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Reencuentro con las mujeres de Proust

Reencuentro con las mujeres de Proust

Somos la vasija alabeada por dulces manos de mujer,
que el mundo viene a rebosar cada mañana.
Francisco Umbral

¿Cuántas veces hemos topado con un libro y, como si fuese un conocido, nos hemos detenido a mirarlo para dialogar con él? Lo mismo me ha sucedido esta semana en la Biblioteca Nacional, cuando ante mí apareció Marcel Proust con Los setenta y cinco folios y otros manuscritos inéditos (2021). Una “joya proustiana”, escrita entre 1908 y 1912, que sería el germen más antiguo de En busca del tiempo perdido. Tras la muerte del autor, en 1922, pasó a manos de su hermano menor, Robert Proust, quien heredó el manuscrito hasta que, en 1949, Susy Mante-Proust, sobrina de Marcel, encomendó a Bernard de Fallois el estudio y la clasificación de los archivos. Este destacado investigador proustiano comentó sobre la existencia del fondo Proust en el prólogo del libro Contra Saite-Beuve (1954). Actualmente, aquel incalculable legado de Marcel Proust se halla en la Biblioteca Nacional de Francia, como un tesoro recobrado de la embarcación vital de Proust.

El valor de este fajo de originales recupera la génesis de la escritura proustiana con las tempranas heridas de su vida. El camino del retorno a la infancia-niñez del autor-narrador materializado gracias al arte, que transmuta al niño en adulto o viceversa, como el flashback del cine. Un torrente inagotable de evocaciones que fluyen, a modo de confesión autobiográfica, antes de convertirse en la imponente novela En busca del tiempo perdido. La primera radiografía pictórico-literaria, en blanco y negro, que puso en marcha Proust, con los primeros trazos nucleares dictados por la memoria involuntaria, a partir de los nombres verdaderos de su entorno más cercano, en especial de su madre y su abuela, por las que siente un profundo amor y apego, y por ello las convertirá en personajes.

"Igual que Marcel Proust, buscamos el tiempo perdido para volver a sentir aquellas emociones y sensaciones atrapadas"

Uno de los relatos de Los setenta y cinco folios que atrajo mi atención narra las tantas veces que sus padres tenían que asistir a los múltiples compromisos de la sociedad parisina y su madre tardaba en arreglarse casi dos horas y sólo anunciaba que estaba lista cuando pedía su mantilla. Su padre la esperaba impaciente y enojado, mientras cada cuarto de hora la mandaba llamar, consciente de que llegarían con retraso. A mi madre le sucedía lo mismo cada vez que iba a salir, no sólo porque tardaba en arreglarse, sino en darnos una y mil recomendaciones. Mi padre la esperaba primero en el salón, mientras fingía leer el periódico, luego merodeaba por el jardín sin quitar la vista del reloj. Luego avanzaba hacia el marco de la puerta de entrada y cruzaba a la acera de enfrente para auscultar las ventanas, por si veía algún indicio de su aparición. Al no ver ninguna señal, avanzaba hacia la esquina de la calle y cuando, por fin, la veía asomar por la puerta volvía a su encuentro. Mamá aparecía elegante, guapa y perfumada. Al mirarla, a mi padre se le esfumaba la inquietud y esbozaba una leve sonrisa, porque se quedaba sin argumentos para pedir explicaciones por la larga espera. Ella, radiante, se enlazaba a su brazo y, segura de sí misma, caminaba recta con los ojos iluminados. Mi padre obraba en consecuencia a las sabias palabras que había inventado para estos y otros casos: despaciedad y calmancia. No hacía ninguna queja ni reproche, caminaba con pasos firmes y el ánimo sereno, con la convicción de que ella tenía razón, aunque sabía que llegarían tarde.

Igual que Marcel Proust, buscamos el tiempo perdido para volver a sentir aquellas emociones y sensaciones atrapadas, aunque en realidad reencontramos el tiempo de la infancia y niñez, escondida en algún recóndito lugar de la mente. En varios pasajes narra sobre la ausencia de su madre, que le causaba una profunda tristeza, desvelos, sueños entrecortados y dificultad para respirar asociada con la ansiedad de la separación: “Empezaría a jadear al sentirme solo y separado de ella”. Lo mismo sentía yo cada vez que mi madre viajaba o se ausentaba por unos días. La pena me consumía por las noches, pese a que mis hermanas inventaban juegos, leían o cantaban para distraernos. De pie, miraba por la ventana las montañas como si fuesen murallas oscuras y enormes que me separaban de ella y me sentía La niña junto a la ventana (1893) de Edvard Munch, mientras las luces amarillentas de la ciudad acrecentaban mi nostalgia y la palidez de la calle silenciosa. Sólo el cielo y las estrellas parpadeantes parecían consolarme.

