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Remedios Zafra: “No creo tanto que mostrar lo que hacemos nos haga felices”

Remedios Zafra: “No creo tanto que mostrar lo que hacemos nos haga felices”

Manida expresión la de “libro generacional” —etiqueta que, además de tópica, suele referirse a lo que quien la escribe entiende, o quiere entender, por generacional—, pero en este ensayo de Remedios Zafra, en este El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital, ese cliché, esa tantas veces coletilla, es justo, y por tanto excusable.

Editado en Anagrama, premiado por la editorial, El entusiasmo reflexiona acerca de las condiciones laborales de los trabajadores de la cultura en un contexto de precariedad, de incertidumbre, de frustraciones, de expectativas que se alejan y de las que cada vez nos quedan menos esperanzas: abandono del ejercicio creativo, apatía por las disciplinas humanísticas en la enseñanza y en la sociedad, desistimiento de los autores a seguir produciendo obra…

Remedios Zafra, investigadora y docente universitaria, la antropología, la etnografía, la escritura, ha elaborado el retrato —vivo y preciso, desolador y crudo— de este tiempo nuestro. Un tiempo, por decirlo en palabras de la autora, que punza.

De todo este paisaje, de todo este pensamiento, la conversación.

—¿El trabajo dignifica? Es un cliché que suele decirse, y me interesa saber hasta qué punto es cierto y por qué se dice esa expresión.

—Puede que el trabajo dignifique (Marx y otros lo pensaban y muchos lo repiten), pero no me parece digno que el trabajo se apropie de la vida, que difícilmente tengamos “vida que no es trabajo”. Esto acontece con frecuencia con los trabajos intelectuales y aquellos no limitados a un “lugar” sino a una práctica, y se está viendo muy favorecido por la cultura-red y las nuevas formas de capitalismo. Parecemos derivar a una suerte de (auto)explotación que a menudo incluso defendemos desde la pasión por lo que hacemos, la responsabilidad o la inercia.

—También hay con el trabajo una curiosa relación de identidad, la cual supongo nueva. Moderna. Es la de “soy…”. La gente se identifica tanto con su profesión que la confunde con su personalidad.

—Cuando la mayor parte de los tiempos se dedican a trabajar o a pensar en el trabajo, esta identidad se apropia de todas las demás. Pero también la identificación por un “soy la práctica que ejerzo” es bastante habitual en un mundo donde estamos constantemente “expuestos” online, presentándonos a los otros.

"No creo tanto que mostrar lo que hacemos nos haga felices, sino que ser vistos se posiciona hoy como una forma de existir en el mundo."

—Con la crisis y el auge de las redes sociales, de mostrar continuamente lo que eres, hay una constante necesidad por hacer, por planear, por proyectar. Hay que escapar de la desgracia común —el paro, la precariedad—, estar siempre ocupado, y también feliz, porque “el trabajo te llena”. Estar trabajando, y sobre todo mostrarlo a los demás, es un requisito de la felicidad de hoy.

—Pienso que la exposición constante en las redes se apoya en una lógica que empuja a compartir y proyectar reiteradamente algo de nosotros. No creo tanto que mostrar lo que hacemos nos haga felices, sino que ser vistos se posiciona hoy como una forma de “existir” en el mundo. Forma parte de la socialización online, aunque esa exposición se sostenga más en base a la impresión y al “parecer” y no tanto al “ser”. La hiperproducción es seña de una época caracterizada por la velocidad y el exceso (del mundo digitalizado), por la mayor caducidad de lo visto como garantía que permite hacer funcionar la maquinaria.

—Y esa exposición tan intensa —junto con una excesiva cualificación del trabajador de hoy— nos lleva a la competencia, al resultado, también al individualismo: a la soledad.

—Considero que la cualificación y formación que hoy definen a muchos trabajadores es determinante para su expectativa. El problema es que el aumento de la cualificación y de las expectativas no ha sido paralelo al de los trabajos cualificados. Son pocos estos trabajos y muchos los aspirantes, de forma que la competencia es grande y la rentabilidad para quienes contratan alta, conscientes de la gran disponibilidad de desempleados cualificados dispuestos a encadenar trabajos temporales. El individualismo y la soledad a los que apuntas son en parte consecuencias de este escenario, al que se suma la vida en nuestros cuartos propios, conectados.

