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«The One» y el lado oscuro de las quedadas online (y las series de Netflix)

«The One» y el lado oscuro de las quedadas online (y las series de Netflix)

Netflix come Netflix. The One, una de las últimas series estelares de la plataforma de streaming, pone una ultrasofisticada aplicación de ligue en la picota con una trama de suspense en la que el destino de varios personajes se ve alterado y definido por la mera existencia de este, digamos, nuevo medio de socialización que nos encuentra el amor definitivo a través de nuestro ADN.

Una aplicación online hace, por tanto, un comentario moral sobre otra aplicación online, un nuevo concepto de guerra civil entre los dos recursos con más curva de crecimiento en tiempos de Matrix, con más cuota de responsabilidad en esa cúpula digital que ya cubre nuestras cabezas con más grosor que la capa de ozono.

"Se trata de una ficción que mezcla thriller y drama con la misma sofisticación que alterna pasado y presente"

The One es, también, el típico y ya no tan nuevo producto en esta asentada época de eterna transición tecnológica y series limitadas. Se trata de una ficción que mezcla thriller y drama con la misma sofisticación que alterna pasado y presente, es decir, con una aceptable habilidad que ya resulta característica en las series de la casa. Uno puede alabar su habilidad a la hora de guardarse sus cartas como su escasa decisión definiéndose por una u otra, y al final asistir al evento de la semana con el piloto automático activado de «mejor diez capítulos que veinte».

En The One removemos el pasado amoroso de la responsable de este Tinder distópico (eficaz Hannah Hare, la mejor del reparto) mientras asistimos al revuelo político y periodístico generado a su alrededor. En el fondo del río hay un cadáver y la consecuente investigación policial, como también un par de historias amorosas y familiares filiadas a la dichosa aplicación. Durante los primeros episodios tampoco faltará cierta cuota de hospitales, para que ningún escenario de los géneros televisivos quede olvidado, ni la cuota de remordimiento new age de estos tiempos de pose en Instagram y conciencia culpable en Twitter. Pero ojo, que nada es lo que parece, y en el momento oportuno aparecerá ese giro de guión en el que la serie se cambia de acera, precisamente porque así lo ha dictado un algoritmo digital, que parece igualmente extraído de nuestro ADN.

"Un comentario sociológico sobre nuestra necesidad de amor y cómo la tecnología cubre el hueco con terrorífica y distante eficacia"

La serie retrata un lúgubre y elegante Londres con un desapasionamiento interesante, como esos cortes de pelo a la moda cuidadosamente despeinados que, no obstante, en algún momento dejarán de dar la nota. Hace también un comentario sociológico sobre nuestra necesidad de amor y cómo la tecnología cubre el hueco con terrorífica y distante eficacia, porque la sombra de Black Mirror es alargada y tiene que parecer que decimos algo aunque realmente no cuentes nada. Y, narrativamente, se aplica muy bien ese cuento de que más (personajes, situaciones) es siempre mejor, porque así abarcas más cuadrantes de público incapaces de decidirse por lo que están viendo hasta que ya lo han visto.

Falta, no obstante, la poética inconsciente de The Leftovers (y su memorable banda sonora), el sustento dramático de una miniserie negra y social como The Night Of. Y, desde luego, el afán lúdico y participativo de una buena Stranger Things. Lo que están viendo es, sin más, una nueva serie de Netflix, un pitch interesante de novela comercial como las que la plataforma no se harta de adaptar con éxito. Y un modelo aspiracional nuevo del que todo escritor/lector/espectador de momento está encantado de formar parte.

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