“Estoy aquí como plenipotenciario del reino de los espíritus libres.”
Trópico de Cáncer
“Todos somos culpables de un crimen: del gran crimen de no vivir plenamente la vida. Pero todos somos libres en potencia. Podemos dejar de pensar en lo que no hicimos para hacer dentro de nuestros poderes. Y lo que sean estos poderes ínsitos en nosotros acaso nadie se haya atrevido a imaginar verdaderamente. Comprenderemos su infinitud el día que admitamos que la imaginación lo es todo. La imaginación es la voz del atrevimiento. Si Dios tiene algo de divino es por eso: porque se atrevió a imaginarlo todo.”
Sexus
He sentido siempre una fascinación particular por la correspondencia. En el pasado era emocionante recibir una carta con una vistosa estampilla y la impresión del matasellos que nos permitía establecer la ruta que había descrito la misiva. La instantaneidad del correo electrónico ha deshecho nuestra idea de la vida postal y las estaciones de paso desde el buzón al destinatario. Ya nadie dedica un recuerdo a aquel diligente y reiterado personaje que era el cartero. No obstante, la inmediatez de nuestro tiempo no ha destruido la ilusión por el mensaje porque lo que importa y pesa es el contenido de lo que recibimos. Mi primer encuentro con Henry Miller fue un viejo libro de la biblioteca de mi padre que subsiste como casi todos sus libros en mi biblioteca actual y que yo leía a ratos y por párrafos logrando una emoción preliminar que pude completar con la lectura efectiva de buena parte de su obra. Sin embargo, de ese libro compilado por el genial e infeliz Lawrence Durrell (lo llamo infeliz porque la dicha no se lucía con él ni él con los lugares maravillosos en los que le tocó vivir), Lo mejor de Henry Miller, publicado por Sur en Buenos Aires, me otorgó una imagen refulgente del escritor de Brooklyn, pero no visité su obra enseguida, sino que me dejé tentar por la correspondencia entre él y Lawrence Durrell que ha sido una de las lecturas más determinantes que he hecho porque nadie sale igual luego de completar sus páginas. La edición que tuve por vez primera pertenecía a la biblioteca del expresidente venezolano Ramón J. Velásquez; había sido publicada en Argentina por la editorial Sudamericana, estaba traducida al español y nunca había sido leída por nadie. El lector entiende perfectamente a lo que me refiero: se reconocen de inmediato los ejemplares que no han sido visitados, y no se trataba de un libro intonso. Me acerqué a ese intercambio epistolar porque fue la época de mi lectura del Cuarteto de Alejandría y me urgía retratar en toda su extensión al Durrell que carece de pudores para presentarse en sus cartas a Miller. Esa amistad entre Durrell y Miller había surgido por la lectura de Lawrence de Trópico de Cáncer y la desatada admiración que despertó en él que hizo escribirle y convertirse en su amigo por el resto de su vida.
“Y ahora que medio millón de personas me ha leído, ¿qué sentido tiene eso? Sólo puedo contar con unos cuantos admiradores auténticos.”
“¡Conferencias! Recibo propuestas todos los días, a razón de 200 y hasta 1.000 dólares por conferencia. Jamás acepto. Odio las reuniones públicas.”
“En esta casa, o mejor dicho en esta obra, la verdad se sirve a toda hora. Siempre a punto, como quien dice.”
Henry Miller nació en la ciudad de New York, en un hogar luterano y se crio en Brooklyn. Su padre era descendiente de bávaros y su madre de prusianos. De hecho, su lengua materna fue el alemán y no habló inglés hasta que comenzó la escuela. Hay un espíritu alemán en su complexión tanto de crianza como de sus familiares y amigos de la calle. Miller será siempre muy crítico de las nacionalidades, comenzando por la suya, la de los Estados Unidos, a la que reconviene y metaforiza en sus libros. También lanza pedradas gruesas sobre el tejado de los alemanes y los franceses y ni se diga de los ingleses a los que desprecia con verdadero ánimo al igual que dedica frases enteras en sus novelas a despotricar contra los judíos. En Los libros en mi vida (1952) aplica el torniquete a los británicos:
“Inglaterra se convirtió para mí en un país rodeado de impenetrable oscuridad, maldad, crueldad y tedio. Ni un rayo de luz brotó de esos libros mustios. Eran barro primordial en todos los planos. Por intenso e irracional que sea este pensamiento, tal cuadro de Inglaterra y de la vida inglesa persistió hasta bien entrado en mis años maduros, para ser sincero, hasta el momento en que visité Inglaterra y tuve oportunidad de conocer a los ingleses en su propia salsa.”