—Pero yo me pregunto si ese retrato no es algo sesgado —pesimista—, si no vivimos en la mejor época en cuanto a derechos laborales: prevención, horas extras pagadas, regulaciones, contratos.

—En los colectivos más sindicados quizá, pero en los trabajos creativos donde no ha habido esta tradición me parece que ninguna de las cuestiones que apuntas son garantías. ¿Horas extras pagadas, regulaciones, contratos, prevención? Yo creo que lo que predomina en el sector creativo es: temporalidad y falta de estabilidad, economía sumergida, trabajos camuflados como colaboraciones no pagadas y, cada vez más, concebidos como inversión en visibilidad y prestigio… Cierto que la afirmación es dura, pero antes que pesimista pretende ser crítica y descriptiva de una parte de la realidad, justo sobre la que quiere llamar la atención. El entusiasmo, como el resto de mis ensayos, nace de reflexiones “posicionadas” que no obvian la subjetividad desde la que se escribe, reflexiones críticas con la objetividad camuflada como algo imparcial y neutral, por tanto políticamente fundamentadas y desacomplejadamente “parciales”.

"Los mundos que creamos a cada uno de estos extremos y también en los grados intermedios difieren mucho."

—Y también me pregunto por ese recelo con el que juzgamos el concepto de “competencia”. Sin competencia, quizá, no habría mérito, y valores, y personas que destaquen, inteligencia, inventos, creaciones sobresalientes. Qué sé yo.

—No me refiero tanto a un concepto de competencia desde una lectura antropológica, de exigirnos y superarnos como manera de mejorar como personas y especie, sino a la instrumentalización de la lógica competitiva entre personas convertidas en “candidatas a…” como forma de gestionar colectividades. Digamos que frente a la diversidad de enfoques que encontramos para construir mundo hay todo un gradiente entre los que crean solidaridad y apoyo mutuo o individualismo y mirada competitiva. Los mundos que creamos a cada uno de estos extremos y también en los grados intermedios difieren mucho. Lo veo claramente en la educación, cuando apostamos por trabajos individuales donde los estudiantes se ocultan información y se perciben como rivales, o cuando se generan dinámicas para ayudar y contribuir a enriquecer y mejorar los trabajos de los demás.

El modelo neoliberal contemporáneo tiende a poner la responsabilidad en “el individuo”, alimentando su deseo y su esperanza pero también cargando sus espaldas, obviando la responsabilidad de “lo social”, que tiende a desarticularse bajo esa consigna individualista y competitiva. Me parece que esta deriva no sólo rompe lazos entre iguales sino que tiende a excluir a las personas más vulnerables, generando conflicto y desigualdad. 

—Sin un concepto de competencia, incluso, no habría feminismo. En el sentido de mujeres extraordinarias, referentes del panorama cultural de hoy. Como tú, por ejemplo.

—No creo que el concepto de competencia sea el que mejor define al feminismo. Y la expresión “mujeres extraordinarias” me sigue llamando la atención, pues hace pensar en cómo los pocos referentes de mujeres que en el pasado han logrado visibilidad pública han operado como modelos de “excepcionalidad”, modelos que han podido contribuir a disuadir y a generar resignación sobre que la igualdad y la emancipación era algo casi imposible, “extraordinario”. Desconfío de las historias idealizadas que generan espejismo y después frustración cargando todo el peso en el individuo, en el “si quieres, tú puedes” y obviando la “responsabilidad social” que debiera “crear condiciones de igualdad”. Esas condiciones son el gran desafío hoy y debieran ser sensibles a herencias “estructurales” que tienden a tirar hacia abajo a las mujeres recordándoles, por ejemplo, que las responsabilidades de los cuidados de los que nacen, enferman o envejecen son suyas (individuales) “porque siempre lo han sido”, mientras tramposamente les animan a competir en sus trabajos “en igualdad de condiciones”. Me parece que si lo dejamos todo en manos de la “competencia” y no de la creación de un tejido de responsabilidad social que garantice igualdad, el mundo seguirá repitiéndose.

