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«Thérèse filósofa», pensar con el sexo, ¡otra vez!

«Thérèse filósofa», pensar con el sexo, ¡otra vez!

El hecho de que las investigaciones sobre la literatura erótica de la Francia del siglo XVIII tengan una de sus principales fuentes en los archivos policiales de La Bastilla revela hasta qué punto el siglo de las Luces fue también el de las Sombras. En el largo proceso que llevó al imperio de la Razón (primero idealmente, luego con toda su crudeza goyesca tras el Terror revolucionario) muchos caminos se tomaron y otros muchos se abandonaron. Algunos fueron secretos y libertinos, y han quedado recopilados en un puñado de obras que, sin duda, han marcado la literatura moderna en más de un sentido.

Thérèse filósofa luce en esa constelación literaria con un brillo especialmente lúbrico, trémulo y espiritual, porque su lenguaje es, específicamente, el mismo de los filósofos que hicieron posible la Enciclopedia. La historia de iniciación en los secretos del erotismo de una joven corre paralela a una iniciación en los misterios del pensamiento filosófico de la época, dando la vuelta a cuantos silogismos virtuosos pudieran pensarse entonces, con un resultado de argumentación filosófica muy competente sobre diversas inmoralidades. Así, Thérèse es el relato donde la misma lengua besa, chupa y expresa pensamientos. Como la vida misma.

"Thérèse filósofa ha servido de ejemplo para autores tan lejanos de aquella Francia de pelucas y élites depravadas como Henry Miller"

Un confesor que engaña a una novicia puede parecer una historia poco original, repetida a lo largo de la historia. Pero en el arranque de esta novela las trampas de la fe no solo alimentan un relato de hechos sino una discusión continua de los argumentos que hacen avanzar la peripecia desde el estupro a los más sofisticados divertimentos eróticos en grupo. Entramos en el relato como voyeurs, pero es que además lo primero que el narrador nos dará para mirar serán los ojos de la inocencia, la vista de la cándida jovencita que mira al confesor Dirrag mientras este engaña a Eradice para violarla, logrando que ella confunda los movimientos amatorios con ejercicios espirituales o místicos. Esa mirada quiebra los límites entre lo que el lector sabe y percibe y lo que la jovencita explica.

«Moderna» es una palabra adecuada para esta narración, por cuanto la estructura del libro, basada en los episodios amatorios y lascivos que se ven interrumpidos por apasionadas urgencias filosóficas y deliberaciones (a)morales, permite un dibujo detallado de los ángulos más interesantes —por ser los menos visibles— de una sociedad como la francesa de la época, que ha aprendido a dudar de todo, sin excepción, y busca una explicación nueva para las cosas del mundo mientras se piensa y se describe a sí misma, casi como hacemos ahora, pregonando leyes y valores que deben cumplirse pero se incumplen con mucha frecuencia en la privacidad, contemplando hermosas nalgas y obviando la realidad última de la diversidad y libertad que subyace a las pasiones eróticas. El erotismo, con perdón de Carlos Marx, se demuestra sin demasiadas dudas como uno de los principales motores que mueven el mundo, desde Helena de Troya hasta nuestros días.

"Thérèse filósofa es una de las novelas a la vez más depravadas y reflexivas que la literatura libertina del XVIII llegó a producir"

Esa estructura novelesca de polvos y disquisiciones barajadas se ha mantenido hasta mucho tiempo después. Thérèse filósofa ha servido de ejemplo para autores tan lejanos de aquella Francia de pelucas y élites depravadas como Henry Miller, tal vez seguidor de las enseñanzas del desconocido autor de la Thérèse filósofa. Entre los episodios eróticos y las recaídas sucesivas del relato entre los sexos de sus protagonistas, Miller también fue capaz de tratar de repartir diversas disquisiciones en la corriente del pensamiento de sus protagonistas (trasuntos de sí mismo) hasta formar un retrato insolente que dejaba en entredicho la hipocresía moral y sexual de la puritana sociedad estadounidense de su siglo, siglo XX, felices años…

Lo mismo hace el autor de esta Thérèse filósofa, una de las novelas a la vez más depravadas y reflexivas que la literatura libertina del XVIII llegó a producir. No sabemos aún quién la pudo escribir, aunque no nos faltan teorías, una de las cuales desemboca en el marqués d’Argens, un noble occitano. Aunque no faltarán quienes vean en este relato una falta de sensibilidades contemporáneas, de corte feminista, la novela debe leerse como lo que es: el testimonio de la necesidad de liberarse de las muchas cortapisas que la religión y la costumbre, la decencia, imponían en el terreno sexual, dando espacio a los gustos indecentes que propiciaban el formalismo y el exceso de rigor entre las enaguas de aquella sociedad, una narración cuyo éxito permite sin duda pensar que en las alcobas del Antiguo Régimen había mucha más historia de la oficialmente reconocida. Una enciclopedia de pasiones, una erupción de prácticas sexuales ilícitas.

