Inicio > Series y películas > Del papel a la pantalla > Reflexiones sobre Manuscrito encontrado en Zaragoza

Reflexiones sobre Manuscrito encontrado en Zaragoza

Reflexiones sobre Manuscrito encontrado en Zaragoza

Dedicado a Antonio Domínguez Leiva y Luis Alberto de Cuenca, ambos del Club de los Potockianos. 

 

Me fascina El manuscrito encontrado en Zaragoza, ambas, la novela de Potocki y la película de Has. Vi la película tres veces, lo que, en mi caso, es absolutamente excepcional.”

Luis Buñuel.

Ma bibliotheque idéale est essentiellement ouverte.

Gaston Bachelard (1884-1962)

Desde 1797 hasta la fecha de su muerte, el conde polaco Jan Potocki (1761-1815) escribió en francés Manuscrit Trouvé à Saragosse, una de las obras más legendarias y misteriosas de la historia de la literatura fantástica. Jan Potocki no era polaco, era europeo, escribió en francés sobre España. La obra no es ni polaca, ni francesa, ni española, es europea. La película de Has también es europea. Para todo aquel aficionado tanto al cine europeo como a la cultura europea de la modernidad (la que arranca en el siglo XVIII o de las luces) tanto la novela de Potocki como su adaptación al cine son, además de obras maestras de la literatura francesa —en un caso— y del cine polaco —en el otro—, piezas  que, junto a sus autores, representan la deuda de la cultura y el arte europeas, la multiformidad de lo que constituye lo europeo, ergo: El manuscrito encontrado en Zaragoza. Parafraseando al poeta y cinéfago Pere Gimferrer, no sólo placer estético o acopio cultural, sino sabiduría respecto a nuestra propia vida nos dará esta novela y esta película.

Uno de los más grandes enigmas de la literatura universal y de la historiografía bibliográfica es, sin ningún género de duda, Manuscrit Trouvé à Saragosse, multiforme, batrácica, críptica, e inabarcable novela escrita por Jan Potocki al modo de los clásicos decamerones (decamerón: cosa-de-diez-partes), de la cual surgirá, siglo y medio más tarde, una de las películas más extrañas, polimorfas y retorcidas jamás concebidas por el hombre. La novela fue calificada por el intelectual Roger Callois de “obra maestra de la literatura fantástica de todos los tiempos”. Al respecto del mítico libro escribe Mauro Armiño (traductor, entre otros, de Molière, Corneille, Voltaire, Potocki, Mérimée, Flaubert, Verne, Dumas, Proust, Gracq… así como escritores en lengua inglesa —Lord Byron, Poe— o incluso de Rosalía de Castro): “Ni el mismo Jorge Luis Borges podía haber maquinado un laberinto tan intrincado para la publicación de una novela como el que el azar diseñó para Manuscrito encontrado en Zaragoza, hasta el punto de haberse convertido la búsqueda y reconstrucción de la narración completa en el destino de una vida. Un anticuario francés de libros, Serge Plantureux, encontró, en su búsqueda de lo absoluto, un libro como meta de su destino, el más sorprendente, «el libro que no existe. Y para mí lo era esa edición llamada de San Petersburgo de Manuscrito encontrado en Zaragoza». No era el primero en perseguir las farragosas pistas de un texto que las prensas de varios países y distintas lenguas habían ido dando a luz fragmentando de forma totalmente arbitraria: Roger Caillois y varios investigadores más se habían «roto los dientes» en esa tarea.” [1] Veamos cronológicamente los distintos avatares del libro y de su autor, al fin de desentrañar, superficialmente, la génesis, evolución, edición y divulgación de los mismos.

"El conde Jan Nepomucen Potocki de Pilawa es de esos raros e infrecuentes escritores que entran en el postrer olimpo de la Historia de la literatura con una única obra de ficción"

El conde Jan Nepomucen Potocki de Pilawa es de esos raros e infrecuentes escritores que entran en el postrer olimpo de la Historia de la literatura con una única obra de ficción (al menos publicada, pues se ignora si escribió otros textos narrativos de ficción que pudieran estar perdidos y que, a día de hoy, no han visto la luz). Potocki viene al mundo el 8 de marzo de 1761 en el castillo de Pikow, situado en la región de Podolia (que por aquel entonces era territorio polaco pero que en la actualidad pertenece al reciente estado de Ucrania). Su padre era un aristócrata austriaco y su madre pertenecía a la rica nobleza polaca más elitista. Como todos los niños de su edad pertenecientes a las altas esferas sociales, es educado en francés, la considerada unánimemente lengua culta en la Europa del siglo XVIII (y también en la del XIX). Entre 1774 y 1778 es enviado, junto a su hermano Severin, a estudiar a los más refinados colegios de Ginebra, Lausana y París, al albur de los dignos ideales ilustrados de la época. Su solidez como humanista y conocedor de la Historia, la Literatura y la Filología proviene de esa esmerada educación, tan propia y necesaria entre quienes aspiraban a moverse entre lo más granado de las cortes europeas. Al concluir sus estudios ingresa en la Academia Militar de Viena y, tras finalizar su formación, se alista en el ejército del Imperio Austro-húngaro, participando en la guerra de sucesión que asolará el estado de Baviera, para servir con posterioridad en una guarnición próxima a Budapest. Su primer viaje importante por los países ribereños del Mediterráneo es producto de su vida como soldado en el ejército austro-húngaro, combatiendo contra los piratas berberiscos. De ahí nace su enorme afán viajero.

En seguida Potocki se desvincula de la carrera de las armas y se centra en la que es su vocación intelectual, los viajes de corte antropológico, arqueológico y etnográfico. Su cosmopolitismo, sus profundas inquietudes intelectuales y su facilidad para los idiomas —era un consumado políglota: hablaba con fluidez polaco, francés, ruso, alemán e italiano, tenía nociones de árabe y de español, además de leer y escribir lenguas clásicas como el latín y el griego antiguo— le llevan a iniciar una serie de viajes por los lugares más exóticos: Marruecos, Túnez, Italia, Sicilia, España, Portugal, Holanda, Baja Sajonia, Hungría, Serbia, Turquía, Egipto, Rusia, el Cáucaso e, incluso, Mongolia. En 1783 realiza su primera expedición arqueológica por la planicie húngara y por tierras de Serbia. Poco tiempo más tarde, en 1784, viaja por primera vez fuera de Europa, a Egipto, en otra expedición del mismo tipo. Eran tiempos en los que la egiptología comenzaba a ponerse de moda en Francia (luego incrementada por las incursiones de Napoleón en la campaña de 1798). En esto Potocki fue un pionero, adelantándose dos décadas a la fiebre egiptológica de los arqueólogos. A su regreso de Egipto, previo paso por Italia, dónde visita con detenimiento la hermosa ciudad de Florencia, Potocki retorna a la corte polaca de Varsovia, bajo el reinado del también ilustrado Estanislao Augusto. Allí, en 1785, contrae matrimonio Potocki con una chiquilla llamada Julia Teresa Lubomirska, de tan sólo 17 años, hija del príncipe Estanislao Lubomirska, quien más tarde sería mariscal de la corona polaca. Con Julia Teresa no permanece mucho tiempo en Varsovia sino que se instala en París, ciudad en dónde podría satisfacer Potocki parte de sus más hondas inquietudes existenciales. Se cuenta que participa de varias sociedades secretas, algunas de corte más místico, de tipo cabalístico y otras que cultivaban las ciencias del ocultismo (probablemente, a mi juicio, se trataría de un impostado ocultismo de salón). Así conoce a miembros de la Gran Logía Masónica de Francia, se introduce en la sociedad de los Rosacruz y participa de los ignotos ideales de Swedenborg, entre otras modas propias de las elites de aquel tiempo. Se cree que el mismo Potocki era masón, hecho que no ha sido todavía probado en ningún texto escrito conocido.

