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Siete maneras de matar un pájaro, de Manuel García

Siete maneras de matar un pájaro, de Manuel García

Manuel García es un poeta, editor, crítico y músico nacido en Huéscar, Granada, en 1966. Es filólogo y ejerce de profesor de Lengua y Literatura Castellanas en institutos de Andalucía. Entre sus libros de poemas destacan algunos como Estelas (Diputación de Granada, 1995), Cronología del mal (Point de Lunettes, 2002), La mirada de Ulises (Prensa Cicuta, 2006), Poemas para perros (Point de Lunettes, 2008), De bares y de tumbas (Hiperión, 2011), La sexta cuerda (Hiperión, 2014), Es conveniente pasear al perro (Hiperión, 2017), Mejor la destrucción (Renacimiento, 2018) o Prado negro (Hiperión, 2020). Como narrador ha publicado Mañana, cuando yo muera (Algaida, 2019) y La Venus rota (Algaida, 2022), que cuenta los últimos años de Ángel Ganivet. Ha versionado en español el Epitafio (2009 y 2012) y los Dieciocho cantares de la patria amarga (2012) de Yannis Ritsos, además de los poemas franceses de Ángel Ganivet (Poemas a Mascha Diakonsky, 2012). También ha traducido El Spleen de París, de Baudelaire (Madrid, Hiperión, 2025). Colabora en revistas como Mercurio o Los papeles mojados de Rioseco. Como músico, toca la viola de gamba. Presentamos una selección de poemas de Siete maneras de matar un pájaro (Hiperión, 2025), una antología de su obra poética, con selección de Francisco Javier Irazoki.

***

DIE GROSSTADT

(Reflexión sobre el cuadro del mismo
título de George Grosz)

Berlín no es la ciudad, es una herida
que duele, es una llama no apagada.
Si miras bien, mortal, verás en cada
piedra la sombra de otra detenida.

El hombre es hombre y, por lo tanto, olvida
y vuelve a construir y, en su jornada,
donde hubo ruinas pone nueva vida
y pone ruinas donde no hubo nada.

El hombre empuja, rompe, salta, siente,
construye, vibra, sueña, cruje, estalla,
y en ese hueco pone la simiente

donde ayer solo cupo la metralla.
Berlín no es la ciudad, es la siguiente
espiga tras el campo de batalla.

***

ALZHEIMER

Por los recodos hondos de su mente,
por la sima sin luz de su memoria,
por las calles vacías de la historia
anda un hombre.

No sabe qué es el tiempo

ni puede ya contar lo que le pasa.
Ignora que hay afuera chamarices
y que se ven brillar las amapolas
contra el verde, y que diera el azahar
este año en el aire más frescura
con las lluvias de abril.

Por los recodos

en sombra y en silencio y en dolor
cavila un hombre que no siente el agua
fecundando los campos ni recuerda
el sabor de la fruta que revienta
en el árbol.

Su vida es esa estampa

vieja y seca, olvidada en algún libro
dentro de algún cajón, sin que reciba
la apetecida luz de una mirada.

***

LOS MANUSCRITOS NO ARDEN (II)

[7 de diciembre de 1990.
Suicidio de Reinaldo Arenas en Nueva York]

Cuba será libre. Yo ya lo soy

Carta de despedida

Pinga morronga manigueta bulto
trusa miembro viril picha panocha
morcilla y abultada portañuela
pingazo de divina proporción.

El precio que pagaste por ser libre
fue escribir tantas veces tu novela,
tantas como quemada o entregada
fuera a la policía por amantes,
amigos y parientes,
cárcel censura miedo envidia celos
y campos de trabajo y delación.

Pájaro loca macharrán singante
sarasa joto maricón jabao
santa marica flora y bugarrón.

Debías elegir entre tu vida
y aquella de los otros. Y elegiste
no la vida que otros te quisieron,
no aparentar lo que ellos querían verte,
no escribir de mentira y promisión.

Fueron los nombres de tus delatores
Tatica Eva Felipe y Orfelina
Aurelito Cortés y Coco Salas
Fifo Fidel Raúl su puta madre
Fifo Raúl la santa Inquisición.

