El pasado viernes 13 —fecha poco halagüeña para los supersticiosos, eso sí—, sucedía un auténtico hito en nuestras taquillas: la sexta y última película de la saga Torrente se convertía en el mejor estreno cinematográfico de España en 15 años, arrasando en su primer día en cines con 2,4 millones de euros en taquilla. Se alzaba así como la segunda mejor de la historia, después de Torrente 4. Su director y protagonista, el polifacético Santiago Segura, ha logrado, gracias a su siempre brillante forma de proceder, la tan difícil fórmula del éxito. A una estupenda campaña de márketing —que ha consistido precisamente en no hacer ningún tipo de márketing, evitando tráilers e incluso cualquier imagen sobre el film— se han sumado las expectativas sobre un personaje que, a pesar de estar a punto de cumplir treinta años de existencia, continúa despertando interés en el público. Por último, se añade el clima político tan decepcionante que se vive en el país —y en el mundo en general—, tras numerosos casos de corrupción y la cada vez más menguada fe de la ciudadanía en quienes les representan. Torrente, presidente prometía un buen exorcismo de todos esos demonios que nos atenazan en la actualidad, y ha cumplido con creces con ello. Esos serían los puntos más sobresalientes a destacar como justificación del éxito de este film, a juicio de quien esto escribe.
Dicho acontecimiento, tan positivo para nuestro cine, un hecho objetivo que debería admirarse desde cualquier punto de vista, tendrá tristemente siempre sus detractores. El principal motivo es sin duda la envidia, pues una característica típica de la idiosincrasia española es no alegrarse de lo bueno que le pueda pasar al vecino o a la vecina. Muy al contrario, nos molesta que alguien destaque por lo bueno. Ya se sabe: a clavo que sobresale, martillazo. Este sentimiento puede camuflarse con un buen puñado de razones éticas o edificantes. Lo hablaba el otro día con mi querido tocayo Javier Ikaz. Se establecía la comparativa con el cine de Mariano Ozores, que en su momento superó en taquilla incluso a la saga de Star Wars. Él lo sabe bien, pues tiene un libro clave sobre este director que fue Goya de Honor en 2016: Disparate nacional: El cine de Mariano Ozores (Applehead, 2018). Un universo que fue tan popular —pues hablaba de nosotros con todo lo bueno y, sobre todo, con todo lo malo y sin tapujos— acabó siendo denostado y eliminado del panorama cinematográfico, aduciendo su falta de calidad y sus contenidos. Pilar Miró —una de nuestras mejores cineastas— lo llegó a denominar “cine para fontaneros”. Y sin embargo, hoy sirve como herramienta sociológica, constituye una auténtica radiografía de la España casposa de esos años —que despertaba tras casi cuarenta años de franquismo—, del mismo modo que el “landismo” hablaba de nosotros también durante los últimos tiempos de la dictadura.
Torrente va un paso más adelante y nos presenta esa España cutre y reaccionaria, llena de tópicos, carente de virtudes y plena de vicios. El personaje creado por Santiago Segura en 1997, José Luis Torrente, es un dechado de zafiedad, racismo, machismo, corrupción y fascismo. Y sin embargo, posee esa personalidad picaresca tan nuestra que genera empatía en el público, convirtiéndolo en un antihéroe carismático. En Torrente presidente, la personalidad de este forofo atlético, fan de El Fary, antiguo policía y nostálgico del franquismo encuentra un caldo de cultivo en esta España nuestra del año 2026, la cual parece atravesar uno de sus mayores ocasos y, sin embargo —como sucedió en el Siglo de Oro o en la Generación del 98—, es capaz de dar auténticos diamantes en bruto culturales.
Si bien es cierto que el partido protagonista del film, Nox —clara referencia a Vox— ostenta los valores de la extrema derecha, el resto de partidos aparecen igualmente vapuleados en la cinta, empezando por el gobierno que preside el país, representado por Pedro Vilches (Bertín Osborne), un narcisista que no deja de mirarse al espejo. A su lado, un tal Patxi (Florentino Fernández), trabaja como su asesor. Así, los trasuntos de Pedro Sánchez y Patxi López se equiparan con los de Santiago Abascal —Jacobo Carrascal (Ramón Langa)— y Bertrand Ndongo —Bartolomé, a quien Torrente llama “Mondongo” (José María Kimbo)—. También habrá partidos como Restar —en clara referencia a Sumar— o Pudimos —Podemos—, mientras que como asesores de Nox participarán en cameos figuras como las de Willy Bárcenas o Francisco Nicolás Gómez (“Pequeño Nicolás”). Incluso Mariano Rajoy hará de sí mismo, aparecerá un Alec Baldwin disfrazado de Donald Trump o el mismísimo Kevin Spacey nos recordará su serie de House of Cards. También el mundo de la comunicación entrará en juego con figuras tan dispares dentro del variado espectro ideológico como las de Carlos Herrera, Jordi Évole, Ana Rosa Quintana o Vito Quiles. A su vez se desplegará toda una fascinante estela de “amiguetes” con los que se homenajeará a otros títulos de Torrente, —desde Javier Cámara a Neus Asensi o Gabino Diego, pasando por una aparición póstuma de Fernando Esteso—. Todo puede confluir en este universo único tan interesante creado por Santiago Segura, donde unos y otros parecen abandonar sus diferencias y apostar por la risa, siempre tan sana y descabezadora de mitos. Y qué mejor ruptura con la supuesta “seriedad” que constantemente crispa nuestra realidad circundante que escoger al propio Torrente como líder político.
Si Andrés Pajares y Fernando Esteso triunfaron con Los bingueros, Santiago Segura ha cantado bingo con su última película. Y es para que estemos contentos.


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