Entrada la década de los ochenta, ya bien instalado en París, y como resultado de sus experiencias mundanas surgirá su primer libro, Voyage en Turquie et en Egypte fait en l’année 1784 (Viaje a Turquía y Egipto, 1788), resultado del citado viaje arqueológico a Turquía y Egipto, realizado en 1784, en el que condensa las veinte profusas cartas que le escribió a su madre, a la que estuvo siempre muy unido. En uno de aquellos viajes por el Oriente Próximo conoce Potocki a un turco peculiar llamado Osmán, que se convertiría en uno de sus más fieles amigos, además de en su servidor de por vida (otros dirán criado). Con Osmán emprendió, desde Constantinopla y otras ciudades del entorno, varios viajes e investigaciones para encontrar el manuscrito original en árabe de Las mil y una noches (cuya estructura tanto influiría en la construcción del Manuscrito), tarea quijotesca que resultó, obviamente, infructuosa. En 1787 Potocki reside en Spa (Holanda), donde vive de primera mano la sublevación del pueblo contra la opresión prusiana. Como diputado de la Gran Dieta Polaca Potocki denuncia en la corte de Varsovia estas y otras situaciones. Sus actividades se politizan y abogan por una monarquía constitucional polaca, con un parlamento libre pero controlado por los aristócratas y bajo tutela del rey. Las autoridades polacas le tachan de jacobino, lo que no impide que instale una imprenta que él llama “libre” para evitar la censura. De esa imprenta saldrá, entre otros, su Ensayo sobre la historia universal (Essay sur L’Histoire Universelle & Recherches sur celle de la Sarmatie, vol. 1, Varsovia, 1789), lo que ratifica la amplitud de miras de Potocki. Pero nuestro autor era un personaje complejo, ambiguo y hasta contradictorio. Su animadversión hacia Prusia fruto de su experiencia holandesa dará un brusco giro cuando conoce en Berlín al príncipe Enrique, hermano del rey Federico Guillermo II de Prusia. Sus intereses políticos se entrelazan en este punto con los científicos y un afán extenuante de conocimientos —tan propios del saber ilustrado—; así en 1790 sobrevuela en globo Varsovia, en compañía del aeronauta y pionero François Blanchard, de su fiel criado turco Osmán y de su perra Lulú. Era el primer viaje en globo en Polonia, por lo que fue todo un acontecimiento con inusitado eco en la prensa y la sociedad polacas de la época.

"En 1797 comienza a concebir la génesis del Manuscrito, que irá escribiendo fragmentariamente durante los próximos años, hasta 1804"

Pero Potocki sabe que si quiere ser alguien en Europa debe vivir en París. Ser un parisino. En 1791 se nacionaliza francés y ese mismo año viaja al Imperio de Marruecos, previo paso por España. De Marsella va en barco a Barcelona y de ahí en diligencia hasta Madrid. En la capital española visita al embajador de Marruecos que le da un salvoconducto para ser recibido en la corte marroquí. De Madrid viaja a Estepona, de ahí en un barco hasta Gibraltar, donde cruza el estrecho rumbo al norte de África. Primero es recibido por el caíd de Tetúan y luego por el emperador Muley Yésid, en la capital, Rabat. Prosigue su visita pernoctando en Larache, Arcila y Tánger, justo cuando la ciudad está siendo bombardeada desde la bahía por una flota española. Se esconde en el Consulado Español y luego en el domicilio del embajador de Suecia, pero intranquilo, cruza en barco a Cádiz. Nos cuenta José Luis Cano: “El 7 de septiembre embarca con el embajador de Suecia, el barón de Rosenstein, rumbo a Cádiz y asiste a un espectáculo de baile flamenco. De Cádiz a Lisboa, Coimbra y Cintra. Y de nuevo a Madrid, dónde es probable que visitase el taller de Goya y el de Vicente López.” [2] Para algunos historiadores este viaje a Marruecos fue su primer contacto con España (hasta por dos veces), pero Cano no es de la misma opinión. Según el traductor y biógrafo español, en un viaje de juventud por el Mediterráneo que incluía Italia, Sicilia y Malta, Potocki visitó Túnez, desde donde embarcó a las costas españolas, cuando en nuestro país reinaba Carlos III, el monarca ilustrado. “La España que visitó Potocki era un España vivaz y pintoresca, rica en bandidos y contrabandistas, gitanos y mendigos, que vagabundeaban por los caminos y las ventas, pero rica también en artistas y en escritores. Le atrajo sobre todo Andalucía, ese paraíso del Sur que ya a finales del XVIII sedujo a los primeros turistas nórdicos, y que no iba a tardar en convertirse en una de las metas obligadas de los viajeros románticos. Visitó Sevilla, Granada, Córdoba, recorrió los caminos y montañas de Sierra Morena, y estudió de cerca las costumbres de los gitanos y algo de su lengua. De esta frecuentación de los gitanos andaluces hay huellas en el Manuscrito, como podrá ver el lector, y en otra obra de Potocki, la opereta Les bohémiens d’Andalousie [Los gitanos de Andalucía], que fue representada en el castillo del príncipe Enrique de Prusia en 1794.” [3] De ese mismo año, 1794, data su primera versión del Manuscrito encontrado en Zaragoza. Cano también constata un dato que habla por la popularidad de Potocki entre la diplomacia de las cortes europeas y sus actividades políticas en París. Cuenta que el ministro Floridablanca fue advertido por carta del conde Fernán Núñez, a la sazón embajador de España en París y por lo tanto conocido de Potocki, de la “fama de volteriano” de nuestro autor, así como de ser “mozo de talento, pero cabeza exaltada y celoso propagandista. Ya se lo advertí al ministro, que me dijo que estaría sobre él.” [4] Floridablanca tomó buena cuenta y envió varias cartas (por fortuna conservadas) que detallaban todos los movimientos de Potocki en España y los motivos de sus idas y venidas por la Península Ibérica. Fruto de aquel accidentado viaje a Marruecos sería su libro Voyage dans l’Empire de Maroc (Viaje por el Imperio de Marruecos, 1792), editado el año en que los rusos invaden Polonia. Por entonces Potocki había abandonado Francia y vivía retirado de la política en la villa polaca de Lancut, alojado en el castillo de su suegra, la mariscala Lubomirska. Allí fallecerá dos años más tarde la esposa de Potocki, madre de dos de sus hijos. En 1797 comienza a concebir la génesis del Manuscrito, que irá escribiendo fragmentariamente durante los próximos años, hasta 1804, ampliándolo hasta su muerte. Sobre esos años nos relata Mauro Armiño: “No tardará en contraer nuevas nupcias: en 1799 se casa con una joven de su misma familia, Constanza Potocka, hija de su primo hermano Estanislao Félix, uno de los hombres más ricos de Polonia, que dota a su hija de un millón de zlotis. A partir de ese momento, la vida de Potocki oscila entre el nacimiento de nuevos hijos y estudios científicos en distintos puntos de Europa: desde Viena a Moscú o San Petersburgo. Ciudad donde fue nombrado consejero privado del zar Alejandro I.” [5] Sus ideales de unir a todos los pueblos eslavos bajo el poder del zar para hacer frente a las grandes potencias se reflejan en su Histoire primitive des peuples de la Russie (Historia primitiva de los pueblos de Rusia, 1802), lo que le vale el favor de un pariente suyo, Adam Czartoryski, ministro de Asuntos Exteriores del Imperio Ruso. Sus lazos con los rusos se estrechan y su interés por aquellas tierras se acentúa, como pone de manifiesto su Voyage dans les steppes d’Astrakhan et du Caucase, (Viaje por las estepas de Astracán y del Cáucaso, publicado póstumamente en 1829) o Fragments Historiques Et Géographiques Sur La Scythie, La Sarmatie Et Les Slaves. , Recueillis Et Commentés Par Le Comte Jean Potocki… (Fragmentos históricos y geográficos sobre Escitia, Sarmacia y los eslavos, vols. 1 y 2, Brunswick, 1796). El Imperio Mongol fue el último de sus grandes viajes, en una expedición científica financiada por el zar Alejandro I, al que Potocki se sumó gracias a su parentesco con Czartoryski. Si bien el objetivo inicial era visitar China, consiguieron llegar a la capital, pues desde Pekín el emperador Yung-Yen les prohibió continuar ruta, por lo que Potocki se contenta con visitar la corte mongol de Ulan Bator en 1805, en compañía del príncipe ruso Golovkin. De ahí surgirá años después una Expedition en Chine (Memoria sobre la expedición de China, al parecer inédita) dirigida al ministro Czartoryski. Ese mismo año escribe otro libro casi desconocido, Chronologie Des Deux Premiers Livres De Manethon, Par Le Cte Jean Potocki (Cronología de los dos primeros libros de Manethon, 1805). Tras pasar años en San Petersburgo, en 1807 regresa a su Podolia natal, previo consentimiento del zar. Además de sus problemas económicos y de salud, se encuentra en una encrucijada político-familiar, sus hijos Alfredo y Arturo, fruto de su primer matrimonio, se habían alistado en el ejército napoleónico enfrentado a Rusia, a la que Potocki servía. Alfredo fue herido y hecho prisionero en la célebre batalla de Borodino y Potocki consiguió liberarlo gracias a sus contactos con la corte de San Petersburgo. Años más tarde Alfredo se casaría con una de las hijas de Czartoryski. El conflicto familiar estaba servido: cuando los polacos se revelaron del yugo ruso Potocki y Czartoryski hubieron de dimitir de sus cargos y alejarse del zar, evitando así ser considerados enemigos del Estado polaco. Retirado de la vida pública, Potocki se refugia en la erudición, editando en su propia imprenta Principes De Chronologie Pour Les Temps Antérieurs Aux Olympiades, Par Le Cte Jean Potocki,…  (Principios para una cronología de los tiempos anteriores a los Juegos Olímpicos), pero la censura le impide la distribución de los libros. Algo parecido debió ocurrir con Descripción de la nueva máquina de batir moneda (1811), obra difícil de localizar.

