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Suplemento de aeropuerto

Suplemento de aeropuerto

Zenda ofrece a sus lectores Suplemento de aeropuerto, un texto escrito por Fernando Schwartz, diplomático, comunicador y autor de El desencuentro (Premio Planeta de Novela 1996) y Que vaya Meneses (2019).

José Luis Trías era preciso, inteligente, puntilloso y muy exigente consigo y con todos los demás. Nadie le podía negar por añadidura el sentido del humor y la curiosidad intelectual. Y con todos estos atributos manejaba su empresa (y su familia) con exactitud y rendimiento, incluso en estos tiempos de crisis. Siempre se había mantenido lejos de la burbuja inmobiliaria y había invertido en bolsa con escrupuloso cuidado. Nunca había cedido a las presiones de sus socios en pro de una expansión imprudente en mercados de ganancias rápidas. Como consecuencia de ello y de su política conservadora, la compañía iba viento en popa produciendo para China componentes electrónicos que se instalaban en los ordenadores e impresoras fabricados en Shanghai para Hewlett Packard. Había conseguido mantener bajos sus precios y no tenía competencia en el mercado.

Cinco años antes había decidido diversificar el negocio invirtiendo en una red de distribución de productos cárnicos de primera calidad y, después, en diez lavanderías estratégicamente situadas para atender a las necesidades de los mejores hoteles españoles en Barcelona, Madrid y Sevilla.

Un tipo de éxito, vamos, con una vida amable y ordenada. A los 50 años, con su mujer y sus tres hijos (dos en la universidad y una terminando bachillerato – la niña de sus ojos, que iba para ingeniera y continuadora de los negocios del padre), vivían en un piso espléndido en la parte alta de Barcelona. La esposa había aportado al matrimonio un estupendo mas cercano al Estartit, en el Ampurdán, y allí se refugiaban todos en verano, cerca del gran velero, el Malena I, que tenían amarrado en el club náutico y en el que navegaban casi a diario.

Cuando viajaba a Madrid, lo que ocurría con cierta frecuencia, José Luis se alojaba en el hotel Santo Mauro, un establecimiento discreto y lujoso cuyas sábanas y toallas eran lavadas por su empresa. Y cuando, terminados los negocios que le habían llevado a Madrid, iba al aeropuerto de Barajas para regresar a Barcelona, indefectiblemente encargaba que lo llevara un taxi de la compañía TaxiAudi, cuyos automóviles eran cómodos, estaban limpios y olían bien, además de que los conductores eran corteses y bien educados.

Aquel día, José Luis se subió al taxi a las cuatro de la tarde. Le sorprendió que el conductor fuera una mujer. Era de aspecto agradable, al menos vista desde detrás. Llevaba una cola de caballo de pelo muy negro sujeto por una pinza de coral y, por lo que se veía desde el asiento trasero, una blusa blanca que parecía almidonada y recién planchada.

"La taxista llevaba la manga de la camisa remangada hasta medio brazo. En el antebrazo, al moverlo para cambiar de marcha, aparecía con rápidas ondulaciones una musculatura que se antojaba elástica y muy sólida"

Abrió el International Herald Tribune y se dispuso a leerlo, al menos los titulares, puesto que se tardaba poco en llegar al aeropuerto. Pero sacudió la cabeza. Aunque no se le habría ocurrido hacer lo propio con un taxista, pensó que seguramente sería de mala educación no decirle algo amable a la taxista, como cuando, sentado en el asiento del avión, no debe uno ignorar las explicaciones sobre seguridad que imparte la azafata. “Abróchense los cinturones y mantengan el respaldo de su butaca en posición vertical y la mesita plegada. En el caso de una pérdida repentina de la presión en la cabina, se abrirán unos compartimentos y caerán unas mascarillas de oxígeno. Tiren de ellas para que se establezca el flujo de oxígeno, colóquenselas sobre la cabeza y respiren normalmente”. En alguna ocasión, José Luis había imaginado la mascarilla colocada sobre la cabeza, convertida así en gorro de carnaval y había sonreído, provocando una mirada de censura de la azafata. Algunas se tomaban su trabajo muy en serio.