Miller tuvo una vida anodina hasta casi los cuarenta años con estudios frustrados y empleos múltiples, un matrimonio, una hija descuidada, un divorcio y una amante, bailarina para más señas, que le cambió la vida: June Mansfield. En 1928 se casa con June y en 1930, alentados por el coletazo de la Gran Depresión, se van a París. A Miller le sucede lo mismo que le pasó a Henry James o a los escritores de la llamada “generación perdida”, sus contemporáneos por lo demás, Ernest Hemingway, John Steinbeck, Francis Scott Fitzgerald, T. S. Eliot, Ezra Pound, William Faulkner, Gertrude Stein, que vieron en Europa un faro de iluminación cultural versus la sociedad mecanicista y utilitaria que representaban los Estados Unidos. Los primeros tiempos en París son duros y ásperos, rodeados de pobreza y escasez, pero de descubrimientos incesantes por un mundo nuevo que se abre. Gracias al abogado Richard Osborn, los Miller son recibidos en su casa y hasta Henry obtiene dinero de su generoso mecenas para sus gastos y correrías. Hay un ambiente de bohemia y disipación, cultura y asombro. Miller se relaciona con los grandes creadores de la cultura francesa en particular con el grupo surrealista que marcará su obra, aunque él decía saber lo que eran el dadaísmo y el surrealismo antes de entrar en contacto con estas corrientes. De hecho, Miller y Breton se conocieron y Miller admiraba el inmenso desafío creativo que adelantó el surrealismo, aunque marcó distancia con el dogmatismo de Breton que siempre fue una suerte de mandarín incuestionado del movimiento. Alfred Perlès le consigue un trabajo de corrector para el Chicago Tribune y con el tiempo escribiría un libro llamado Henry Miller, mi amigo. Gracias a Osborn y Perlès, Miller se puede dedicar por entero a la escritura. En esos años el matrimonio Miller conocerá a Anaïs Nin con quien formará una relación amorosa. La propia Nin dejará constancia de esos amores triangulares y destemplados:
“June es mi aventura y mi pasión, pero Henry es mi amor. No puedo ir a Clichy a enfrentarme a los dos. Le digo a June que es porque temo que no sepamos ocultar nuestros sentimientos delante de Henry, y le digo a Henry que es porque temo no fingir bien delante de June. La verdad es que miro a Henry con ojos ardientes y a June con exaltación. La verdad es que sufro humanamente al ver a June instalada al lado de Henry —donde yo quiero estar— porque la intimidad entre Henry y yo es más fuerte que cualquier aventura.”
Con los buenos oficios de Anaïs Nin, Henry Miller logró publicar su primera novela, Trópico de Cáncer, en septiembre de 1934 por Obelisk Press en París. La edición se vendió de inmediato a pesar del limitado número de ejemplares de la impresión inicial de unos mil volúmenes. El hecho de que fuese censurada en los Estados Unidos elevó su consideración e interés y convirtió a Miller y su obra en literatura de culto. La novela no pudo venderse sino hasta 1961 en los Estados Unidos, alcanzando cien mil ejemplares en tapa dura y más de un millón de la edición de bolsillo. La novela tiene una connotación, más que de autobiografía como abundan las etiquetas frente a esta novela y como el propio Miller insistió, de incluirse como personaje y parodiar las propias situaciones que enfrentó Miller en el París de los años 30. Decir que se trata de una autobiografía supondría la repetición de una linealidad vital y narrativa cuando no lo es en relación con una realidad abjurada, sublimada, ironizada y reformada desde el punto de vista de la transformación de la rescritura. Pongamos un ejemplo fácil para entender este aspecto. Hay un Borges personaje en su cuento “El Aleph” como en muchos de sus otros cuentos: esta literaturización del autor como testigo estrella del relato no implica un traslado fidedigno de la realidad al papel sino una descomposición de esa misma realidad en beneficio de la trama y de la estética de los cuentos. Lo mismo sucede en la obra de Miller: ese Henry o ese Henry Miller que se asoma a sus novelas “tropicales” es una recreación o devaluación de sí mismo y es un personaje que puede o no coincidir con el autor en su rol impostado de narrador. Lo asoman los primeros párrafos de la obra:
“No tengo dinero ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo. Hace un año, hace seis meses, pensaba que era un artista. Ya no lo pienso, lo soy. Todo lo que era literatura se ha desprendido de mí. Ya no hay más libros que escribir, gracias a Dios. Entonces ¿esto? Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza… a lo que os parezca. Voy a cantar para vosotros, desentonando un poco tal vez, pero voy a cantar. Cantaré mientras la diñáis, bailaré sobre vuestro inmundo cadáver…”.