"Según Mauro Armiño hay dos versiones acerca del suicidio de Potocki"

En 1815 Napoleón es definitivamente derrotado en Waterloo. Polonia vuelve a estar indefensa, en manos de Rusia. Ignoramos qué debió pensar Potocki con este nuevo vaivén geopolítico. Ahora que había renunciado a su papel preponderante en la corte de los zares para retornar a las raíces polacas se encontraba en una situación nuevamente embarazosa. La tarde del 20 de noviembre se voló la tapa de los sesos de un pistoletazo. Tenía sólo 54 años. Dicen que aparentaba casi setenta. Algunos dijeron que estaba cansado, agotado de vivir, deprimido, otros que su enfermedad física —puede que sífilis— era también mental. Numerosos son los analistas que comparan este suicidio con el de otro insigne literato, Larra (quien también se quitó la vida con una pistola, en 1837, con sólo veintiocho años). Según Mauro Armiño hay dos versiones acerca del suicidio de Potocki, “según las versiones, habría sido con una bala de plomo hecha por el propio conde durante los últimos meses con la tapadera de una tetera; según otras, con una bala de plata bendecida por un sacerdote.” [6] El escritor uruguayo Carlos Rehermann nos da una información más precisa: “Durante algunos años, pulió con delicadeza la agarradera del azucarero de plata de su juego de té, que tenía la forma de una frutilla. Una tarde, cuando comprobó que cabía en el cañón de su pistola, la cargó y se disparó en la boca. Al parecer, creía estar transformándose en lobo.” [7] Al margen de la anecdótica contradicción sobre si se disparó en la boca, como sostiene Rehermann, o en la sien, como apunta Armiño, cabe preguntarnos unas cuantas cosas. ¿Si Potocki se suicidó, creyéndose un hombre-lobo, fue víctima de sus propios ensueños literarios? ¿O se le hizo un vacío social en su Polonia natal por haber sido siempre un conspirador al servicio de la causa que él creía más provechosa? ¿Y simplemente no supo aceptar el no ver publicada en vida su obra maestra? ¿Quizá fue incapaz de vencer su frustración, y se quitó la vida, fracasado, ignorado como escritor de ficción, nueve años después de concluir su magistral y, por entonces, incomprendida novela? Que el lector responda la cuestión que crea más acertada. El misterio se lo llevó Potocki consigo a la tumba.

Los avatares de un libro que no existía

Como indicaba Mauro Armiño, ni el propio genio de Borges (tan proclive en sus cuentos a fabulaciones bibliófilo-literarias) hubiese imaginado un libro con una vida tan vericuetada —si se me permite la expresión—, en la que las impresiones y ediciones se suceden sin orden aparente. En vida Potocki no logró, como hemos dicho, ver publicada su obra magna, excepto en impresiones y publicaciones parciales. El autor comenzó a trabajar en la segunda versión del Manuscrito en 1797, ideando un libro que incluyese seis decamerones, y continuó haciéndolo alternativamente, añadiéndole nuevas historias a cada vez, hasta su muerte. Cuentan que la novela nació de las historias que Potocki le contaba a su esposa enferma. Cuando residía en San Petersburgo, al abrigo del zar Alejandro I se hacen pruebas de impresión a lo largo de 1804 y 1805 de las trece primeras jornadas del Manuscrito. Existe constancia de aquellas primeras galeradas pero no se conservan pruebas impresas. También hay constancia de una traducción alemana publicada en Leipzing, Abenthuer in der Sierra Morena (1809), de la que, a día de hoy, no hay ni rastro. Se sabe que traducía las mismas trece jornadas impresas en San Petersburgo, pero las búsquedas de los bibliotecarios y bibliófilos especialistas en literatura fantástica aún no han dado sus frutos. En 1813 Gide Fils editada en París la primera traducción al francés, apenas una pequeña parte, que dicho editor divide en sólo dos partes, Avadoro, una historia española y Diez jornadas de la vida de Alfonso Van Worden. Como hemos dicho el conde se suicida en 1815, con lo que en vida no logrará ver editada su extensa novela. Al parecer dejó una ingente cantidad de manuscritos en su biblioteca. La familia de Potocki conservaba algunos de aquellos escritos, que pone en posesión de Edmond Chojecki, quien se rompe los cuernos para traducirla íntegramente al polaco, editándola en esa lengua en 1847, en Leipzing, al noroeste del estado alemán de Sajonia. Varios estudiosos han confirmado que el título El manuscrito encontrado en Zaragoza nunca fue el que pensó Potocki sino que se le atribuye a Chojecki que tradujo los manuscritos como Rękopis znaleziony w Saragossie, pasando al francés luego como Manuscrit Trouvé à Saragosse. Esto parece bastante probado, toda vez que se conserva una carta de Potocki en la que nombra su novela como Journées Espagnoles. Su descendiente directo Stanislas Potocki tampoco respetó la voluntad de Jan Potocki y lo titularía como Au milieu des Pendus y especialistas como P. Wiaziewski, Pouchkine o la condesa Edling -relacionada con la aristocracia polaca y la familia imperial rusa- se refieren a los textos de Potocki con un evocador Les Trois Pendus, es decir, <<los tres ahorcados>>, en referencia a los personajes hermanos Zoto.

