Theda Bara, la primera maldita

Si la historia del cine fuese la historia de la humanidad —de que es su mejor ilustración no albergo duda alguna—, su prehistoria abarcaría desde las sombras chinescas —que se ven por primera vez con la dinastía Tang, allá por el siglo VII— hasta los juguetes ópticos —la linterna mágica (1607), el Zoótropo (1860), el Praxinoscopio (1877)—, ya en Europa. A grandes rasgos, el cinematógrafo de los Lumière (1895), evolución de los juguetes ópticos más que invento propiamente dicho, podría considerarse el primer documento escrito.

Admitiendo esa cronología comparada, el esplendor de la pantalla silente —los años 20 de la centuria pasada— sería la Antigüedad Clásica, grecolatina. Así las cosas, nos quedaría un periodo anterior, el equivalente a Sumeria y el Antiguo Egipto, que, en nuestro símil con la gran pantalla, bien podría ser el mutismo primitivo, el que se vio entre 1900 y 1910.

"En uno de los intertítulos se le atribuía a Vampiresa una orden que rezaba: ¡Bésame, tonto! Aquello fue el colmo del descaro"

Las vampiresas auténticas, las vamps que se les llamaba antes de que fueran desplazadas por las alegres flappers de los felices años 20 y relegadas al más absoluto olvido, fueron las chicas prominentes en aquella pantalla arcaica. La primera de todas ellas, Theda Bara, la que forjó el prototipo, fue una mujer maldita como pocas, máxime considerando que todo lo que hizo para merecer tal estigma fue dar verosimilitud a sus personajes. Vampiresa era el nombre del primero de ellos. Basada en The Vampire, un poema de Rudyard Kipling, fue ésta la primera adaptación a la pantalla del poeta del imperio británico. Porter Emerson Browne escribió el guion. Dirigido en 1915 por Frank Powell con el título de A Fool There Was, la vampiresa que habría de ser el modelo de todas era una mujer fatal —naturalmente europea: para aquella América, tan puritana, el mal siempre llegaba de Europa— cuyo mayor placer consistía en buscar la destrucción de los hombres. Su primera víctima era John Schuyler (Edward José), un diplomático estadounidense al que Vampiresa llevaba a su depravación en el Viejo Continente, para acabar abandonándole recién llegada a Nueva York y seducir a otros hombres.

La famosa degeneración cosmopolita se reducía a unas miradas tristes y unos bailes, no especialmente sensuales. Aunque, eso sí, los planos de unas copas de champán, sucias y caídas sobre la mesa, nos indicaban que los bailarines, más que a un baile, asistían a una orgía borrachos como cubas. Nada del otro mundo en nuestros días, pero en aquellas remotas sesiones del silente arcaico, el escándalo era mayúsculo. Al cabo, Mrs. Schuyler estaba dispuesta a admitir a su marido de nuevo en casa. Pero Vampiresa volvía a seducirle hasta hacerle jurar, ya estando el diplomático en su último trance, que sería su esclavo.

"William Fox, uno de los productores más avispados de aquel Hollywood que aún se hacía a sí mismo, supo potenciar aquel deseo que despertaba la joven"

Lo peor fue que, en uno de los intertítulos, se le atribuía a Vampiresa una orden que rezaba: “¡Bésame, tonto!”. Aquello fue el colmo del descaro para una mujer a la que el público asociaba sin remisión a sus vampiresas. A fin de cuentas, aún había espectadores bisoños que se asustaban ante los primeros planos —infrecuentes en el silente arcaico— en el convencimiento de que eran una suerte de cabezas cortadas. Ante semejante panorama, los personajes se confundían con sus intérpretes como nunca volvería a verse.

