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«Sigo queriendo a mi Bicho»: tres claves a propósito de Yo que fui un perro

«Sigo queriendo a mi Bicho»: tres claves a propósito de Yo que fui un perro

Fue, sin atisbo alguno de dudas, Yo que fui un perro una de las grandes y más esperadas novedades editoriales del último cuatrimestre del año 2023, de la mano de la prestigiosa Galaxia Gutenberg, que atesora en su catálogo a titanes de la literatura actual como Jon Fosse, Pilar Adón o Vicente Luis Mora. Su autor, el malagueño Antonio Soler (1956), es ya de sobra conocido por las lectoras y los lectores fieles de narrativa contemporánea en nuestro país. Baste recordar, únicamente, de su extenso palmarés literario algunos de los hitos más relevantes, como que ganó el Premio Herralde de Novela en 1996 por Las bailarinas muertas, el Premio Nadal en 2004 por El camino de los ingleses o el Premio Andalucía de la Crítica y el Premio de la Crítica de Narrativa Castellana —entre otros tantos— en 2018 por Sur, su último éxito.

Hay que comenzar esta breve aproximación crítica diciendo, como primera clave de lectura de carácter genérico, que Yo que fui un perro no es en realidad una novela; o, quizá, no es una novela tan solo; o no se nos presenta esta, al menos, en forma de novela, sino en forma de diario, de dietario, de confesionario incluso, el cual ha contado Soler en varias presentaciones y entrevistas que parte, de hecho, de un supuesto manuscrito encontrado y rescatado para su ficcionalización. Si es esta una verdad incómoda o si se trata de una hermosa patraña cervantina poco importa para enjuiciar su calidad artística. Sus primeras líneas, fechadas exactamente el día 23 de enero de 1991, anuncian esta misma naturaleza y nos proporcionan las coordenadas de la tóxica y tortuosa relación que se establece entre la escritura del diario —el soporte— y su escritor —el emisor— y entre su escritor y el mundo que lo circunda:

Empiezo hoy este diario. Quería haberlo hecho el primer día del año. Lo he ido atrasando por pereza, desidia, por todo. Estoy desesperado. No es nuevo. Estoy acostumbrado (p. 9).

El nombre de quien escribe este cuaderno íntimo —un infeliz y paranoico estudiante de Medicina que, curiosamente, va leyendo, por recomendación de un amigo, El árbol de la ciencia (1911), de Pío Baroja— queda reflejado, asimismo, en el siguiente párrafo de esta página proemial, amén de la presentación del personaje esencial sobre el que habrá de girar buena parte de la obra —ello no quita un nutrido desfile de personajes secundarios que dotan de verosimilitud su universo— y de una pincelada de su obsesión más enfermiza y recurrente:

Me llamo Carlos Canovas Merchán. Soy estudiante de Medicina y tengo una novia llamada Yolanda. Yoli. Yuli. También la llamo Lili, Yola. A veces, Yolona. Yolona es en el acto, en momentos de ansia, cuando lo hacemos y ella desvía los ojos. Los pone de un modo, casi vacíos, y sabe que eso me excita y me perturba. […] Mueve los ojos vacíos, y le digo otra vez, bajo, Yolona. Boquea. De gusto, o de lo que sea. Y llego. (En el acto no hay penetración, hasta ahora solo frotamiento. Eyaculación, y, por su parte, espasmos, orgasmos) (p. 9).