La fama y el misterio envolvían al Manuscrito. Y también la polémica, motivada por una sucesión de plagios más o menos encubiertos. Charles Nodier en su compilación de relatos Infernaliana (1822) [8] insertó, prácticamente sin alteraciones respecto al original, la Jornada décima del Manuscrito referida al personaje Thibaut de la Jacquière. En 1834 Courtchamps plagia la Histoire de Giulio Romati (que ocupa varias jornadas del Manuscrito, que no serían publicadas hasta 1989) y las hace pasar por unas pretendidas memorias de Cagliostro con el título Souvenir de la Marquise de Créquy. Siete años más tarde, cuando el periódico de Courtchamps La Presse publicó en 1841 y 1842 Jornadas de la vida de Alfonso Van Worden con la firma de Nodier, otro diario rival, Le National denunció el plagio, lo que motivó un juicio que levantó gran expectación en los ambientes culturales parisinos de la época. La Presse presentó Las Dix journées d’Alphonse Van Worden como Le Val Funeste [El baile funesto] y con la misma desfachatez hizo lo propio con las jornadas de Avadoro, que publicó bajo el título de Histoire de Don Benito d’Almusenar. Se los podía acusar de delito pero no de falta de originalidad en la búsqueda de títulos. Bromas aparte, la marea plagiaria no cesaba. En la prensa gala del siglo XIX continuaron apareciendo publicados diversos relatos atribuidos al conocido mago Cagliostro que, en realidad, eran aventuras sueltas del Manuscrito.

"La edición de Caillois, publicada por Gallimard, pese a ser tan incompleta —unas doscientas páginas— fue la de mayor trascendencia desde que aparecieran las primeras galeradas perdidas de 1804-1805"

Se cuenta que en 1917, tras la Revolución de octubre, salió de San Petersburgo una pequeña biblioteca que, a lomos de una mula, cruzó Rusia, rumbo al puerto de Odesa; desde allí los sacos con libros embarcaron a Marsella y de ahí a la capital gala, para acabar cruzando el Atlántico y terminar en una casa perdida en medio de la pampa de la Argentina. Verdad o no, eso es lo que cuenta el librero y anticuario Serge Plantureux, antes citado, quien se hizo con las primeras impresiones del Manuscrito, siguiendo esa pista y ese itinerario. Ya entrado el siglo XX la novela de Potocki va dejando una estela de estudios filológicos, filosóficos, teológicos e históricos a su paso, algunos tan originales como el publicado por Tadeusz Sinko en 1920, Histoire de la religión et de la philosophie dans le roman de Jan Potocki (Historia religii i filozofii w romansie Jana Potockiego, Cracovia, PAU). En 1934 el crítico y editor Krzyanowski publica un estudio serio sobre el Manuscrit, titulado La vierge cadavre. Leszek Kukulski realiza en 1956 una edición crítica del Manuscrit partiendo de la traducción de Edmond Chojecki de 1847. Tiempo después el intelectual Roger Caillois [9] (1913-1978) se interesó por el texto de Potocki. Como siempre ocurre en todo lo que rodea al Manuscrito existen varias versiones sobre cómo llegó Caillois a conocer la novela. La más convincente es, a mi juicio, la que expuso Carlos Rehermann, quien incide en cómo Caillois se aventuró a editar el Manuscrito. “Caillois preparaba una antología mundial de lo fantástico, a principios de la década del cincuenta. Según cuenta, su desconocimiento del idioma polaco hizo que pidiera a un amigo que revisara una antología polaca de relatos fantásticos editada por Julien Tuwim en 1952. El amigo de Caillois le recomendó un cuento titulado Historia del comendador de Toralva, en traducción al polaco realizada en 1847 por Edmund Chojecki. El cuento le pareció a Caillois «un plagio desvergonzado de un relato muy conocido de Washington Irving, El gran prior de Menorca». Pero lo raro era que Irving publicó su relato The Grand Prior of Malta en 1855, y Potocki había muerto en 1815.” [10] La realidad es que el norteamericano Washington Irving (quien tanto debe a Potocki, sería imposible imaginar sus Cuentos de La Alhambra sin la existencia del Manuscrito), al igual que Nodier, también había plagiado el Manuscrito, algo que Caillois descubriría tiempo después.

En 1958 Roger Caillois editó en París su versión francesa del Manuscrito, según Mauro Armiño “[…] una cuarta parte aproximadamente de la novela (las diez primeras jornadas, la historia de Rebeca, y tres relatos sacados de Avadoro, una historia española) […].” [11] La edición de Caillois, publicada por Gallimard, pese a ser tan incompleta —unas doscientas páginas— fue la de mayor trascendencia desde que aparecieran las primeras galeradas perdidas de 1804-1805. Su repercusión superó ampliamente el ámbito de lo francófono. En 1970 T. Todorov en Introduction à la littérature fantastique analiza con su habitual rigor la edición de Callois del Manuscrito desde la vertiente fantástica de la obra.

