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¡Que viva San Bernabé!

Peñarrubia es una aldea de Elche de la Sierra que cabalga, airosa, una de las estribaciones de la Sierra del Segura. Menospreciada y relegada por el poder político y económico, los dioses la han bendecido con un entorno de ensueño. A dos kilómetros gallardea el Segura, recién liberado de la presa del Pantano de la Fuensanta. En Las Juntas acoge al vivaracho Taibilla, que llega encabritado desde Nerpio, conformando un paraje bucólico.

Llegué a ella en septiembre de 1966, con apenas tres meses. Mi padre acababa de obtener allí su primer destino definitivo como Maestro Nacional. 300 almas la poblaban. Hoy apenas le insuflan vida 60.

"Con bastante frecuencia del apuro nos sacaban los vecinos: unos les traían una malla con patatas u otras verduras de sus huertas, otros les regalaban un par de perdices o conejos"

Al cobijo de la imponente peña rojiza que le da nombre transcurrieron mis nueve primeros años. Una infancia plena y feliz, en la que las expediciones familiares a buscar collejas, espárragos o caracoles en lugares de apabullante belleza se convertían en aventuras equiparables a las que leía en los clásicos ilustrados que Antoñín, el hijo de Antonio el de Aurelio y María, atesoraba en la casa paterna y que devoraba con fruición las muchas noches que nos invitaban a cenar.

Eran los tiempos del “pasas más hambre que un maestro de escuela”. Sólo mi madre sabe las angosturas que hubo de sufrir. Con bastante frecuencia del apuro nos sacaban los vecinos: unos les traían una malla con patatas u otras verduras de sus huertas, otros les regalaban un par de perdices o conejos. Los hombres enseñaron a cazar y pescar a mi padre. Gracias a ellos pudimos mejorar nuestra alimentación.

"Ese guiso de pollo con albóndigas que María elaboraba a fuego lento y amor constante. Nunca, ni en los mejores restoranes de cocineros de nosécuántas estrellas, me sabrá mejor un plato"

La mayoría no había podido ir a la escuela. Se ganaban la vida en la extenuante labor del monte. Sus manos encallecidas, su enjuta figura, sus vivos andares, habituados a transitar por aquellos riscales, su olor a tomillo, romero o espliego, su cristalina sonrisa me tenían cautivado. Su presencia y atenciones me daban la seguridad que una criatura con la cabeza llena de chorlitos necesitaba. Hallé en sus burros y en sus perros mis mejores compañeros de ensoñaciones.

En casa de Lozano probamos por primera vez los gazpachos manchegos, cuyo aspecto, a base de carne de caza desmigada y tortas, no era muy apetitoso a primera vista. Desde entonces, hace más de 50 años, jamás he catado otro manjar que conjugue en una sinfonía de sabores todo lo que el monte regala. Esos tomates negros, que en su sabor atesoraban un edén y que Antonio cosechaba en el huerto de sus cuñados. Aquellos chorizos caseros, remojados con un chorro de clarete, envueltos en papel de estraza y enterrados en la ceniza caliente. Ese guiso de pollo con albóndigas que María elaboraba a fuego lento y amor constante. Nunca, ni en los mejores restoranes de cocineros de nosécuántas estrellas, me sabrá mejor un plato.

"El Benidorm que se convirtió en un faro del turismo y asombró a la España de los 60 y 70 les debe mucho a estos hombres y mujeres serranos, que renunciaron a sus lares para labrarse un futuro"

Sus hombres laboraban recogiendo esparto, recolectando almendras o aceitunas, y cortando espliego, lavanda y otras hierbas aromáticas para llevarlas a la destilería que había en Los Cuartos y obtener sus esencias. Sus hijos no quisieron seguir esta penosa senda. Comenzaron a emigrar, sobre todo a las costas levantinas: Benidorm y su área metropolitana se convirtieron en polo de atracción. Como gente de carrasca que eran gracias al ejemplo paterno, no recularon a la hora de aceptar las faenas más duras. Empezaron fajándose en la construcción y en la hostelería. El Benidorm que se convirtió en un faro del turismo y asombró a la España de los 60 y 70 les debe mucho a estos hombres y mujeres serranos, que renunciaron a sus lares para labrarse un futuro.