Estas palabras iniciales de confrontación, este voluntarioso “insulto al público”, marcan que la novela o lo que se considere que pueda ser, representa algo diferente de la experiencia anterior. De alguna forma asume un credo de ruptura en que el artista es un intérprete despiadado de su tiempo y no ocultará lo que de mugroso y pestilente encuentre entre los pasillos de la realidad y las hasta entonces cuidadas avenidas de la historia. Se trata de una obra que es la némesis del remilgo. Miller es de la herencia dostoievskiana. Su Trópico parisino es su memoria personal del subsuelo, su descenso al hades galo que se confunde con la realidad en el que se ve rodeado de prostitutas, proxenetas, pillos, desenfreno sexual, palabras que hieren la realidad, palabras irónicas (“papelitos con recetas para el Weltschmerz”), violencia sin maquillaje o consideración, desprecio por las personas (“las personas son como los piojos: se te meten bajo la piel y se te entierran en ella. Te rascas y te rascas hasta hacerte sangre, pero no puedes despiojarte de una vez”). El mundo del artista parece haber muerto. Es curioso cómo los rupturistas hacen de la decadencia un imperativo moral de liquidación como siempre lo expreso Miller en su J’accuse a las miserias materiales y humanas que reconoce y señala alrededor. El personaje de la novela, el Henry envalentonado con la destrucción, lo dice abiertamente:
“El mundo, nuestro mundo, lleva cien años o más muriendo. Y, en estos últimos cien años más o menos, ningún hombre ha sido lo bastante loco como para meter una bomba por el ojo del culo de la creación y hacerla saltar por los aires. El mundo está pudriéndose, muriéndose poco a poco. Pero necesita el coup de grâce, necesita saltar en pedazos. Ninguno de nosotros está intacto y, sin embargo, llevamos dentro todos los continentes, los mares que separan los continentes y las aves del aire. Vamos a consignarlo: la evolución de este mundo que ha muerto, pero no ha recibido sepultura.”
