Nos guste o no, lo escuchemos o no, el reguetón ya ha consolidado su lugar tanto en la historia de la música como en la cultura pop. La actuación de Bad Bunny —hoy el artista más relevante de este estilo— en la Super Bowl de 2026 marca la culminación del arduo camino que sus intérpretes han recorrido para internacionalizarlo. Las recientes imágenes del puertorriqueño en Tokio, con cientos de japoneses coreando “Tití me preguntó”, dan fe de que este tipo de canciones ya han trascendido la moda pasajera.
Para apreciar el valor del reguetón —independientemente de las filias estilísticas de cada uno—, hay que conocer sus raíces e influencias. Es crucial saber cómo logra conectar con millones de jóvenes de distintas procedencias e imaginarios. También para entender por qué se le detesta tanto. Porque su auge responde a una suma de cambios sociales, tensiones generacionales y vacíos culturales, pero su relevancia ha sido subestimada más por factores históricos y geopolíticos que por su sonoridad.
“En la aversión española al reguetón late un deje colonial oculto en el inconsciente colectivo”, explica Oriol Rosell, autor del libro Matar al papito. Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos sí). Para este crítico y divulgador musical, el rechazo no es a este ritmo per se, sino al lugar que ha llegado a ocupar. Rosell sostiene que, durante décadas, el canon del pop global fue esencialmente anglosajón y blanco. Esto sucedía incluso cuando bebía de tradiciones afroamericanas, como el hip hop, el soul, el blues y el rock and roll mismo. La industria terminó convirtiendo esas expresiones en productos universalmente consumibles e inocuos para la población hegemónica blanca.
En España pasa algo similar con lo latino, que ha sido siempre considerado inferior, una especie de Frankenstein nacido de una labor “civilizatoria” realizada siglos atrás. El repudio se debe al miedo a ser superado por la “creación” propia: “a que una cultura subsidiaria se imponga a aquella de la que fue una vez dependiente. Que deje de ser exótica y devenga global”, escribe Rosell. El reguetón, nacido en la diáspora afrocaribeña, desarrollado entre Panamá y Puerto Rico y expandido globalmente en español, implica un desplazamiento simbólico de lo mainstream y una amenaza para el canon blanco, estadounidense y europeísta.
Este desplazamiento cultural es el centro de Matar al papito. En este ensayo, Rosell intenta responder a una pregunta aparentemente simple: por qué este género irrita tanto a los adultos y atrapa a los jóvenes. El autor traza un puente entre el declive del rock como lenguaje juvenil dominante y el ascenso de lo urban. Sin embargo, la explicación al fenómeno resulta más compleja que la sencillez de la inevitable brecha generacional. Su análisis abarca desde lo histórico a lo económico y desde lo sociológico a lo tecnológico, demostrando que la transformación del pop es más transversal que una cuestión de hormonas.
Una de las ideas más sugerentes del libro es la crítica a la nostalgia que atraviesa a los adultos contemporáneos. Para el autor, la generación X vive inmersa en lo que llama el porsiemprismo; una tendencia a rejuvenecer el pasado y a prolongar artificialmente la experiencia adolescente a través de la revitalización de expresiones culturales caducas. El rock y sus comebacks es el ejemplo más evidente. Pero más allá del ámbito musical, el concepto sirve para explicar la fricción entre generaciones: esa disputa simbólica por la mejor banda sonora de una juventud que unos ya han agotado y que otros están intentando construir. De ahí el título del ensayo, que remite a la idea de Freud de “matar al padre”, una metáfora que ilustra cómo los hijos vencen la autoridad paterna para emanciparse. Al mismo tiempo, el título juega con la jerga del reguetón, aludiendo a “daddy” o “papi”, apelativos frecuentemente utilizados en las canciones del género.
Si el porsiemprismo refleja cómo los adultos intentan aferrarse al pasado, la resistencia a la innovación tecnológica muestra otra cara de esa fricción generacional. Rosell traza un paralelismo entre la aversión al Auto-tune con las polémicas que desataron, en sus respectivos momentos, la guitarra eléctrica de Bob Dylan y la aparición del vocoder. Cada revolución sonora ha producido su propio escándalo. El caso del reguetón amplía una reflexión previa sobre la autenticidad del sonido, el talento de los cantantes o la comprensión de las letras: un debate que ni el punk ni el hard metal han generado a pesar de su intrínseca distorsión vocal.
Desde el mítico Believe de Cher a finales de los noventa, los cantantes han pasado de esconder el uso del Auto-tune —por considerarlo “tramposo”— a reivindicarlo como un instrumento más. Si figuras como Bad Bunny o Bad Gyal resultan impensables sin la mediación tecnológica, ¿estamos ante una ciborgización de la música? “La máquina al servicio del hombre cede el paso al hombre-máquina. El advenimiento cíborg”, escribe Rosell en un guiño evidente al pensamiento de Donna Haraway. Y de nuevo, nos recuerda que el rechazo al Auto-tune revela una incomodidad ante los signos de los tiempos. Como apunta el autor, si a los adultos no les molesta el uso de la tecnología vocal en Daft Punk pero sí en Bad Bunny, es porque “el primero nos retrotrae a la época añorada, cuando creíamos en el futuro […] El Auto-tune, en cambio, nos recuerda que las máquinas no cambiarán nada”.
Hoy, con Bad Bunny en la cima del mainstream, el reguetón ha dejado de ser un fenómeno estrictamente regional. Inspira a artistas de todas las latitudes: desde el pop catalán y la electrónica alemana hasta el K-pop. La pregunta ahora es si el reguetón será absorbido y regurgitado por la industria, como ha pasado con otros géneros, o si logrará perdurar al menos medio siglo, como el rock.
En el complejo escenario de una revolución cultural, la propuesta de Rosell es que escuchemos el reguetón más allá de su fachada aparente, que descubramos las transformaciones generacionales, económicas y geopolíticas que encierra. Esa invitación a escuchar desde otro lugar contrasta con la manera en que el propio libro es empaquetado y ofrecido al mercado. La portada falla estrepitosamente en reflejar la profundidad que el texto defiende y reafirma los clichés que el libro dedica más de doscientas páginas a desmontar. Esto demuestra que incluso los textos más lúcidos no escapan a la presión hegemónica de demeritar las expresiones del Sur global para complacer al lector blanco y europeo.
Contrariamente a la portada, Rosell logra vencer los prejuicios del mainstream editorial. Con una mezcla de distancia crítica y rigor explicativo, escribe como quien lleva décadas observando la industria musical desde dentro, pero con la curiosidad de quien quiere empatizar con sus propios hijos o sobrinos. Matar al papito no pretende convencernos de que el reguetón es una obra maestra, pero sí explicar por qué es la banda sonora de la actualidad. Al mismo tiempo, nos recuerda que cada manifestación artística conlleva una dimensión política. Como advierte la filósofa Gayatri Spivak en su célebre texto ¿Puede hablar el subalterno?, la comunidad periférica también tiene voz y merece ser escuchada. Aunque en este caso, llegue filtrada por el Auto-tune.
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Autor: Oriol Rosell. Título: Matar al papito. Por qué no te gusta el reguetón (y a tus hijos, sí). Editorial: Libros Cúpula. Venta: Todos tus libros.


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