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Que el ruido se haga silencio

Que el ruido se haga silencio

Hoy el tiempo se ha ralentizado. Aún era de noche cuando, esta mañana, me asomé a la ventana y pasé la mano por el cristal para retirar la humedad. Las pequeñas gotas de condensación ya me dieron una pista de lo que sucedía. No lo advertí en ese instante. El tictac del reloj se detuvo entre cada latido para respirar silenciosamente. La lluvia, que se afirmaba torrencial, no caía con aplomo, sino con desgana, despacio, a una gota por cada dos o tres segundos en lugar de ser esa tromba imparable sin intervalos ni descanso.

Salí al atrio para admirar el fenómeno más de cerca. Al hacerlo, vi mi reflejo en cada una de esas lágrimas. Sentí como me robaban el alma y los recuerdos, cómo una parte de mí se iba con esas aguas que lloraba el cielo, estrellándose con laxitud sobre el terrazo, la mesa y las sillas de plástico, sobre la casita del perro. Cómo resbalaban sobre las hojas del aguacate o del melocotonero y las acogía la tierra oscura en un abrazo denso y cálido, ocultando el frío entre sus raíces, empapando la turba. La mantis religiosa, que lleva meses en la misma rama de hiedra, que no se inmuta, salvo cuando el humano se acerca y entonces se vuelve amenazante, entonces volteó su cabeza a cámara lenta. También las salamandras y lagartijas que viven en el jardín y se esconden en las grietas se movían despacio, con el peso de ese tiempo que no avanzaba.

"Esto desató un miedo atávico que llevaba incrustado en el pecho y la memoria desde hacía años. Las palabras se me escapan"

El ruido, lejos de transformarse en una música queda, resultaba atronador. El rugido de la tormenta se extendía por el cielo mientras el látigo del dios del trueno sacudía las nubes y las iluminaba. La lluvia misma sonaba a la ametralladora de una escena de acción con menos fotogramas por segundo. Se percibía el chapoteo, la sonoridad de las salpicaduras que rebotaban contra el suelo bajo el tejadillo y los muebles de mimbre. Los pájaros parecían elementos de decoración cuyo vuelo apenas se advertía si uno no se los quedaba mirando durante un rato. No había gente caminando ni coches circulando. Solo yo, recibiendo el amanecer apagado de un día gris al abrigo de esas gotas que me sustraían lo poco que me queda de identidad. No eran las primeras ladronas de vida, recuerdos y horas. Acortadoras de futuros y podadoras de pasados. De hecho, no es culpa suya. Ellas son meras herramientas.

Esto desató un miedo atávico que llevaba incrustado en el pecho y la memoria desde hacía años. Las palabras se me escapan. Y los nombres de las caras y los años mi infancia. Se me borran las fechas y las ecuaciones matemáticas. Se me van películas, libros y canciones que nunca regresan salvo como un déjà vu escurridizo, imposible de atrapar. Arena entre los dedos. Aceite en el agua. Agua en el cielo. Cielo que se desborda sobre la tierra y se filtra y desaparece para convertirse en otra cosa. Cuánta gente ha desaparecido de mi historia, gente a la que ya no echo en falta porque, a veces, incluso dudo de que alguna vez existieran. Hasta no hace mucho, me saludaban por la calle, en el supermercado o en el cine y yo sonreía tratando de adivinar. Ahora es al contrario. Me estoy escurriendo de la memoria de aquellos que una vez fueron parte de mí. Como dice Rubén Cerdá en el blog de su ideario: «Todas esas cosas son raeduras de nuestra vida, de nuestra existencia, trozos menudos que se desprenden de algo, de nuestra realidad…». Todos somos raeduras de otros. Lo somos. Y nos vamos desprendiendo sin apenas darnos cuenta. Con los años, casi no somos ni sedimento. Nosotros también nos disolvemos en la historia del mundo, nos diluimos y dejamos de estar en la vida de otros. Eso me pasa a mí. Que me siento que no estoy. Que mi piel se ha vuelto transparente y mis palabras no tienen eco ni hacen ruido. Solo son gestos mudos para un público inexistente.

"Fue entonces cuando el tictac del reloj recuperó su cadencia y el último rayo partió el cielo con un latigazo estruendoso que lo llenó todo"

Esta semana me encontré con Fede. Durante un tiempo tuvimos una relación muy estrecha, de vernos a todas horas y ensayar juntos. Me miró consternado, con el ceño fruncido. Chasqueó la lengua y negó. «No, tío. No te conozco». Pensaba que estaba de broma. Le di un golpecito en el hombro y le dediqué una sonrisa tímida, prudente. Su respuesta fue la de dar un paso atrás y encoger los hombros. Se fue sin decir adiós. Con otros con los que me encontré no tuve tanta suerte. Esos otros me miraron como si les hablara en otro idioma, ladeando la cabeza, estudiando el vacío que estaba ante ellos y que no eran capaces de asir en los límites de su comprensión. Algunos miraban hacia arriba y enfocaban sus oídos hacia el ruido que les llegaba de alguna parte, como si quisieran sintonizar la frecuencia de mi voz, como si, en verdad, pudieran hacerlo. Mi presencia no era relevante. Mi presencia, de hecho, era inexistente. Al menos, en su mundo. Del mismo modo que, anteriormente, ellos habían estado siéndolo en el mío.

El último tramo de este viaje —me dije mientras observaba la lluvia y alargaba la mano para llenar las líneas del destino— es la pérdida de uno mismo, la enajenación completa, el olvido tras la duda de una identidad con la que cada día uno se siente menos seguro. Noté como el agua flirteaba en la cima de mis dedos y bajaba en ríos y afluentes por las yemas y las falanges y rodeaba el monte de Venus para formar un pequeño lago sobre la línea larga y hundida que cruza el anverso de mi zurda. Salpicaba mis mejillas y mis párpados. Al asomarme, vi mi reflejo en su superficie. Y sentí la otredad. La de ese yo que me miraba desde las profundidades carnosas y húmedas de mi palma y que casi no reconocí. Y digo casi porque aún hay rasgos en ese rostro que me resultaban familiares y me retrotraían a tiempos pasados más felices y a un presente agradecido. Sus ojos se clavaron en los míos con la incógnita prendida en las pupilas y un rictus torcido como el de Fede días atrás. «No, tío. No te conozco».

Fue entonces cuando el tictac del reloj recuperó su cadencia y el último rayo partió el cielo con un latigazo estruendoso que lo llenó todo y devolvió a la lluvia la voracidad atroz con la que se estrellaba contra todo lo que existe bajo el cielo.

Nada es tan hermoso ahora. La escena es terrible. Vuelvo a tener conciencia de mí mismo. De mi pasado, mi presente e, incluso, mi futuro. Y cierro los ojos, alargo la mano desbordada y deseo en silencio que el tiempo vuelva a detenerse. Que el ruido se haga silencio y el silencio deje entrar la música. Respiro el ozono y sonrió.

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