El personaje es solicitado, buscado. El ambiente es coral y aparecen personajes de reparto de la vida misma que van dejando su impronta en este viaje por un París que estalla como un volcán, dejando arrastrar su magma abrasador en un proceso endémico de creación y destrucción, de nacimiento del mundo como una isla súbita en medio del océano, o un tornado que arrasa con todo lo que tiene a su paso, un sismo violando su propia escala de Richter, una cascada que inunda todo con su agua bendita o envenenada. Porque la prosa de Miller pretende ser fundacional, y más allá de que se le haya endilgado la acusación de ser una literatura en la que el sexo se exalta, Miller se planteó dos cosas: la liberación del prejuicio y el oscurantismo sexual, y la posibilidad de refundar una literatura de libertad, de un Prometeo que renace para robar una vez más el fuego arrebatado a los hombres. El artista y el escritor son los llamados a esa emancipación “por el lenguaje que sólo es palabras.” Su llamado a la redención implica sustituir los valores existentes. El arte corre al rescate de una nueva humanidad, o de unos nuevos capítulos que dejan atrás el oprobio y la esclavitud del hombre por el hombre. Las palabras de la novela son claramente providenciales y ambiciosas para el proyecto libertario de la novela:
“Codo a codo con la raza humana corre otra raza de seres, los inhumanos, la raza de los artistas, que, estimulados por impulsos desconocidos, toman la masa inerte de la Humanidad y, mediante la fiebre y el fermento de que la imbuyen, convierten esa pasta húmeda en pan, el pan en vino y el vino en canción. Con el abono muerto y la escoria inerte producen una canción que se contagia. Veo esa otra raza de individuos saqueando el universo, dejando todo patas arriba, con los pies chapoteando siempre en sangre y lágrimas, con las manos siempre vacías, siempre tratando de agarrar y asir el más allá, el dios inalcanzable: matando todo lo que está a su alcance para calmar al monstruo que le roe las entrañas. Lo veo cuando se arrancan el cabello en su esfuerzo por comprender, por aprehender lo que es eternamente inalcanzable, lo veo cuando braman como bestias enloquecidas y se precipitan dando cornadas, veo que está bien y que no hay otro camino. Un hombre que pertenezca a esa raza ha de subir al lugar más alto y arrancarse las entrañas, mientras pronuncia palabras incoherentes. ¡Está bien y es justo, porque debe hacerlo! Y todo lo que no alcance el nivel de ese espectáculo espantoso, todo lo que sea menos escalofriante, menos aterrador, menos demencial, menos embriagador, menos contagioso, no es arte. El resto es falso. El resto es humano. El resto corresponde a la vida y a la ausencia de vida.”
Cinco años más tarde Miller publica Trópico de Capricornio teniendo a un Henry Miller igualmente de personaje central frente a una galería de marginales, periféricos, desadaptados, violentos, fracasados, pobres, desesperanzados. Ese Henry está en su Brooklyn natal y constituye un gran monólogo interior, lo mismo que Trópico de Cáncer con unas características fáusticas definitivas. En los últimos párrafos de Trópico de Cáncer el personaje Henry Miller se pregunta si podrá volver a América. Lo hace y recompone la infancia y adolescencia del personaje en un intento de crecimiento y de solicitar un propósito en medio de la decadencia del entorno. El personaje, a pesar de la evidente caracterización del fracaso que ostenta, logra un puesto en una compañía conocida con el estrafalario nombre de la compañía telegráfica Cosmodemónica, una parodia de la Western Union, en la que se hace el centro de la operación logrando poner al servicio de su voluntad tanto a empleados como a ejecutivos y directores. Henry es un munificente: reparte cargos y prebendas, y también alcanza un grado de mendicidad desesperante y picardía en la obra. En la mitad de la narración, en la página 250 hay un cambio, con un capítulo llamado “Interludio” con el que inicia una narración de completo desfogue sexual y liberación como nunca se había producido en la literatura estadounidense. Si el lector piensa que las escenas de desenfreno sexual de Trópico de Cáncer son abundantes, no se ha encontrado con nada comparado a Trópico de Capricornio. De hecho, también esta obra estuvo prohibida en los Estados Unidos hasta los años sesenta bajo la acusación de pornografía. Miller se toma muy en serio su rol de desacralizador, de desestabilizador, de desmitificador, de recuperador hacia la nueva patria del amor libre y el fin de los prejuicios y el conservadurismo. La galería de personajes es interminable. Cuando los ha narrado suficientemente, entra en el reino del abigarramiento fantasioso y metafórico, pletórico de la influencia surrealista y de la escritura automática, por el que conduce al lector como el Fausto moderno que aspira a la totalidad como centro del universo. En el delirio narrativo hasta los espermatozoides se convierten en dioses: “Dios es la suma de todos los espermatozoides, que han alcanzado la conciencia plena.”
