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El sonido del silencio

Dice la canción que veinte años no es nada, pero es mentira. Una gran mentira. En ese periodo de tiempo todo cambia: nuestra familia —unos se marchan, otros vienen para remplazarlos; aunque algunos vacíos no se llenarán nunca—, los amigos —los que desaparecieron como el humo, los que permanecen pero invisibles, los que siguen fieles, los nuevos—, nosotros mismos —más viejos, menos sabios, más idiotas si cabe—.

"No era ningún secreto que ETA estaba presente en Burgos. Aunque no nos los dijeron abiertamente: todos sabíamos que la furgoneta en la que repartíamos el correo era objeto de vigilancia."

Yo no soy el mismo de entonces. Y seguramente él tampoco. En 1997, yo estaba en el ecuador de mi servicio militar. Una mili tardía y vacía que me hizo perder varios trabajos. Nueve meses de bocadillos de mortadela, porros y aburrimiento. Mi inesperada buena puntería —sin haber disparado una sola bala en toda mi vida, conseguí la mejor puntuación entre quinientos reclutas— y mejor condición física —llegué entre los 10 primeros de la prueba de fondo— me hizo valedor de una plaza en la GOE (Grupo de Operaciones Especiales). Por segunda vez tuve que recurrir a mi enchufe para librarme de las maniobras de helicóptero y las arduas pesquisas para lograr la ansiada boina verde de los guerrilleros. Conseguí acabar de cartero en Capitanía. Un destino deseado por todos, menos por mí.

No era ningún secreto que ETA estaba presente en Burgos. Aunque no nos los dijeron abiertamente: todos sabíamos que la furgoneta en la que repartíamos el correo —que también utilizábamos para traer y llevar a los guardias civiles asignados al puesto— era objeto de vigilancia. Posiblemente por el mismo comando informativo que había proporcionado la información para secuestrar a Ortega Lara.

Recuerdo perfectamente esa mañana. Nadie reía. No había bromas. La tensión era evidente. El día anterior alguien había dicho una frase —quizás para darse importancia, puede que para soltar los nervios, a lo mejor como súplica—: “mañana va a pasar algo muy importante”. Y pasó: por fin, después de 532 días de secuestro, la Guardia Civil consiguió liberarle. Las caras de preocupación, los gestos adustos y la incertidumbre dieron paso a la celebración. Todos reímos y nos abrazamos; creo que algunos lloraron. Después llegó el momento de encender la televisión, de ver su rostro. El silencio se volvió a apoderar de nosotros.

"A veces da la sensación de que ya dejó de llover, pero yo sigo mirando al paraguas de reojo. Es mucho lo que no podemos olvidar. Demasiado lo que tenemos que recordar."

Desde entonces, le he visto varias veces por mi ciudad. Siempre me quedo observándole como un estúpido. Pienso que quizás debería decirle que lo que le hicieron fue terrible. Contarle cómo festejamos que le sacaran del zulo. Pero lo que en realidad me gustaría hacer es preguntarle cómo es el sonido del silencio. De ese silencio terrible al que le sometieron sus verdugos.

Desgraciadamente, la alegría solo nos duró una semana. 9 días más tarde, ETA volvía a darnos un puñetazo en el estómago. Esta vez, todavía más cercano y certero. El hermano de la novia de un amigo era secuestrado, sentenciado y ajusticiado en solo 48 horas.

Le debemos mucho a Fernando Aramburu. Gracias a él, podemos empezar a masticar y regurgitar toda esta tragedia que nos cayó encima. A veces da la sensación de que ya dejó de llover, pero yo sigo mirando al paraguas de reojo. Es mucho lo que no podemos olvidar. Demasiado lo que tenemos que recordar. Por ellos, por nosotros, por todos.

Puede que el próximo día, cuando le vea, se lo pregunte. Aunque dudo que lo haga: soy demasiado cobarde.

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