La taxista llevaba la manga de la camisa remangada hasta medio brazo. En el antebrazo, al moverlo para cambiar de marcha, aparecía con rápidas ondulaciones una musculatura que se antojaba elástica y muy sólida. Las manos, al menos la que José Luis apercibía entre los dos asientos delanteros, tenían las uñas cortas muy bien cuidadas y pintadas con un trazo de esmalte natural.

Carraspeó.

– ¿Pasa usted muchas horas al volante?

La taxista levantó la mirada y la fijó en el retrovisor. Tenía los ojos almendrados y llevaba las cejas muy negras depiladas con un trazo vigoroso, como si cada una fuera una coma puesta horizontalmente, ancha al inicio y afinada hacia la sien.

– Bueno, nadie me libra de ir aquí sentada más o menos doce horas diarias.

– ¡Qué barbaridad! Eso es mucho.

– Sí, son muchas horas, pero solo lo hago cinco días por semana. El taxi descansa los viernes y yo, los sábados. – Sonrió.

– ¿Y con todo eso, le va bien?

– ¿Con el taxi? Bueno, es un trabajo seguro. No está mal.

– ¿Hace mucho que se dedica usted a esto?

– Desde hace cuatro años, desde que mi marido y yo volvimos de Alemania… cada uno con su Audi.

– ¿Les iba mal allá?

– No, no. Nos iba bien…

-¿Y entonces?

Hizo una mueca.

– Bueno, teníamos dos niñas adolescentes, en la edad del pavo ¿eh?, y queríamos darles una educación sensata, que estudiaran aquí, que fueran a la universidad…

– A la universidad, ¿eh? Un poquito sacrificado, ¿no?

– Un poquito.

La taxista guardó silencio, como si se avergonzara de contar demasiadas cosas a un extraño al que llevaba al aeropuerto.

José Luis se dispuso a seguir leyendo el periódico. Y de pronto, la taxista añadió:

– Estamos divorciados, ¿sabe? Dos taxis en la misma familia, en la pareja… son demasiados taxis.

– Vaya, – dijo José Luis.

– Qué se le va a hacer. Al menos puedo leer por las noches, –  añadió con una sonrisa. Tenía los dientes muy blancos y regulares; solo un colmillo se superponía ligeramente sobre el incisivo.- Nadie me paga por ser ama de casa… Por eso hago más cosas. Como trabajo, ser ama de casa no… no, ¿sabe?, no redime mucho. No me siento dignificada por planchar camisas. Solo que alguien tiene que hacerlo. Desde luego, las niñas, no. Tienen, dicen ellas, demasiadas cosas en qué pensar.

– ¿Qué edad tienen?

– 17 y 18. Lo que le digo, en plena edad del pavo, aunque la verdad, son  bastante responsables. Y si me va a preguntar si echan de menos al padre, la respuesta es no. No lo echan de menos, no.

– ¿Qué hacen?

– Una termina el bachillerato este curso…

– … Como la pequeña mía…

-… ¿sí?…  y la otra hace primero de arquitectura. Pero para todo está una de comodín. Para el botellón, el diseño y el novio. –  Volvió a sonreír. –Y usted, ¿también hace de comodín?

– No, no, – Rió. – Eso queda para mi mujer. Yo tengo la vida comodona. En cambio, usted llegará al fin de semana hecha polvo.

– No, qué va. El viernes, compra y plancha; el sábado, cocina para la mayor parte de la semana y, por la tarde, una siesta morrocotuda, una novela de las de 700 páginas y, cuando me canso de leer, tele… o una película en los minicines del barrio. A veces, un cuñado, el casado con mi hermana pequeña, me lleva al fútbol…

– Será usted del Real Madrid…

– Pues no. Del Atleti de toda la vida, como toca a una proletaria. – Rió.