—Por cierto, ¿has conocido un trato desigual por el hecho de ser mujer? En el ámbito laboral, académico.

—Sí, tanto esa desigualdad que funciona de manera explícita (desde la presuposición de que tus méritos son derivados de tus relaciones con hombres, la denostación de lo feminizado, la constante anticipación y juicio de “una imagen o un cuerpo sobre los que opinar” frente a un trabajo realizado, la sospecha sobre tu compromiso laboral si puedes quedarte embarazada, formas de violencia, prejuicio…), como esa otra que opera de manera silenciosa, materializándose en la reiteración de prácticas que van generando expectativa y (auto)censura, no diciendo “sí” o “no” sino, como sugería Foucault, atravesando silenciosamente las rutinas de la vida cotidiana, animándote a sucumbir ante determinados intentos o decisiones y a hacer lo que el contexto espera que hagas “como mujer”.

"Aunque el escenario empieza a cambiar en esta parte del mundo, la desigualdad sigue estando muy presente."

—Yo es que veo mujeres en los principales puestos de responsabilidad, pero sigo leyendo que existe “un techo de cristal”.

—Creo que miramos cosas y lugares distintos o que miramos “de forma distinta”, porque yo sin embargo no veo eso. A veces nos repiten mucho la palabra “igualdad” y pareciera que su mera cita conllevara su ejercicio. Aunque el escenario empieza a cambiar en esta parte del mundo, la desigualdad sigue estando muy presente, desde las formas en que organizamos vida y familia a los trabajos y responsabilidades en el mundo del conocimiento, los ámbitos de producción y liderazgo tecnológico, la política, los trabajos más (y los menos) valorados, el trabajo pagado y el no pagado… Y si orientas la mirada más allá de los países occidentales, no es un techo de cristal, es una losa sobre las espaldas de las mujeres y niñas, que siguen siendo las más pobres, las que tienen menos acceso a la educación, las que son objeto de mayor violencia y explotación, las más vulnerables. 

—Hay instituciones en las que es cierto que hay más hombres que mujeres, pero yo creo que se debe a una cuestión de herencia de la historia. En el pasado, es así, para una mujer era complicado acceder a determinados sillones, pero las generaciones que vendrán irán —ya lo están haciendo— corrigiendo esa desigualdad.

—No se trata sólo de algunas instituciones o de pequeñas herencias, se trata de que nuestro mundo está construido sobre un sistema que ha convertido la “diferencia” en desigualdad, y la asienta como algo estructural y normalizado. No es una mera cuestión de números. Observemos por ejemplo la vida y los referentes de una niña, las expectativas que sobre su futuro, su cuerpo, sus aspiraciones, sus relaciones afectivas… pone el mundo sobre ella. Las que existen si giramos la mirada algo más “al sur”, al otro lado de las fronteras…

Me parece que se trata de trabajar por un mundo donde las personas con independencia de su género o de su cuerpo puedan “ser” (y para ello puedan “soñar ser”) lo que quieran. Eso no es viable hoy en día, y los logros de igualdad, aunque muchos, son muy recientes, reversibles y muy mejorables. La realidad es que esas herencias a las que apuntas derivan en un escenario “asimétrico” para las mujeres. Y tampoco es fácil que quienes han detentado poder y acceso al saber en el pasado “cambien” y aprecien de manera sincera y solidaria esta desigualdad sobre la que se ha asentado este poder y saber. Que los hombres toméis conciencia con nosotras de esta desigualdad “global” es importante para mejorar el mundo, no para cambiar un poder por otro, sino para desmontar las formas en que se construye el poder, para crear un mundo más igualitario. Por eso necesitamos que los hombres forméis parte de esta alianza. 

"Creo que la endogamia es uno de los grandes problemas de la universidad."

—Lo que también veo, y con frecuencia, es la endogamia universitaria. Hay facultades que son la propiedad de unos pocos.