Privada de su savia nueva, Peñarrubia se fue agostando. En 1974 le clausuraron la escuela a mi padre: a él lo trasladaron a Elche de la Sierra y a los pocos zagales que quedaban los mandaron internos a la residencia de las monjas en el mismo pueblo. La aldea comenzó un declive inexorable que nadie ha querido frenar.

"A principios de junio mi compadre Rodrigo, cuarto y mitad de mi alma, me invitó a ir con él a la aldea. Eran las fiestas de San Bernabé y él tocaba la caja en la Agrupación Musical Santa Cecilia de Elche de la Sierra"

Conforme fue muriendo algún miembro de la pareja o la vejez se adueñó de sus vidas y no los dejó vivir independientes, sus hijos se los fueron llevando a sus hogares costeros. Hubieron de cambiar la vista nutricia de la Peña por el bosque de antiestéticos y amorfos rascacielos. Las tertulias veraniegas en sus puertas, bien rociadas antes para refrescar el ambiente, por paseos entre hordas de guiris borrachos estrafalariamente vestidos. El pan horneado a leña en la tahona por esa masa chiclosa desaborida. Cuando les llegó la suprema hora, pidieron reposar en su cementerio, camino al río, acunados por la Peña.

Algunos héroes se resistieron al éxodo y plantaron cara a la despoblación. Delfín, que fuera alumno de mi padre, abrió la Posada de Peñarrubia, un establecimiento que ofrece un muy digno hospedaje y un restaurante en el que poder degustar sabores ancestrales como el ajopringue, los gazpachos, el arroz con setas y venado, viandas en las que sus cocineros han sabido enlazar las recetas maternas con la nueva tradición culinaria. Junto con su hermana Isi, compañera de pupitre, y otros irreductibles, que se negaron a abandonar sus raíces, han convertido la Posada en una isla a la que acudan los náufragos para refugiarse de los embates del desamparo. Les ofrecen, aparte de buen yantar y mejor beber, un colmado donde comprar los avíos y, sobre todo, empatía y compañía, tesoros que sólo los que sufren la soledad aprecian en toda su valía.

A principios de junio mi compadre Rodrigo, cuarto y mitad de mi alma, me invitó a ir con él a la aldea. Eran las fiestas de San Bernabé y él tocaba la caja en la Agrupación Musical Santa Cecilia de Elche de la Sierra. Daban un pasacalles y luego acompañaban la procesión, a la que acudirían no sólo los aldeanos aún residentes, sino también los hijos de la emigración, que volvían a honrar al patrón y sus raigambres.

"Hasta el muy centenario olmo, que bebe de la rambla y ha tenido la desgracia de que ningún Machado lo cante, parecía vitorear al santo"

Nada más encarar la recta que arranca de la Balsa del Madroño, desde la que se goza de una visión privilegiada de la aldea al fondo y de la cara más hermosa de la Peña a diestra, me asaltó un llanto incontenible: fui plenamente consciente de mi orfandad y de que aquellas tierras las sentía tan hondo porque cuando las hollé mis padres estaban sanos y jóvenes y sus habitantes velaron mi infancia. Las lágrimas no me abandonaron mientras caminaba con la Santa Cecilia, que, todo hay que decirlo, sonaba celestial: a su reclamo habían asistido las almas de los que habían poblado mis primeros años, estuvieran muertos o vivos aún. Sentados a la pareta que protegía de la rambla estaban Adonila, Felicidad, Arnulfo, Adolfo… Al subir la cuesta, tras cruzar la rambla, Pura, milagrosamente sanada, había sacado unas sillas para que su madre Socorro y su marido Ángel vieran el cortejo desde su umbral. Lozano, Rogelio, Pistolo, Segura, Braulio, Antonio, María, Dolores, Joaquinete, José… gritaban a pleno pulmón ¡Viva San Bernabé!, mientras nos ofrecían vasos de paloma y clarete de las botas que llevaban al hombro. Hasta el muy centenario olmo, que bebe de la rambla y ha tenido la desgracia de que ningún Machado lo cante, parecía vitorear al santo.