El interés por la figura de Potocki y por su novela se extendió con rapidez. Comenzó a traducirse a todas las lenguas, incluido al polaco, por supuesto, y al español. La atracción de la industria cinematográfica no se haría esperar. ¿Y qué mejor país que el natal del autor? En 1964 el cineasta cracoviano Wojciech Jerzy Has (1925-2000) dirige la película Rękopis znaleziony w Saragossie (El manuscrito encontrado en Zaragoza) a partir de un guion del escritor y poeta Tadeusz Kwiatkowski (también nacido en Cracovia, en 1920). Por lo tanto, siguiendo la lógica cronológica (disculpen la redundancia), para escribir el guion cinematográfico Kwiatkowski partiría de la edición de Caillois, convenientemente traducida al polaco. La calidad del film, unida a la proliferación de traducciones, hace que la fama del Manuscrito se multiplique y se haga extensiva a lectores y espectadores no necesariamente familiarizados con el género fantástico. En pocas palabras, sale del gueto. Deja de ser una cosa de minorías ilustradas y se hace obra, sino popular, sí muy conocida en amplios círculos más o menos cultos. Considerando que la novela transcurre en España era de esperar que su divulgación en nuestro país se produjese con celeridad. La popularidad de la película y su apadrinamiento por gente como Luís Buñuel, que la consideraba una de las diez mejores películas de la historia, harán incrementar la curiosidad de los lectores. En ese mismo año de 1964 (cuando la película de Has aún no se había estrenado en España) José Luís Cano edita su traducción de Historia del terrible peregrino Hervás y de su padre el omnisciente impío (que en la edición española de Mauro Armiño ocupan las Jornadas cuadragesimoctava, cuadragesimanovena, quincuagésima y quincuagesimaprimera), en la revista Papeles de Son Armadans. En 1968 aparece en Barcelona una traducción parcial de Carmen Rius. [12] Era la primera edición en España, pero no la primera en español, honor que hay que atribuirle un año antes a José Bianco. [13] En 1970 Cano publicaba la citada edición de Alianza Editorial. Los tres traductores partían de la versión incompleta de Caillois. En 1977 aparece en la Argentina otra traducción muy poco conocida de Rodrigo Escudero, editada en tapa rústica, con el errático título de El nuevo Decamerón, de extensión considerablemente mayor a las tres anteriores. [14] En 1984 la serie Biblioteca de terror dirigida por Juan Tébar incluye una traducción parcial de Rufo G. Salcedo. [15] Poco a poco su fama crecía, el Manuscrito se iba haciendo un hueco en los mercados editoriales, merced a unos lectores ávidos del talento literario de Potocki. Las noticias sucesivas de que el Manuscrito estaba fragmentado y de que aún había mucho por rastrear puso en la brecha a un sinfín de bibliotecarios de medio mundo. Bibliófilos, anticuarios, críticos literarios, editores e historiadores comenzaron a bucear por las bibliotecas, desde las más selectas hasta las más recónditas, a la búsqueda de manuscritos perdidos de Potocki, copias en francés y a veces en polaco (incluso en otras lenguas), muchas veces sin firmar por el autor, lo que obligaba a un trabajo de investigación sin precedentes. Un hito en el análisis de la obra fue el número histórico consagrado al Manuscrito en 1975 por la revista especializada Cahiers de Varsovie. Tras muchos años de denodado esfuerzo bibliográfico apareció en 1989 la edición de René Radrizzani, cuya publicación revisada y ampliada en 1992 pasa por ser la más completa que existe del Manuscrito en su lengua original. [16] Esta edición de Radrizzani fue polémica, pues fue duramente criticada por la revista especializada francesa Dix-huitième siécle. En seguida la edición de Radrizzani de 1989 fue traducida al español por dos profesores, Amalia Álvarez y Francisco Javier Muñoz. [17] Si la edición de 1958 de Caillois apenas contaba con doscientas páginas, la de Radrizzni es cuatro veces mayor, superando las ochocientas. Más allá del mero valor cuantitativo, ello da idea de la ingente cantidad de Jornadas o capítulos que faltaban. El carácter laberíntico, críptico y, para algunos, cabalístico, cobraba por fin su verdadera dimensión, con seis decamerones que integraban las 66 definitivas Jornadas. Es en esta edición completa en la que se ponen de manifiesto los verdaderos vínculos con Las mil y una noches –tan querida y buscada, recordemos, por el conde polaco, que la buscó por Oriente sin éxito-, los cien relatos que componen El Decamerón (Decamerone, 1351) de Giovanni Boccaccio e, incluso, los Cuentos de Canterbury (The Canterbury Tales, 1382-1388), de Geoffrey Chaucer, obras que Potocki conocía con total seguridad.

"En este siglo veintiuno el interés por el Manuscrito sigue vigente, con estudios como el citado de Domínguez Leiva "

En 2006 la editorial Flammarion publicó en un mismo estuche las dos versiones manuscritas del Manuscrito potockiano, una de 1804, a la que nos hemos estado refiriendo, la otra, muy remodelada, es de 1810, más melancólica. Se trataba de una edición doble de los considerados máximos especialistas en Potocki, François Rosset y Dominique Triaire. En la edición francesa, la versión de 1804 tiene 772 páginas y la versión de 1810 de 864 páginas. Jaume Vallcorba publicó en editorial Acantilado (Barcelona, 2009) una espléndida traducción de José Ramón Monreal de la versión de 1810, con prólogo de Marc Fumaroli y un estudio posterior “Sobre el Manuscrito encontrado en Zaragoza” magnífico. La edición española —Manuscrito encontrado en Zaragoza (Versión de 1810)— es de 800 páginas, si bien stricto sensu la novela ocupa 664 páginas (de la página 19 a la 683), pues incluye 115 páginas con 37 páginas de profusas notas (685 a 722), el citado estudio (páginas 723 a 770), una precisa y utilísima Cronología (páginas 771 a 784) y una Bibliografía actualizada (páginas 785 a 800). Quiso la casualidad que mi ensayo sobre la novela y la película fuese publicado en Calamar la misma semana de noviembre que esta nueva versión de Acantilado, y así se lo hice saber al desaparecido Jaume Vallcorba, al que le envié mi libro a Barcelona, enviándome él el suyo a Madrid, lleno de asombro. Lo comentamos en varias ocasiones. Pocos años después conocí a mi amigo Antonio Domínguez Leiva, autor de una espléndida tesis doctoral sobre la novela que recomiendo fervorosamente, por rigurosa, inspirada y completísima en su erudición, enfoque y análisis (UNED Ediciones, Madrid, 2000). Fue una lástima que la leyese después de haber entregado mi texto a las prensas.

En este siglo veintiuno el interés por el Manuscrito sigue vigente, con estudios como el citado de Domínguez Leiva y otros en francés como los de Jan Herman (2001), Alexandra Krohn (2004) o Luc Fraisse (2006), y en polaco, caso de Michal Otorowski (2006). Respecto a la edición de Rosset y Triaire, constituida por diferentes manuscritos de Madrid, Cracovia, Poznan, mezclando documentos autógrafos con ediciones parisinas y copias privadas de M. Potocki y Bernard Potocki, descendientes del autor, cabe insistir que no se trata de otra edición del mismo libro, sino que los editores nos redescubren una nueva reescritura (la tercera) que Jan Potocki hizo de su macronovela. “Esta última versión, como hemos visto, es el resultado de una reordenación completa de la novela que es muy espectacular; pero que no deja también de ser enigmática. Ningún documento, ningún testimonio, nada permite desentrañar los motivos y los fines de esta operación que provoca en el lector la mayor de las perplejidades. Pues no se trata del perfeccionamiento y del acabado de una obra abandonada, sino de la reescritura de esta obra, que cambia radicalmente. Y este cambio no puede evaluarse seguramente en términos de un balance de ganancias y pérdidas. Nos guardaremos, pues, de pronunciarnos a cerca de la cuestión de saber cuál es el valor del texto de 1810 respecto al de 1804; cada lector establecerá por sí mismo el orden de preferencias.” (Rosset y Triaire, 2009, 760).

En resumen, hay por tanto, tres versiones distintas del Manuscrito, concluidas por Potocki en 1797, 1804 y 1810. Sólo conocemos las dos últimas.