—Creo que la endogamia es uno de los grandes problemas de la universidad. Hasta hace poco (y todavía hoy) el “estar dentro” o “ser el candidato de la casa” pareciera el requisito fundamental para lograr una estabilidad, y esto no solo nos priva de personas con gran talento, sino que dificulta dar movilidad al conocimiento y promueve el clientelismo frente a la libertad de pensamiento. Esto es algo muy grave. Cierto que en los últimos años, con la obligatoriedad de las bolsas de trabajo abiertas en los departamentos, la cosa empieza a cambiar, pero lentamente. Mi visión de la universidad pública española es muy crítica y, en tanto formo parte de ella, muy autocrítica.

—Y es una endogamia que perjudica a la calidad de la investigación, a la idea de oferta pública, a tantas trayectorias que quedan aplazadas. De esto, sin embargo, no se habla demasiado. Sobre este asunto no leo artículos en la prensa, ensayos, debates públicos… No sé por qué.

—Como habrás visto en El entusiasmo, este es un tema importante. Lo trato explícitamente cuando hablo del “declive de la academia” y a lo largo de todo el ensayo cuando se narran las experiencias de Sibila con el empleo público. Me parece un asunto esencial para generar debate crítico y constructivo, y necesariamente también “creativo”. 

—Y hablando de ideas, de “conceptos”. ¿Cómo ves la relación entre capitalismo y cultura?

—Coincido con Bourriaud en que “la precariedad es el enemigo declarado de la cultura”, y me parece que es uno de los conceptos que hoy permite describir la relación entre capitalismo y cultura a través de categorías como exceso, velocidad o caducidad.

—¿Es posible “crear”, “producir cultura”, en un mundo donde el valor es el precio?

—Siempre es posible crear cultura, pero sí me parece urgente reflexionar sobre las formas de valorar allí donde la primacía viene cada vez más dada por la estadística y la cuantificación como hegemónico criterio (ser “muy” visto como lo más valioso). Y no creo que sea tanto “el precio” o “el dinero”, sino que el valor en un mundo caracterizado por la saturación de voces tiende a ser la “visibilidad”. Desarrollo esta idea en mi libro Ojos y capital.

—¿Hay entonces una relación de subordinación de la cultura al capitalismo? Es este quien decide lo que aquella realiza, y lo que perdura. Yo eso lo veo muy bien en el mercado del arte: esas obras en las que importa más la cifra por la que se vende que el objeto artístico.

—El capitalismo hoy lo atraviesa todo. El mercado del arte sería un buen ejemplo de su clave especulativa.

"El libre pensamiento nunca debiera estar limitado pues los contextos nunca son ideales, al contrario, suelen ser contradictorios."

—Pero el capitalismo también “facilita” que este ensayo sobre la creación y la precariedad esté en mi mesa.

—Este ensayo es agente crítico y al mismo tiempo producto de un mercado. Pero entiendo que esto es viable si pensamos que la crítica se ejerce también infiltrando la alteridad allí donde se reivindica un cambio. Sería una trampa validar o limitar la crítica a los ejercicios desde “fuera del capitalismo”. El libre pensamiento nunca debiera estar limitado, pues los contextos nunca son ideales, al contrario, suelen ser contradictorios, más si cabe para quienes hablan desde posiciones políticas desde dentro de los sistemas que están criticando y que también les significan.

—Durante la lectura de este ensayo, una duda siempre presente: ¿no vivimos en el mejor tiempo para crear? Becas, ayudas públicas, premios —lo que antes se llamaba mecenazgo—, más editoriales que nunca…

—La primera impresión pudiera ser la que apuntas, que vivimos un buen momento para crear porque hay “más ayudas” que nunca, especialmente si miramos los grandes números y hacemos un recorrido por la piel del entramado cultural, pero pasa que si observamos las vidas de los trabajadores culturales, la sensación es otra. Este libro nace de la observación de vidas reales, y claramente el escenario que se describe no es “el mejor”.

