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Rescate del editor José Martínez

Rescate del editor José Martínez

Todo transcurre en Ruedo Ibérico y José Martínez: la imposibilidad feroz de lo imposible dentro de lo esperable durante bastantes páginas. Alberto Hernández hace un sintético recorrido por la trayectoria biográfica y profesional del editor antifranquista asilado en París. Menciona sus raíces libertarias y evoca el precio en forma de cárcel pagado por haberse enfrentado con las tropas rebeldes y después por su activismo contra la dictadura. También recuerda la salida de España y su establecimiento en Francia, donde su espíritu inquieto y peleón le llevó a crear en 1961 la editorial Ruedo Ibérico. Y a fundar en 1965 la revista Cuadernos de Ruedo ibérico, “especie de Frente Popular cultural” antifranquista, en atinada fórmula del propio José Martínez, con el propósito de informar acerca de la realidad del país que la censura enterraba, además de propiciar un debate entre los partidos de izquierda. De forma muy escueta describe las etapas de la publicación periódica y sus vicisitudes, con particular atención a su tercera fase, la inaugurada en enero de 1979, con su redacción establecida ya en España. En esta última breve etapa, que terminó con su cierre a mediados del año siguiente, se incorporó el autor del libro al renovado consejo de redacción. Ya antes había tenido trato Hernando con José Martínez, y en su ensayo aprovecha ese conocimiento personal y un epistolario inédito con él mismo y con otros corresponsales que añade materia interesante a un relato bien conocido, por otra parte.

La exposición convencional de Alberto Hernando sí depara algo sorprendente: el que más que mediado el libro todavía no se haya citado el completo y grueso estudio biográfico de Albert Forment José Martínez: la epopeya de Ruedo ibérico, aparecido en 2000, y que cuando se hace lo sea de pasada en una nota a pie de página. Más se sale de lo común la referencia a un hecho privado: muerto el padre, el editor reclamó a su hermano José Amor las cartas que había intercambiado con el progenitor, pero el hermano se resistió a entregárselas “demostrando su bajeza ética” y el “rencor cainita” que le profesaba. Es un disparo suelto que anuncia el fuego con artillería pesada que vendrá al final de la obra. Aquí sí dedica varios párrafos al estudio de Forment. Este trabajo de referencia, que maneja una documentación inédita amplísima, y que ofrece un retrato personal y profesional magnífico de José Martínez y muy valioso sobre el antifranquismo político y cultural en el exilio, le parece a Alberto Hernando una “de las afrentas póstumas” al editor, dictada por el resentimiento de José Amor. Nada salva Hernando del solvente ensayo de Forment: la “biografía emponzoñada” acumula citas mal elegidas y mistifica la personalidad de José Martínez. Hasta la prosa “produce grima”, dice Hernando sin mirar la suya: “precario lenguaje, mermado de capacidad crítica y conceptual, proclive al tono folletinesco, obsesionado con adjetivar y etiquetar a los personajes a los que alude (estilo más propio de un cartelista de boxeo o de toros que de un historiador), y propenso a la banalización al confundir […] el género biográfico con el parloteo chismoso”. El libro de Forment, en fin —aventura—, contó con la complicidad de Jorge Herralde, quien lo publicó y formó parte de una enorme conjura de traidores y resentidos que quisieron anular a José Martínez “para amordazar su voz, para aislarle, para rehuirle como un apestado”.

"La bilis que excreta Alberto Hernando no merecería la atención que le presto si no fuera porque en ella está la tesis del ensayo."

La bilis que excreta Alberto Hernando no merecería la atención que le presto si no fuera porque en ella está la tesis del ensayo. Ya viene anunciada en el beligerante prólogo de Gérard Imbert: la Transición fue un “páramo ideológico”, José Martínez “un reprimido de aquella época” y Cuadernos… podría haber sido la salvación “del silencio castrador, de las cortapisas políticas y de las componendas ideológicas” de entonces.

Alberto Hernando dedica la parte del león de su atrabiliario libro a presentar la lucidez política de quien intentó formar un grupo intelectual que se opusiera al chalaneo de la Transición, que luchara contra la “construcción sietemesina” de la reinstaurada democracia y afrontara “los desgarros y desesperanzas que padecía la sociedad civil estupefacta por el espectáculo de avidez, cinismo y depredación de su «clase política»”. “A la nueva casta política —añade con léxico bien esclarecedor de su arenga—, el exilio o la independencia crítica les molestaba, pues ponía en evidencia su oportunismo político, el abandono de valores ideológicos y su acomodo garbancero”. El editor exilado padeció, a su regreso a España, explica el biógrafo, la frustración y el desánimo generalizado que le produjeron la deriva del país, el llamado “desencanto” que impulsó “el apoliticismo y el refugiarse en creencias esotéricas”.

