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Regresa el amigazo

Hay amigos que sólo se pierden con la vida. La suya, con frecuencia, y nos duele en el alma, pero hay que ver la vida miserable que le espera ya al perro que se queda sin amos. Son mejores amigos que nosotros, prueba de ello es que ni eso nos reprochan. Yo en su lugar albergaría incontables resentimientos y rencores, mismos que ellos jamás han conocido.

Se repite uno éstas y otras certezas desoladas cuando ha perdido a su más grande amigo. Aquél para el que eras todo en la vida y te ha dejado un hueco que no sabes llenar, ni entiendes, ni compartes. ¿Quién más comprendería los guiños silenciosos que cada día anudaban su mundo con el tuyo, sus sonrisas implícitas, tus júbilos callados, la complicidad ancha de sus mutuos afectos?

Cuando se fue nuestro mejor amigo, tuvimos que mirar hacia adelante. Nos quedaba otra amiga, su pareja, sola y desconcertada con sus aullidos hondos en la noche, y decidimos darle un compañero. Dárnoslo, al fin, mi mujer y yo, ya no en lugar del otro sino en su mero honor. Fue así que el cachorrito nos llenó de alegrías impensadas y creció bajo el ojo protector de una joven niñera que acabó convertida en su aliada y mancuerna.

"Nos aterraba tanta fragilidad, tan sólo cuatro brazos parecían poca cosa para salvar siete pequeñas vidas, pero éramos al fin cuatro mamíferos, coordinados como una sola maquinaria consagrada a la gesta de la sobrevivencia ."

Lo propio en estos casos, de acuerdo a quienes saben, es esterilizar a uno y otra para evitar cachorros indeseados, pero igual resolvimos al contrario. Dejar por una vez la decisión en manos de los implicados —luego entonces, de la naturaleza— era como firmar un pacto entre los dos, en nombre de ellos, por conciliar trabajo, sensatez y entusiasmo. ¿Y cómo no hacer voto de lealtad al confirmar en la radiografía que tu nena querida está esperando siete prodigiosos hijuelos?

Pasamos dos semanas construyendo la cuna, como dos niños que arman una nave espacial. Finalmente una tarde de domingo, de ésas que desconsuelan a los solitarios, mamá Cassandra se encerró con nosotros en la cuna y a lo largo de seis vibrantes horas nos entregó en las manos un retoño tras otro. Mojados, tiritando, chillando hasta absorber el calor de la palma, al tiempo que la madre les daba protección a lengüetazo limpio.

Nos aterraba tanta fragilidad, tan sólo cuatro brazos parecían poca cosa para salvar siete pequeñas vidas, pero éramos al fin cuatro mamíferos, coordinados como una sola maquinaria consagrada a la gesta de la sobrevivencia (afuera de la cuna, Gerónimo asomaba la cabeza para sumar sus lengüetazos paternos). El asombro, al final, podía más que el miedo. Bípedos o cuadrúpedos, confiábamos los unos en los otros como en los propios órganos y miembros.

"Ver crecer a un gigante de los Pirineos es jugar a empatar perplejidades. Nos consta que se expanden sin parar, hasta que los miramos correr como unas fieras por la casa, con tres meses de vida y poco menos de quince kilos de peso."

Acampamos en mitad en la sala, a un lado de la cuna de seis por cuatro pies, durante diez semanas cautivas de una misma agenda perruna. Los miramos reptar hacia la madre (celosa, omnipresente, alerta a toda hora) con el tino de un náufrago que regresa del mar, día tras día hasta abrir los ojillos, y luego los oídos, y al fin trastabillar, revolcarse, hacer de su torpeza una victoria sobre nuestros temores primerizos y con suerte un recuerdo —nebuloso, instintivo, primigenio— de otros primeros pasos no menos erráticos.

Ver crecer a un gigante de los Pirineos es jugar a empatar perplejidades. Nos consta que se expanden sin parar, hasta que los miramos correr como unas fieras por la casa, con tres meses de vida y poco menos de quince kilos de peso. No ha sido fácil hallarles hogar, la idea de adquirir un compromiso de talla semejante no se asume de un día para otro, pero hay aliados que a nadie le sobran y gente que lo tiene perfectamente claro. Mirarlos recibir en los brazos al amigo gigante de su vida, contentos hasta el brillo en las pupilas, ha sido recompensa inesperada y sosiego cumplido. Mandan fotos, también, y es gran alivio.

Hace casi dos años que perdimos a Boris, pero  hemos conservado a Teodoro, Carolina y Ludovico: tres cachorros saltarines cuyos ojos vivísimos no cesan de rendirle tributo de jolgorio. Hay amigos que nunca acaban de irse: he ahí lo que aprendimos en la aventura.

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