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¿Que qué me pasa, muchacho?, de Nicolás Melini

¿Que qué me pasa, muchacho?, de Nicolás Melini

Fotografía de portada: Montaña Pulido

Nicolás Melini, autor de El futbolista asesino, Pulsión del amigo, Africanos en Madrid, El estupor de los AtlantesTalón, viene publicando libros breves de narrativa desde el año 2000, siendo el cuento y la novela corta los géneros que escoge para sus obras.

¿Que qué me pasa, muchacho? es un libro de narrativa que no se corresponde exactamente con lo que generalmente se entiende por libro de cuentos, aunque contiene narraciones, y tampoco confluye con los libros de cuentos publicados por el propio autor. En este hay algún tema que aparece y reaparece en diferentes narraciones, como la pérdida de la madre, pero también, de manera fragmentaria, el tema del destino o el azar —que ya tocara en el breve libro Cuaderno de mis mayores, escrito en 1994 y publicado en 2002—, junto con temas sociales recurrentes en sus anteriores libros de ficción, como la creación artística, la pobreza, las desigualdades y la condición del suicida. O temas nuevos en su narrativa, como la incertidumbre que genera la especulación financiera.

En ¿Que qué me pasa, muchacho? hay breves atisbos de viajes a Tetuán, a Nueva York, a Dakar y a Manila, un funeral en la isla de La Palma, un cineasta que busca encontrar el paisaje que ha de verse a través de una ventana, una niña gitana rumana que trata de comprender al pijerío de la zona del estadio Santiago Bernabéu, un bancario que defiende los intereses de la entidad que representa e, incluso, un accidente de aviación. También hay un suicida que se ha propuesto llegar a viejo y una mujer que no se aparta de su ex novio maltratador. Pero estos son solo ejemplos.

La frase coloquial más dura de todo el libro es, posiblemente, la que le presta el título.

Zenda reproduce a continuación un fragmento de esta obra de Nicolás Melini.

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ES MORENA, GITANA RUMANA

Es morena, gitana rumana, su madre mendiga sentada en la acera con la espalda en la fachada de la entidad bancaria de ahí enfrente, al otro lado de esta calle ancha, y a su padre lo he visto recorriendo los alrededores, registrando los contenedores de papel. Un día, a unos metros del portal de casa, me lo encontré sujetando los tobillos de alguien cuyo cuerpo desaparecía en la boca de uno de esos contenedores. Era su hija. Ella, afanándose por alcanzar el fondo del contenedor que la engullía, rescatando papel y cartón atrás, para que su padre lo cogiera.

Aunque ya no es una niña de la edad de los niños que juegan en este parque infantil, últimamente me la encuentro en el columpio, a cualquier hora, balanceándose como si hubiese perdido algo en ese balanceo y quisiera recuperarlo. Al principio venía cuando no había nadie, cuando todos los niños se encontraban en el colegio. Evitaba encontrarse con estas gentes de un barrio bien de Madrid, junto al estadio Santiago Bernabéu. Sola se columpiaba feliz, se dejaba llevar, todo su cuerpo atrás y adelante. Pero, en cuanto llegaba alguien, se cohibía desconfiada en su balanceo, temerosa de que le llamaran la atención. Se sentía tan incómoda que —tras descender el ritmo y la alegría de su balanceo y observar un rato a los niños pequeños y a los adultos que habían llegado— abandonaba el columpio y se alejaba a buen paso, si no corriendo, fuera del parque.

Hoy es domingo. El parque para niños y las terrazas de verano para los adultos se encuentran repletos de estas gentes de una clase privilegiada con sus niños pequeños. Acaso haya más de doscientas personas, aunque no lo parezca, entre adultos y niños. Los primeros toman cañas y conversan entre sí sin dejar de echar un ojo a sus hijos, y los segundos van y vienen entre sus juegos y el reclamo de la atención de sus padres. En la arena del parque, entre columpios, sogas y toboganes, puede atisbarse algún que otro juguete (sobre todo palas y cazos de plástico de los de jugar a cocinitas); otros niños, un poco mayores, rodean el parque infantil con sus bicis y patines; y al fondo, lejos, un buen grupo corre tras un balón. Ella se balancea en el columpio, se encuentra rodeada de niños más pequeños y parece contenta, feliz de no haber recibido llamada de atención alguna. Nadie la mira, nadie repara en ella, a pesar de ser mayor —una mujercita—, a pesar de que su madre pida ahí enfrente, al otro lado de esta calle ancha, y su padre rebusque en los contenedores de basura en busca del papel para vender al peso.

A su lado, en el columpio contiguo al que ella ocupa, se balancea un niño pequeño. Ahora, el niño pequeño decide dejarlo e intenta bajarse, y como no puede él solo, le pide ayuda. Ella comprende, desciende, lo coge en un abrazo y lo deposita en el suelo, sin temor a que nadie le diga nada, en cierto modo ufana porque es útil.

Me he llevado una alegría.

Y me pregunto si observar a estas gentes, encontrarse entre ellas, compartir con ellas este espacio, le servirá de algo en el transcurso de su vida; si será tan lista (porque lo parece cuando observa) que sepa extraer algún tipo de conocimiento de haber estado aquí. No sé… Es un deseo, mi imaginación vuela hasta una mujer futura, una de esas extraordinarias personas que consiguen dar pasos en sus vidas que, normalmente, se producen solo después de varias generaciones.

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Autor: Nicolás Melini. Título: ¿Que qué me pasa, muchacho? Editorial: Cofluencias. Venta: Todostuslibros

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