Y al final no se sabe cuántas veces
cinco seis siete ocho comenzaste
a escribir cuántas sátiras de nuevo,
qué parrafadas de belleza y carne,
qué espinas de una isla que quería
sólo cadenas, no la redención.

Te singaron templaron entollaron
pujaron taladraron empuñaron
para tu matarile y colofón.

Pero la libertad no es de este mundo
y ser libre supone un alto precio
que hay que pagar: el hambre la fatiga
soledad cárcel fuga muerte digna
en Nueva York.

*** 

BIBLIOCAUSTO CAÑÍ

[Auto de fe celebrado en el viejo huerto de la Universidad Central de Madrid el 30 de abril de 1939.]

Libros marxistas, tristes, liberales,
de herejes y de sectas pesimistas,
de autores depresivos, decadentes,
románticos enfermos, cursis, para-
ísos artificiales modernistas;
libros turbios cobardes chabacanos,
carnales, pornográficos, los de la
leyenda negra y los que son separa-
tistas en turbias lenguas, de invertidos
de cuerpo y de política, de Marx,
Gorki, Voltaire, Rousseau, todo el Heraldo
de Madrid, Baudelaire, drogas y artistas
degenerados, los anticristianos
y antiespañoles libros
de judíos masones, todos juntos
fueron dispuestos en el viejo huerto
de la Universidad, en una pira.

A los lados, banderas victoriosas,
y en medio una tribuna falangista.
En la «Fiesta del libro» el Sindicato
muy español muy universitario
de espíritu triunfante, leería,
30 de abril del año 39,
aquellas lindas prosas en que un cura
y un barbero le dan fuego a los libros
de Don Quijote para regocijo
de los lectores.

En el acto había

jóvenes entusiastas, cartucheras,
botas y correajes, apostura
marcial, brazos en alto y gallardía.

Fue Don Antonio L. (no se nombra
la mano que ejecuta), catedrático
torcido de Derecho, el encargado
de dar fuego a la yesca cara al sol
de primavera y de decir ordeno
y mando con aquel santo pregón
de Jerarquía.

Y como contrapunto a aquel conjunto
viril, oh suave flor de la belleza,
algunas candorosas digo niñas
lucían su hermosura y sus mantillas

***

El gorrión

Recuerdo que cuando tenía doce o trece años tuve un gorrión. Había caído de un nido y yo lo crié dándole migas de pan con leche. El gorrión se venía conmigo, vivía en el patio de mi casa y, aunque podía volar, venía siempre que lo llamaba a comer de mis manos. Un día lo cogí y, sin saber por qué, de alegría, empecé a apretarlo, a apretarlo hasta que, asustado, noté una especie de frescor que era un hilillo de sangre que corría por mis dedos: había muerto aplastado. Inmediatamente abrí la mano asustado y el pájaro cayó inmóvil al suelo. Empecé a llorar porque entendí que lo había matado de tanto quererlo. Y de aquella vida cálida y suavísima entre mis dedos de niño quedó sólo, junto a la mancha de sangre que nunca pude lavarme, aquel desconsuelo de vida que todavía sigo llorando.

***

Aguardiente Arenas

El aguardiente Arenas es un dardo que nada por la sangre. Cuando lo bebes, baja por la garganta una calentura que es la debilidad del cuerpo y la euforia de la mente. Tomarlo es habitar el paraíso blanco de la desmemoria, un jardín propio, el cuarto de la verdadera intimidad. El aguardiente Arenas se adueña de la sangre mientras hacemos las cosas cotidianas: comprar en los mercados, andar por la calle, escribir los poemas, hablar con la gente, hacemos como que vivimos y somos normales. Pero no, no somos normales, porque por nuestras venas nos conduce un naufragio, porque nuestros ojos ven detrás de esa nube blanca y porque una garra ardiente nos atenaza con la esperanza irrepetible de su dulzura. El aguardiente Arenas me dio mis mejores momentos. Por eso, cuando salgo de España y no puedo beberlo, como ahora me pasa, tengo que recurrir a sucedáneos como el vodka, que es como soñar con un cuerpo cuando se abraza otro.

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Autor: Manuel García. Título: Siete maneras de matar un pájaro. Editorial: Ediciones Hiperión. Venta: Todos tus libros.

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