– ¡Vaya! ¿Sabe lo que le digo? Si no tuviera que coger un avión, la invitaría a una coca-cola en algún bar de por aquí y charlaríamos. Es usted muy simpática.

José Luis vio en el retrovisor que la taxista levantaba las cejas y sonreía nuevamente.

– ¿A qué hora es su vuelo?

A José Luis le dio una extrasístole.

– Dentro de dos horas y media. Suelo ir pronto a los aeropuertos si no tengo una reunión a última hora. Así leo, trabajo un poco en el ordenador… cosas así.

– Bueno, si se quiere tomar una coca-cola conmigo… Conozco un bar aquí a la vuelta, en la avenida de Bruselas, que es tranquilo y está bien.

– ¿Acepta usted entonces?

– Claro.  ¿Por qué no? ¿Vamos?

– Sí, claro que sí.

"Frunció el ceño al darse cuenta de golpe de que estaba a punto de hacer una cosa terriblemente turbadora. Una tentación a la que nunca había cedido en un par de décadas de matrimonio"

José Luis no había hecho una cosa así en toda su vida. No es que le pareciera inapropiado ni que estuviera propasándose ni siquiera que estuviera haciendo algo inconfesablemente lujurioso. Se trataba solo de que la taxista tenía una personalidad que se le antojaba muy definida, muy ¿optimista?, y desde luego muy atractiva. Y una coca-cola en un bar le parecía una cosa bastante inocente. De hecho, tenía toda la intención de contárselo a su mujer aquella misma noche. Fíjate qué curioso…

Después comprobó que la taxista era más alta de lo que le había parecido, que tenía la cara muy bien dibujada, igual que los labios, y que las cejas, estiradas por la cola de caballo, daban a su expresión un aire impertinente y travieso, tal vez ligeramente vulgar, como uno se imagina a una chulapona guapa del barrio de Chamberí o de las Vistillas.

Frunció el ceño al darse cuenta de golpe de que estaba a punto de hacer una cosa terriblemente turbadora. Una tentación a la que nunca había cedido en un par de décadas de matrimonio. Menuda tontería, pensó enseguida después. Qué turbación ni qué historias, pero sí se dio cuenta de que se ponía rígido y de que decidía no dejar traslucir nada, lo que ya en sí parecía, desde luego, confesión de culpa, ¿no? ¡Una coca-cola, por Dios! ¡Con una taxista! Y como si fuera una iluminación repentina, pensó luego que las traiciones  estaban hechas precisamente de esto. De algo fuera de lo común, absolutamente alejado de lo habitual, de una sensación de impunidad, de un instante sin peligro y sin consecuencias.

A ella, el pantalón negro le ceñía la mínima cintura, el trasero y los muslos como un guante, santo cielo. José Luis no se atrevió a levantar la vista por no enfrentarse a la blusa de la taxista (como si la blusa de la taxista fuera un felino dotado de peligro y plasticidad – garras y fuego líquido) y sentir que cometía una impertinencia descarada pero inevitable que haría que ella lo pusiera en su sitio con una sola mirada de sorna y ni coca-cola ni historias. Pero cuando levantó la vista, vio que ella lo miraba tranquilamente, con aire inocente.

Él quería tomarse la coca-cola y charlar, solo charlar.

– Me llamo Eva, – dijo la taxista, sentándose enfrente de él; la mesita de la terraza de la cafetería quedó entre ambos.

– José Luis.

Eva dejó escapar una carcajada cantarina:

– Lo hubiera jurado.

– ¿Por qué?

Se encogió de hombros.

– No sé. Tiene usted pinta de un José Luis, muy perfecto, muy guapo, muy educado y muy poco trasgresor.

– Bueno, soy así. – Se había puesto a la defensiva.

– ¿Poco trasgresor?

– Sí. Poco trasgresor, sí.

Hubo un silencio.

– ¿Y usted? ¿Es trasgresora?

Eva rió de nuevo.