Cuesta creer que aquellas ingenuidades acabasen por estigmatizar a una persona. Pero la situación era más compleja de lo que parecía. No estaban muy lejanos —si es que habían pasado ya— aquellos tiempos en que, tanto en la inocente América como en la depravada Europa, una señora enseñaba un tobillo involuntariamente, al levantarse la falda para subir al tranvía, y bien podía provocar una polución espontánea en un caballero que estuviera admirándola. Esas mismas señoras, que en Estados Unidos clamaban por la Ley Seca —impuesta en varios condados a partir de 1912, acabaría por aplicarse en todo el país en 1920—, eran conscientes del magnetismo que la disoluta y exótica Theda ejercía sobre sus maridos. Y William Fox, uno de los productores más avispados de aquel Hollywood que aún se hacía a sí mismo —como también era el caso de la séptima musa— supo potenciar aquel deseo que despertaba la joven.

"Lo peor estaba en algunas condiciones del contrato: no podía casarse; también se le prohibió la entrada a los baños turcos y siempre se le obligaba a esconder el rostro tras un velo en público"

Tras alguna experiencia teatral —la gacetillera Hedda Hopper recordaba haberla visto haciendo teatro en Nueva York en 1908—, Theda Bara llegó a Fox como la actriz de Powell, uno de los realizadores que empleaba. Y Fox, mucho más consciente que ella misma de las posibilidades que le brindaba el magnetismo que la actriz ejercía sobre los hombres, la modeló a su antojo. Para empezar, hizo correr el rumor de que su nombre —que en realidad era el diminutivo de Theodosia, que la llamaron sus padres cuando nació, en Cincinnati, Ohio, en 1885— era el anagrama de la palabra “death” —en inglés, “muerte”—. Después ideó todo un repertorio de eslóganes y maledicencias que terminaron de aquilatar su fama de auténtica vampiresa. Se contaba que era hija de una concubina egipcia y de un artista francés que fue su amante; otras historias hablaban de que su padre fue un jeque que la crio en el desierto del Sahara, del que había escapado; también se la hacía pasar por una princesa europea que ocultaba algo; y siempre, fuera cual fuese su ocupación, Theda era conocedora de ritos ancestrales capaces de amarrar a cualquier hombre. Lo que fuera a cambio de esos 75 dólares semanales que Fox le pagaba. Lo peor estaba en algunas condiciones del contrato: no podía casarse; también se le prohibió la entrada a los baños turcos y, siempre, bajo cualquier circunstancia, se le obligaba a esconder el rostro tras un velo cuando se mostrase en público.

Debió de ser muy triste para una chica como Theda, discreta, incluso tímida, como era ella para aquel “maravilloso sinsentido”, que llamó Kenneth Anger a aquel Hollywood que aún desafiaba abiertamente al puritanismo. En efecto, verse convertida en el paradigma de las vampiresas no debió de ser tan grato como puede parecer. Su ascenso fue tan rápido como su caída, su estrella fulgió durante poco más de cuatro años, las vampiresas comenzaron a aburrir cuando acabó la guerra y llegaron las flappers. Theda Bara se fue sumiendo en el olvido.

"Si en el último pajar de nuestra hermosa y variada geografía aún existe una lata de cualquiera de las cintas de Theda Bara dadas por perdidas, mi amigo Ramón Rubio seguro que la encuentra"

El cine también es grande por generar entregas como la de mi amigo y mentor Ramón Rubio. Le conocí hace treinta y tantos años, cuando coincidimos en el equipo del festival de cine que se celebraba entonces en Madrid. Él llevaba el archivo y estaba al cuidado de las publicaciones; a mí me empleaba la oficina de prensa. Ya entonces, mi buen Ramón simultaneaba aquella ocupación con su trabajo en los archivos de la Filmoteca Nacional, en cuyos protocolos me introdujo. Llevaba en tan admirable centro desde que se le recuerda. Con independencia de aquel trabajo, la documentación que atesoraba en su casa ya era un mito. Todo lo publicado sobre cine en español obraba en su poder. Autor del mayor catálogo sobre la historia de España vista a través del cine que se haya impreso —dado a la estampa por Ediciones Polifemo en 2007—, con el curso del tiempo, en los años previos a Internet, siempre que precisaba un título, un nombre, una fecha, que en mis libros —que también son bastantes— no aparecían ni por el forro, llamaba al gran Ramón. Con una diligencia comparable a la de las primeras bases de datos, mi amigo, siempre infalible, despejaba mis dudas. Básicamente, yo entonces redactaba obituarios, noticias necrológicas para El Mundo y, a menudo, tenía que escribir un folio en una hora. Aquellos textos fueron una de las mayores alegrías que me ha deparado la vida. Pero hubo veces que, de no haber sido por mi buen Ramón, no hubiera llegado a tiempo.