Hernando documenta el pensamiento del editor a través de escritos epistolares y de algún texto político aislado. De estos escritos poseen particular interés las cartas a José Manuel Naredo del 4 de enero de 1980 (pp. 56-59), a Isaac Díaz Pardo del 9 de abril de 1982 sobre el golpe de Tejero (pp. 67-73) y, sobre todo, las penetrantes “Notas veraniegas para una amiga políticamente insatisfecha ” (pp. 90-99) de 1984, destinadas a uno de los pocos valedores en su regreso del exilio, Pascual Maragall. De tales escritos —por demás farragosos, por cierto— sale la figura de una personalidad intelectual recia, enemiga de las componendas, dispuesta a inmolarse por sus ideales. En cuanto a las ideas, se desprende un análisis implacable del oportunismo de unas elites políticas dispuestas a conseguir el mantenimiento de su estatus a cualquier precio, con desdén de principios éticos, de aspiraciones de mejora y cambio social; con renuncia por intereses espurios a un horizonte utópico. De ahí que los dardos de José Martínez tengan una diana preferente en los partidos políticos, y en particular del PSOE, a cuya cúpula acusa de haber desarrollado, desde Suresnes, “una práctica implacable que ha supeditado —¿sacrificado?— todo a un único objetivo: asegurarse para sí misma rápidamente la participación en el poder gubernamental y el monopolio del mismo a la primera ocasión”. Y que los dirija también a personas concretas que representaban esa traición (Ludolfo Paramio, “egregio intelectual” orgánico, “experto en insidias”, que acabó sin rubor por su claudicación comunista “agarbanzándose” con los socialistas, o Fernando Claudín y su “impostada afección” ante la evolución política española).

"Corramos un tupido velo sobre las limitaciones del ensayo de Alberto Hernando, debidas a su sectarismo, a su comunión espiritual e ideológica con su biografiado."

La visión desesperanzada de la Transición que José Martínez manifiesta con acritud tenía fundamentos políticos, pero también una dolorosa base de desencanto biográfico. Muchos de los protagonistas del nuevo tiempo habían sido arriesgados colaboradores del proyecto Ruedo Ibérico, y ahora, renunciando a todo idealismo, se habían apresurado a ocupar las poltronas del poder. Ello les generó una mala conciencia que solo podía adormecerse con la muerte del padre. De modo que José Martínez resultó la víctima propiciatoria, el gran abandonado. Nadie, o casi nadie, quiso saber nada de él. Hernando detalla ese proceso, que presenta como un complot bien orquestado.

Bastante de ello hubo, sin duda. Pero el relato cae en excesos hagiográficos. Hernando alega un rosario de razones favorables a su biografiado. Ninguna responsabilidad tuvo en su decadencia el editor, obviando su inveterada incompetencia y aventurerismo empresarial, de lo que Forment proporciona abundantes datos irrefutables. Todo el mundo era malo o tonto, y solo él bueno y listo; él el acertado y los demás los equivocados. La responsabilidad de que desapareciera Cuadernos de Ruedo ibérico fue de los lectores, por darle la espalda, acusa Hernando. Y también los lectores tuvieron la culpa de la quiebra de la editorial, por no comprar los libros que tenían que haber comprado, porque Martínez editaba lo bueno y lo necesario. Ocurrió, sin embargo, algo muy distinto. La revista (y otras que corrieron la misma suerte, como Triunfo, Cuadernos para el diálogo, Destino) y la editorial no supieron sintonizar con las exigencias de un nuevo tiempo. Que merezcan un rendido homenaje como vehículos de disidencia, de alerta intelectual y cultural en la grisalla franquista es otro asunto.

Fue José Martínez, según su ardoroso biógrafo, una cumbre de honestidad, sin reparar en que, si los otros buscaban beneficios personales, también el otrora influyente editor mendigó los cholletes en forma de presuntos trabajos que, por otra parte, no se ocultan. No se percata el obcecado biógrafo en la falacia de su denuncia. Le dejaron tirado quienes podían o debían haberle ayudado, pero Martínez no fue más íntegro; ocurrió que no le dejaron, aunque lo pretendió, beneficiarse de la fiesta del poder, o siquiera de sus migajas. Miserias, todas, de tiempos de crisis.

Corramos un tupido velo sobre las limitaciones del ensayo de Alberto Hernando, debidas a su sectarismo, a su comunión espiritual e ideológica con su biografiado, y vayamos a lo fundamental: el benemérito José Martínez, figura central del resistencialismo antifranquista, merece ser rescatado del silencio que ignora su importancia en la ardua restitución de la democracia y en la formación cívica de muchos españoles que buscábamos afanosos sus publicaciones en las trastiendas de los libros prohibidos, que intercambiábamos bajo mano entre los amigos, que nos descubrían la cara oculta del país (¡aquellas obras sobre la guerra civil, el Opus, Lorca, la Falange, Franco y la España franquista, el movimiento libertario; la crítica visión panorámica de España hoy o el hermoso homenaje plástico-literario Versos para Antonio Machado!) y atesorábamos, con algún miedoso cuidado, como una señal de identidad. Bienvenido sea este Ruedo Ibérico y José Martínez: la imposibilidad feroz de lo imposible por su contribución a la debida memoria de un español que hizo mucho para que el nuestro fuera un país libre.

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Autor: Alberto Hernando. Título: Ruedo ibérico y José Martínez: La imposibilidad feroz de lo posibleEditorial: Pepitas de Calabaza. VentaAmazon