– ¿Yo? Qué va. Soy una chica de barrio. Me dedico a no meterme en líos, que está la vida muy complicada.-  Se echó hacia atrás, cruzó una pierna sobre la otra y alargó la mano para coger el vaso de refresco. Sonrió. Luego sorbió con los labios un pequeño trozo de hielo que flotaba en la superficie del vaso y lo mordió. Tenía los tobillos delicados. – ¿Y qué hace un señor tan elegante yéndose de su suite en un hotel de lujo para sentarse en la terminal de Barajas más de dos horas antes de su vuelo?

– Bueno, la verdad es que curiosamente, sentarme en una terminal abarrotada me ayuda a abstraerme. Me olvido de todo y me concentro en mis cosas. Ya sabe, hojas de cálculo, campañas de publicidad, borradores, cartas, decisiones ejecutivas… ¡Huy! Eso suena terriblemente pomposo…

– Pues sí pero seguro que hay cosas muy excitantes cuando se dirige una compañía. La dirige ¿no?

– Sí. Pero también leo periódicos y revistas, sobre todo de motor…

– Apuesto a que tiene un Porsche.

– ¿Es usted adivina o qué? Es mi único capricho.

– ¿Único?

– Bueno, casi. – José Luis sonrió por primera vez.

"Estuvieron así durante mucho rato, charlando y charlando, hasta que a José Luis le pareció haber conjurado el peligro"

Estuvieron hablando así durante el tiempo de dos coca-colas más, de cosas intrascendentes, de lecturas y excursiones, de cine y teatro (“nunca voy al teatro; la verdad es que no tengo tiempo”. “Debería ir a ver una obra de una autora iraní, Yasmina Reza, que se llama ‘Arte’; le divertiría”), de arte y sentido del humor, hasta de una calavera hecha con brillantes por un artista llamado Damian Hirst (“¿calavera?, ¡qué idiotez!”). Hablaron un poco de política (“no me interesa demasiado, la verdad”). Estuvieron así durante mucho rato, charlando y charlando, hasta que a José Luis le pareció haber conjurado el peligro.

Por fin, Eva, tras consultar su reloj, le recordó que había pasado bastante tiempo y que su vuelo debía de estar a punto de cerrar el check-in.

– No tengo prisa, – dijo, – y soy capaz de beber muchas cocas más, pero… No quiero hacerle perder el vuelo.

Se inclinó hacia delante y él pudo ver con toda claridad la curva de sus pechos y el valle interminable que había entre ellos. De pronto se le curó la timidez y no le importó mirar sin tapujos, una visión tan erótica que le derrotó por completo, sin remisión. Su corazón se puso a latir desbocado.

Carraspeó.

– Bueno, siempre puedo coger el vuelo siguiente o el último del día. Hay muchos.

– Estupendo. No quiero que piense que soy su conciencia. No soy la conciencia de nadie. Ni siquiera soy mi Pepito Grillo de mí misma, ya ve…

– El contador de su taxi sigue funcionando, ¿no? No quiero perjudicarle.

– No se preocupe por eso, – contestó ella encogiéndose de hombros, – una hora más o menos no me va a arruinar. Además, – sonrió de nuevo, – para un tipo como usted, lo que ponga el contador no le hace ni cosquillas.

– Serán los euros mejor empleados de toda mi vida. – Rieron los dos  con ganas, como si fueran dos chiquillos pillados haciendo novillos.

– ¿Cómo son sus niñas?

– ¿Mis niñas? –  preguntó Eva, sorprendida.

– Sí. Quiero decir… ya sabe.

– ¿Mis niñas? Son guapas las dos, descaradas, fumadoras y mal habladas… Las dos llevan tatuajes, discretos, eso sí, menos mal.

– No como la madre.

– No como la madre.

– Quiero decir, en la forma de hablar…

– Pues yo soy muy ruidosa.

– ¿Cómo?

