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Sangre y sexo en el medievo

Sangre y sexo en el medievo

Juego de tronos es una sosería en comparación con la historia de un rey conocido como Jacobo el Afortunado que pasó a la historia como Jaime I el Conquistador. Al igual que los protagonistas de la aclamada serie, su vida fue una interminable sucesión de batallas, lances eróticos e intrigas políticas. A toda pastilla y a lo grande. Por no faltar, no falta ni el dragón, el que decora su yelmo y su divisa, sobre cuyo origen circulan leyendas. Una de ellas alude a un amuleto de jade que heredó de su abuela Eudoxia, hija del emperador de Bizancio, Manuel Comnono. Cuando la joven prometida a Alfonso el Casto, que de tal no tenía un pelo, llegó hecha polvo a su destino tras el largo viaje, recibió un desplante de su prometido y se casó de rebote con Guillermo de Montpellier. Años más tarde Alfonso tuvo un sueño premonitorio y enmendó el entuerto casando a su hijo Pedro con María de Montpellier, la hija de la mujer que rechazó. María y Pedro, los padres de Jacobo/Jaime, tampoco ellos eran muy bien avenidos. Es la punta del iceberg del culebrón que marcó la vida de un monarca que conquistó tierras y corazones y que atravesó gran parte del siglo XIII lanzado como una flecha.

Siendo valenciana de la capital del Turia, nací a la sombra de Jaime I, evocado cada Nou d’Octubre con procesión cívica, senyera, fanfarrias y festival pirotécnico. De pequeña jugué en el jardín donde se alza su estatua ecuestre fundida con el hierro de los cañones de Peñíscola, de la que fui vecina cuando viví en la calle La Nave. Me hablaron de sus gestas en el colegio y mi abuelo me contó la anécdota del nido de golondrinas que evitó que sus hombres quitaran de su tienda de campaña. Una entre mil. Pero los héroes demasiado familiares y cercanos no molan tanto como los imaginarios: el Capitán Trueno, El Jabato o el rey Aragorn (que no de Aragón) de El Señor de los Anillos. Crees que ya lo sabes todo sobre ellos, y los aparcas.

"Con este proyecto Barat no pretende competir con las biografías canónicas de Jaime I, sino ofrecer un dinámico retablo de un personaje y su época"

He tenido que llegar a la edad en la que Jaime falleció para conocer a fondo su vida gracias a mi paisano Juan Ramón Barat que ha dedicado dos años a relatarla en dos volúmenes que dan cuenta de sus hechos bajo el título La extraordinaria historia de Jaime I el Conquistador, editados ambos por Algaida. El primero apareció la pasada primavera, La soledad del rey (12131251), y el segundo acaba de llegar a las librerías, Un reino en llamas (1252-1276). Más de 700 páginas en total.

Prolífico, versátil y vivaz son los adjetivos que definen a Barat, profesor de instituto recién jubilado, que ha combinado la enseñanza con una intensa actividad literaria que incluye poesía, teatro y narrativa para jóvenes y adultos en clave histórica y thriller, con la que ha cosechado numerosos premios. Con este proyecto Barat no pretende competir con las biografías canónicas de Jaime I, sino ofrecer un dinámico retablo de un personaje y su época, que con numerosos diálogos y un ritmo ágil se despliega cual novela de aventuras para jóvenes de todas las edades, según la vieja máxima por desgracia hoy algo olvidada: «instruir deleitando». Como el mismo dice, muestra el lado más humano de un ser mitificado. Le quita la armadura y le hace bajar del caballo, aunque sigue brillando con su aura dorada de héroe legendario.

Lo vemos en sus momentos de debilidad, poseído por sus apetitos sexuales, que debieron de ser insaciables, o por su afán sanguinario cuando en la conquista de Mallorca lanzaba los cadáveres de los moros al interior de la ciudad sitiada. O cuando en un rapto de cólera ordenó a sus soldados que le cortaran la lengua a un clérigo que había roto el secreto de confesión para chivar sus pecados al papa.

"Jaime vino al mundo en el palacio de Can Tornamira de Montpellier en una época turbulenta y tenebrosa"

El papa. Los sucesivos papas de su largo reinado. Ellos fueron las piedras más incómodas en su zapato. Y bien que las hubo de todos los calibres y agudas aristas. Jaime no se movía sobre un tablero de ajedrez, sino en una estructura tetradimensional, rodeado de enemigos por todos los puntos cardinales. Al norte los odiados Capetos franceses, al sur los sarracenos, entre los que Al Azraq fue uno de los mayores incordios, al oeste los castellanos dando caña, y al este el Sumo Pontífice, que marcaba con sus designios la geopolítica europea. Desde Inocencio III, que no hacía precisamente honor a su nombre, creador de la Inquisición y terror de los cátaros, hasta Urbano IV, que le obligó a humillarse ante la plana mayor de la omnipotente Iglesia por el episodio del deslenguamiento. Y por si eso no fuera suficiente, tuvo que lidiar con los nobles aragoneses, con los catalanes, muy duros ellos de roer, e incluso en ocasiones con sus propios familiares, especialmente con su primogénito Alfonso, nacido de sus primeras nupcias con Leonor de Castilla.