Miller pone a prueba a sus lectores, exige de ellos un compromiso total, un pacto de acompañamiento mientras derriba prejuicios y tabúes. Pero la construcción de este segundo trópico se sostiene en esos tres pilares que solicitaba Harold Bloom para la sobrevivencia de una obra, cuya piedra angular es la profundidad estética: poder cognitivo, capacidad metafórica y exuberancia en la dicción, aunque, curiosamente, Bloom no incluye a Henry Miller en su canon occidental y sobra decir que merece estarlo y con creces, aunque naturalmente se trata del canon de Bloom que es personalísimo. La omisión de Bloom no es fortuita. Bloom quizás consideraba que Miller se interesaba más en la cópula que en el arte de la literatura y lo ve como un fenómeno cultural, que alienta el derrumbe del puritanismo, más que como un prodigio estético en los términos que está propuesto su canon. La única mención que hace a Miller es como una influencia a Norman Mailer y a Allen Ginsberg (a quien tampoco le cursa invitación para domiciliarse en su canon, al contrario de Mailer que sí la recibió). Las referencias sexuales de Trópico de Capricornio son abundantísimas y ricas. Lejos de lo que acusarían los prejuiciados no hay pornografía, si quizás una obscenidad derrochadora, delirante en su estética, prometedora de un paraíso muy personal y en una épica campeona desde y hacia el lecho que termina superando lo físico y aspirando lo metafísico como no se cansó nunca de repetir Miller. Esa es la originalidad de Miller: junta los convencionalismos para pulverizarlos y convertirlos en un elemento de salvación y de deposición, en que el arte desesclaviza las palabras y a sus portadores con el idioma de la libertad, el fin del pecado y el humor:
“Era casi un coño metafísico, por decirlo así, un coño que resolvía problemas y de modo especial, además con metrónomo” (…). “Como digo, Verónica tenía un coño charlatán, lo que no era bueno, porque su única función parecía ser la de hablar para que no le echaras un polvo. En cambio, Evelyn tenía un coño risueño. Vivía también en el piso de arriba, pero en otra casa. Siempre venía corriendo a la hora de comer para contarnos un chiste. Era una cómica de primera, la única mujer graciosa de verdad que he conocido en mi vida. Todo era broma, incluida la jodienda. Podía hacer reír hasta a una picha tiesa, lo que ya es decir. Dicen que una picha tiesa no tiene conciencia, pero una picha tiesa que, además, se ría es fenomenal. La única forma como puedo describirlo es diciendo que, cuando se excitaba, Evelyn hacía ventriloquia con el coño. Estabas a punto de metérsela, cuando el muñeco que tenía entre las piernas soltaba una carcajada de repente”.
El personaje Henry no olvida sus fundamentalismos sobre el arte. Sigue transitando la vía que se planteó en el primero de los trópicos y ese camino es ortodoxo, exigente, en el que se insiste que el mundo está acabado y el artista está llamado a poner los nuevos ladrillos del mundo:
“No se llega a ser artista de la noche a la mañana. Primero tienes que verte aplastado, ver destruidos tus puntos de vista contradictorios. Tienes que verte borrado del mapa como ser humano para renacer como individuo. Tienes que verte carbonizado y mineralizado para elevarte a partir del último denominador común del yo. Tienes que superar la compasión para sentir desde las raíces mismas de tu ser. No puedes hacer un nuevo Cielo y una nueva Tierra con “hechos”: sólo existe el hecho de que el hombre, cualquier hombre, en cualquier parte del mundo, va camino a la ordenación. Unos siguen el camino más largo y otros el más corto”.
A quien le pidan un resumen de esta obra como quien solicita una visión relámpago de su argumento, podría verse en dificultades a pesar de sus capítulos definidos en cuanto a que la novela es el camino hacia un laberinto ajeno que trata de convertirse en personal. Quizá la novela termina porque debe terminar y concluye en un nihilismo, o en una resignación de vida o de muerte como un Jonás condenado al refugio de la ballena (“déjame pudrirme en el esplendor, mientras el sol estalla en tu matriz”) o a la repetición de lo igual y pesimista (“todo lo que miro está podrido. La calle es como un mal aliento”).