– Que soy muy escandalosa cuando hago el amor. – Cerró los ojos y sonrió. – ¿Y tú? Apuesto a que estás lleno de inhibiciones y que de ti no sale un ruido. – Alargó la mano y la posó con delicadeza sobre la mesa. Fue como si a José Luis le hubieran colocado delante, sobre un fondo de terciopelo, una suave joya labrada en oro. Le pareció que lo más importante en ese momento, lo más importante de toda su vida en ese momento era poseer esa mano, acariciarla, fundirse en ella y dejar que lo poseyera. Nunca le había pasado, nunca se había sentido tan seducido. No habría podido sustraerse a ese hechizo tan carnal ni con un sobrehumano esfuerzo de sensatez.

Le puso la mano sobre la muñeca y la hizo prisionera.

Eva parpadeó como si se le hubiera disparado un tic nervioso que no fuera capaz de detener.

– ¿Qué es esto?- preguntó él.

– Quiero hacerte gritar, – dijo Eva en voz muy baja. Tenía dilatadas las ventanas de la nariz y sus ojos se habían oscurecido hasta el punto de parecer un pozo profundo a cuya hondura José Luis no habría podido  resistirse ni queriendo.

– Se nos han agotado las cafeterías, ¿no?

Eva sonrió.

– No. En realidad, no. Una amiga, que además es compañera en esto del taxi, tiene un apartamentito aquí al lado. La puedo llamar.- Lo dijo con un titubeo, como si fuera una colegiala.

– Pues llámala.

– Pero vas a perder el avión.

– Bueno.

"Se volvió hacia él por completo y, con un movimiento fluido, se desabrochó la blusa y se la quitó. Llevaba puesto un sujetador negro"

El apartamento era una menudencia: un salón pequeño con una cocina americana incorporada y un dormitorio, también diminuto, sobre el que se abría un cuarto de baño que hasta parecía lo más grande de la casa. Una terraza, aceptable y llena de plantas y flores, daba al gran patio; como el apartamento estaba en el noveno piso, entraba luz a raudales y el aire era fresco y alegre. Estaba amueblado con sencillez y discreción.

– Tu amiga tiene buen gusto.

– Sí. No vive aquí.

– ¿No?

– No. Lo alquila por semanas a turistas. – Se encogió de hombros. – Le va bien.

– Pues, – bajó el tono de voz con timidez, – hemos tenido suerte de que estuviera libre.

Eva sonrió.

Se volvió hacia él por completo y, con un movimiento fluido, se desabrochó la blusa y se la quitó. Llevaba puesto un sujetador negro. Llevándose las manos a la espalda, se despojó de él y, sin dejar de mirar fijamente a José Luis, lo dejó caer al suelo.

– ¿Tú haces el amor con la chaqueta puesta?,  – le preguntó, introduciéndole las manos entre la camisa y las hombreras de la americana. Sonreía abiertamente; por la comisura derecha de los labios tenía asomada la punta muy rosada de la lengua.

Hipnotizado por la visión de los pechos de Eva al desnudo, José Luis no acertó a contestar.

– ¿Eh? Dime, ¿con chaqueta o sin ella?

– No, no, con chaqueta no.

Eva empujó entonces la chaqueta hacia atrás y con el mismo movimiento se colgó de su cuello y lo besó. A José Luis le pareció que tomaba posesión de él y que sus bocas se hacían agua.

No hubo nada de mecánico en este sexo, solo una locura de descubrimiento, de sensaciones, de risas (¡él riendo en el amor!), de jadeos y de ayes. Solo contemplación de sus dos cuerpos, gimnasias imposibles, orgasmos, gula y golosinas.

Al final, cayeron derrengados sobre la cama con la respiración entrecortada.

Estuvieron callados durante un tiempo hasta que Eva rió suavemente.

– ¿Qué? – preguntó José Luis.

– ¿Conque eras silencioso, eh? De haber estado en tu casa, los vecinos habrían llamado a los bomberos…

– ¿Y tú?

– Ya te avisé.

– Pero eres peligrosa…

– Me encanta follar. – Alargó la mano y se la puso sobre el muslo. – Y contigo, más.

– Me gustaría que nos quedáramos a dormir aquí… o a no dormir.