Jaime vino al mundo en el palacio de Can Tornamira de Montpellier en una época turbulenta y tenebrosa, en plena cruzada albigense orquestada por Inocencio III y el llamado Abad Blanco, Arnaldo Arnaury, y capitaneada por Simón de Montfort, un sombrío personaje (ver Sin alma, del autor aragonés valenciano de adopción Sebastián Roa). El salvaje exterminio de los cátaros convirtió una de las regiones más ricas y cultas de Europa en un campo de muerte y cenizas, y supuso la pérdida de los territorios transpirenaicos para la Corona de Aragón, lo que impulsó al joven rey Jaime a las sucesivas conquistas hacia el sur y el este: Mallorca, Valencia, Murcia…

"Para un monarca de su época tres mujeres no son muchas. Pero a ellas se sumó una constelación de amantes estratégicamente repartidas por sus reinos"

Sus problemas empezaron incluso antes de nacer. Según cuentan, su padre, Pedro de Aragón, tuvo que ser engañado por sus cortesanos para que yaciera con su esposa, María de Montpellier, a fin de engendrar el ansiado heredero. Su infancia fue dura, solitaria, bajo el constante peligro de ser asesinado por los múltiples enemigos de la Corona. Primero estuvo bajo la tutela del archienemigo de su padre, Montfort, y luego por orden de Inocencio III. En ese aspecto hay que reconocerle el mérito, protegido y educado por los caballeros templarios en el castillo de Monzón, junto a su primo Ramón Berenguer.

Con solo trece años contrajo matrimonio con Leonor de Castilla, un enlace posteriormente anulado, y en 1235, con 26 años, se casó con el gran amor de su vida, Violante de Hungría, sagaz y prudente consejera en asuntos de gobierno, que le dio nueve hijos. La tercera fue Teresa Gil de Vidaure, bastantes años más joven, la horma de su zapato, que se resistió a sus artes de seducción hasta conseguir un contrato de concubinato que aseguraba el futuro de sus hijos. Este contrato generó problemas tras la muerte del primogénito, Alfonso, e indujo a Jaime a solicitar sin éxito la anulación de su tercer enlace. Para un monarca de su época tres mujeres no son muchas. Pero a ellas se sumó una constelación de amantes estratégicamente repartidas por sus reinos, parte de ellas con nombres, apellidos e hijos bastardos agraciados por el favor real: Blanca de Antillón, Berenguela Fernández, Elvira Sarroca… y otras muchas beldades anónimas que pasaban por allí. Porque además de fogoso, enamoradizo y conquistador, Jaime era un infatigable fan de la belleza femenina, un rasgo que tal vez heredó de sus ancestros orientales.

"De haber sido rey o caballero británico, las plataformas audiovisuales ofrecerían hoy múltiples versiones de las conquistas de Jaime I"

Desde su nacimiento en 1208 a su muerte en 1276, un cálido mes de julio en Alzira, Barat conduce el relato sobre la vida del Rey Conquistador a un ritmo vibrante de cabalgada que exige acampadas para procesar la cantidad de información, unas pausas que se pueden aprovechar para fabular ucronías. Por ejemplo, si Jaime hubiera crecido en el seno de una familia digamos normal y no le hubieran arrebatado sus territorios transpirenaicos, ¿habría conquistado Mallorca y Valencia, o se habría dormido en los laureles? ¿Cómo sería hoy el mapa político de España si hubiera legado sus amplios territorios a un solo hijo, como deseaban muchos?

Muchas otras preguntas podrían plantearse, pero lo primero que te viene a la cabeza cuando conoces su historia es por qué no se ha aprovechado este extraordinario material histórico en imágenes. Cuestión de pasta, supongo. De haber sido rey o caballero británico, las plataformas audiovisuales ofrecerían hoy múltiples versiones de las conquistas de Jaime I. Que tuvieran que venir de América para rodar las proezas del Cid es una vergüenza nacional. Todavía hay tiempo de enmendar la falta. Que no solo de Napoleón vive el cine. Sangre y sexo en el medievo podría funcionar como título.

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Autor: Juan Ramón Barat. Título: La extraordinaria historia de Jaime I el Conquistador. Editorial: Algaida.  

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