De la búsqueda no resuelta de sus trópicos y que abren un compás de espera para lo venidero (“déjame oírte prometer otra vez todos esos tesoros solares que llevas dentro de ti”) Miller escribe un libro alentador y optimista en su viaje a Grecia donde esta vez se pierde en las certezas y no en las dudas. Se trata de El coloso de Marusi (1941). Miller desembarca en el origen de lo que somos y sus naves llegan al centro primigenio de nuestra civilización. Deja a un lado las angustias que lo han perseguido y exaltado y se asoma por el ojo de buey que define a Occidente. Su libro representa la entrada por el templo de Apolo sin olvidar que Dionisio está acechando en el rincón trasero. Su anexión de Grecia, la moderna y la antigua, reviste a la vez lo epopéyico y lo lírico:
“Por cualquier sitio que se vaya en Grecia, encuentra uno el ambiente lleno de gestas heroicas. (…) No es de extrañar que Durrell quisiera luchar con los griegos. ¿Quién no preferiría pelear al lado de Boubolina, por ejemplo, en vez de hacerlo con una banda de enfermizos y afeminados reclutas de Oxford o Cambridge?”.
Grecia lo enamora, lo deja sin palabras. Lo regresa al optimismo. Ha encontrado una parada en su viaje de exploración vital donde podría detenerse (el destino final será el de su país de origen, en un escarpado altanero y poderoso de la costa californiana que es Big Sur), donde existe el arte de la conversación, la tarde plácida, la comida honesta, la inteligencia generalizada y un sentido de la vida que ignora la prisa. Su contacto con Grecia lo fortifica, lo hace pensar que se ha domiciliado en el universo con sus dioses que parecen no haber muerto. La idea de Miller es que el hombre puede llegar a convertirse en Dios, y sin ese predicamento no pasaría de ser un gusano. El mar de Grecia es el testigo de la hazaña civilizadora, es bravío y apetitoso, hecho a la talla del hombre. Grecia lo cambia, lo valora, lo engrandece y lo empequeñece. Ante la profusión civilizatoria, las huellas que sigue y persigue que cimentaron lo que somos, llegan a hacerlo sentir como una “cucaracha deslizándose entre los esplendores desmantelados”. Deriva de lo que ve en la necesidad de producir algún milagro, vivir como un héroe, inspirado en el genio de lo que contempla:
“En Grecia se tiene la convicción de que el genio, no la mediocridad, es la norma. Ningún país ha producido en comparación con su población, tantos genios como Grecia. En un solo siglo esta minúscula nación ha dado al mundo cerca de quinientos hombres geniales. (…) Los habitantes de este pequeño universo vivían en armonía con su marco natural, poblándolo de dioses que eran otras realidades y con los que vivían en íntima comunión. El cosmos griego es el ejemplo más elocuente de la unidad del pensamiento y de la acción. Persiste todavía en nuestros días, aunque haga mucho tiempo que sus elementos se han dispersado. La imagen de Grecia, por descolorida que esté, continúa siendo un arquetipo del milagro forjado por el espíritu humano. Todo un pueblo, como testimonian los vestigios de sus realizaciones, se elevó a un grado tal que no ha sido igualado ni en el pasado ni en el presente. Fue milagroso. Lo sigue siendo. La tarea del genio, y el hombre no es otra cosa, es impedir que muera el milagro, vivir constantemente el milagro, hacer el milagro cada vez más milagroso, no rendir homenaje a nada, sino vivir milagrosamente, no pensar, no morir más que milagrosamente”.
A pesar del estilo franco, duro y perdonavidas de Miller, no puede escapar al intelecto. Todo escritor es ante todo un lector, aunque no todo lector se convierte en escritor. Y los escritores que habitan el condominio de la literatura se alumbran y celebran lo que leen. He creído siempre que el oficio del escritor se enaltece cuando es capaz de compartir sus lecturas y escribir sobre otros escritores. Henry Miller dedica un libro, Los libros en mi vida, a estos menesteres. Esa lista que emprende la encuentra original y única cuando no es así:
“El haber emprendido la ingrata tarea de hacer una lista de todos los libros que recuerdo haber leído, me depara extraordinario placer y satisfacción. No conozco a ningún autor que haya cometido la locura de intentarlo. Quizá mi lista dé lugar a mayor confusión, pero mi finalidad no es esa. Quienes saben leer a un hombre saben leer sus libros. Para ellos la lista será elocuente”.