Hace años que no voy por la Filmoteca. Puedo jactarme de haber visto todas las cintas de mi interés que programan, no sin cierto pesar, porque la de sus proyecciones es una de las grandes nostalgias del otoño de mis días. Siempre que vuelvo al Doré por una u otra razón pregunto por él. Me dicen justo lo que espero escuchar: aunque ya está jubilado, sigue colaborando con ellos. Es relativamente frecuente que les llamen de los sitios —un día un pajar, otro una chamarilería— donde, de pronto, aparecen las latas de una película. El que va a buscarla y la cataloga es mi amigo Ramón Rubio. Después, los técnicos de la Filmoteca la digitalizan fotograma a fotograma. Suele llevarles varios meses, pero es así como se preserva el cine para las generaciones venideras. Pocos trabajos me merecen tanta admiración y tanto respeto. Por eso me atreveré a decir que si en el último pajar de nuestra hermosa y variada geografía aún existe una lata —no ya una película entera— de cualquiera de las cintas de Theda Bara dadas por perdidas, mi amigo Ramón Rubio seguro que la encuentra.

Y ya puestos a comparar el cine con otras grandezas, los datos que se extraigan del hallazgo vendrán a ser lo que fueron esas noticias que da Herodoto de Tebas, seguidas por los viajeros europeos que, allá por los siglos XV y XVI, se aventuraban por el bajo Nilo.

En 1919 William Fox no sólo rescindió el contrato a Theda Bara cuando fue desplazada por las flappers. También vendió los negativos de sus cintas. Lejana aún la televisión, en aquel silente arcaico, una vez acababa su vida comercial, las películas perdían todo su valor. Ya sin perspectivas, sus propios productores solían deshacerse de ellas.

"Gracias a los cinéfilos que nos precedieron, sabemos que Theda Bara, siempre a las órdenes de Powell o de J. Gordon Edwards, interpretó a todo un catálogo de seductoras: Salomé, Cleopatra, Madame du Barry, Carmen..."

Nadie podría precisar si todo ese cine silente que se da por perdido —la mayoría— fue pasto de las llamas —con anterioridad al filme de seguridad (1954) las cintas, frecuentemente, ardían por combustión espontánea— o de las ventas de los negativos por parte de quienes debían haberlos conservado. Las emulsiones fotográficas, al tener nitrato de plata —que sabiéndolo hacer podía extraerse—, tenían cierto valor en las chamarilerías. Por eso precisamente el gran Henri Langlois fundó la primera filmoteca. Por eso también la misión más elevada de la cinefilia es preservar el cine para las generaciones venideras.

Gracias a los cinéfilos que nos precedieron, sabemos que Theda Bara —cuya filmografía es paradigmática del cine perdido—, siempre a las órdenes de Powell o de J. Gordon Edwards, interpretó a todo un catálogo de seductoras: Salomé, Cleopatra, Madame du Barry, Carmen… Se dice que hasta su Julieta tenía trazas de vampiresa.

Su marido la retiró. Theda intentó volver al cine y demostrar la versatilidad de su arte. Pero su tiempo había pasado y su esposo seguía sin dejarla volver a los rodajes. Cuando murió en 1955 era un mito entre los cinéfilos, aunque salvo A Fool There Was, el único título de su filmografía llegado hasta nuestros días, y tres rollos sueltos de otras tantas cintas, nadie hubiera visto nada de Theda Bara. Eso sí, nos habla de ella la literatura cinéfila.

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