La banda de música fue invitada a almorzar donde Delfín. Al terminar ejecutaron unos pasodobles, a cuyos sones bailaron vivos y difuntos. Pura celebración de la vida y gratitud a tus antepasados.

"Se sienten parasitados, vampirizados por una España que desprecia lo rural o sólo se acuerda de ello para sus cacerías o escapadas, pero no invierte en hacerles la vida más digna"

Esa misma tarde comimos en el pueblo los quintos del 66. Casi dos tercios nos habíamos visto obligados a buscarnos el sustento lejos. Aquella comarca, al igual que tantas otras de los que unos llaman la España Vaciada, pero que para mí es la España Masacrada, no ofrecía alicientes para que las nuevas generaciones asentaran allí sus cuarteles. La incuria de una clase política y económica, catetamente urbanita, dejó desvalida esta nación rural, cepa de lo que hemos llegado a ser. Obligó a sus hijos a desplazarse a las atestadas zonas de costa y desangeladas áreas urbanas, edificadas con un feísmo aterrador, donde la deshumanización y el anonimato te dejan más solo que aquellos que se quedaron en sus villorrios.

Mi amigo Ernesto, que junto a su mujer Pili decidió quedarse y ganarse las habichuelas con su carpintería y sus Casas Rurales La Tahona, a las que he convertido en mi Ítaca desde hace décadas, se lamenta de que ellos se gastan el dinero en darles la mejor educación a sus hijos para que luego se tengan que marchar fuera a encontrar un vivir digno. Se sienten parasitados, vampirizados por una España que desprecia lo rural o sólo se acuerda de ello para sus cacerías o escapadas, pero no invierte en hacerles la vida más digna.

"Con este artículo quiero rendir tributo a esa España Masacrada, Ultrajada y Despoblada, que murió para dar vida a la España que somos, aunque le devolvamos ingratitud"

Poco antes de que las nubes del alzheimer le robaran a mi padre parte de lo que era, me pidió que lo llevara a Peñarrubia. No se bajó del coche: al ver en ruinas sus escuelas y las casas de los maestros, donde él y doña Olvido habían dado lo mejor de sí para sacar adelante a las criaturas que les encomendaban, comenzó a llorar. Lo miré consternado: hasta entonces siempre se había mostrado marmóreo. Con un nudo en la garganta me dijo que lo acercara al cementerio. Ante sus puertas quería honrar a quienes habían sido parte crucial de nuestras vidas. Lo dejé solo con su mudo homenaje. Al volver al coche, aún con los ojos arrasados, dijo que ahí dentro estaban algunos de los que, a sus 80 años, se daba cuenta de que habían sido los mejores amigos que había tenido. Les debía esa oración. Había aprovechado para emplazarlos en la Gloria y apurar juntos un par de chatos, libres ya de las cuitas mortales.

Esa imagen me venía una y otra vez a la mente mientras acompañaba a San Bernabé e intuía vivos a aquellos vecinos que me dieron cuanto tenían, por muy poco que fuera.

Con este artículo quiero rendir tributo a esa España Masacrada, Ultrajada y Despoblada, que murió para dar vida a la España que somos, aunque le devolvamos ingratitud, la miremos por encima del hombro y consideremos paletos a sus moradores, cuando los verdaderos palurdos son los que de este modo opinan. Y, así, grito viva San Bernabé o cualquier otro santo, santa, cristo o virgen, que sea capaz de reunir en torno a sí a sus hijos y devolverles el aliento a los parajes y paisanajes que los nutrieron.

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