La novela: estructura de un laberinto metalingüístico

Ya en mi comentario sobre el film aparecido en mi libro “El cine Europeo. Las grandes películas” (Ediciones JC, Madrid, 2008) afirmaba que “La lectura de la novela es uno de los mayores goces a los que puede aspirar una mente exigente y cultivada.” Animaría al lector a que, si es posible, leyese la novela antes de ver la película, si bien la experiencia contraria es igual de apasionante, una y otra se retroalimentan en una espiral sin fin; la misma que ideó Potocki para sus maquiavélicos relatos engarzados unos en otros. Lo que el autor nos plantea es un juego, un divertimento ficcional con diversos niveles intelectivos en el que el autor va tejiendo, como tela de araña segregada por un aguijón despiadado, las diferentes Jornadas de Alfonso Van Worden. Ya en la Advertencia, que actúa a modo de prólogo, Potocki nos pone sobre aviso que hay un primer relato dentro del relato, el Manuscrito que un soldado francés encuentra durante la toma de Zaragoza por las tropas napoleónicas (20 de febrero de 1809). Allí, en una “casilla bastante bien construida”, encuentra nuestro soldado valón “varios cuadernos de papel escritos” en lengua española. […] “se hablaba en él de bandidos, aparecidos y cabalistas, y nada mejor para distraerme de las fatigas de la campaña que la lectura de una novela extraña. Convencido de que aquel libro no volverá nunca a las manos de su legítimo propietario [el lector nunca sabrá quién], no dudé en quedarme con él. Más tarde nos vimos obligados a abandonar Zaragoza. Por desgracia, encontrándome lejos del cuerpo principal del ejército, caí prisionero, junto con mi destacamento; en manos del enemigo: creí que me esperaba la muerte. Llegados al lugar adonde nos conducían, los españoles comenzaron a quitarnos nuestros efectos. Únicamente pedí conservar un solo objeto que no podía servirles de nada, y que era el libro que había encontrado. Pusieron al principio algunas dificultades, pero finalmente terminaron por pedirle opinión al capitán, quien, tras haber echado una ojeada al libro, se me acercó y me dio las gracias por haber conservado intacta una obra a la que él concedía mucho valor, ya que contenía la historia de uno de sus antepasados. Le conté cómo había caído en mis manos, y me llevó consigo; durante la estancia bastante larga que pasé en su casa, dónde fui bastante bien tratado, le rogué que me tradujera la obra al francés: yo en persona la escribí a su dictado.” [18] Este prólogo confiere a toda la narración un múltiple componente meta-literario, por un lado todo el texto posterior sería un largo flashback que describe los avatares de Alfonso Van Worden bajo el reinado de Felipe V (el último de los Austrias, rey de España de 1700 a 1746); por otro, además, establece un punto límite de lectura: pudiera ser que realmente ése Manuscrito existiera y que Potocki –o alguien que mantiene su personalidad oculta- se limitase a traducir un texto pretérito hallado en 1809 que nos es legado como anónimo (algo que hoy sabemos que no era así, aunque desconozcamos cuál era la intención original del autor). De lo que sí hay constancia, en base a rigurosas investigaciones, es de las intenciones de Potocki de ejercer de nuevo Bocaccio del siglo XVIII-XIX. Así, siempre según René Radrizzani, el Manuscrito en su versión íntegra ideada por Potocki contiene seis decamerones que incluyen las 66 Jornadas, que a su vez integran casi un centenar de relatos. La idea recuerda la estructura de las cajas chinas o de las muñecas rusas, en la que un objeto envuelve a otro (al tiempo que lo contiene). La frustración de Jan Potocki por no ver la obra publicada más que fragmentariamente se intuye mayor si comprobamos la estructura ideal que él había pensado, lo que arroja nueva luz sobre el texto. Esos seis decamerones –entre paréntesis se indica el número de la Jornada a la que corresponden- serían los siguientes, según la trascripción de Armiño del, tantas veces citado, trabajo de Radrizzani:

I: Prueba iniciática de Van Worden (1), su historia (3), la falsa Inquisición (4), Emina, Zibedea y el Casar Gomélez (1): primera aparición de la ermita (2): Pacheco (2,8): el cabalista (9,10): Zoto (5-7). 

II: Historias de fantasmas (11), Rebeca (14); Avadoro I (el padre, la tía Dalanosa: 12, 13) y II (María de Torres, Lonzeto, Peña Vélez), (15-18, 20); Velásquez I (historia del padre: 19).

III: El judío errante I (historia del padre: 21, 22); Velásquez II (Historia de su vida, 23-25); Avadoro III (con los teratinos: 26; la Duquesa de Medina Sidonia:22-29).

Jornada 30ª. [Mitad de la novela]: a Van Worden le es revelado parcialmente el secreto de los Gomélez.

IV: Avadoro IV (Toledo, Frasquita, Busqueros, Lope Suárez, 31-36); judío errante II (historia de su vida: 31-36, 38, 39): Velásquez III (ideas religiosas y filosóficas: 37-39). 

V: Torres Rovellas (41-45); Judío Errante III (46); Avadoro V: (Cornádez, Blas y Diego Hervás: 48-53); Avadoro VI (historia del padre: 54).

VI: Avadoro VII (la duquesa de Ávil: 55-59) y VII (misiones diplomáticas, final de su historia: 59-61); historia del jeque de los Gomélez (revelación del misterio y final de la prueba iniciática de Van Worden (62-66); genealogía de la casa del cabalista (65).”

"Nos hallamos ante una estructura que tiende hacia el infinito, un abismo en espiral que sube y se desborda como un relato sin fin"

Nos hallamos ante una estructura que tiende hacia el infinito, un abismo en espiral que sube y se desborda como un relato sin fin, en el que un cuento incluye otra historia que a su vez nos lleva a otra narración que también integra otro relato que a su vez conecta con el primero. Así Potocki multiplica los diferentes estratos o niveles narrativos hasta que el lector pierde la noción de realidad. Lo mismo que el protagonista de la novela, ejerza éste de narratario, de narrador o de mero personaje integrado en la historia de otro personaje-narratario. Es la forma, aquí, la que determina el fondo; acaso más que nunca. Por ello en la obra de Potocki confluyen dos corrientes en apariencia antagónicas, por un lado el romanticismo ocultista en su vertiente más fantástica, por otro el puro racionalismo (aparente) propio de la Ilustración. Antes citábamos, no por casualidad, a Boccaccio y su Decamerón, así como los Cuentos de Canterbury, de Chaucer. Pudiera pensarse que en los últimos estertores de la Ilustración no tiene mucha razón de ser inspirarse en textos medievales (la obra de Bocaccio fue concluida hacia 1353 y la de Chaucer, bajo la impronta del anterior, aunque escrita a partir de 1387 no se publica, parcialmente, hasta 1400) que son una sucesión de cuentos integrados unos en otros, con una voluntad fabuladora impropia del racionalismo de aquellos tiempos. Pero no es menos cierto que en la década de 1790, cuando Potocki concibe el Manuscrito, el Romanticismo comenzaba a despuntar con fuerza, en tierras germanas –territorio bien conocido por el autor- vinculado al Sturm und Drang y a jóvenes literatos como Goethe, Schiller o Klopstock. Sin olvidarnos de la aportación filosófica de pensadores como Johann Gottlieb Fichte o, posteriormente Friedrich Wilhelm Joseph Schelling. Sus estudios sobre el origen del mal o los mitos clásicos y medievales son resultado de una nueva sensibilidad, que tan bien supieron captar negro sobre blanco gentes como Hoffmann o, años más tarde, Nodier en Francia. La capacidad de síntesis de Potocki es asombrosa; consigue aunar la herencia morisca –Las mil y una noches-, la tradición medieval —Decamerón, Cuentos de Canterbury—, la picaresca española –El lazarillo de Tormes, El Buscón, etc.- y el erotismo emergente del Romanticismo.

