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Sergio Pitol, Daniel Mordzinski y el arte de la fuga

Sergio Pitol, Daniel Mordzinski y el arte de la fuga

En la calle de Los Madrazo, 26, de Madrid, hay una librería de lance especializada en literatura hispanoamericana llamada Dédalus. Está en pleno barrio de Las Cortes, a dos pasos del Círculo de Bellas Artes, del Thyssen, del Instituto Cervantes y del Museo del Prado. Es un lugar en el que suelo encontrar casi todos los libros que leí en mi juventud y que, debido a las mudanzas, fui dejando recomendados para nuevos lectores.

Hará unos 15 años me acerqué al escaparate de Dédalus en mi recorrido habitual, que había empezado en la Antonio Machado, y después de reconocer varias editoriales cuyos libros me habían hecho feliz hace años —Fondo de Cultura Económica, Paradiso, Sudamericana, la Hispánica Nova de Barral…—, entré.

La librería tiene fotografías de escritores colgadas en el exiguo espacio que queda libre en las paredes. Yo estaba acostumbrado a ellas y me gustaba mirarlas porque me recordaban mi antigua librería. Entre ellas estaba la de Sergio Pitol.

"Su cara me resultaba tan conocida que miré instintivamente la fotografía de Sergio Pitol que tenía enfrente y lo reconocí"

Ese día entré y revolví como siempre los libros de la primera estantería de la izquierda, ordenada alfabéticamente por países, y al girarme hacia la estantería de la derecha, es decir, la de literatura española, me fijé en un señor que estaba sentado en una silla, leyendo. Su cara me resultaba tan conocida que miré instintivamente la fotografía de Sergio Pitol que tenía enfrente y lo reconocí. Recuerdo que me quedé mirándole mucho tiempo —o al menos a mí me pareció demasiado sin apartar la vista de un solo punto—, supongo que pensando si acercarme o no, cuando el propietario o el encargado de la librería le dijo con suavidad al oído algo que le hizo levantarse y seguirle al interior de la trastienda. Pero antes giró la cabeza y me miró, sonrió y entró, y como si le hubiera tragado la tienda, no volvió a salir. Me vino a la cabeza de pronto El arte de la fuga. Dejé en su lugar Los premios, de Cortázar, que hacía un siglo había sacado del estante, y salí a la calle. “La marquesa salió a las cinco”, así arranca la novela del cronopio. Miré el reloj y marcaba exactamente la misma hora.

Desde entonces quise contarlo y como siempre es Daniel Mordzinski el que me ha dado la oportunidad de hacerlo.