De otro lado, la primacía de un sistema apoyado en “ayudas” no habla de una estructura laboral, sino más bien de una nueva forma de “mecenazgo” y temporalidad marcado por los “excedentes” para cultura. En algún momento del libro apunto: “Pero también la donación frente al pago hace a la persona creadora dependiente de un sistema de auspicio derivado del poder y la riqueza. Sean ricos benefactores, sean contemporáneos bancos rescatados, siempre me ha parecido que eclipsan en sus dádivas los delitos que toda gran fortuna esconde.” 

—Es que, no sé, repaso la historia que nos ha precedido, y la vida general de los creadores de hoy ha mejorado bastante. Supongo que es un comentario que te suelen decir.

—Cuando escribes un libro bajo una perspectiva de mirada a “la realidad cercana” y búsqueda de profundización en las vidas y no en los datos, siempre queda la duda de si lo que describes será en mayor o menor medida “coincidente” con las vidas de la mayoría y si lo que sugieres como seña de “época” es percibido también por otros. Desde la publicación de El entusiasmo no me han llegado esas percepciones que comentas,  sino gran sintonía y una llamativa identificación por parte de creadores, científicos, periodistas y profesores, muchas mujeres, pero no solo.

No obstante, este ensayo no tiene vocación de retratar un sistema, sino de enfatizar los fallos de un sistema. Puede que descrito con grandes trazos el escenario laboral de la cultura parezca mejor, pero la forma en que quienes “trabajamos” en él lo vivimos es más compleja, tiene más dependencias y suscita nuevas formas de ansiedad de las que normalmente no hablamos. Pienso que muchas personas se ven identificadas en el libro por lo que experimentan y sienten. 

—Digamos que para muchos el trabajar gratis era el menor de los problemas.

—Pero no lo es para quienes aspiran a vivir de su trabajo. 

"El entusiasmo es una potencia para las personas, pero es importante ser consciente de cuándo uno está siendo instrumentalizado para la explotación de unos y la riqueza de otros. "

—¿Hay que renegar de la expectativa? ¿Hay que abandonar la confianza en que se puede vivir de la cultura? ¿Hay que resistirse al entusiasmo?

—No creo que haya que polarizar un todo o un nada. Se trataría de habitar esta complejidad desde la “conciencia”, identificando los mecanismos de opresión antes de idealizar el contexto laboral y vital contemporáneo. Claro que se puede vivir de la cultura y los trabajos en este ámbito estarán cada vez más presentes, pero hemos de “mejorar” las cosas. El entusiasmo es una potencia para las personas, pero es importante ser consciente de cuándo uno está siendo instrumentalizado para la explotación de unos y la riqueza de otros. 

—¿Puede ser este ensayo demasiado determinista? En el sentido de establecer una trayectoria preconcebida, en el sentido de marcar un contexto inamovible: si creas, o precariedad o una eterna vocación —frustración—.

—Al contrario, determinismo es justo lo opuesto a lo que yo advierto y pretendo en el libro. Lo que hay es un dibujo de realidad (sin rehuir sus contradicciones) desde la narración crítica que busca conversar con los grandes estudios plagados de datos que con frecuencia resumen nuestras vidas y nos ayudan a entender rápidamente y sentirnos más “felices” y “tranquilos”.

A mí me parece que El entusiasmo es un libro que busca zarandear para movilizar y ayudarnos a tomar conciencia, a posicionarnos desde una “existencia auténticamente asumida”, no huyendo de esta tensión, ni resignándonos a la inercia. Esa inercia de “dejarnos llevar” sí que me parece arriesgada y en algo determinista. 

—No sé si este libro es conveniente para aquellos que empiezan. ¿O sí?

—Hacernos preguntas nunca debe asustarnos. Pienso que leer debe ayudar a hacernos preguntas, a generar y a cuestionar ideas propias. Todas las edades son recomendadas para este propósito. Este es un libro que no quiere dogmatizar sino ayudar a pensar las cosas desde otros enfoques. De hecho, no se busca en él diseñar verdades sino hacer pensativas las formas en que hoy se nos diseñan verdades.

No creo que el pensamiento que nos hace crecer y mejorar como sociedad venga de la “complacencia”, sino del reto de la complejidad y de enfrentar lo que en algo nos perturba.