origen al término tenían como único objeto precisamente quitar todo rastro.

Paseo la vista por otras vitrinas del museo y veo anzuelos, plomadas y agujas de reparar las redes, de esas que usan los pescadores en el muelle. Dados, fichas de juegos de mesa. Vajillas de lujo y cerámica común. Y me prometo no tardar demasiado en volver al museo para constatar por enésima vez el oxímoron de que la huella de Roma en nosotros es imborrable en nuestra lengua y en nuestro patrimonio.

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