Y es que el vertido de la historia en el molde pretendidamente testimonial del diario le permite a Antonio Soler escatimarnos —y va ahí la segunda clave lectora, tocante al juego paratextual que se establece sin nuestro consentimiento y contra nuestra voluntad— ciertos pasajes que han sido tachados con vehemencia —ya sea por el autor real, ya sea por el autor ficticio— y que, en consecuencia, son totalmente inaccesibles para nosotros y nos arrebatan algunas hebras de su envenenado hilo de conciencia. Esta presunta operación de autocensura se antoja muy sugestiva y, sobre todo, produce un buen rédito en el campo de la recepción, dado que el lector de turno no puede evitar enervarse ante esa opacidad y preguntarse, justamente, por aquellos fragmentos que le han sido ocultados, bien por su tono insultante e hiriente, bien por su pensamiento enfermizo y depravado, bien por su alto contenido sexual y machista:

Yoli me preguntó si de verdad íbamos a casa de mi amigo. Le dije que no, pero que allí hacía menos frío que en la calle, y que era más íntimo. Me miró con ojos maliciosos, cara de Yolona cara […] celo y justo en ese momento se apagó la luz del portal y nos quedamos en una penumbra espesa. Nos besamos apoyados contra la pared, yo introducía la mano por su blusa, sus pechos pequeños y rebeldes (aunque hoy me parecieron menos pequeños), ella también me tocaba, casi siempre por encima del pantalón. Cuando le desabroché el botón del vaquero me susurró que podía llegar alguien. Con una risita (p. 92).

La tercera y última clave de lectura comentada habría de ser, sin embargo, de índole temática y psicológica. De tal modo, los temas principales con los que podemos toparnos en este libro son, fundamentalmente, la obsesión, la manipulación y la toxicidad que emanan de la psique perturbada de Carlos, el protagonista, y que se dirigen de manera permanente y cíclica hacia su novia, Yoli —los cambios de nombre con que la degrada son símbolo de posesión—, una joven humilde que es idealizada y deformada a la par por la visión distorsionada que tiene él. En este sentido, me atrevo a afirmar que todas estas hojas no son otra cosa que una suerte de catábasis —jalonada por la lucha entre la objetividad y la subjetividad, el vaivén entre el bien y el mal y el choque entre la castidad y el pecado—, esto es, un descenso por los intrincados abismos mentales del muchacho que ha de desembocar en los infiernos de la locura y en la transformación de este en un verdadero maltratador de manual que retuerce las circunstancias y fuerza a las personas para someterlas a su control y a su placer. No obstante, lo terrible y lo maravilloso de Yo que fui un perro —he aquí la valía creadora del veterano Soler— es que, a la postre, muchas de sus escenas bosquejan situaciones más o menos violentas que cualquiera de nosotros ha podido presenciar en algún lugar público o que, en el peor de los casos, ha podido protagonizar, aun, en su privacidad y, por ende, el sentimiento de incomodidad y de crispación nos asalta prontamente al vernos identificados, por más que sea parcialmente, y preguntarnos si supimos entonces, o si sabríamos en un futuro hipotético, reaccionar ante la intimidación y la repulsa ejercidas por quien, después de todo, está en una posición de privilegio y de poder:

Miré hacia el niñato. Ella también. Le pregunté cuándo fue la última vez que había hablado con él. Se encogió de hombros, como si yo estuviera loco, y lo único que dijo fue mi nombre: ¡Carlos! Queriendo decir con eso tantas cosas. ¿Cuándo?, le volví a preguntar. Arrugó la cara, como cuando se tiene un dolor fuerte. Hace mucho tiempo. ¿Cuánto es mucho tiempo para ti? Volvió a levantar los hombros y negó con la cabeza diciendo No me lo puedo creer. (Yo soy el que no se lo puede creer) (p. 118).

En suma, puede concluirse que la hábil conjunción del género del diario, tan en boga a partir de la autobiografía y de la autoficción; el socorrido recurso de las tachaduras del texto, calculadamente empleadas; y el despliegue de temas como la enajenación o el maltrato, lacras todavía hoy de nuestra sociedad, nos invitan a leer y a repensar detenidamente este volumen de Antonio Soler, quien, a todas luces, lo ha vuelto hacer: ha vuelto removernos y a sobrecogernos con su punzante aguijón narrativo.

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Autor: Antonio Soler. Título: Yo que fui un perro. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Todos tus libros.

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