Como todo ilustrado del siglo de las luces educado obviamente en francés, Potocki había leído los doce volúmenes que componían Les Mille et une nuits, contes árabes traduits en français (1704-1717), relatos traducidos, algunos muy libremente, por el orientalista Antoine Galland (1646-1715), primer traductor europeo de Las mil y una noches, en árabe Alf Layla wa-Layla (literalmente Mil noches y una noche), que se cree fue escrito en el siglo IX, con una aportación muy posterior, del siglo XIV, la de la historia de la bella Scheherezade que actúa como hilo conductor que engarza todas las historias. El recurso narrativo era aquí, recordemos, la necesidad de evitar ser decapitada una vez desvirgada por el sultán Shahriar, que tenía tan bárbara costumbre. Scheherezade engatusa al monarca con sus historias, contándole una cada noche e impidiendo así su muerte (lo que genera una tensión narrativa que probablemente no estuviese en la versión original alto-medieval), al tiempo que actúa como nexo narrativo entre todos los relatos de las mil y una noches. En ese sentido Alfonso Van Worden sería el trasunto potockiano de Scheherezade, con la salvedad de que hay una inversión de su sexo.

"La complejidad del Manuscrito es tal que podría ser objeto de diferentes tesis doctorales, en función de la metodología y del punto de partida de las mismas"

La complejidad del Manuscrito es tal que podría ser objeto de diferentes tesis doctorales, en función de la metodología y del punto de partida de las mismas. Tal es su carácter polisémico. Al respecto merece incluirse el inspirado prefacio de Antonio Campo y Martínez a la edición de Mauro Armiño, en la Serie Gótica (24) de Editorial Valdemar: “Todo lector debe aprender a sufrir la nostalgia de las obras que sabe que jamás leerá. No hablo de esos interminables estantes cuyas páginas nadie completa, sino de los libros que no existen porque nunca han sido, porque ya han muerto. Por ejemplo, el tomo que George Elliot imagina que está escribiendo el señor Casaubon en Middlemarch. Por ejemplo, los mil autores inventados por Borges y su The Anglo-American Cyclopaedia. Por ejemplo, la versión de la historia de Tristán e Isolda que escribió Chrétien de Troyes y que hemos perdido. Por ejemplo, esas crónicas en las que dicen que se narra el indigno canibalismo en el que cayeron los cruzados.  Por eso, quizá, las primeras páginas del Manuscrito encontrado en Zaragoza se confunden con la más agradable ilusión. Este libro no debería existir. Tendría que seguir siendo una leyenda de la que nos hablarían las notas de eruditos o de escritores viajeros. Estamos en Sierra Morena y el continente acaba de girar la vista hacia España buscando los paraísos románticos y el evocador sonido de la aventura. Deudora del Decamerón y de los juegos con las muñecas rusas insertas unas en otras, esta obra es el compendio de las historias que le cuentan a un joven de 19 años, Alfonso Van Worden, oficial de la Guardia Valona. Historias que se bifurcan y nos llevan de África al Norte de Europa, de Cleopatra a Hernán Cortés, de Felipe V a Jesús, de los infieles a las casas más nobles, del ermitaño al geómetra, del honor a los padres a la lujuria de un muchacho que goza con dos bellísimas hermanas. Entre múltiples narradores el principal es un misterioso Jefe Gitano que, interrumpido cada poco por los implacables deberes de su cargo, mantiene en vilo al resto de los alucinantes personajes con recuerdos en las que aparecen personajes que cuentan otros recuerdos en las que otros personajes cuentan recuerdos. No se asusten. La dificultad de la lectura no está nunca por encima del placer. Es un laberinto por el que pronto uno desea perderse. Los lectores de Italo Calvino que sepan de su obra El castillo de los destinos cruzados ya habrán asentido. Los impacientes, al final del libro, hallarán respuestas y conocerán los secretos de una vieja familia partida en dos. Finalmente el tono nos remite a Mutis y a la literatura oriental y nos sopla un cierto aroma fantástico. El de la biografía del Capitán Burton. El de la Granada oculta. El de las religiones perseguidas. Sorprende la facilidad con la que se suceden las escenas humorísticas y las épicas, el lirismo, la magia. Deja perplejo el absoluto dominio del estilo. En mi opinión emparienta a Jean Potocki con Dante o el Homero de la Odisea. Y aquí me paro porque no quisiera acabar cayendo en la hipérbole.” Se puede decir más, pero no mejor.

El escepticismo hacia el racionalismo de Descartes, el gusto por lo gótico y la crisis del siglo de las luces hacen que Potocki vuelque sus intereses en el folclore, la novela picaresca, tan arraigada en España y Alemania, los mitos medievales y de la antigüedad y cierta vertiente que sino inaugura sí consolida el fantastique literario francés. “Tiene mucho de novela de aprendizaje, un Bildungsroman erosionado, al modo de una novela picaresca disparatada, porque al final se cuestiona incluso que se pueda llegar a conocer algo con propiedad. Hasta esto rezuma volterianismo. Todo lo sobrenatural aparece vinculado a las mentes paranoicas que han recibido educación religiosa, por eso se desprecia al pueblo llano llamándolo supersticioso, y tampoco el amor tiene nunca la connotación romántica y trascendente, sino los límites de un Eros libertario. También la historia de España aparece como una pesadilla, a través de fragmentos y superposiciones de un tiempo estratificado y cortado a capricho, con alucinante heterodoxia, desde el siglo XIII a. de C al XVIII. Una España sacada de libros, con gitanos antropófagos y fantasmas en Sierra Morena, y mezclada con bailes flamencos y espectáculos a los que asistió [Potocki].”[19]

