Arterial resulta del enlace de dos principios: A las cosas mismas, que decía la fenomenología de Husserl y Merleau-Ponty y el arte como extrañamiento que sostenían los formalistas rusos.
La novela se inicia a partir dos shocks: el de Django por la pérdida de su madre, en ese aturdimiento en el que nos sumerge el duelo, y el de Florencia por la obsesión por una mancha de sangre que encuentra en el portal de su casa y de la que no puede desfijar los ojos. Tiene que hacer algo, un proyecto artístico a partir de esa experiencia. Ambos shocks son recreados formalmente mediante las escenas y pausas descriptivas que hacen del tiempo una suspensión de sí mismo. «Por eso tarda unos segundos en reaccionar. No en comprender el horror, no lo intenta, solo en adentrarse en él. Sumergirse en un asco que se aferra a la garganta. No suele pasarle, solo es sangre, o incluso quizá no es sangre, no puede saberlo. Parece sangre. En su mente ya es sangre. Un charco circular».
Esta novela hace de la experiencia del shock, del transitar y de la noche una rendición al desconocimiento mediante estos dos niveles narrativos que se entrelazan: el de la voz ensayística que establece un recorrido histórico por los significados de la sangre y el Florencia y Django. Para el primer personaje la acción de Florencia es conducida a partir de la idea de exposición que nace en torno a su atracción por la mancha que encuentra, en el caso de Django el duelo por su madre lo hace vagar por lugares que le eran propios pero que la ausencia ha reconfigurado hasta hacerlos confusos. Paulatinamente iremos descubriendo más de ambos —y de otros que se suman— subidos con Django a un Kadett rojo que atraviesa la ciudad y al igual que las luces nocturnas hacen del propio barrio un lugar extraño, el duelo lo hace de la identidad y el arte de las imágenes comunes.
La obsesión de Florencia por el charco de sangre me transportó a los dos principios con los que comienzo la reseña. Esta idea formalista de que el rasgo fundamental del arte consiste en generar extrañamiento de aquellos elementos que tenemos asumidos como cotidianos. Y la crítica fenomenológica que rompía con los universalismos y dualismos heredados de la tradición epistemológica y ontológica y que nos limitaba al aproximarnos y entender ciertos objetos en base a ciertos prejuicios. Florencia cuando alcanza a mirar la sangre la despoja de todos sus significados anteriores. Es tan solo sangre y en eso ayuda su condición artística, que le evita la necesidad de entender del todo las cosas, porque la ignorancia o el desconocimiento nos conduce a que otros significados se muestren. «Quizá tratar de resolver las preguntas es algo parecido a ese agitar el delantal en el aire y repartir las migajas. Lanzar migajas. Escurrir el bulto». Solo si aceptamos que los objetos o el resto de cuerpos son tan solo eso, podemos verdaderamente encontrarnos cerca de entenderlos. El arte nos propone esa lentitud, ese no-asumir, porque cuando Florencia mira la sangre, o cuando Django observa las fotografías, qué queda del tiempo, sino tan solo su devenir. Lo que Agamben denomina la apertura del tiempo operativo dentro del tiempo cronológico: «Se acerca —Django— despacio a la mancha. Es como una especie de danza. Un sortear personas que están en la sala y se mueven, gesticulan, chocan entre sí. Todas esas polillas que eran gusanos hace tan poco y que avanzan sin objetivo aparente». Y así, el pasado queda reabierto para resignificarse.
Es interesante como esta novela y a la vez ensayo a través del proyecto artístico de Florencia despoja a la sangre de su construcción simbólica e histórica para convertirla en un elemento de unión, o como diría Levinas, en un rostro que nos iguale al Otro. El rostro: Aquello que, como afirma Butler, nos hace ser conscientes de la precariedad del Otro y considerarlo sujeto sufriente/vulnerable y entender su vida como tal, sin nulificarla, como ocurre con las víctimas de conflictos bélicos o ciertas identidades minoritarias. El rostro no tiene por qué coincidir con la cara, de hecho, vemos que el rostro de muchas personas en ocasiones se utiliza para despersonalizarlas, como se hace con los carteles de los forajidos. ¿Y si el rostro fuera la sangre?, ¿y si Arterial propone el interior como elemento común que da cuenta de que la vulnerabilidad humana no entiende de razas, géneros o identidades y que una vida es una vida en cualquier caso? Y si Florencia, de tanto extrañar la sangre con su mirada, la convierte en el rostro del Otro y quisiese hacer de su interior, de su cuerpo, una exposición para que todos veamos que somos un rostro común, que somos una quebradiza arquitectura de huesos, cartílagos y arterias, que todos transitamos el sufrimiento y no hay nada más, no hay asunciones ni jerarquías ante eso. «El charco de sangre es justo una representación de eso que la perturba —dice la narradora sobre Florencia—. Algo interior que se ha derramado fuera. Fuera de los límites de la intimidad de las venas, pura exteriorización del yo. El yo de alguien». Cada charco de sangre, cada radiografía, señala que detrás hay un yo, un sujeto individual, pero eso que hay en común lo convierte en alguien tan humano como quien lo observa. Todos estamos hechos de lo mismo, sangre y nada más.
Se observa en Arterial una crítica fenomenológica que sigue la estela Merleau-Ponty y De Beauvoir. Los objetos dependen de quien los observa y tienes que comprender el riesgo de lo heredado antes de aproximarte. El arte sirve para extrañar esos objetos, pero del mismo modo los traiciona: «Ya no hay una sola mancha. Ahora hay una mancha en el suelo y salpicaduras de imágenes en el interior de las cámaras y sobre el mismo suelo, en rectángulos de papel desperdigados que esperan coagularse», nos dice la narradora, después de Florencia supere el sobrecogimiento para agarrar la cámara y fotografiar la sangre. En esta novela la voz ensayística recorre la idea de Limpieza de sangre de la inquisición hasta llegar a Charles Richard Drew, un médico afroamericano investigador del método de conservación de la sangre, cuya paradójica y triste muerte me ha descubierto este libro, porque el extrañamiento del arte también nos hace reordenar lo sensible, alumbrar aquello que quedaba oculto detrás de lo asumido. Redescubrir lo sucedido, porque las buenas novelas nos despojan de las certezas.
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Autora: María José Galé Moyano. Título: Arterial. Editorial: Candaya. Venta: Todos tus libros.


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