Tumulto, sexo e imprenta 

La historia editorial del libro es tan tumultuosa como la trama. La enorme demanda de las novelas más apreciadas por el público libérrimo que adquiría estas obras clandestinamente, avivado por el hecho de que la novela estaba prohibida policialmente y perseguida por la religión, permitieron que muchos impresores cambiasen la fecha de edición para vender sus tiradas como si fueran la primera, la edición príncipe, alimentando ese mercado con una idea realmente virginal de libros en primicia, erotismo intacto, calentones privadísimos y exclusivos sin faltar al decoro públicamente.

"La respuesta no debe ser simple, puesto que estamos atravesando uno de los periodos de mayor censura de los últimos cien años"

La pregunta moralista sigue siendo hoy pertinente: ¿por qué leer en este 2022 un libro como Thérèse filósofa? La respuesta no debe ser simple, puesto que estamos atravesando uno de los periodos de mayor censura de los últimos cien años, donde los vetos y las listas negras de temas a tratar convierten el espacio lector en un lugar cruzado por renovados impulsos de clandestinidad e intercambio de información muy novelescos. Lea y en su caso recomiende usted, apreciado lector, este libro. A las radicales guardianas y los no menos radicales guardianes de las esencias de lo políticamente correcto, nuestra Thérèse se les puede atragantar al primer sorbo y sufrirán viendo cómo un confesor manda en el cuerpo femenino heteropatriarcalmente, se indignarán con la prohibición a la joven protagonista de meter el dedo en la vagina al masturbarse para dejar intacto el himen y con él la honra (dirán: «qué antiguo»). Pero también y por eso mismo se perderán la terca rebeldía con la que la chica va descubriendo que los límites son sólo palabras, ideas filosóficas, que ella es capaz de quebrar con sus deseos desatados, que no son conceptos sino cuerpos que pueden penetrarse y con los que se puede jugar. Aquí no hay género pero sí hay sexo, mucho sexo. No hay doctrina pero sí libertad, muchísima, así en el pensamiento como en el pubis. La iniciación erótica lo es a la vida, donde ella estará sola, aunque acompañada casi siempre, y se mueve cada vez mejor entre escondites y éxtasis tan intensos que, incluso en presencia de un confesor, no serían demasiado confesables.

Las travesuras, las escenas tórridas, hilarantes, incluso asquerosas, se sucederán sin que las «nuevas monjas» de la moral, como llama a estos guardianes actuales de la corrección política la gran Rosa Belmonte, acaben de darse cuenta de que esta historia concita todas las ambigüedades en el filo de sus páginas. Y huirán de ellas como de la peste por eso mismo.

"Los labios deben moverse siempre, continuamente, tanto para verbalizar como para 'vergalizar' lo que la sabiduría va a aportando cada día a nuestra piel"

Usted, amable lector, póngase cómodo, deléitese y ciña las curvas de este erotismo de manantial, antiguo y fresco, que surge de Thérèse filósofa, en el que los estigmas deben quedar a la vista para mostrar los pechos, y han de tocarse para rozar bellos pezones, sacudir ilustradas pichas que alguien confundirá con cordones de hábito santo. Y los labios deben moverse siempre, continuamente, tanto para verbalizar como para «vergalizar» lo que la sabiduría va a aportando cada día a nuestra piel. Aprenda a pensar con el sexo. Mientras el sexo. Antes y después. Súmese a la rebeldía de la carne ahora que la carne vuelve a estar mal vista en la mesa y, según de qué manera, en la cama también. Acaricie usted las páginas que a otros les parecerán, como a los policías de hace 300 años, inmorales, intolerables, llenas de errores y que por eso mismo no deben caer en según qué manos. Precisamente por esta razón confiemos tan solo en que, como hicieron tantos lectores desde los tiempos de La Bastilla, sea usted capaz de tomar este libro en serio con una sola mano.

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Thérèse filósofa acaba de ser publicada en español en la magnífica editorial Laetoli, especializada en libros de filosofía. Con este libro único, los editores premian doblemente a sus lectores pues ofrecen el placer de leer el Thérèse filósofa en nuestra lengua en una magnífica traducción de Bernat Castany Prado, y además devuelven el volumen al lugar que le corresponde que no es, en puridad, la literatura erótica, sino enmarcado entre las revolucionarias e imprescindibles filas de algunos de los autores más importantes de la Historia Universal de la Literatura, la Ciencia y el Pensamiento.

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Autor: Atribuido a varios autores. TítuloThérèse filósofaEditorial: Laetoli. Venta: Todos tus libros y Amazon.

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