Su lista es preliminar como sus opiniones y acredita su primer intento compilador:
“Recuerdo con precisión los primeros libros que elegí para este fin: The Birth of Tragedy (El Nacimiento de la Tragedia), The Eternal Husband (El Eterno Marido), Alice in Wonderland (Alicia en el País de las Maravillas), The Imperial Orgy (La Orgía Imperial) y Mysteries (Misterios), de Hamsun. Mencioné a Thomas Mann. Durante un año entero viví con Hans Castorp de La Montaña Mágica como persona real, hasta podría decir, como hermano de sangre, pero fue la maestría de Mann como novelista lo que más me intrigó y desconcertó durante el período “analítico” al que me refiero. En esa época Death in Venice (Muerte en Venecia) era para mí la narración suprema. En el espacio de pocos años, sin embargo, mi opinión de Thomas Mann, y en especial de su Death in Venice (Muerte en Venecia), se alteró radicalmente”.
Más adelante, impone su genealogía literaria:
“He aquí mi árbol genealógico: Boccaccio, Petronius, Rabelais, Whitman, Emerson, Thoreau, Maeterlinck, Romain Rolland, Plotinus, Heráclito, Nietzsche, Dostoievsky (y otros escritores rusos del siglo diecinueve), los antiguos dramaturgos griegos, los dramaturgos isabelinos (excluyendo Shakespeare), Theodore Dreiser, Knut Hamsun, D. H. Lawrence, James Joyce, Thomas Mann, Elie Faure, Oswald Spengler, Marcel Proust, Van Gogh, los dadaístas y surrealistas, Balzac, Lewis Carroll, Nijinsky, Rimbaud, Blaise Cendrars, Jean Giono, Céline, todo lo que leí sobre el budismo zen, todo lo que leí sobre la China, la India, el Tibet, Arabia, África y, por supuesto, la Biblia”.
Ese genoma que describe cambiará con el tiempo. Al Thomas Mann al que le agradece su hermandad con Hans Castorp pasará a ser “un hábil fabricante, un ladrillero, un borrico inspirado, un caballo de tiro”. Y existen otros que no nombra genealógicamente como a Goethe, a pesar de que en Los libros en mi vida hasta recuerda cuál es el signo zodiacal del escritor (Virgo, por cierto), una obsesión para Miller.
Sus reflexiones escriturales inundan su obra literaria, al establecer el camino del arte como una resurrección salida de la vida misma en que hay una transfiguración heroica hacia lo divino, y que lo llevan a pensar que a través del arte que la literatura funda con la palabra, se gesta un modo franco de entender la vida, pero a la vez constituye un código ciertamente secreto, críptico u oscuro, inasible para la mayoría y compartido por unos pocos:
“El arte nada enseña como no sea la significación de la vida. La gran obra ha de ser inevitablemente oscura, excepto para un puñado de hombres, para aquellos que, como el mismo autor, están iniciados en los misterios. (…) Una vez que el arte esté realmente aceptado, dejará de ser. Constituye solo un sustituto, un lenguaje simbólico que reemplaza algo que ha de ser captado directamente. Pero para que esto sea posible, el hombre ha de transformarse en un ser cabalmente religioso y no simplemente en un creyente, en un primer motor, en un dios en acto. Inevitablemente llegará a serlo. Y de todos los rodeos a lo largo de este sendero, el arte es el más glorioso, el más fecundo, el más instructivo”.
Pero ese estrado superior del arte, probablemente inconquistable y quien sabe si un regreso a una edad de oro viene precedido por una necesaria y obligada decadencia a la que Miller no dispara sino reconoce como una ventaja cuando, a pesar de ella, suelta una de sus frases más extraordinarias y lapidarias:
“En una era colocada bajo el signo de la disolución, la liquidación me parece una virtud, es más, un imperativo moral. No sólo sentí jamás el mínimo deseo de conservar, robustecer o afianzar nada sino que puedo decirlo, siempre consideré la decadencia como una maravillosa y rica expresión de la vida como crecimiento”.