"Como Monet, Renoir, Sorolla y otros pintores, Proust no se cansó de retratar literariamente la devoción hacia las mujeres que arroparon sus miedos y pensamientos atormentados"

El niño-adulto narrador también retrata a su abuela Adèle, durante un paseo rápido y solitario por los senderos del jardín, hacia el campo, con la cabeza erguida y el cabello entrecano al viento, semejante a El paseo, mujer con un parasol, de Claude de Monet, o Mujer con sombrilla en un jardín, de Pierre-Auguste Renoir. Pinturas similares y paralelas, pintadas el mismo año, 1875. En ambos paisajes impresionistas las mujeres llevan un parasol, y sus vestidos largos, una de blanco y la otra de negro, contrastan con las flores coloridas. Los enfoques de cerca y lejos recreados por los pintores son iguales a los que hace el autor al describir a su madre y abuela en diferentes circunstancias de cercanía y lejanía. Sin embargo, en el retrato de Monet aparece un niño que observa a su madre. Así mismo, el pequeño y enfermizo Marcel observa cada instantánea de su madre, percibe todos sus ángulos, y la retrata. La ausculta, la siente, la huele, la sigue con todos los sentidos, temeroso de perderla de vista. Cada noche antes de dormir espera ansioso el beso, única miel que dulcifica su vida y lo redime de la enfermedad, la soledad y la tristeza.

Como Monet, Renoir, Sorolla y otros pintores, Proust no se cansó de retratar literariamente la devoción hacia las mujeres que arroparon sus miedos y pensamientos atormentados por la fiebre de su yo interior fragmentado y del asma. Al recuperar sus vivencias, también se completa a sí mismo y, a su vez, atrapa aquel tiempo que nunca debió pasar. Hace de él un camino en el presente, para transitar siempre por los instantes más relevantes, con todo el cúmulo de recuerdos, experiencias y matices de su fecunda vida. Su escritura copiosa, como un satélite extremadamente sensible, capta todos los anillos personales y sociales que orbitaron al alrededor suyo. Gracias a la literatura, concibe e integra su identidad, en varios tiempos y contextos desgranados en los siete volúmenes que componen su novela. Su aguda inteligencia le permite retener impresiones, sensaciones, emociones y sentimientos, al hilo de las voces femeninas y familiares de su niñez.

"En realidad, leer a un autor no sólo es decodificarlo, sino que es volver a nuestras raíces maternas, como Proust, para descifrarnos a nosotros mismos"

En verdad, no sólo ha sido un reencuentro con Proust, sino que, como él, he recobrado un tiempo donde habitaron mi abuela y mi madre, en cuyos ojos siempre encendidos, como las uvas borgoña, miré la vida. El jardín y el huerto de mi abuela Emilia fue mi sombra y refugio que coloreó mi niñez, marcada por la naranja, mi fruto predilecto: mi huella mnémica, como en la pintura El jardín con mi abuela (1907), de Alexander Vasilyevich Shevchenko. Si para Proust fue la magdalena, para mí el olor y el brillo de las naranjas, junto al verdor de la naturaleza, son mi redención, mi paraíso feliz. Ahora que lo pienso, el divino mandamiento bíblico sólo insta honrar a los padres, pero no menciona a las abuelas/os, a quienes hay que incluirlas/os, aunque no se nos alargue la vida. Nuestra arquetípicas abuelas, sin pronunciar palabra, nos dejaron las impresiones más dulces con sabiduría y amor, y por ello merecen con justicia, un lugar especial en la memoria.

En realidad, leer a un autor no sólo es decodificarlo, sino que es volver a nuestras raíces maternas, como Proust, para descifrarnos a nosotros mismos, entender nuestra vida llena de bocetos y borradores a medio hacer. Rehacernos con los trozos de lucidez de la memoria para dejar atrás a los fantasmas del pasado y reconstruirnos hacia adelante.

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