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Quedarse dentro

Es una novela para navegar en ella.

A veces parece que los peces que vendía Luciana en su puesto de la plaza saltaran de página en página en este libro. Luciana era la abuela pescadera de la protagonista. Antonio, el abuelo que quería ser ebanista. También está Bartolomé, el bisabuelo dueño de todo, el tirano, el que casó con una loquita, que andaba por los rincones, el que los quería a todos, a su amplia familia, bajo sus alas y a sus órdenes. Hablo de Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire), de Azahara Palomeque. Hablo de una novela sin puntos y aparte porque la vida no tiene puntos y aparte, la vida no da tregua, y menos la vida de tres generaciones de habitantes de Villasueño de las Flores Secas —trasunto del pueblo de la propia autora—, una aldea en la campiña cordobesa donde la existencia de sus habitantes se lanza a los acontecimientos históricos y se deja arrastrar por ellos, de la República a la Guerra al Franquismo a la Transición a la Democracia a hoy; de la pobreza a la emigración, y vuelta al pueblo y a la despoblación. Y de nuevo todo para atrás.

Es una novela para navegar en ella.

Como navega su protagonista, Elaia, que regresa al pueblo después de una década en EE UU y lo hace para escribir la historia de su familia. Y mientras el pueblo la acoge, ella indaga sobre sus abuelos, sus padres, sus vidas, va y viene del pasado al presente, de su abuela a su madre y a ella misma, investiga, descubre, se enfada, se sorprende, se entristece.

Es una novela para navegar en ella.

"Como si la que escribiera no fuera Azahara, una mujer del siglo XXI formada en la universidad, sino su abuela Luciana, su abuelo Antonio, las casas blancas y las piedras y los olivos y las fuentes secas"

Aunque no haya una gota de agua porque el pueblo del siglo XXI esté seco, se sequen los olivares y las fuentes y de los grifos no salga nada: crisis ecológica.

Es una novela para navegar en ella.

Azahara Palomeque, doctora en periodismo por la Universidad de Princeton —entre otros méritos— volvió a Córdoba después de muchos años en EEUU. Igual que Elaia. A Azahara Palomeque le preocupa la crisis climática. Igual que a Elaia. La abuela de Azahara se llamaba Luciana, como la abuela de la protagonista. Azahara no pudo venir a España a los funerales de sus abuelos. Y de ahí —tal vez— naciera esta novela. Es una despedida. Es un homenaje. Es un reencuentro.

Es una novela para navegar en ella.

Sobre la (pobre) educación que se les ofrecía a las mujeres de la época escribe Azahara:

“Saber leer y no escribir, el desnivel fantasma; a Luciana las letras se le venían holgadas, pero dominaba los números”.

Sobre las tapias del cementerio y los muertos en las cunetas de la Guerra Civil escribe Azahara:

“Mira, niña, si caminas hacia el lado opuesto de donde has iniciado tu ‘investigación’, allí, allí, exacto, en las inmediaciones del paredón, vas a notar que ni cipreses, ni sauces, ni olivos, ni leches crecen, mero descampado, y que la tierra se mueve cuando la pisas, claramente porque está infestada de mil orificios […]”.

Escribe Azahara como si le fuera la vida en ello, su vida, la de sus padres, la de sus abuelos, la de un pueblo entero. Escribe Azahara y hay un aliento de poesía en cada frase y hay también esa lengua antigua, esa forma de hablar, como si la que escribiera no fuera Azahara, una mujer del siglo XXI formada en la universidad, sino su abuela Luciana, su abuelo Antonio, las casas blancas y las piedras y los olivos y las fuentes secas.

Escribe Azahara una novela para navegar en ella y no irse a ninguna parte: quedarse dentro, eso escribe Azahara.

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Autora: Azahara Palomeque. Título: Pueblo blanco azul. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: Todos tus libros.

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