Eva se incorporó apoyándose sobre un codo. Miró a José Luis durante un largo rato y él le acarició un pecho con la familiaridad instantánea que da el salto brutal de la nada a la intimidad absoluta. Ella se inclinó sobre él y lo besó con ternura.

– ¡Que yo tenga que ser la sensata! Verás: mi amiga necesita el piso a primera hora de mañana…

– Nos vamos a un hotel…

– ¿Y qué les digo yo a mis niñas?

– ¿Una avería?

– ¿Y tú a los tuyos?

– No sé. Me da igual.

– No, mi amor. ¿A qué hora es el último vuelo?

– A las once y cuarto, pero me da igual, – repitió.

Se le escapó un largo suspiro.

Eva se giró por completo y con un suave y fluido movimiento se colocó sobre José Luis. Le aprisionó las manos y lo forzó a poner los brazos en cruz.

– Así te tengo a mi merced, – murmuró. Y él, sin saber cómo, se encontró dentro de ella. – Te oigo suspirar como si te sintieras culpable y me digo que esto no requiere remordimiento, amor. Esto no es pecado ni tienes que penar por ello. Nadie tiene por qué saber nunca que hemos estado en el paraíso; ni tu mujer, ni tus hijos, ni tus directores generales. Nadie. No hay culpa que expiar por estar un rato en el paraíso y por disfrutar como loco… Vamos, no sé tú, pero yo…

– ¿Pero qué me estás haciendo? Por Dios, Eva…

– Hmmm… Y además, – sonrió con picardía, – para que veas que no te has metido en un lío y que no vas a tener que arrepentirte de nada, todavía te queda por pagar el suplemento de aeropuerto…

– ¡Ay!

– Es caro pero también vas en Audi…

– ¿Cuánto? ¡Espera! No pares…

– 300 euros.

Y en ese instante, los dos volvieron a perderse el uno dentro del otro, ardiendo, sin poder parar, enloquecidos, hasta que un largo rato después quedaron exhaustos sobre la cama, enlazados, Eva sobre José Luis, besándose el sudor con la misma glotonería que una hora antes.

– 300 euros, ¿eh?

– ¿Te parece una tasa muy cara? ¿Eh, amor?

– Me sigue pareciendo el dinero mejor invertido de toda mi vida.

Y ambos empezaron a reír, sin ruido al principio, con un crescendo que acabó en un ataque de risa imparable.

– A la ducha, Apolo, – dijo Eva por fin. – Te tengo que frotar y enjabonar para que no huelas a nada y ni las azafatas te detecten el aroma.

Aquella ducha no se pareció en nada a las que se daba José Luis a diario. Ni remotamente.

– Me acabas de estropear el gusto por la ducha en solitario.

– Vuelve a por más, – dijo Eva, riendo.

– Oh, no lo dudes.

Luego se secaron con gran ternura, muy despacio.

-La próxima vez te embadurnaré con aceite Baby Johnson. Espera. Dos cosas. – Abrió su pequeña cartera y sacó una tarjeta de visita en la que podía leerse

TAXIAUDI – E

TEL. MÓVIL: 679…..

– ¿Y qué más?

– Que tienes la camisa como un acordeón. Dámela que te la voy a planchar. Es la única vez que esta labor me va a dignificar. – Sonrió. – Hay una plancha por aquí.

– ¿Siempre planchas desnuda?

– Solo en verano… Luego te vistes deprisa y te llevo, que al paso que vamos no pillas ni el de las once y cuarto.

– Tú crees que hay un sobre por aquí?

– ¿Para qué?

– Para el suplemento de aeropuerto.

– Desde el momento en que te eché la vista encima, vi que eras un señor. Me dije, qué apetecible…

– ¿Qué pensaste de verdad cuando te hablé?

– ¿De verdad? Pensé éste me lo tiro hoy, no se me escapa. Dame un beso ahora, que luego, en la terminal, no queda bien que el pasajero bese a la taxista. Vuelve pronto, ¿eh?

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