Respecto a la tradición de unir la literatura gótica a lo español no es Potocki el primero, honor que habría que atribuirle a El diablo enamorado (Le Diable amoureux, 1772), de Jacques Cazotte y El monje (The Monk, 1795), de Mathew Gregory Lewis, creador de la figura del monje español Ambrosio. La tradición continuará con el Marqués de Sade y su Rodrigo o la casa encantada, y, ya después de Potocki, en algunas pinceladas de Melmoth el errabundo (Melmoth The Wanderer, 1820), de Charles Robert Maturin y, por supuesto, el celebérrimo Cuentos de la Alhambra (Tales of the Alhambra, escrito en 1829 y publicado por primera vez en Estados Unidos y en Londres en 1832), de Washington Irving, que tanto pusiera de moda la ciudad de Granada entre los viajeros del Romanticismo. Al igual que todas ellas, la novela de Potocki es profusa (uno está tentado a escribir voluntariamente profusa) en errores geográficos, antropológicos e históricos. Cabe añadir que, al margen de la temática hispánica, la lectura del Manuscrito es un absoluto goce para los sentidos. En literatura fantástica francesa pocas cosas se han escrito que superen al Manuscrito. Mi memoria selecciona textos sublimes como La Venus de Ille (La Vénus d’Ille, 1837), de Prosper Mérimée, La novela de la momia (Le Roman de la momie, 1840) y La muerta enamorada (1836), de Théophile Gautier, relatos como La mano encantada (La main enchantée, 1832), de Gérard de Nerval, autor asimismo de ese prodigio pre-surrealista llamado Aurelia (Aurélia ou le rêve et la vie, 1855) y los cuentos insólitos y crueles de Villiers de L’Isle Adam o, años más tarde, Vidas imaginarias (Vies Imaginaires, 1896) y La cruzada de los niños (La Croisade des Enfants, 1896), de Marcel Schwob, así como, ya entrados en el siglo XX, la excepcional novela En el castillo de Argol (Au Château d’Argol, 1938), de Julien Gracq, autor también de una roman aún mejor que mezcla de nuevo el surrealismo con el romanticismo: El mar de las Sirtes (Le Rivage des Syrtes, 1951), auténtico prodigio de la prosa elegante y la suntuosidad decadente. Cuando lo surreal converge con lo simbólico brota lo inesperado, cuando la tradición dieciochesca romántica converge en el surrealismo y el simbolismo surgen obras tan rotundas como  El monte análogo (Le mont analogue, 1944), novela inacabada de aquel esotérico genial que fue René Daumal, tan apreciado por el colegio de la Patafísica y por Alejandro Jodorowsky (cuyo film de 1973 The Holy Mountain es una libre versión de esa novela de Daumal, como me confesó el propio autor chileno), o la igualmente sorprendente nouvelle de Roland Topor que mixtura lo fantástico con lo cotidiano llamada El quimérico inquilino (Le Locataire, 1964), adaptada al cine en 1976 por Roman Polański en un film homónimo no menos excelente.

"Era cuestión de tiempo que algún cineasta con pulso y veta cultural amplia se aventurase en llevar a la gran pantalla la inmortal narración de Potocki"

En todas estas novelas el componente visual cinematográfico es clave —y en el Manuscrito no lo es menos, como lo es en el Quijote, acaso su mayor influencia literaria—, no solo por el carácter ontológico del cine como reproductor de la realidad, sino sobre todo por su representación de la realidad sensible tanto en la reproducción de los pasajes realistas como de los fantásticos, siempre filtrado por un tamiz de carácter metafórico innato a la novela. Era cuestión de tiempo que algún cineasta con pulso y veta cultural amplia se aventurase en llevar a la gran pantalla la inmortal narración de Potocki. Ese cineasta, como hemos dicho, fue el cultivado Wojciech Jerzy Has.

Entre el 4 y el 25 de julio de 1973 se emitió en la televisión francesa ORTF una versión del Manuscrito encontrado en Zaragoza, por fuerza fragmentaria e incompleta, miniserie titulada La Duchesse d’Avila. Constaba de cuatro episodios de duración variable (70, 130, 55 y 100 minutos) creada por Philippe Ducrest y Véronique Castelnau. En 1978 Telewizja Polka emitió un telefilm cómico de 55 minutos titulado Parady, dirigido por Krysztof Zaleski. Por último, el 16 de noviembre de 2017 se estrenó en Italia Agadah, película cinematográfica en color escrita y dirigida por Alberto Rondalli. Nahuel Pérez-Biscayart encarnó a Alfonso van Worden, la española Pilar López de Ayala a Rebecca y el español Jordi Mollà a Jan Potocki y Diego Hervás. El título de rodaje fue Il Manoscrito: overo dix journées de la vie d’Alphonse Van Worden. Desgraciadamente cuando escribo estas líneas la película aún no ha sido estrenada en España.

Textos extraídos de un artículo inédito y de mi libro Manuscrito encontrado en Zaragoza. La novela de Jan Potocki adaptada por Wojciech Jerzy Has (Calamar Ediciones, Madrid, 2009).

[1] POTOCKI, J. (2002) Manuscrito encontrado en Zaragoza, Edición, traducción y prólogo: Mauro Armiño. El Club Diógenes, Editorial Valdemar, Madrid, p. 12. De ahora en adelante, salvo que sea citada otra fuente, utilizaremos esta edición del libro en castellano (de 989 pp.), que pasa por ser la definitiva.

[2] POTOCKI, J. (1970) Manuscrito encontrado en Zaragoza, traducción y nota biográfica de José Luis Cano, con prólogo de Julio Caro Baroja, Madrid, Alianza Editorial. 292 pp.

[3] Íbidem. p. 16. Por cierto, que antes de esta representación en el palacio de Rheinsberg que cita Cano, Potocki ya había representado esa opereta en Lancut, Polonia.

[4] POTOCKI, Jan. Manuscrito encontrado en Zaragoza, Edición, traducción y prólogo: M. Armiño, p.21.

[5] Íbidem, p. 22.

[6] Íbidem, p. 24.

[7] REHERMANN, Carlos. Hombre de un solo libro, artículo aparecido originalmente en El País Cultural,

extraído de Internet: http://www.henciclopedia.org.uy/autores/Rehermann/Potocki.htm.

[8] NODIER, Charles (1997). Infernaliana. Editorial Valdemar, Madrid.  El original lo edita Victor Hugo en Han d’Islande, París, 1822.

[9] Editor, crítico literario, traductor, sociólogo y ensayista francés. Junto a Michel Leiris y Georges Bataille fundó el Collège de Sociologie. Se inicia como surrealista con André Bretón, rompe con el movimiento y se exilia a Argentina en 1939, debido a la guerra. De vuelta a París populariza la literatura hispanoamericana, de la que era un enamorado, creando la colección La Croix del Sud especializada en aquella literatura, y traduciendo él mismo al francés a Borges y Carpentier. Su obra ensayística incluye una docena de libros. Fue miembro de la UNESCO y de la Academia Francesa.

[10] REHERMANN, C. Op. Cit.

[11] ARMIÑO, M. Op. Cit., p. 28.

[12] POTOCKI, Conde Jan (1968). Manuscrito encontrado en Zaragoza. Taber, Colección Caracol, Barcelona. 278 pp.

[13] POTOCKI, Jan (1967). Manuscrito encontrado en Zaragoza. Edición y traducción de José Bianco, prólogo de Roger Caillois.  Colección Minotauro Argentina, Minotauro, Buenos Aires. 264 páginas.

[14] POTOCKI, Jan (1977). El nuevo Decamerón. Traducción de Rodrigo Escudero. Editorial Fausto, Buenos Aires. 463 pp.

[15] POTOCKI, Conde Jan (1984). El Manuscrito encontrado en Zaragoza. Traducción de Rufo G. Salcedo, Ed. Fórum, Barcelona. 89 pp.

[16] POTOCKI, Jan (1989). Manuscrit Trouvé à Saragosse. Edición de René Radrizzani, Librarie José Corti, París, 1989. Edición revisada y ampliada en 1992, también publicada por Librarie José Corti.

[17] POTOCKI, Jan (1990) Manuscrito encontrado en Zaragoza; prólogo a la edición española de Federico Arbós; traducción de Amalia Álvarez y Francisco Javier Muñoz; 1ª edición establecida por René Radrizzani. Colección Atenea, Palas Atenea, Madrid. 604 pp.

[18] ARMIÑO, M. Op. Cit. pp. 33, 34.

[19] MARTÍNEZ DE MINGO, Luis (2004). Miedo y literatura, EDAF, Madrid, p. 49, 50.

5/5 (5 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)