La escapatoria de Miller a Europa le permitió conseguir esa iluminación civilizatoria que indagaba y lo consagró como escritor. A raíz de los sucesos de la Segunda Guerra Mundial, Miller le toca devolverse de Europa a los Estados Unidos y se instala en California en un sitio agreste, sugestivo, difícil, que terminará convirtiéndose no sólo en su hogar, sino que adquiere una cercana condición a una utopía privada y su lugar de creación y aislamiento. Es Big Sur, como anticipamos. Cualquiera que describa Big Sur dará con una idea aproximada de lo que es. El mismo Miller quedó tan impactado con esa “última frontera” que estaba habitando que publicó en 1957 el libro titulado Big Sur y las naranjas de Hyeronimus Bosch donde las rocas seducen e hipnotizan y en la que se experimenta la soledad como una conquista espiritual. Se trata de su Walden al estilo de Thoreau que le hace recordar la frase de Confucio: “Si un hombre es capaz de ver la verdad en la mañana puede morir en la tarde sin arrepentimiento alguno”. En Big Sur se acreciente su dimensión espiritual de una religión personal porque si no está en el Paraíso, parece estar muy próximo. Muchos de los lectores de Miller van a Big Sur en peregrinaje. Yo mismo hice la ruta y no es fácil llegar allí porque la naturaleza usualmente se niega a facilitar la entrada. Hay derrumbes, mal tiempo, y otras obstrucciones para que el sitio no sea vulnerado por el turismo de masas. Una vez que se llega hay algo muy parecido a una epifanía que en palabras del escritor: “Paraíso o no paraíso, tengo la muy definitiva impresión que la gente de esta vecindad está esforzándose por estar a la altura de la grandeza y nobleza que es una parte tan integral del entorno”. Fue su sitio definitivo a pesar de que terminó mudándose a Pacific Palisades donde vivió una vida completamente recluida hasta que se despidió de este mundo a los 88 años.
La obra de Miller, un verdadero adelantado entre sus cultores y amigos lectores, no sólo sus ficciones sino sus ensayos fue objeto de acusaciones, de tachas de infamia, de reproches, y sobre todo de incomprensión. En 1957, el Fiscal de la Corona de Noruega prohibió su obra en ese país y calificó su libro Sexus como literatura obscena. A raíz de esa persecución y asalto intelectual, Miller escribió uno de los ensayos más lúcidos en defensa de la libertad, y particularmente de la libertad de leer. Dirige una carta explicando su obra y explicándose a sí mismo donde dice que “este juicio ha venido viéndose desde los tiempos de Prometeo” y en la que exhorta a verse como un hombre universal que tiene el mundo entero como patria. Recordemos dos de los inigualables párrafos de este documento único e histórico:
“No, no soy un santo, ¡gracias a Dios! Y ni siquiera soy u propagandista de un nuevo orden. Soy simplemente un hombre, un hombre nacido para escribir y que ha tomado como tema la historia de su vida. Un hombre que al referir su vida ha puesto en claro que la vida es buena, rica, alegre, a pesar de los altibajos, a pesar de las barreras y obstáculos (muchos de ellos alzados por él mismo) a pesar de la situación desventajosa en que lo colocaron los códigos y convenciones” (…). “Es imposible eliminar una idea suprimiéndola, y la idea enlazada a este juicio es ésta: la libertad de leer tanto lo que es malo como lo que es bueno para uno, así como lo que es simplemente inocuo. ¿Cómo hemos de guardarnos del mal, en suma, si no sabemos qué es el mal? Pero lo que el libro Sexus ofrece al lector noruego no es algo malo, ponzoñoso. Es una dosis de vida que primero me administré a mí mismo; no sólo sobreviví a ella sino que me fortaleció. Por cierto, no lo recomendaría a infantes, del mismo modo que no ofrecería a un niño una botella de aguardiente. Puedo decir, sin ruborizarme, que comparado con la bomba atómica, está pleno de cualidades dispensadoras de vida”.
Este es Henry Miller, en cuya obra he conseguido alumbrones y fortalezas más allá de su nihilismo, de su reiterada acusación de decadentismo y de porfiar en que el mundo que nos rodea está o parece muerto.


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