Hay libros que se leen; otros, que se estudian; y algunos —como El rojo y el negro— que se padecen con la resignación del contribuyente honrado frente a la burocracia del Estado. No es que falte talento en su autor, el célebre Stendhal; es que le sobra querer ser joven, guapo y seductor, capricho de las nenas, y que eso se le note demasiado cuando escribe creando los personajes que a él —bajito, feo, regordete— le habría gustado ser.
Y conviene advertir además al lector, antes de que se adentre confiado en esta obra, que aquí no se viene a vivir aventuras, sino a reflexionar largamente sobre la imposibilidad de vivirlas. El protagonista, Julien Sorel, es un joven ambicioso, inteligente y orgulloso, es decir, exactamente el tipo de persona que uno procura evitar en una tertulia, en una comida familiar o en una novela de seiscientas páginas.
Julien no camina: calcula. No ama: delibera. No sufre: redacta mentalmente un informe exhaustivo sobre su sufrimiento, con introducción, desarrollo y conclusiones morales que se contradicen entre sí. Cada paso que da va acompañado de tal escolta de pensamientos que el lector llega a preguntarse si el muchacho avanza por voluntad propia o si necesita autorización escrita de su conciencia para cambiar de habitación.
Y he aquí el primer gran mérito del libro: conseguir que una ambición feroz parezca un trámite administrativo, unas páginas del Registro Civil. Julien quiere ascender socialmente, sí, pero lo hace con la alegría de quien rellena un formulario en triplicado. El rojo del uniforme militar y el negro de la sotana prometen pasión, sangre y conflicto; pero lo que entregan es una interminable deliberación sobre qué opción resulta más conveniente para aparentar virtud mientras se desprecia al prójimo en silencio.
El amor, por su parte, entra en escena como entran los impuestos: inevitable y mal recibido. Las damas a las que Julien dice amar no son personas, sino escalones con corsé. No hay pasión que no venga acompañada de cálculo, ni beso que no exija una posterior auditoría moral. El lector asiste atónito a romances en los que nadie parece disfrutar, pero todos reflexionan profundamente sobre el significado social del disfrute.
Y aquí el estilo viene en ayuda del propósito: grave, limpio, minucioso, constante como una gota de agua sobre la frente. Stendhal escribe bien, nadie lo duda; escribe tan bien que no se detiene jamás. No hay frase que no esté convencida de su importancia, ni párrafo que sospeche que podría ser resumido. Cada página parece decirle al lector: “Esto es esencial para comprender el alma humana”. El lector, humilde, asiente hasta que comprende que el alma humana lleva ya cien páginas de comprensión total. La comprende hasta el extremo de que prefería un poquito más de ambigüedad. No haberla comprendido tanto.
Llegados a cierto punto, uno no lee El rojo y el negro por placer, sino por pundonor. Se continúa por orgullo, por no darle la razón al libro, por demostrar que uno puede más que Julien y sus dudas. Abandonarlo sería una derrota moral; terminarlo, una victoria física.
Recomendable, en suma, para espíritus fuertes, lectores pacientes y personas que disfruten de la introspección prolongada como otros disfrutan del café cargado. Sobre gustos no hay nada escrito. O tal vez sí.


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